La filosofía de San Agustín de Hipona

La primera novedad que encontramos en Agustín es su manera de entender y vivir la filosofía. La primera reacción del cristianismo ante la filosofía fue de perplejidad. Luego, con los Padres alejandrinos y capadocios, se ensayan combinaciones y compromisos, con diversos grados de acierto. Con Agustín el contacto entre filosofía y la fe cristiana alcanza una nueva intensidad y profundidad, situando el problema de la relación entre la fe y la razón en el centro de la reflexión y condicionando el planteamiento de este problema.

Agustín siente que con su conversión religiosa no se limita a adoptar una nueva doctrina, sino que lo que se produce en él es una transformación más profunda: la experiencia de la fe no se puede reducir a una convicción racional, el cristianismo no es simplemente la verdadera filosofía; pero tampoco excluye la razón. La fe no se reduce a la razón, pero es razonable. Fe y razón se necesitan mutuamente. La fe necesita de la razón para entenderse a sí misma, para entender lo que cree y por qué cree. Pero la razón también necesita a la fe, porque la fe enseña verdades que la razón por sí sola no podría alcanzar. 

Como Plotino, Agustín se interesa por el alma y la contemplación interior, pero de una manera muy distinta. Agustín, al contrario que Plotino, se recoge en soledad para encontrarse a sí mismo, como persona, con todas sus irrepetibles particularidades y contradicciones; y en sus obras habla continuamente de sí, de sus experiencias, anhelos y angustias. Cuanto más se conoce a sí mismo, más conoce a Dios.

San Agustín en un fresco del siglo VI en el Palacio de Letrán (Roma, Italia).

El hombre percibe el mundo exterior por los sentidos, pero ¿quién le asegura que no es un espejismo, una mera apariencia? En cambio, cuando el hombre concreto siente existir no puede engañarse; porque, si se engaña, es él quien se engaña y por tanto existe. No solo tenemos evidencia directa de que existimos; la tenemos igualmente de que nos conocemos y de que nos amamos a nosotros mismos.

Alejarse de Dios es como alejarse de uno mismo, como arrancarse las propias entrañas. Desde esta perspectiva, las pruebas tradicionales de la existencia de Dios resultan pálidas y sin importancia. Dios nos es más íntimo que nosotros mismos. Si reconocemos la bondad de las cosas es porque tenemos ya en nosotros mismos la idea del bien; y ese bien absoluto es Dios. 

A Dios, sin embargo, no se le puede conocer. Descubrimos sus huellas y atributos en las cosas y nuestra alma; pero esos atributos no nos dan la sustancia de Dios, sino una imagen inadecuada. Lo que sabemos de Dios es más bien lo que no es: Dios no es sabio, bello o bueno, porque es más que sabio, bello o bueno. 

Uno de los principales problemas que se plantea Agustín es el de la compresión de la Trinidad. Es el problema teológico más arduo con el que se encuentran los pensadores cristianos y para resolverlo tiene que recurrir a todas las herramientas que el pensamiento griego les proporciona. Agustín recurre a las distinciones categoriales aristotélicas: la diferencia entre las personas de la Trinidad no está en la sustancia, que es única, sino en la relación; una relación que no es accidental, porque no cambia, es esencial. Dios es uno y trino.

Agustín defiende la doctrina de la creación. El mundo no puede ser ni engendrado por Dios de su propia sustancia ni fabricado por él a partir de un material preexistente. Que Dios crea significa que hace algo de la nada. Y esto solo él puede hacerlo. Tan absoluto es el acto de la creación que con él se crea incluso el tiempo, que va unido al cambio y el movimiento. Algo que ya había dicho Platón. Pero Agustín tiene una concepción más compleja; la eternidad no es pura atemporalidad, sino concentración en el presente, de tal modo que el momento actual lo abarca todo, sin que pueda distinguirse entre un antes y un después. Y en cuanto al tiempo lo sitúa en el alma.

Tumba de san Agustín en la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro (Pavía, Italia).

Según Agustín todo es bueno tal como Dios lo ha hecho, no hay mal, pero ¿de dónde viene el mal moral, que es innegable? Si el bien viene de Dios, el mal solo puede proceder del hombre, de su voluntad, de su libertad. Dios ha hecho al hombre libre para que haga el bien, pero para Agustín la voluntad no es una mera función que se limita a seguir lo que la inteligencia le propone como bueno. Agustín afirma que la mala voluntad existe, que el hombre puede ver el bien, admitirlo como tal y hacer en cambio el mal.

De la voluntad le viene al hombre todo lo bueno y todo lo malo. La voluntad puede, sin embargo, elegir el mal. El mal moral es una aversión a Dios. El pecado consiste en no elegir lo mejor. La soberbia, primer pecado, no es sino un ejemplo de ello. 

Cuando el hombre usa la voluntad para aquello para lo que no está hecha, para el mal, esta se debilita y se hace cada vez menos libre. De hecho nacemos ya con la voluntad radicalmente debilitada por el pecado original. 

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 374-403.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 162-170.

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