El pensamiento de Anselmo de Aosta

Vive en un momento no solo de renovación eclesiástica sino también de expansión general de la vida. El siglo XI es un siglo de crecimiento económico y desarrollo de las ciudades; es el momento en el que tiene lugar el verdadero arranque de la sociedad y cultura occidental al respecto de la bizantina y musulmana. 

Su obra es fundamentalmente teológica. Dios es casi tema exclusivo de sus escritos. Pero la manera de tratar el tema es nueva. Anselmo está inmerso en la tradición agustiniana y neoplatónica. Anselmo parte de la fe, pero no se queda en ella, para él la fe no es un estado definitivo sino transitorio. El estado definitivo es la visión directa de Dios: la visión beatífica, el estado místico. Entre una y otra se encuentra la razón, que ayuda a entender lo que se cree. La aspiración de Anselmo es entender desde la fe, a sabiendas que fe y razón no son suficientes. También para Anselmo, la razón (logos) es un instrumento o vehículo conducente a la intuición directa de las ideas en la idea suprema del Bien. 

San Anselmo por Vicente Carducho en el Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

No se trata de un uso autónomo de la razón, sino de un uso de la razón con fines religiosos, pero atenida a sus propias fuerzas. Para Anselmo, las ideas de las cosas están en el Verbo o Logos divino y las captamos por iluminación directa. Ahora bien, estas ideas o modelos son lo que podemos saber sobre Dios, pero no son la esencia de Dios, porque la esencia de Dios no se puede conocer. 

En su obra Proslogion, el punto de partida es la idea que el hombre mismo, el hombre interior, tiene de Dios; es por tanto una prueba de raigambre claramente agustiniana. Anselmo dice que el paso de lo ideal a lo real no es lícito salvo en el caso de Dios, porque la idea de Dios es de un carácter peculiar: es la única justamente que incluye la necesidad de la existencia. 

La prueba que propone Anselmo no demuestra la existencia de Dios; lo que prueba es que, si se tiene de verdad una idea adecuada de Dios, no se puede dudar de su existencia. Es por tanto una prueba condicional. De probar algo incondicionalmente, sería la imposibilidad del ateísmo; es decir, la incongruencia de la actitud del insensato que niega la idea de Dios. Anselmo dice que el que niega a Dios no sabe lo que niega, no ha entendido qué es Dios. 

En De veritae Anselmo vuelve a mostrar cómo las verdades particulares, parciales, solo son posibles desde la verdad total y única: hay una verdad de las sensaciones, de los juicios, de la voluntad, de las esencia; pero todas las verdades lo son por su referencia a una regla única de la verdad que se impone al hombre. No puede haber por eso una verdad de la razón y otra de la fe. 

En “¿Por qué Dios se hizo hombre?” trata Anselmo de tender un puente entre el abismo de fe, poniendo en contacto el mundo imprevisible y discontinuo de las decisiones libres de la historia religiosa con el mundo ordenado e inmutable de la razón. La encarnación de Dios era necesaria porque solo Dios hecho hombre podía reparar la ofensa cometida contra la divinidad; hasta el punto de que se podía prever racionalmente. Por otro lado, la encarnación no estaba en el orden eterno de las cosas, como hubiera afirmado un puro racionalista neoplatónico. 

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 429-437.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 188-192.

La filosofía de San Agustín de Hipona

La primera novedad que encontramos en Agustín es su manera de entender y vivir la filosofía. La primera reacción del cristianismo ante la filosofía fue de perplejidad. Luego, con los Padres alejandrinos y capadocios, se ensayan combinaciones y compromisos, con diversos grados de acierto. Con Agustín el contacto entre filosofía y la fe cristiana alcanza una nueva intensidad y profundidad, situando el problema de la relación entre la fe y la razón en el centro de la reflexión y condicionando el planteamiento de este problema.

Agustín siente que con su conversión religiosa no se limita a adoptar una nueva doctrina, sino que lo que se produce en él es una transformación más profunda: la experiencia de la fe no se puede reducir a una convicción racional, el cristianismo no es simplemente la verdadera filosofía; pero tampoco excluye la razón. La fe no se reduce a la razón, pero es razonable. Fe y razón se necesitan mutuamente. La fe necesita de la razón para entenderse a sí misma, para entender lo que cree y por qué cree. Pero la razón también necesita a la fe, porque la fe enseña verdades que la razón por sí sola no podría alcanzar. 

Como Plotino, Agustín se interesa por el alma y la contemplación interior, pero de una manera muy distinta. Agustín, al contrario que Plotino, se recoge en soledad para encontrarse a sí mismo, como persona, con todas sus irrepetibles particularidades y contradicciones; y en sus obras habla continuamente de sí, de sus experiencias, anhelos y angustias. Cuanto más se conoce a sí mismo, más conoce a Dios.

San Agustín en un fresco del siglo VI en el Palacio de Letrán (Roma, Italia).

El hombre percibe el mundo exterior por los sentidos, pero ¿quién le asegura que no es un espejismo, una mera apariencia? En cambio, cuando el hombre concreto siente existir no puede engañarse; porque, si se engaña, es él quien se engaña y por tanto existe. No solo tenemos evidencia directa de que existimos; la tenemos igualmente de que nos conocemos y de que nos amamos a nosotros mismos.

Alejarse de Dios es como alejarse de uno mismo, como arrancarse las propias entrañas. Desde esta perspectiva, las pruebas tradicionales de la existencia de Dios resultan pálidas y sin importancia. Dios nos es más íntimo que nosotros mismos. Si reconocemos la bondad de las cosas es porque tenemos ya en nosotros mismos la idea del bien; y ese bien absoluto es Dios. 

A Dios, sin embargo, no se le puede conocer. Descubrimos sus huellas y atributos en las cosas y nuestra alma; pero esos atributos no nos dan la sustancia de Dios, sino una imagen inadecuada. Lo que sabemos de Dios es más bien lo que no es: Dios no es sabio, bello o bueno, porque es más que sabio, bello o bueno. 

Uno de los principales problemas que se plantea Agustín es el de la compresión de la Trinidad. Es el problema teológico más arduo con el que se encuentran los pensadores cristianos y para resolverlo tiene que recurrir a todas las herramientas que el pensamiento griego les proporciona. Agustín recurre a las distinciones categoriales aristotélicas: la diferencia entre las personas de la Trinidad no está en la sustancia, que es única, sino en la relación; una relación que no es accidental, porque no cambia, es esencial. Dios es uno y trino.

Agustín defiende la doctrina de la creación. El mundo no puede ser ni engendrado por Dios de su propia sustancia ni fabricado por él a partir de un material preexistente. Que Dios crea significa que hace algo de la nada. Y esto solo él puede hacerlo. Tan absoluto es el acto de la creación que con él se crea incluso el tiempo, que va unido al cambio y el movimiento. Algo que ya había dicho Platón. Pero Agustín tiene una concepción más compleja; la eternidad no es pura atemporalidad, sino concentración en el presente, de tal modo que el momento actual lo abarca todo, sin que pueda distinguirse entre un antes y un después. Y en cuanto al tiempo lo sitúa en el alma.

Tumba de san Agustín en la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro (Pavía, Italia).

Según Agustín todo es bueno tal como Dios lo ha hecho, no hay mal, pero ¿de dónde viene el mal moral, que es innegable? Si el bien viene de Dios, el mal solo puede proceder del hombre, de su voluntad, de su libertad. Dios ha hecho al hombre libre para que haga el bien, pero para Agustín la voluntad no es una mera función que se limita a seguir lo que la inteligencia le propone como bueno. Agustín afirma que la mala voluntad existe, que el hombre puede ver el bien, admitirlo como tal y hacer en cambio el mal.

De la voluntad le viene al hombre todo lo bueno y todo lo malo. La voluntad puede, sin embargo, elegir el mal. El mal moral es una aversión a Dios. El pecado consiste en no elegir lo mejor. La soberbia, primer pecado, no es sino un ejemplo de ello. 

Cuando el hombre usa la voluntad para aquello para lo que no está hecha, para el mal, esta se debilita y se hace cada vez menos libre. De hecho nacemos ya con la voluntad radicalmente debilitada por el pecado original. 

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 374-403.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 162-170.

La patrística griega

  • EL SURGIMIENTO DE LA TEOLOGÍA.

La tensión entre helenización y conservación de la esencia cristiana originaria se mantiene a lo largo de todo el pensamiento patrístico. Poco a poco los cristianos van tomando conciencia de los problemas teóricos y de autocomprensión que su misma fe implica, y que son por tanto problemas internos del cristianismo, pero que solo pueden plantearse y resolverse con los instrumentos proporcionados por la filosofía. Van centrándose cada vez más en problemas teológicos y si se plantean cuestiones filosóficas es precisamente por estos problemas. 

Poco a poco se irán planteando innumerables cuestiones que podemos agrupar sumariamente en torno a cuatro núcleos temáticos:

  1. La encarnación: ¿Es Cristo verdadero Dios? ¿Es verdadero hombre? ¿Es ambas cosas a la vez?
  2. La Trinidad: ¿Cómo es posible que haya un Dios y tres divinidades? ¿Es Cristo hijo adoptivo o ha sido engendrado realmente por el Padre? ¿Son Padre, Hijo y Espírituo Santo tres personas distintas?
  3. Las relaciones entre libertad y gracia: ¿Puede el hombre salvarse, ser bueno y virtuoso  por sus propias fuerzas o a través del conocimiento? ¿es realmente el hombre libre de hacer el bien?
  4. Las relaciones entre la fe y la razón. Si las verdades fundamentales las conocemos a través de la revelación divina ¿para qué sirve la razón? ¿Podemos llegar a conocer o demostrar por la razón las verdades de la fe?

El área donde comienza y se desarrolla fundamentalmente la teología es la mitad helenizada, oriental del Mediterráneo. La ciudad que mejor simboliza y encarna esta simbiosis es Alejandría. 

  • LA ESCUELA DE ALEJANDRÍA.

Su origen está en la escuela de catequesis en la que se formaban los recién convertidos. Fue la primera institución cristiana que ofrecía un programa de enseñanza completo alternativo al de la educación clásica, pero al mismo tiempo con un buen conocimiento de esta. Pronto se convirtió en una importante escuela de educación superior gracias a Clemente de Alejandría (150-215 d.C.). Fue un hombre conciliador y abierto a la cultura pagana. Estuvo convencido de que la verdad completa estaba en el cristianismo, pero mantiene hacia la filosofía una actitud receptiva, reconociendo en ella acierto y verdades parciales.

Su manera de entender el cristianismo estaba muy influenciada por el estoicismo. El concepto central en él es el Logos (razón). Y el concepto de fe lo entiende en cierto modo como el asentimiento de los estoicos. El fin último es la gnosis (verdadera sabiduría) que está un paso más allá de la fe e implica la compresión de lo que se cree y a la que se llega por iluminación directa de la razón (logos).

El pensamiento de Clemente tiene, sin embargo, cierto carácter ecléctico (intermedio). Es en cierto modo el último de los apologistas. Quien de verdad eleva el pensamiento cristiano al nivel de los grandes filósofos paganos es Orígenes (185-253). Puso las bases de lo que ha sido la teología sistemática cristiana. Pero en unos casos fijó fórmulas que han sido luego admitidas y sancionadas por los concilios y otras que fueron consideradas heréticas. 

Clemente de Alejandría.

Su obra es inmensa, pero gran parte de la misma se ha perdido debido a la condena posterior de sus posturas. La base de su pensamiento es el platonismo. Orígenes busca una gnosis (verdadera sabiduría) verdaderamente racional, superadora de las fantasías mitológicas de los gnósticos. Para ello tiene que hacer un gran esfuerzo en la interpretación de los relatos bíblicos, que de otro modo parecerían a una mente griega historias arbitrarias, particulares e irrelevantes. Para ello hace con los relatos bíblicos una interpretación alegórica. Distingue así tres sentidos en las Escrituras Sagradas: el literal, el moral y espiritual.

Orígenes elabora por primera vez una doctrina de la Trinidad. La piedra angular de esta doctrina es la concepción del Hijo, identificado en la razón y la sabiduría. En él están contenidas desde toda la eternidad, según Orígenes, las ideas platónicas y todas las criaturas de manera virtual. El Hijo no emana del Padre ni es creado por él, sino engendrado. En Cristo hay dos naturalezas: es verdadero Dios y verdadero hombre, frente a lo afirmado por las tendencias docentistas. En cuanto al Espíritu Santo, su función específica es la acción santificadora. 

En su doctrina de la creación, Dios creó primero las almas racionales, todas iguales; pero dotadas de libertad. Una parte de ellas se alejó más o menos de Dios: así surgieron ángeles, hombres y demonios. El cuerpo y el mundo material son consecuencia de este alejamiento, del pecado. Frente al pesimismo, Orígenes se atiene a la doctrina optimista de Platón, de que todo lo que es verdad es bueno. 

Orígenes diseña una verdadera filosofía de la historia, incorporando en ella las diversas civilizaciones, puestas en contacto con las conquistas de Alejandro Magno e integradas ahora en la vocación universal del cristianismo. 

  • EL SIGLO IV.

En el siglo IV se trata de crear una nueva cultura, que abarque todos los ámbitos de la vida y la sociedad. Para ello es menester poner en pie una educación, una administración, una política, una moral y un derecho que regulen hasta los últimos detalles, una filosofía cristiana en definitiva. 

Los primeros en planteársela a fondo son los Padres capadocios: Basilio el Grande, su amigo Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa. Cuando hacen teología, la hacen en las formas literías, aprendidas de los maestros de retórica. Juntos definen una posición intermedia que será decisiva. Por un lado rechazan lo propiamente religioso de la cultura pagana heredada que no es posible asimilar; pero ponen, por otro, todo su empeño en preservar el resto de la cultura, incluyendo la literatura y la filosofía; interpretadas, eso sí, con toda libertad, sin el afán conservacionista propio de los restauradores paganos. Las claves de esta actitud están recogidas en una órbita de san Basilio muy difundida.

Los cristianos no podían rechazar sin más la cultura clásica, cuya superioridad y riqueza formal no podían sino reconocer. 

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 351-171.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 155-162.

Ideas cristianas respecto del pensamiento clásico

A lo largo del siglo I se va difundiendo por el Imperio Romano el cristianismo. La nueva religión se fue extendiendo poco a poco, empezando por las ciudades y entre las clases y grupos menos cultos: siervos, mujeres, soldados. Su difusión fue discreta pero constante. En el siglo II, el cristianismo había adquirido suficiente importancia frente al judaísmo y había aceptado su vocación universal, comenzando a atraer hombres cultos, que presentan al cristianismo como la verdadera filosofía.

Durante el siglo III, a la vez que una profunda crisis en la sociedad romana, el cristianismo comienza a ser visto como una amenaza y comienzan las persecuciones. Es el siglo de Plotino y Orígenes, pero en el siglo IV, a partir de Constantino, todo bascula claramente del lado del cristianismo. Para entonces, las mejores cabezas teóricas se encuentran ya en este campo y se ocupan de una actividad nueva: la teología.

La última oración de los mártires cristianos de Jean-Léon Gérôme (1883).

El cristianismo es, ante todo, una religión. Es una manera de relacionarse con Dios basada en una vivencia de fe, que por su radicalidad afecta a todos los aspectos de la vida del hombre, entre ellos el pensamiento. El cristianismo no cambia en el fondo el sentido y método e la filosofía, que sigue siendo la búsqueda de la verdad por medio de la razón. Lo que cambia son los supuestos o creencias de que se parte y la formulación de los problemas.

Muchas de las creencias en que se sustenta el cristianismo son compartidas por el judaísmo, cuya tradición incorpora el cristianismo y, a la vez, lo transforma, adoptando e interpretando las escrituras sagradas de los judíos como Antiguo Testamento. Todo el AT se convierte para los cristianos en acontecimientos que preparan la venida de Cristo, que ocurre ya en el Nuevo Testamento. El cristianismo será una simbiosis entre religiosidad bíblica y filosofía griega.

Lo más importante del cristianismo es que es una religión monoteísta (un solo Dios, hablar de las politeístas). La segunda creencia más importante es la de la creación. Los griegos y los romanos consideraban el mundo como algo eterno, que, de una manera u otra, había sido siempre como era en la actualidad. Si se consideraba que había sido creado por Dios, este había actuado en su creación con una materia preexistente, teoría que servía para explicar las imperfecciones del mundo.

El Dios bíblico crea de la nada y lo hace por voluntad propia, libremente. Lo que implica que, si Dios es bueno, el mundo, todo él, ha de serlo también, lo cual plantea un problema: ¿de dónde viene el mal del mundo?

Adán y Eva de Alberto Durero (1507).

Por otro lado, el hombre tiene un papel protagonista, ajeno completamente al mundo grecorromano. El hombre (Adán y Eva) es creado por Dios en último lugar, el sexto día, como culmen de su obra, y recibe de este el mandato de llenar la tierra y someterla, dominando plantas y animales. La tradición judeocristiana ve al hombre por encima de la naturaleza, porque está hecho a imagen y semejanza de Dios. Para el grecorromano el hombre es una parte más del cosmos y no precisamente la mejor.

Vinculados con esos cambios en la visión de Dios y del hombre están los cambios en la moral. Los cambios afectan a la actitud de fondo. Se produce la unión definitiva entre ética y religión, dimensiones que en el mundo antiguo habían estado a menudo disociadas. Para el cristiano Dios es la fuente del bien y la ley, la virtud por excelencia es la obediencia a Dios, que es amor y providencia. El prototipo de amor no es el amor de los hombres al Bien, sino el amor del Bien (Dios) a los hombres.

Un último cambio fue la diferente concepción del tiempo. Todo lo que ocurre en el tiempo, como el tiempo mismo, es único e irreversible. Para el cristianismo, la historia entera está regida por un plan, al término del cual se encuentra la salvación del hombre por medio de un Mesías que no es un personaje utópico o legendario sino alguien histórico.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 329-351.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 147-154.

El neoplatonismo de Plotino

El neoplatonismo tiene su origen en Saccas, maestro de Plotino, de Longino y de Orígenes. Sabemos que su infliencia en el primero de ellos fue decisiva y profunda, comparable quizá a la de Sócrates sobre Platón. Pero no podemos saber en qué consistió, porque no escribió nada y las obras se sus discípulos se han perdido.

Amonio Saccas, maestro de Plotino.

En el año 244 Plotino  se instaló en Roma y abrió una escuela. Su enseñanza fue solo oral durante mucho tiempo, hasta que se decidió a ponerla por escrito en una serie de tratados que se publicaron bajo el nombre de Enéadas. Su prestigio en Roma fue muy grande y entre sus admiradores se encontraban emperadores y políticos.

El pensamiento de Plotino es un gran sistema que abarca la realidad toda del cosmos y el hombre. Su inspiración principal es platónica, pero hay también elementos estoicos, aristótelicos y cristianos. Sin pretenderlo es uno de los pensamientos más originales y profundos de toda la Antigüedad.

Plotino no quiere entender el mundo visible que le rodea, que tiene para él muy escaso interés; lo que le interesa es el mundo inteligible (de las ideas). El planteamiento es exactamente inverso al dominante en la actualidad. Ante una realidad cualquiera (un cuerpo vivo) tendemos a analizarla y reducirla a sus elementos más simples, explicando lo superior por lo inferior. Plotino hace estrictamente lo contrario: solo se interesa por lo superior (el alma) porque lo inferior (la materia) no es para él más que un pálido reflejo de lo primero.

Busto de Plotino (Museo Ostiense, Italia).

El punto de partida es la unidad absoluta: el Uno. El Uno es el origen de todas las cosas, en cierto modo el arkhé. Pero no se trata de un principio abstracto o numérico, es el principio porque la unidad es más que la pluralidad. Donde hay una pluralidad, donde pueden distinguirse partes, tiene que haber, según Plotino, una unidad superior que la explique.

Por eso el Uno no puede ni siquiera identificarse con el ser. Ser supone ya un distinción: de un qué y un quién, de una esencia y una inteligencia. El ser y el uno no son intercambiables o convertibles. Se puede decir del Uno que es la simplicidad absoluta. Se puede decir que es el Bien; pero cuando se dice que el Uno es el Bien se lo considera desde lo que no es él mismo: si el Uno es el Bien, lo es para lo que no es él, para todas las cosas que lo necesitan.

El Uno se basta a sí mismo, se ocupa solo de sí mismo; si crea o produce algo es pro desbordamiento, sin proponérselo, como la luz que no puede dejar de alumbrar. Y ¿por qué hay Uno? ¿de dónde procede? El Uno no está ahí sin más, sino que se pone, crea o produce a sí mismo; en cierto modo como la vida o el pensamiento. Pero el Uno, a diferencia de la vida, existe sin ningún tipo de condicionamiento, solo porque quiere existir; es libertad absoluta.

Del Uno procede un segundo principio que Plotino llama Noûs, palabra difícil de traducir. Puede traducirse aquí por Espíritu o Inteligencia. Con el Noûs entramos en el ámbito del pensamiento, el ser y la conciencia. En el Uno todo es indiferenciación; con el pensamiento las cosas empiezan a diferenciarse y se distingue no solo entre unas cosas y otras sino también entre el ser de las cosas y el pensamiento. Habría que decir que la Inteligencia o Noûs contempla las ideas, y a sí misma, en el Uno; por su mismo ser consiste en contemplación del principio.

El tercer principio procede del Uno y del Noûs, es el Alma. Con el Alma nos alejamos un grado más del Uno y descendemos otro escalón. Con el Alma el Espíritu se distiende o relaja, aunque sin llegar todavía al extremo de la Materia. El Alma está entre ambas, entre el Espíritu y la Materia, tocando a ambos por sus extremos, pero sin confundirse con ninguno de los dos. En el Espíritu todo es intuición inmediata, conexión lógica. En el Alma no hay inmediatez ni transparencia, lo que hay es vida, tiempo.

La Materia, el cuarto principio ocupa un lugar peculiar. No es un principio increado y eterno, sino un principio procedente del Uno y por tanto del Bien, pero tan degradado que puede llamarse malo. La Materia está ya tan debilitada en su ser que no puede por sus propias fuerzas volverse a la contemplación de su fuente.

En medio de un mundo así concebido, la única forma real de liberación es la huida, la vuelta al origen. Los caminos son varios: la virtud, el amor, la dialéctica. Pero todos confluyen en una misma dirección que lleva a la sencillez, el despojo y la unión con el Uno. Esta unión puede alcanzarse por medio del éxtasis.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 299-310.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 131-136.

Características del pensamiento en época romana

Aunque sea difícil precisar sus límites temporales y espaciales, se puede hablar de un período romano de la filosofía porque se produce un cambio de tono y estilo en el pensamiento. El cambio no es brusco ni supone una ruptura con lo anterior.

Los dos primeros siglos son un período de gran confusión en la filosofía. Perviven los grandes dogmatismos helenísticos al tiempo que renacen el platonismo, el aristotelismo y el pitagorismo. La filosofía deja de hacerse directamente sobre la realidad para convertirse en un gran comentario de los textos de Platón, Aristóteles o Crisipo. Desaparecen la creatividad metafísica y la curiosidad científica.

Domina cierta frivolidad literaria, que sacrifica con frecuencia el rigor a la elegancia de la frase. Importa más el efecto de una buena fórmula que la consistencia de la doctrina. En la lucha ya antigua entre la retórica y la filosofía, la primera parece finalmente imponerse, convirtiéndose en el centro de gravedad de la educación.

El predominio de la ética se hace ahora casi exclusivo. Las doctrinas filosóficas interesan únicamente como consuelo espiritual y bálsamo para el alma, inquieta, angustiada e insegura. Al romano no le importa la teoría sino la práctica: la ética, el derecho y la técnica. La filosofía es un instrumento más para la acción.

La consumación del Imperio (Thomas Cole, 1836).

La pax romana instaurada por el imperio parece un estadio definitivo y último, que incluso los griegos identifican sin más con la civilización. Exteriormente la vida nunca había parecido tan segura ni el mundo tan transitable. El Mediterráneo prácticamente era un lago para los romanos.

Pero, por debajo de esa calma bullen nuevas inquietudes, sobre todo religiosas. De todas las creaciones del genio grecorromano, la religión había sido la menos profunda y valiosa. Nunca tomada radicalmente en serio, había vivido sobre todo en los mitos y los ritos, y había sufrido el desgaste constante del racionalismo filosófico y científico. Con el siglo I d.C. la inquietud religiosa se hace predominante. Se siente necesidad de una religión más existencial, que ofrezca sentido a la vida y salvación al individuo. Llegan de Oriente movimientos religiosos que van penetrando lentamente en las capas populares: el cristianismo, el judaísmo, Mitra… y la misma filosofía se vuelve religiosa, se orienta hacia el misticismo y deja que la nueva sensibilidad y los nuevos asuntos se introduzcan y ocupen el primer plano de su reflexión.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 269-271.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 119-122.

El estoicismo

El estoicismo es un ejemplo excelente de la nueva situación espiritual. En Atenas funda Zenón su escuela, la Estoa. Todos los esoicos del siglo III a.C. son metecos (extranjeros), que aportan a la filosofía influencias orientales, visibles en la idea de Dios. El Dios de los estoicos está presente entre los hombres, todo lo dispone con su providencia y a todo alcanza con su poder. Es una nueva idea de la divinidad con aires semíticos. Además, Dios se identifica con la razón, pero una razón diferente: no se opone a los sentidos ni los trasciende.

Busto de Zenón en Atenas (Grecia).

LÓGICA.

Los estoicos son sensualistas, para ellos el conocimiento empieza y acaba en los sentidos. Conocemos porque las cosas nos dejan impresa su huella o imagen en el alma, como el sello en la cera. Esta primera imagen es infalible porque es directa. Las sensaciones pues, son infalibles.

De las sensaciones se llega a la ciencia a través de pasos sucesivos, sin que se produzca ningún salto cualitativo. Se llega a la ciencia por medio de asociaciones y comparaciones de sensaciones que alcanzan solidez al confirmarse y apoyarse unas en otras.

En torno a las nociones comunes (el bien, lo bello, los dioses) hay una cierta vacilación. Unas veces se dice que son innatas, otras que se crean espontáneamente…

FÍSICA.

La física está íntimamente ligada a la lógica. El mundo es material, está constituido por cuerpos. Incluso la razón es algo corporal. Si todo está formado por los cuatro elementos, la razón sería el fuego, mezclado con todo lo demás y que todo lo penetra. Entre razón y materia hay una oposición absoluta. La materia es pura pasividad; la razón es activa, todo lo rige, todo lo gobierna: como la naturaleza, como Dios.

Hay una contradicción en esto. Todo es racional, no se trata aquí de la imagen de un orden ideal: la materia está enteramente sometida al poder de la razón, no hay en el mundo residuo de irracionalidad. La razón todo lo gobierna. Sin embargo, la razón es un cuerpo más.

ÉTICA.

La naturaleza, el destino, la razón, Dios: todo es uno y lo mismo para Zenón. Si todo es necesidad ¿qué lugar queda para la ética? Por extraño que parezca, los estoicos reconocen y reivindican la libertad del hombre.

La razón humana, que es parte de la razón universal, consiste en el asentimiento a las representaciones. A la parte más elevada del alma solo le cabe prestar su asentimiento a la representación y a la iniciación. A partir de aquí elaboran los estoicos su ética.

La ética es la parte más importante de la doctrina estoica. Tiene su eje en la racionalidad: la virtud, el bien, la felicidad… se identifican con la razón. El hombre virtuoso, el sabio, es el que vive según la razón, pero ¿qué significa esto para un estoico?

El estoico afirma que el bien del hombre está en vivir según su naturaleza. Cree firmemente en la necesidad de todas las cosas, en el destino. Las cosas son como son, no pueden ser de otro modo, y son buenas porque son racionales. Las inclinaciones llevan al hombre a la autoconservación; esto es conforme a la razón y conforme a la naturaleza. Pero en la medida en que estas inclinaciones se adecuan solo a nuestra razón y nuestra naturaleza dejan de ser buenas.

Las pasiones implican un juicio falso. El dolor físico, por ejemplo, en cuanto a tal no es un mal; es racional. En cambio, la tristeza o sufrimiento moral por el dolor sí lo es, porque dimana de la no aceptación del dolor, es decir, del no asentimiento, de un juicio falso.

En esta moral no hay lugar alguno para los deseos y los placeres; estamos en la antítesis del hedonismo. La moral consiste íntegramente en la aceptación resignada del destino, al que se puede llamar Naturaleza, Razón o Dios. Pero esta resignación es la afirmación complaciente y gozosa del mundo. La moral estoica invita a la acción y el cumplimiento de los deberes cívicos.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 224-237.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 95-100.

El epicureísmo

La historia de Epicuro y su escuela está muy marcada por su época. Escribió un gran número de obras, pero solo se han conservado tres cartas y dos colecciones de máximas. Así como el estoicismo prolonga en varios sentidos el pensamiento iniciado por los cínicos, la escuela de Epicuro continúa en muchos aspectos las ideas de los cirenaicos. Epicúreos y estoicos se oponen en muchas cosas, pero coinciden en el despego de la vida de la polis, el materialismo o la estrecha relación entre física y moral.

Busto de Epicuro (Museo Metropolitano de Arte, EEUU).

CANÓNICA.

Uno de los rasgos más característicos del pensamiento de Epicuro es su escaso interés por el sistematismo y la coherencia racional. A Epicuro le preocupa alcanzar certezas, afirmar verdades. En la parte de la doctrina llamada canónica lo que se nos ofrece son una serie de criterios o cánones para determinar la verdad. Son, podría decirse, diversas vías para alcanzar la evidencia; fundamentalmente tres: la sensación, la anticipación y la pasión.

  • La sensación: como criterio de evidencia significa que todo lo que se siente, todo lo que se capta a través de los sentidos es verdad; de no ser así, todo conocimiento sensible sería imposible; cuando decimos que los sentidos nos engañan es porque estamos afirmando más de lo que en realidad captamos.
  • La anticipación: para poder conocer las cosas es necesario tener nociones previas de ellas. Con ella sentimos pero no percibimos las cosas como tales, no es nada innato, sino fruto de experiencias anteriores que han dejado su impronta en la sensación y en la memoria.
  • La pasión: es evidente todo lo que nos produce placer o dolor. Y el valor de este tercer criterio es doble, porque no solo nos sirve para distinguir lo verdadero de lo falso, sino también lo bueno de lo malo: es bueno lo que produce placer y malo lo que produce dolor.

De estos criterios se desprende uno de los principios fundamentales del epicureísmo: el hedonismo. Es bueno lo que produce placer; no hay discusión posible, porque es evidente. Bien y placer se identifican. Sin embargo, el segundo gran principio, el atomismo, resulta difuso.

FÍSICA.

Epicuro resucita del atomismo de Leucipo y Demócrito, aunque con un carácter y un sentido distintos. Epicuro se mueve en un ambiente jónico y retoma algunas de las ideas y planteamientos de los físicos jonios, pero en realidad le importan muy poco las ciencias. Aprovecha el atomismo pero lo utiliza únicamente con fines éticos. La física atomista permite explicar racionalmente los fenómenos y suprimir las creencias populares acerca de los dioses y la muerte, que producen inquietud y desasosiego.

Los átomos son para Epicuro cuerpos pequeñísimos, invisibles, de distintas formas y en perpetuo movimiento en el vacío, que al combinarse forman los cuerpos visibles. Para Epicuro, los átomos tienen ciertas cualidades que los hacen específicos para cada cosa; la naturaleza del átomo determina su función: tienen algo de semillas y hay tantos tipos de átomos como cosas sensibles. Epicuro concibe el movimiento de manera diferente; los átomos caen por su propio peso, de arriba abajo, todos en la misma dirección y a la misma velocidad. Llegan a combinarse por una desviación pequeñísima de algunos átomos, que desencadenaría un proceso de cadena de choques, rebotes y agrupaciones.

No importan las explicaciones en detalle. Lo principal es tener una idea de conjunto bien presente en todo momento en la memoria. A partir de ahí cada uno podrá encontrar las explicaciones pertinentes, que pueden ser varias e incluso contradictorias.

Como el resto de las cosas, el alma está formada por átomos ligeros y calientes, más sutiles que los del aire y el fuego. Poco importa el detalle. Lo decisivo es que se descompone y disuelve con la muerte. No hay por tanto por qué inquietarse con ningún destino eterno. Epicuro no niega la existencia de dioses pero dice que se encuentran entre los diversos mundos y llevan una vida feliz y tranquila, no se ocupan de nosotros.

ÉTICA.

La moral de Epicuro se reduce al siguiente principio: el fin último es el placer; es bueno lo que nos agrada y malo lo que nos desagrada. Pero, frente a lo que podría parecer y en contra de las acusaciones, este principio no conduce a una vida de libertinaje y desenfreno. Todo lo contrario. En la práctica consistía en una vida retirada y tranquila, caracterizada más bien por la sobriedad. Dividían los placeres en tres tipos:

  • Placeres naturales y necesarios.
  • Placeres naturales no necesarios.
  • Placeres no naturales y no necesarios.

Los primeros (comer, beber, abrigarse) son los únicos que hay que satisfacer, y solo hasta el límite necesario para suprimir el dolor. Los segundos (comer tal manjar, vestirse de determinada manera) son superfluos porque no eliminar ningún dolor, solo varían las formas de placer. Los terceros (la fama, las riquezas, el poder) no solo son vanos, sino que provocan más dolor y turbación que placer. Con lo cual el ideal del sabio epicúreo viene a identificarse prácticamente con el del estoico: la imperturbabilidad.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 211-224.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 101-106.

La ciencia en época helenística

El primer hecho que llama la atención es que, mientras Atenas sigue siendo el centro de gravedad de la filosofía, las ciencias se desarrollan en cambio en la órbita de Alejandría, donde apenas se cultivaba la filosofía. Este florecimiento es, en parte, por la creación de la Biblioteca y el Museo de Alejandría, y la política cultural de los Ptolomeos.

En torno a la Biblioteca floreció la filología, con sus ciencias auxiliares. Se inventaron formas de catalogación. Se escribió la primera gramática griega. Se desarrollaron refinadas técnicas de edición crítica…

Busto de Ptolomeo I Sóter (Museo del Louvre, Francia).

La gran ciencia, sin embargo, siguió siendo la matemática. La novedad es que ahora no va asociada a la filosofía. Euclides sintetiza y sistematiza los principales conocimientos matemáticos de la época, sirviéndose de la lógica aristotélica para organizarlos a partir de definiciones y postulados en la obra Los elementos, cuyo planteamiento seguirá siendo la base de la matemática hasta el siglo XIX.

Arquímedes es posiblemente el más genial de los científicos griegos. Puso las bases de la hidrostática. Muy conocido es su principio, según el cual un cuerpo sumergido en un fluido recibe un empuje de abajo arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja. Todo esto encuadrado en el episodio de Hierón y la corona.

Pero por lo que más ha sido recordado Arquímedes ha sido por sus ingeniosos inventos. Ideó máquinas para lanzar proyectiles y transportar pesos. Inventó el tornillo sin fin. Se dice que consiguió quemar las naves romanas que asediaban Siracusa por medio de espejos con los que reflejaba los rayos del sol. Pero lo que más interesa de Arquímedes es la teoría, la pura ciencia.

Era natural que se cultivase la astronomía, más como ciencia matemática y geométrica que física. El gran problema era cómo explicar los movimientos aparentes de los astros reduciéndolos a movimientos geométricos simples y regulares.

Arquímedes pensativo por Domenico Fetti (Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos, Alemania).

En medicina se hicieron importantes avances, en particular en anatomía, gracias sobre todo a la disección de cadáveres, realizada regularmente en el Museo de Alejandría. Se descubrió así que el órgano central del organismo era el cerebro, no el corazón; se advirtió la diferencia entre nervios sensores y motores, y entre las venas y las arterias, que se pensaba que conducían aire; y se observó la importancia del pulso para el diagnóstico.

Todo esto nos pone ante los ojos un fenómeno nuevo. Ya en la época clásica el pensamiento se había independizado de la religión. Ahora se independiza también de la filosofía. Los científicos helenísticos quieren explicar una parcela de fenómenos, sin entretenerse en la discusión de los supuestos filosóficos. Los mismos centros culturales se especializan.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 252-267.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 111-114.

Características del pensamiento en la época helenística

El helenismo es la época de la cultura griega que se inicia con las conquistas de Alejandro Magno, que suponen la expansión de la cultura griega por todo el Mediterráneo oriental, Egipto y el antiguo Imperio persa, llegando hasta la India. Los cambios evidentemente no se produce de la noche a la mañana. Muchas de las novedades venían gestándose de antiguo. La crisis de las poleis griegas, era evidente desde el siglo IV. La cultura griega, en su conjunto, estaba en crisis desde hacía, al menos, un siglo y se había hecho problemática. El helenismo es una solución al problema.

La época helenística está claro cuando comienza pero no cuando acaba. Su fin, tradicionalmente, se ha considerado en torno al año 30 a.C., cuando Egipto queda incorporado al Imperio Romano. Pero desde un siglo antes el helenismo comienza a decaer por la presencia de Roma en el Mediterráneo.

Alejandro Magno, «fundador» del helenismo (Mosaico de Issos, Nápoles).

La época helenística tiene sus características propias que vamos a tratar de sintetizar. El primer rasgo es obvio; la enorme expansión de la cultura griega, con la lengua como vehículo y símbolo. La lengua y cultura griegas dejan de ser patrimonio de un pueblo o una raza para convertirse en instrumento de civilización y vínculo de unión entre pueblos muy diversos. Se convierte en lengua culta y lingua franca, hablada en Damasco, Babilonia y Alejandría. Es un griego internacional conocido como “lengua común”, más simple que los dialectos clásicos y sin muchas de sus peculiaridades.

Por otro lado, la vida del ciudadano cambia por completo. Las gentes se repliegan a la vida privada, conscientes de que la vida pública depende de fuerzas que no pueden controlar. Se produce una marcada tendencia al individualismo y la búsqueda de la felicidad personal; el ideal de autarquía se traslada de la ciudad al individuo.

Junto a la lengua se difunden también el arte, la literatura, la educación, la retórica, la religión, la filosofía. El arte griego, que llega hasta la India, adquiere desde luego modulaciones regionales. Las tragedias griegas se representan hasta en las cortes de los príncipes hindúes, pero la época de la tragedia ya ha pasado; la helenística es una cultura burguesa, a la que sientan mejor la “comedia nueva” y los poemas idílicos. La retórica sigue siendo el ideal de la educación, los reinos helenísticos se llenan de escuelas de retórica.

Monedas conmemorativas de Alejandro Magno en la India.

También la religión griega se difunde por el Mediterráneo y Oriente, pero en este terreno es más lo que se recibe que lo que se da. Las religiones orientales van ganando cada vez más adeptos, sobre todo entre las clases bajas y la adhesión a la religión tradicional se convierte en algo superficial, en lo que no se acaba de creer.

La filosofía sufre también una profunda transformación. Por un lado se desvincula de las ciencias y por otro tiende a ocupar el hueco dejado al debilitarse las creencias religiosas tradicionales, asumiendo al mismo tiempo algunas de las exigencias de salvación planteadas por las nuevas religiones orientales. El nuevo tipo de filósofo no es el socrático (buscador de la verdad) sino el del sabio dogmático, que conoce la verdad y predica con su ejemplo y palabra.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 203-206.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 92-95.