Museo del Castillo de San Jorge en Sevilla

Castillo de San Jorge desde el Puente de Isabel II. Fuente: El Correo de Andalucía.

En una ciudad universal como Sevilla, uno de los enclaves más importantes de Europa entre los siglos XV y XVIII, puerto de Indias, cuna del Siglo de Oro, y una de las sedes más importantes de la Inquisición española, una persona -ya sea local, adoptivo, de paso, o turista-, espera encontrar una oferta cultural amplia que vaya más allá de los cuatro tablaos flamencos, sin menospreciar a uno de los patrimonios inmateriales más importantes que tiene España, o el tirador de Cruzcampo Glacial en la tasca de turno.

Que los museos ordinarios están de capa caída no es noticia, ni tampoco lo es que la pandemia ocasionada por COVID-19 ha dado al traste con muchos de los proyectos que se pretendían acometer a este respecto, tanto en la capital hispalense como en el resto de la península. Sin embargo, algunos museos, sobre todo aquellos con más proyección, o con mejor dirección, han aprovechado este periodo de “pausa” y de “calma chicha” para reinventarse o acometer reformas, de cara a ofrecer al visitante una nueva experiencia, acorde a los preceptos de la museología y la museografía del siglo XXI, y también con todos los protocolos de minimización del riesgo de contagio implementados.

Para encontrar casos de museos que hayan “hecho sus deberes” a este respecto no hay que irse muy lejos, hay muchos dentro de España, y aunque la pandemia ha podido dar al traste con los números de muchos de ellos, siguen manteniendo su actividad, como es el caso del increíble Museo Nacional de Arte Romano, en Mérida (España), o incluso el Museo de Huelva (España), cuya colección y disposición resultan tremendamente interesantes.

En el otro lado de la balanza se encuentran catástrofes museográficas de la talla del Castillo de San Jorge (Sevilla, España). Un espacio dedicado, enteramente, a lo que fue el imponente castillo que funcionó como sede del temido Tribunal del Santo Oficio, la Inquisición, durante más de tres siglos. Cuando un proyecto tan interesante como este carece de promoción, de nulo interés por parte de autoridades y administraciones, de poco presupuesto y de una nefasta dirección pues nos damos de bruces con un engendro, sin personal cualificado, sin mantenimiento y sin casi visitantes que debería estar cerrado y, al menos, no generar gasto de algún tipo.

Inicio de la Visita.

Y esto no va de política exclusivamente, de hecho, va todo lo contrario. Aunque el Museo del Castillo de San Jorge dependa de la Junta de Andalucía, ninguno de los gobiernos autonómicos que se han sucedido a lo largo de décadas en el Palacio de San Telmo, ha tenido la visión ni la sensibilidad de dotar a Sevilla de un Museo sobre la Inquisición española como la capital hispalense merece. Máxime cuando dicha Institución se fundó en Sevilla en el año 1478, promovida por Alonso de Ojeda y los Reyes Católicos, y en 1481 se trasladó al citado Castillo de San Jorge, donde permaneció hasta 1785, debido a que este se encontraba en ruinas. Prácticamente como ahora.

Maqueta del Castillo original, situada a la entrada del Museo.

Su horario de apertura es de lunes a viernes de 9:00h a 13:30h, y de 15:30h a 20:00h. Sábados, domingos y festivos de 10:00h a 14:00h. Y su entrada, por suerte para el visitante, es completamente gratuita.

En su día, tanto la dirección del Museo como la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, concibieron al Museo del Castillo de San Jorge como un espacio en el que reflexionar acerca de la tolerancia. Esa tolerancia que la propia Inquisición no ejerció en ningún momento, y cuyo germen encuentra su explicación en una expropiación salvaje disfrazada, al menos en un inicio, de ultracatolicismo y antisemitismo.

Sin lugar a dudas, fueron tiempos oscuros, a todos los efectos, sobre todo para muchas minorías religiosas, como los judíos o los moriscos. No obstante, la Inquisición siempre tuvo clara su hoja de ruta, que no era más que hacer caja a costa de criptojudíos, supuestos protestantes y moriscos, aunque de estos últimos pudieron rascar algo menos.

Interior del Museo del Castillo de San Jorge en marzo de 2021.

Sea como fuere, y al menos ya puestos en contexto, si el Museo quiere transmitir ese ambiente oscuro, inseguro y extraño, lo hace a la perfección. A la nula iluminación, no por diseño, sino por falta de mantenimiento, se le añade una humedad sofocante, continuas goteras, y un olor a “pescaito frito” proveniente del Mercado de Triana, que se sitúa justo encima del Museo. La verdad que, cuando uno entra, no sabe bien si va a ver un Museo sobre la Inquisición, o directamente lo llevan al cadalso.

Tanto la disposición como la filosofía del Museo del Castillo de San Jorge son extrañas. El visitante recorre las ruinas del antiguo castillo de una punta a otra, pero el recorrido y lo que se muestra en el mismo no se encuentra bien explicado ni contextualizado. De hecho, llama la atención que en las diferentes representaciones artísticas que existen del Castillo al inicio de la visita, en ninguna de ellas se mencione, siquiera, al autor/a de las mismas, y en ocasiones solo las fechas.

Una vez se discurre por el primer tramo, el visitante entra de lleno en el grueso de la exposición, que son las restauradas ruinas de lo que, otrora, fue el castillo y temida sede del Tribunal del Santo Oficio en Sevilla. De hecho, al visitante no se le contextualiza en absoluto, se da por hecho que está accediendo a lo que un día fue la sede de la Inquisición, pero no a que el castillo, originalmente, se trató de una fortaleza musulmana y que, posteriormente, tras la Reconquista de Sevilla, sería defendido por la Orden Militar de San Jorge, hasta el establecimiento de la Inquisición en el mismo en 1481.

Como la mayor parte de fortalezas árabes, y es algo que podemos observar perfectamente en lugares como el Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba (España) o en la famosa ciudad de Medina Azahara, también en Córdoba (España), era una especie de ciudadela que el Santo Oficio supo aprovechar muy bien. Esto se intenta explicar mediante panelería a lo largo de la visita, sin embargo, las pésimas condiciones del Museo impiden que el visitante pueda acceder a parte de la información in situ, ya que esta se encuentra desaparecida o deteriorada.

De hecho, durante la visita, en marzo de 2021, solo uno de estos paneles interactivos funcionaba, y el resto de ellos o bien se encontraban inactivos, o bien desaparecidos. El resto de paneles, como el de famosas víctimas de la Inquisición, albergan demasiada información en un espacio muy reducido y con una pésima impresión. Todo un ejercicio de desidia museológica y museográfica.

Si tienes gafas, llévatelas, porque la minúscula letra de esos paneles es la única que ofrece algo de información acerca de la Inquisición y del Castillo de San Jorge.

Avanzamos por parte de la muralla, la casa del portero, las cuadras, la cocina, bodegas o la casa del primer inquisidor, la única en la que la panelería interactiva funciona de forma correcta.

La visita finaliza también entre tinieblas, y sin un camino bien trazado. En este último tramo, la dirección del Museo del Castillo de San Jorge ha tenido a bien intentar que el visitante reflexione, no acerca del pésimo estado del Museo, sino acerca de las atrocidades cometidas por la Inquisición. Un ejercicio que estaría mejor resuelto si se hubiese puesto en contexto al visitante de forma previa y, sobre todo, si el olor a pescado frito del Mercado de Triana no se colase de forma tan evidente por la puerta de salida.

El Museo del Castillo de San Jorge es un museo que llama la atención, pero para mal. Una auténtica vergüenza para la ciudad de Sevilla, para la historia de España y para el dinero del contribuyente. Heródoto & Cía no es un foro de opinión, es un portal dedicado exclusivamente a la Historia, es por ello que este deliberado ataque hacia nuestra historia y patrimonio no merece más que estas palabras de denuncia. Porque para tener un “museo” en este estado, mejor tenerlo cerrado.

[LIBRO] Historia de Japón – Brett L. Walker

DATOS
Autor: Brett L. Walker.
Nº de páginas: 384.
Editorial: Akal.
Año de publicación: 2017.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: Madrid (España).
ISBN: 978-84-460-4351-5.
Depósito legal: M-7-2017.

Desde finales del siglo XVIII, y especialmente a partir del siglo XIX, muchos historiadores occidentales se han sentido fascinados por la historia de Asia, especialmente acerca de China y Japón, que, con el paso del tiempo y el avance en la investigación, han terminado por constituirse como disciplinas propias. Esta especialización, ha traído consigo un gran número de expertos que, tras la Segunda Guerra Mundial en el caso de Japón, y tras la muerte de Mao en el caso de China, han plasmado sus grandes conocimientos y exhaustivos estudios en monografías y artículos que, de una forma u otra, inundan las estanterías.

A este respecto, es preciso realizar un estudio previo a la hora de escoger una obra, pues en los últimos años han surgido un sinfín de expertos en Japón, sobre todo Japón Feudal, cuyos trabajos y conocimientos pueden tener validez a nivel informativo, pero ni siquiera a nivel divulgativo o científico. Por ello, contar con obras como Historia de Japón, del profesor Brett L. Walker, catedrático emérito de la Universidad Estatal de Montana (Estados Unidos), y uno de los mayores expertos sobre Japón que existen en la actualidad, no solo es importante, sino que, también, es necesario.

El título con el que se ha traducido la obra al castellano, editada por Akal, es, quizá, demasiado ambicioso, ya que el propio profesor Walker la tituló como ‘A Concise History of Japan‘, que traduciríamos como Breve Historia de Japón, algo que se asemeja mucho mejor a lo que Walker transmite en sus casi 400 páginas de estudio.

Historia de Japón es, sin duda alguna, una pequeña joya para cualquier amante del país del sol naciente y, en general, de todo aquello relacionado con Asia. A pesar de las importantes dinastías existentes en el sudeste asiático, desde la Edad Media hasta los albores del siglo XIX, resulta evidente que fueron dos países aquellos que marcaron, de una forma u otra, el devenir de la región: China y Japón.

La historia de Japón es realmente extensa y, desde un punto de vista eminentemente occidental, incluso complicada. La división que se pueda realizar a su respecto no es la que habitualmente se utiliza para referirnos a países y regiones europeos, africanos o americanos, ya que las propias características de la historia japonesa hacen imposible que se rija por los mismos parámetros o discurra por dichos derroteros.

Resulta muy interesante el enfoque que el profesor Brett L. Walker realiza al respecto de su obra, ya que a través de una visión medioambiental, su autor nos narra la historia de Japón, desde la prehistoria hasta nuestros días, y en apenas cuatrocientas páginas. Algo, realmente, digno de elogio, ya que su capacidad de síntesis es tal que, una vez terminamos la obra, o bien consultamos algún capítulo, llegamos a alcanzar una extensa idea acerca de aquello que fue y, sobre todo, nos da las pautas para seguir investigando por nuestra propia cuenta. 

Su índice, en orden escrupulosamente cronológico, aborda los siguientes campos:

  • Introducción. La historia de Japón.
  • Nacimiento del Estado Yamato (14.500 a.EC. -710 E.C.).
  • La era de las Cortes (710-1185).
  • Ascenso del gobierno samurái (1185-1336).
  • El Japón medieval y el periodo de los Estados en guerra (1336-1573).
  • Encuentro de Japón con Europa (1543-1640).
  • Unificación del reino (1560 – 1603).
  • Inicio del Japón premoderno (1600-1800).
  • El auge del nacionalismo imperial (1770-1854).
  • Ilustración Meiji (1868-1912).
  • Revueltas Meiji (1868-1920).
  • Nacimiento del Estado Imperial japonés (1800-1910).
  • Imperio y democracia imperial (1905-1931).
  • La Guerra del Pacífico (1931-1945).
  • Historia del Japón de posguerra (1935-hoy).
  • Desastres naturales y filo de la historia.

Como observamos, el profesor Walker ha diseñado una obra que abarca la totalidad de la historia de Japón y, como hemos comentado, sirve, a la perfección, como introducción a la misma, puesto que nos da las pautas para seguir leyendo e investigando acerca del período que más nos interese.

La obra, recomendable y sintética, adolece de determinadas fallas que, por suerte, no oscurecen el cómputo final de la misma. Por ejemplo, narrar la extensa historia de un país como Japón desde un punto de vista medioambiental y en menos de cuatrocientas páginas es, cuanto menos, pretencioso. Esto hace, entre otros aspectos, que el autor desarrolle extensamente períodos como la prehistoria japonesa, o el ascenso del gobierno samurái y, por otro lado, apenas haga hincapié en momentos tan relevantes como las revueltas durante la Era Meiji, el ascenso del nacionalismo Shōwa y la Guerra del Pacífico, a pesar de dedicarles, en la práctica, capítulos completos.

No obstante, como hemos recalcado a lo largo del análisis de Historia de Japón, de Brett L. Walker, se trata de una obra más que recomendable, un interesante estudio, desde un aun más interesante punto de vista, que sirve a cualquier historiador o aficionado a la historia para introducirse y comprender mejor la historia de una nación tan importante en su región, y ya en todo el mundo, como es Japón.

Valoración: 4/5.

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¿Qué queda del Imperio Español en Filipinas?

De Madrid a Manila: el legado material e inmaterial de España en Filipinas.

Aunque fue, quizá, la menos mimada de las colonias de ultramar, Filipinas siempre se configuró como una de las piedras angulares del Imperio español. Olvidada por parte de autoridades y académicos tras su pérdida en 1898, uno de los tantos motivos que favoreció la sistemática eliminación de todo rastro español por parte de los estadounidenses, en los últimos años ha vuelto a ponerse en valor el legado español en Filipinas por parte, precisamente, de diferentes sectores de la cultura en España, gracias a obras como Los últimos de Filipinas, de Miguel Leiva y Miguel Ángel López (Actas, 2016), Defensa de Baler: Los últimos de Filipinas, de Félix Minaya y Carlos Madrid (Espuela de Plata, 2016), películas como Los últimos de Filipinas de Salvador Calvo (2016), o el cómic del mismo nombre editado por Cascaborra en 2020.

De hecho, en la práctica, no muchos filipinos conocen el origen de palabras que emplean a diario, e incluso de sus propios nombres y apellidos, así como el de algunos de sus monumentos o lugares de interés más relevantes, convertidos actualmente en grandes atracciones turísticas.

Filipinas perteneció, durante casi cuatro siglos, al Imperio español, siendo una de las posesiones más remotas de ultramar, junto a las Marianas y las Carolinas. La pérdida del archipiélago, durante la guerra contra Estados Unidos en 1898, acarreó, por parte de los estadounidenses, la citada eliminación de cualquier tipo de legado español en las islas, incluyendo entre ellos la cultura y, por ende, el idioma. Empero, algunos de estos vestigios siguen presentes en Filipinas, como fieles testigos de la historia.

  • ANTECEDENTES DE LA GUERRA DE 1898

Para España, la pérdida de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y otros territorios de ultramar en 1898 supuso un punto de inflexión en su historia, en su proyección internacional y en su concepto como tal, ya que el maltrecho Imperio español desaparecía de forma oficial, aunque lo había hecho oficiosamente desde la emancipación de las colonias americanas durante los primeros compases del siglo XIX.

El Desastre del 98, que es como la historiografía ha denominado a este proceso, es, posiblemente, el hecho histórico que mejor explica la deriva de España desde entonces hasta nuestros días, y el mismo no es más que la consecuencia de un reinado apático y corrupto como lo fue el de Carlos IV (1788-1808). Desde la independencia de Estados Unidos (1784), los imperios europeos, sobre todo al respecto de sus colonias de ultramar, vieron seriamente amenazada su hegemónica posición, dado que la Guerra de la Independencia de Estados Unidos (1775-1783) no solo sentó un importante precedente, sino que se convirtió en una cuestión internacional, en la cual pujaron la mayor parte de potencias europeas del siglo XVIII.

El, por entonces, Imperio español se sumó a la causa estadounidense y participó, de forma activa, junto a Francia, en la expulsión de los británicos de la costa este de América del Norte. Este hecho, que marcó el nacimiento de Estados Unidos, de una de las mayores potencias económicas y militares de nuestra historia reciente, se volvería en contra de los españoles, ya que los propios británicos les devolverían la moneda apoyando logísticamente a los independentistas hispanoamericanos, llamados patriotas, con incluso mayor efectividad que en el caso de la independencia de Estados Unidos, suponiendo esto la efectiva expulsión de los españoles de la mayor parte de América en 1833.

A pesar de los vanos intentos de recuperar posesiones y peso político en la zona, el maltrecho Imperio español perdió un enorme peso internacional, motivado por la desidia de sus ciudadanos y el convulso, así como absurdo, panorama político durante todo el siglo XIX, plagado de militares y políticos corruptos, junto a ineficaces monarcas, dinamitando no solo el patrimonio territorial, sino también el cultural, en cuyas últimas colonias casi todo rastro de herencia española fue eficientemente eliminado por parte de los nuevos colonizadores.

Posesiones españolas en 1898.

Es un hecho que, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, los procesos de descolonización, de forma lógica, se intensifican, expulsando a las potencias europeas de los mismos a través de procesos de emancipación que dan lugar a un nuevo mapa político. Sin embargo, el error de los españoles no solo radica en la forma en la que se producen estos procesos de emancipación, sino en la poca habilidad para gestionar las relaciones internacionales con los nuevos países, así como la herencia social y cultural dejada en los mismos.

Ello se debe a los serios problemas internos que arrastró el “Imperio” español desde la Guerra de Independencia (1808-1814), pero también al poco honroso trabajo realizado por la Inquisición española. Carlos III (1759-1788) dejó a todo el Imperio, y en concreto a la península ibérica, a las puertas de formalizar el necesario abrazo a la modernidad que precisaba España. Sin embargo, su magno proyecto dio al traste con la llegada de su hijo, Carlos IV, al trono de la Monarquía Hispánica. Alejado y ajeno a las ideas de la Ilustración, el quinto Borbón que se sentaba en el trono español parecía más preocupado por las intrigas palaciegas y los turbios asuntos de María Luisa que por gobernar el extenso territorio interior y de ultramar. La desidia de su reinado se tradujo en la dejación de responsabilidades y en el empeoro de la, ya, débil unidad del territorio, cuya cohesión comenzaría a resquebrajarse antes de la llegada de los franceses a la península ibérica.

Por otro lado, aunque la Inquisición española había perdido muchísimo poder a lo largo de los siglos, y sobre todo con Carlos III, seguía funcionando como órgano censor, lo cual propició un innegable retraso cultural en todos los territorios que los españoles controlaban. Mientras la ciencia, la filosofía y la política copaban las principales producciones académicas en Francia, el imperio británico y Estados Unidos, en España se seguía con una mentalidad acorde a los años más importantes del Siglo de Oro. Bien es cierto que la Inquisición realizaría pocos autos de fe en el último tramo del siglo XVIII y comienzos del XIX, pero también es cierto que la censura literaria y científica imaginó un país ciertamente torpe en ciencia, tecnología, literatura, filosofía, Derecho e, incluso, religión.

Batalla naval de Santiago de Cuba, por Ildefonso Sanz Doménech. En esta batalla, España perdió todos los buques que participaron en la misma, mientras que Estados Unidos no perdió ninguna de sus naves.

La pérdida de los territorios hispanoamericanos relegó a España a un más que merecido segundo plano en materia de política internacional, con unos pocos territorios en ultramar, entre los que se destacaron Cuba, Puerto Rico y Filipinas, aunque todavía preservaba algunos más, en África, Asia y Oceanía.

  • EL DESASTRE DE 1898

Estados Unidos se había convertido en una potencia económica, militar e industrial en poco menos de un siglo. Las originales Trece Colonias británicas supieron aprovechar el potencial del vasto territorio que les quedaba al oeste e iniciaron una importante política exterior que mostró su cara más agresiva durante la Guerra hispano-estadounidense  de 1898. Resultaba evidente que Estados Unidos no tenía ninguna simpatía por España; aquel país que ayudó a su independencia languidecía como un atrasado país europeo cuyos territorios de ultramar, a excepción de Cuba, parecían abandonados a su suerte. Esto dejaba estratégicos lugares como Cuba, Puerto Rico y Filipinas a merced de las modernas flotas que estaban conformando países como Alemania, Francia, Gran Bretaña, Japón y, por supuesto, el propio Estados Unidos.

Aunque España apostaba fuertemente por Cuba -el primer ferrocarril del Imperio unió La Habana con Güines-, su política con respecto a los nacionalistas cubanos, brevemente esquilmada con el sistema de trochas de Valeriano Weyler, le hizo ganar un buen número de enemigos dentro de la isla, muchos de ellos influenciados por Estados Unidos. La lucha de Cuba fue encarnizada, sucia y complicada. En el plano naval, España hizo un importante ridículo, equiparable al de Trafalgar (1805), ya que empleó un buen número de buques desfasados tecnológicamente que fueron carne de cañón para la moderna flota estadounidense, y aquellos más avanzados, al no contar con apoyo, acabaron como un amasijo de acero en el fondo del Caribe. En tierra la situación no fue mucho mejor, puesto que las tropas españolas, a pesar de encontrarse en su territorio, se encontraba mal equipadas y alimentadas, y la mayor parte de los refuerzos nunca llegaron a Cuba por motivos políticos y burocráticos.

En Puerto Rico la situación fue diferente. En esta isla no existía un nacionalismo arraigado por parte de los portorriqueños, entonces españoles. Sin embargo, Estados Unidos sí que tenía importantes intereses en Puerto Rico, y su objetivo no fue, en ningún momento, el de crear un títere como haría con Cuba o Filipinas, sino el de anexionar, por completo, Puerto Rico, aunque sin convertirla en un Estado dentro de su sistema administrativo. El combate en Puerto Rico fue testimonial, así como la resistencia que opusieron las tropas españolas en la isla, que prácticamente entregaron a los estadounidenses después de pequeñas escaramuzas con escasas bajas.

  • EL CASO DE FILIPINAS

Si Cuba fue, en la práctica, un desastre, Filipinas no fue menos. En este conjunto de islas del Pacífico, que llevaban bajo dominio español desde el siglo XVI, el espíritu nacionalista era, incluso, superior al de Cuba o al de las antiguas colonias hispanoamericanas emancipadas durante los años veinte y treinta del siglo XIX. Además, la propia geografía de las islas jugaba a favor de nacionalistas filipinos, terroristas y rebeldes, cuyos atentados hacia las autoridades españolas, antes y durante la guerra, fueron constantes.

Del mismo modo, si una gran parte de los filipinos renegaba de los españoles y el terreno resultaba dificultoso, a ello se añadía que, en la práctica, la cultura española no había arraigado en Filipinas tanto como en Cuba o Puerto Rico. La asimilación de la cultura española siempre fue un problema para los nativos, bien por el arraigo o la dificultad para ello, o bien por la inacción de los propios españoles. De hecho, la Capitanía General de Filipinas dependió, siempre, del Virreinato de Nueva España, hasta que México se independizó en 1821, pasando el testigo, directamente, al Gobierno de España, radicado en Madrid.

Esta centralización, con una España tremendamente convulsa durante el grueso del siglo XIX, desembocó en un cierto abandono de Filipinas por parte de las autoridades, a pesar de que el sistema colonial de los españoles era mucho más inclusivo que el de otras potencias europeas. A ello se añade la galopante corrupción de los gobiernos de la época, con sucesivas alternancias de poder entre oscuros personajes como Antonio Cánovas del Castillo, o Práxedes Mateo Sagasta, irónicamente enterrados en el Panteón de Hombres Illustres, y cuyos nombres ocupan un buen número de calles en toda España.

Posesiones españolas en el Pacífico en marzo de 1898. Fuente: Biblioteca Nacional de España.

Resulta evidente que la desidia y la inacción de los cuestionables personajes que tuvieron en sus manos el destino de España desde el siglo XVIII en adelante, a excepción de Carlos III, tuvo mucho que ver en el poco arraigo de la identidad española en las islas y, por ende, en el surgimiento del nacionalismo filipino. Sin embargo, bien es cierto que en España todavía quedaban un puñado de hombres buenos, artífices de la exploración y colonización de las Carolinas y las Marianas, muy próximas a Filipinas. Además, episodios como el de José Rizal, y su pretensión de convertir a Filipinas en una provincia, le llevó a mantener una constante disputa con los franciscanos y los terratenientes españoles, la cual desembocó en la ejecución de Rizal. También es cierto que no todos los filipinos fueron nacionalistas o mostraron aversión hacia la presencia española, incluso con el constante hostigamiento, en forma de propaganda, por parte de los estadounidenses.

Sea como fuere, a pesar de no ser algo baladí, lo cierto es que los estadounidenses, una vez ganada la guerra en 1898 -despojando a España, en términos efectivos, de sus posesiones de ultramar-, intentaron durante décadas, por activa y por pasiva, borrar cualquier rastro español en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Las dos primeras funcionaron como títeres durante décadas, y Puerto Rico fue directamente anexionada a Estados Unidos.

En Cuba es más que evidente la herencia española, tanto en el idioma, como en las costumbres, la cultura y la arquitectura, entre muchos otros aspectos. No obstante, en Filipinas sí que se realizó un borrado sistemático del legado español por parte de los estadounidenses, aunque, a día de hoy, siguen quedando en el archipiélago algunos vestigios del Imperio, así como una reciente y tímida puesta en valor del mismo por parte de historiadores y autoridades filipinas.

  • LA HERENCIA ESPAÑOLA EN FILIPINAS: EL PATRIMONIO INMATERIAL

La religión (siglo XVI).

En primer lugar, hemos de tener en cuenta que Filipinas es el único país de la zona en el que la religión mayoritaria es el cristianismo, y especialmente el catolicismo, lo cual evidencia la huella española, dado que los países colindantes a Filipinas suelen ser mayoritariamente musulmanes o budistas. De hecho, tal es el fervor católico en el archipiélago, que durante la Semana Santa, muchos de los filipinos, emulando a Jesús de Nazaret, llegan a crucificarse, con clavos de verdad, a una cruz, en la que permanecen durante unas horas. O bien son azotados, con látigos de cuero, durante su penitencia por las calles del municipio de turno.

Crucifixión en Pampanga. Fuente: Unidad Editorial.

Clavos empleados para crucificar a los devotos durante la Semana Santa en Filipinas. Fuente: Francis R. Malasig (EFE).

El idioma (siglo XVI).

Algo parecido ocurre con el idioma, a pesar de que el español fue abandonado, por completo, tras la expulsión de los españoles en 1898. Sin embargo, aunque el inglés y el tagalo son los idiomas oficiales, y los más hablados, este último comparte un gran número de palabras con el español. Palabras como orgullo, tienda, tenedor, flor, amor, belleza, tienda, cosa, o sabroso, que los filipinos emplean en su día a día, la mayoría de las veces sin ser conscientes de ellos.

El español no arraigó en Filipinas como sí hizo en Hispanoamérica o en las colonias españolas en África. Ello encuentra su explicación, al margen de la desidia de la administración española, en el reducido número de españoles que hubo siempre en Filipinas, en torno a 600 colonos por millón de habitantes. No obstante, el español fue lengua oficial en Filipinas hasta 1976, y de enseñanza obligatoria en universidades hasta 1987. Hecho que ha causado, entre otros, que en la actualidad apenas 200.000 filipinos hablen el español.

Caso aparte es el denominado chabacano, extendido por todo el archipiélago, pero especialmente popular en Zamboanga, donde lo hablan más de un millón de personas. El chabacano, al igual que el tagalo, mezcla español y lengua local pero con la salvedad de que, en este caso, predominan las palabras en español sobre las autóctonas. Tanto estadounidenses, tras la guerra de 1898, como japoneses, tras la invasión de Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial, intentaron eliminar, sin éxito, el chabacano de entre las lenguas habladas en el archipiélago.

Las fiestas (siglo XVII).

Otro ejemplo de la huella del antiguo Imperio español en Filipinas reside en la celebración de fiestas populares, como es el caso de San Isidro Labrador, patrón de Madrid, que desde 1606 es, de forma efectiva, la capital de España. En el caso de Filipinas, las fiestas en honor a San Isidro, que son especialmente populares en Quezón, aunque difieren sensiblemente de las españolas, ya que los filipinos no se visten de “chulapos” o “chulapas”, dado que esta costumbre apareció en España a mediados del siglo XIX, no pudiendo llegar a alcanzar demasiado arraigo en Filipinas.

Por último, al respecto de lo inmaterial, es importante destacar las relaciones diplomáticas entre España y Filipinas desde 1898. La mayor parte de este tiempo, ambos países no mantuvieron ningún tipo de relación, sobre todo por la influencia estadounidense en Filipinas que, de forma oficiosa, convirtió al archipiélago en una colonia.

Sin embargo, desde el inicio de los años 2000, España y Filipinas comenzaron a tener relaciones cada vez más estrechas, que dieron como resultado el establecimiento del Día de la Amistad Hispanofilipina a partir del año 2003, con motivo de la resistencia de los soldados españoles en Baler, uno de los episodios más famosos de la guerra de 1898.

España y Filipinas, por Juan Luna (1886).

La paella, o paelya (siglo XVIII).

El arroz llegó a la península ibérica con los árabes, gracias a las rutas comerciales que mantenían con oriente. Rápidamente, este cereal se convirtió en un elemento esencial en la gastronomía española, con multitud de modos de preparación que han llegado hasta nuestros días, destacándose de entre todos ellos el arroz en paella, llamado simplemente paella.

Con la llegada de los españoles a Filipinas, estos introdujeron gran parte de su gastronomía original en la colonia, siendo en muchos casos mezclada o adaptada a la ya existente en el archipiélago. Ese es, precisamente, el caso del arroz en paella, muy popular en la zona del Levante español y que, gracias al extenso cultivo del arroz en Filipinas, se ha convertido en uno de los platos básicos de su gastronomía.

Paelya filipina. Fuente: Yummy Philippines.

Existen multitud de variantes de la paelya filipina, al igual que existe con la paella valenciana. En el caso filipino, este plato suele incluir huevo duro, chorizo de Bilbao, queso o leche de coco, entre muchos otros ingredientes. En ocasiones, el plato recibe el nombre de “paella nativa” o, simplemente, “valenciana”.

La cerveza San Miguel (siglo XIX).

Curioso resulta el caso de la cerveza San Miguel, hoy con sede en la mediterránea ciudad de Málaga (España).

Con la idea de abrir la primera fábrica cervecera en el sudeste asiático, un grupo de españoles, encabezado por Enrique María Barretto de Ycaza, comienza a producir cerveza en Manila, en el barrio de San Miguel, en 1885. En 1890, concretamente el 29 de septiembre, se inaugura oficialmente la Fábrica de Cerveza San Miguel, comenzando su exportación a otras regiones y países de la zona, llegando a destinos comerciales tan importantes como Guam, Shanghái y Hong Kong a principios del siglo XX. Tras la pérdida de Filipinas, los propietarios de la cervecera trasladan su producción y su sede a España, donde permanece a día de hoy. Resulta curioso, sin embargo, que todavía en Filipinas -y países como Estados Unidos-, la cerveza San Miguel que se comercializa lo hace bajo sello filipino, y no español.

Fábrica de San Miguel en Manila (Filipinas). Fuente: Loopulo.

  • LA HERENCIA ESPAÑOLA EN FILIPINAS: EL PATRIMONIO MATERIAL

A este patrimonio inmaterial, herencia de la presencia española en Filipinas durante casi cuatro siglos, se le añaden los vestigios materiales, de una forma u otra, que, a día de hoy, conviven día a día con filipinos y turistas. Si la huella cultural y comercial de España en Filipinas se evidencia en lo anteriormente comentado, todavía es más notorio dicho legado en términos puramente arquitectónicos, a través de restos y monumentos que se diseminan por toda la geografía filipina.

Bien es cierto, y como se referencia en varias ocasiones durante el texto, que los estadounidenses iniciaron un plan cuyo objetivo era el de eliminar cualquier vestigio de cultura española en Filipinas -y también en Puerto Rico o Cuba- para sustituirlo por los suyos propios. Lo cierto es que el plan de Estados Unidos fue un verdadero éxito, pero muchos edificios, en su mayoría iglesias barrocas, faros o fortalezas, no pudieron ser derruidos, los cuales se han convertido, hoy en día, en atracciones turísticas sin parangón.

Iglesia de San Agustín, en Manila (siglo XVII).

Exterior de la iglesia de San Agustín, Manila (Filipinas). Fuente: Ricardo C. Eusebio.

Interior de la iglesia de San Agustín, Manila (Filipinas). Fuente: Agustín Rafael Reyes.

Resulta especialmente interesante el tema de las iglesias católicas que se encuentran en Filipinas. Una de las más célebres, por su antigüedad, ejecución y conservación interior, es la iglesia de San Agustín, en Manila, construida en 1607 en el interior de un asentamiento ya tremendamente avanzado. Aunque no es el edificio religioso más antiguo de Manila ni de Filipinas, es preciso comenzar por esta iglesia a la hora de adentrarnos en el patrimonio arquitectónico hispano-filipino. San Agustín destaca por constituirse como un claro ejemplo del barroco colonial español, que se replicó por toda la península ibérica, América y, en este caso, Filipinas.

Del mismo modo, también es importante destacar su interior, aun con las sucesivas reformas, mejoras y restauraciones, es un buen ejemplo de planta en cruz latina, con un gran número de naves laterales a cada lado de la nave central. La decoración en mármol y escayola, es sencilla de encontrar, hoy día, en España, en cualquier iglesia en ciudades como Sevilla, por ejemplo.

La iglesia de San Agustín, con graves daños estructurales, tras la liberación de Filipinas en agosto de 1945. Fuente: Time Inc.

Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la invasión japonesa y los sucesivos bombardeos estadounidenses, la iglesia de San Agustín sufrió graves daños, afectando incluso a su propia estructura. Sin embargo, a comienzos de los años cincuenta, se inició un proceso de reconstrucción y restauración que la ha devuelto a su estado original.

Catedral de Manila (siglo XVI).

La catedral de Manila (Filipinas) en 2009. Fuente: Gary Todd.

El caso de la catedral de Manila es especialmente interesante debido a su historia, aunque también a su evidente valor arquitectónico, a pesar de que, a día de hoy, no se trate de una edificación cien por cien original.

Levantada hacia 1582, una década después del establecimiento de Manila como capital de Filipinas por parte de Miguel López de Legazpi, la catedral se levantó sobre la planta de una modesta parroquia construida en 1571 y que daba servicio a los nuevos colonos españoles. El edificio que vemos hoy día es la sexta reconstrucción de la catedral, y es una réplica, casi exacta, del original de 1582. Esta catedral, de estilo gótico tardío, muy popular en la España del siglo XVI, ha sufrido varios terremotos, un incendio e, incluso, un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial. Sus arquitectos más notables fueron Luciano Oliver, Vicente Serrano Salaverria, Eduardo López Navarro y Fernando Ocampo, este último responsable de la definitiva reconstrucción de la catedral en 1958.

Campanario de la catedral de Manila (Filipinas) destruido tras el terremoto de 1863.

Parroquia de San Pedro y San Pablo, en Calasiao (siglo XVI).

Fachada de la parroquia de San Pedro y San Pablo, en Calasiao (Filipinas). Fuente: Ramón F. Velasques.

En Calasiao, a doscientos kilómetros de Manila, los españoles establecieron un pequeño enclave en 1571 que, en poco tiempo, aumentó muchísimo su tamaño gracias, entre otras cuestiones, a una relativa buena distancia con Manila, así como su salida al mar. Sin embargo, no sería hasta 1588 cuando se fundase oficialmente como villa, comenzando, así, la construcción de un prominente casco urbano que, a día de hoy, se conserva relativamente bien.

Ese mismo año iniciaron la construcción de la parroquia de San Pedro y San Pablo, finalizada poco después, y que se constituye como un buen ejemplo de la temprana arquitectura española en Filipinas. Lo que podemos ver hoy día no es el original del siglo XVI, dado que la iglesia fue destruida en 1763 por rebeldes filipinos. Sin embargo, sí que se puede observar esta huella en su interior y en su fachada principal, que presenta elementos característicos del estilo colonial español, muy reproducido en toda Latinoamérica.

Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, en Macati (siglo XVII).

Muy cerca de Manila, en Macati, se encuentra la iglesia de Nuestra Señora de Gracia. Su construcción se inició en marzo de 1601 y fue terminada, tras sucesivas reformas, a mediados de 1630. Aunque fue concebida acorde a los cánones del gótico tardío, finalmente presenta múltiples elementos barrocos que constituyen como un ejemplo único, tanto en Filipinas como en el resto del mundo.

Fachada de Nuestra Señora de Gracia en Macati (Filipinas). Fuente: Elmer B. Domingo.

Aunque, a priori, pudiese parecer inactiva debido al estado aparente de su exterior, la iglesia se encuentra completamente operativa en la actualidad, siendo gestionada por parte de frailes agustinos. Este templo, al igual que muchos otros en Filipinas, ha experimentado los embates de sucesivos terremotos, erupciones de volcán, invasiones y bombardeos a lo largo de su historia. Sin embargo, al contrario de lo que ocurrió con la catedral de Manila, la iglesia de Nuestra Señora de Gracia se mantiene, prácticamente, intacta desde 1630.

Iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, en Baler (siglo XVI).

Fachada de San Luis Obispo de Tolosa en Baler (Filipinas). Fuente: Municipality of Baler.

Esta iglesia es, quizá, una de las más célebres acerca de la presencia española en Filipinas. Y no lo es, precisamente, por su valor artístico o arquitectónico, más bien escaso, sino por su valor histórico. Dentro de esta pequeña iglesia, situada en el noreste de Filipinas, los restos de un pequeño destacamento de cazadores españoles resistieron, durante casi un año, el asedio de la iglesia por parte de insurrectos filipinos y estadounidenses, sin noticias, siquiera, de que España se había rendido a los pocos meses de comenzar el conflicto, perdiendo Cuba, Puerto Rico y Filipinas, donde se encontraban.

La iglesia de Baler, consagrada a San Luis Obispo de Tolosa, aguantó el continuo hostigamiento de los enemigos que, prácticamente, terminaron por derrumbar el pequeño templo. Cuando, tras once meses encerrados en el interior de la iglesia, los españoles se rindieron, la estructura de la misma estaba seriamente dañada.

La iglesia, en algún momento antes de 1898.

El edificio quedó abandonado desde 1899 hasta 1939, cuando la Primera Dama de Filipinas, Aurora Quezón, decidió reconstruir la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, por la importancia histórica del mismo. Existen muy pocos datos, y menos fotografías si cabe, acerca del edificio original. La reconstrucción de 1939, que es la que hoy día sigue en pie, no es fiel al original. Sin embargo, la iglesia de Baler se ha convertido, por méritos propios, en un símbolo de la Guerra hispano-estadounidense y de la Revolución filipina.

Parroquia de San Pedro Apóstol, en Loboc (siglo XVII).

Exterior de la parroquia de San Pedro Apóstol, en Loboc (Filipinas), en 2004.

Cuando los españoles levantaron la segunda parroquia en Loboc -la primera, de madera, quedó destruida a causa de un incendio en 1638-, ya había aprendido tanto acerca de los incendios fortuitos como acerca de la actividad sísmica de Filipinas. Por ello, y para dar cabida a todos los fieles de Loboc, se proyectó, a petición de los jesuitas, en 1670, una nueva planta que fue concluida en 1734.

Esta nueva parroquia, ya de estilo puramente barroco, era mucho más grande que la anterior, con una única nave e importantes contrafuertes, así como campanario exento. Estas medidas anti-terremotos, muy comunes en la arquitectura colonial española en Filipinas, mantuvieron la parroquia prácticamente intacta hasta que en octubre de 2013 un terremoto sacudió Loboc y destruyó, casi por completo, la iglesia. Hoy día todavía se encuentra en reconstrucción.

Iglesia de San Agustín, en Páoay (siglo XVII).

San Agustín de Páoay (Filipinas). Fuente: Ibarra Siapno.

En la pequeña localidad de Páoay, en el norte del archipiélago, se encuentra una de las mejores iglesias de época colonial de toda Filipinas. Se trata de la iglesia de San Agustín, iniciada en 1694 y terminada en 1710, y cuyo estilo es completamente inclasificable al respecto de los cánones occidentales, ya que en ella se mezcla el barroco español con la arquitectura precolonial, adaptándose a las dificultades sísmicas del terreno, dando lugar a un templo único que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993 por parte de la UNESCO.

Para finales del siglo XVII, los españoles habían aprendido, a base de errores, de la constante actividad sísmica en Filipinas, por lo que diseñaron San Agustín de Páoay con unos grandes refuerzos laterales -contrafuertes- que le otorgan la peculiar forma piramidal de la iglesia, que se mantiene prácticamente intacta desde entonces. Este peculiar estilo fue denominado por la historiadora Alicia Coseteng como “barroco colonial español anti-terremotos”.

Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en Maasin (siglo XVIII).

Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en Maasin (Filipinas). Fuente: Juca Munda.

Menos conocida, aunque no por ello menos importante, es la catedral de Nuestra Señora de la Asunción en Maasin, en Leyte. Como otras tantas iglesias españolas de la época, esta catedral fue destruida, hasta en dos ocasiones, por invasores musulmanes provenientes de la región de Bangsamoro, en el sur de Filipinas, muy cercana a Malasia.

Fue mandada construir en el año 1700 por los jesuitas, y destruida, casi por completo, en 1754 y en 1784, hasta que en 1843, los españoles lograron expulsar definitivamente al pueblo moro, reconstruyendo la catedral a imagen y semejanza de la original. Se trata de un templo puramente barroco, con forma triangular debido a los refuerzos de los laterales debido a la actividad sísmica de Filipinas, y con un campanario exento -también típico del barroco filipino- reforzado con hasta tres muros. En 1968 se acometieron importantes reformas en la catedral, sobre todo en su interior, aunque conservando el estilo original.

Parroquia de Nuestra Señora de la Luz, en Cainta (siglo XVIII).

Como ocurrió con otros núcleos urbanos en Filipinas, la población de Cainta creció mucho en poco tiempo, lo que llevó a las autoridades españolas a atender las necesidades de una población en aumento. Así, en 1707, Gaspar Marco, mandó construir una iglesia en piedra, que se consagró a San Andrés Apóstol, que fue finalizada en 1716.

La parroquia de San Andrés Apóstol, en Cainta, fue ampliándose poco a poco hasta que en 1727 cambió su consagración, al llegar una gran pintura de Nuestra Señora de la Luz procedente de Sicilia.  Con poco más de un siglo de vida, y a pesar del conocimiento sísmico de Filipinas por parte de las autoridades, el 23 de febrero de 1853 un terremoto sacudió Cainta, y el techo y la pared oeste de la parroquia se vinieron abajo, aunque la estructura resistió sin demasiado problema.

Parroquia de Nuestra Señora de la Luz, en Cainta (Filipinas). Fuente: Elmer B. Domingo.

Sin embargo, a pesar de haber aguantado el embate del terremoto, la parroquia no pudo aguantar los deliberados ataques estadounidenses contra el patrimonio español y el acervo filipino durante la Guerra filipino-estadounidense (1899-1902), conflicto que sucedió a la Guerra hispano-estadounidense, y que dio al traste con las aspiraciones de independencia por parte de los filipinos. Durante este conflicto, los estadounidenses incendiaron la parroquia, reduciéndola prácticamente a cenizas -incluida la pintura de Nuestra Señora de la Luz-, y haciendo uso de sus piedras para construir carreteras por las que transportarían armamento. Solo su fachada quedó intacta.

El edificio que podemos observar hoy en día, a excepción de la fachada, es una reconstrucción, a imagen y semejanza del original, realizada entre 1965 y 1968 por iniciativa del Arzobispado de Manila y el Museo Nacional de Filipinas.

Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados, en Manila (siglo XVIII).

Fachada de la parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados, en Manila (Filipinas).

Para el siglo XVIII, Manila había crecido a tal ritmo que muchos de los templos levantados durante los dos siglos anteriores se habían quedado pequeños, o bien no podían albergar a todos los fieles en su interior. Por ello, sobre la planta de una pequeña parroquia levantada en 1578, en 1720 el padre Vicente Inglés mandó construir un nuevo templo.

Al contrario que otras iglesias contemporáneas en Filipinas, la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados -también llamada iglesia de Santa Ana– presenta planta en cruz latina, así como el campanario anexo a la nave principal de la iglesia. Se trata, en términos estilísticos, de una réplica del estilo de iglesia barroca más popular en la España continental del siglo XVIII. Aunque con unos muros considerablemente más gruesos, su fachada es similar a muchas de las que pueden encontrarse tanto en la península ibérica como en América, en concreto en lugares como México.

Conviene, igualmente, destacar el increíble retablo que alberga en su interior, así como el convento que se encuentra contiguo a la iglesia, haciendo de la misma un enorme bloque, junto al campanario, que ha aguantado estoicamente la actividad sísmica de Filipinas, la Guerra de 1898 y la Segunda Guerra Mundial.

Iglesia Parroquial de la Purísima Concepción de la Virgen María, Baclayón (siglo XVIII).

Fachada y campanario de la iglesia parroquial de la Purísima Concepción de la Virgen María, en Baclayón (Filipinas). Fuente: Joanner Fábregas.

Desde el establecimiento de los españoles en Filipinas, los jesuitas se encargaron de la provincia de Bohol, célebre, entre otros aspectos, por los constantes ataques de los musulmanes de Bangsamoro, que endurecieron durante todo el transcurso del siglo XVIII. Con la llegada de los jesuitas a Baclayón, se levantó una humilde iglesia de madera destinada a atender las necesidades religiosas de la comunidad, y elemento clave en el proceso de evangelización de la zona.

Cuando Baclayón se convirtió en una parroquia independiente en 1717, los jesuitas decidieron que era el momento de levantar un templo superior a la improvisada capilla que databa de finales del siglo XVI. Así, ese mismo año comenzaron las obras de la iglesia parroquial de la Purísima Concepción de la Virgen María, que terminarían en 1727.

Debido a los ataques del pueblo moro, junto a la actividad sísmica de la zona, al igual que con otras iglesias de los españoles en Filipinas, se decidió dotar a la misma de notables características defensivas que se evidencian, sobre todo, en su grueso campanario exento -muy parecido a una torre defensiva- y en su clásica estructura piramidal. La iglesia sobrevivió a la Guerra hispano-estadounidense, a la Guerra filipino-estadounidense y a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en 2013, un terremoto dañaría severamente su estructura, que estuvo a punto de colapsar. Por ello, en 2017 se procedió a su restauración, conservando todos y cada uno de sus elementos originales.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Santa María (siglo XVIII).

El paulatino crecimiento del asentamiento de Santa María desde el asentamiento de colonos en 1647, motivó que las autoridades españolas decidiesen construir un templo que pudiese albergar a todos los devotos, ya que muchos de ellos debían desplazarse fuera de Santa María para asistir a misa o confesarse. Finalizada en 1765 es, a día de hoy, uno de los ejemplos más importantes del barroco español en Filipinas, sobre todo debido al refinamiento del mismo.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Santa María (Filipinas). Fuente: MON MD.

La iglesia sigue incorporando a cada lado importantes contrafuertes debido a la actividad sísmica del archipiélago. Sin embargo, en este caso, estos son mucho más discretos en los casos anteriores, y ello no solo es debido al desarrollo arquitectónico de los españoles, sino también a la altura de la iglesia, junto a la anchura de la misma, lo cual permite que estos no sobresalgan en exceso. No obstante, el refinamiento exterior no se tradujo en el interior, siendo este considerablemente más humilde que en otros templos de similares características.

También, al igual que en la mayor parte de las iglesias barrocas de Filipinas, se trata de una iglesia con una única nave, así como con un campanario, construido en 1810, exento del edificio principal, y en este caso bastante alejado del mismo. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993.

Iglesia de Santo Tomás de Villanueva, en Miagao (siglo XVIII).

La iglesia de Santo Tomás de Villanueva, en Miagao, es, quizá, una de las más famosas de Filipinas, así como el mejor ejemplo del barroco colonial español en Filipinas junto a la iglesia de San Agustín en Páoay. Este templo, visita turística obligada, llama la atención por su fachada, profusamente decorada con un bajorrelieve y, sobre todo, por los dos gruesos campanarios que la flanquean.

Hacia finales del siglo XVI, Miagao ya había crecido considerablemente, a pesar de pertenecer, por entonces, a los municipios de Oton y a Tigbauan. Bajo las costumbres españolas, tanto colonos como locales, precisaban de determinados servicios, entre los que se encontraba el culto religioso. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XVIII, los habitantes de Miagao tuvieron que depender de parroquias vecinas, o bien de templos improvisados.

En 1731, se otorgó a Miagao la condición de parroquia independiente. Este nuevo estatus hacía necesaria la construcción de un templo acorde al mismo, por lo que en 1734 se construyó una humilde iglesia de piedra por orden de Fernando Camporredondo, el primer párroco de Miagao. Sin embargo, este edificio duró poco tiempo en pie, ya que a partir de 1741, la ciudad comenzó a recibir continuos ataques de musulmanes de Bangsamoro, que arrasaron la zona.

Iglesia de Santo Tomás de Villanueva, en Miagao (Filipinas). Fuente: Harry Balais.

El contraataque español, unido a una dura represión hacia los invasores, acabó con la inestabilidad en la zona. Así, en 1787, bajo duras condiciones y trabajos forzados, muchos musulmanes de Bangsamoro iniciaron la construcción de una nueva iglesia, consagrada a Santo Tomás de Villanueva, y que fue terminada en 1797, a las puertas de un nuevo siglo. De este nuevo edificio, que hoy en día se mantiene en pie, podemos destacar dos datos muy importantes:

En primer lugar, su forma piramidal, con dos importantísimos campanarios, de desigual altura, que emulan las almenas de una fortaleza. A esto se añade un increíble bajorrelieve en el que mezclan la tradición española con la filipina, dando lugar a una pieza única en el mundo.

En segundo lugar, se trata de la última de las grandes iglesias del barroco colonial español, con todo lo que ello implica. Se trata, pues, del fin de una era y de un estilo exclusivo en el mundo y en la historia. La iglesia de Santo Tomás de Villanueva, gracias a su propia concepción, aguantaría en pie hasta nuestros días, viendo pasar ante su fachada terremotos, incendios, bombardeos y hambrunas.

Parroquia de la Inmaculada Concepción, en Santa María (siglo XVIII).

Parroquia de la Inmaculada Concepción, en Santa María (Filipinas).

Para finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, Santa María, en la provincia de Bulacán, a menos de cuarenta kilómetros de Manila, había crecido lo suficiente como para albergar varias parroquias, lo que le confería un elevado estatus dentro del sistema administrativo colonial. Ante este crecimiento, en 1793 se decide levantar la parroquia de la Inmaculada Concepción, terminada en el año 1800, y que recibe su nombre debido a la imagen, como Gloriosa, de la Virgen María que alberga en su interior.

La iglesia, uno de los últimos ejemplos del barroco colonial en Filipinas, destaca por su continuista línea a este respecto, empleando macizos muros, junto a un campanario ancho y bajo debido a la actividad sísmica de la zona. A pesar de que no se trata de uno de los ejemplos más célebres a nivel arquitectónico y artístico, es importante destacar su construcción, ya que refleja el proceso de asimilación de este peculiar estilo al que, en este caso, se le añade, posteriormente, un pórtico neoclásico en su fachada principal.

Iglesia de Nuestra Señora de la Divina Providencia, en María (siglo XIX).

Iglesia de Nuestra Señora de la Divina Providencia, en María (Filipinas).

El siglo XIX fue tremendamente complicado para el Imperio. La Guerra de la independencia (1808-1814), junto a la pérdida de las colonias en América, motivó que el poder económico, político y militar se redujese consecuentemente. España no vivía, desde la Edad Media, una situación tan complicada, ni una pérdida de influencia tan relevante.

La pérdida de poder, junto a la sucesión de corruptos dirigentes, se tradujo, como no podía ser de otra forma, en el abandono de las relaciones diplomáticas, del ejército y de las obras públicas en el maltrecho Imperio español, afectando directamente a Filipinas, uno de los últimos territorios de ultramar al que España. La absurda desidia de la metrópolis hacia Filipinas trajo consigo, posteriormente, la pérdida del archipiélago junto a Cuba y Puerto Rico.

Así, durante el siglo XIX, las construcciones coloniales en Filipinas serán más escasas y más humildes. Un buen ejemplo de ello es la iglesia de Nuestra Señora de la Divina Providencia, en el pequeño municipio de María, en la provincia de Siquijor. Terminada en 1887, tan solo once años antes de la Guerra hispano-estadounidense, esta iglesia refleja la decadencia del Imperio, debido a su humilde construcción y a su escaso valor artístico para los estándares de la época. Aunque, por otro lado, también refleja uno de los últimos intentos de los españoles en su proceso de evangelización de Filipinas.

Se trata de una planta de piedra en cruz latina, básica, sin naves laterales, con una fachada simple en forma de pirámide. Destaca su campanario hexagonal, también de piedra, con la parte superior de madera, recuerda a una almena, y es considerado un tesoro nacional en Filipinas.

Ciudad de Intramuros, en Manila (siglo XVI).

Una de las entradas a Intramuros, en Manila (Filipinas). Fuente: Elmer B. Domingo.

Intramuros, en Manila, es el conjunto de monumentos y vestigios que conforman el centro histórico de la capital filipina. Una vez repasadas las iglesias españolas en Filipinas, que jugaron un papel fundamental en la colonización y gestión del archipiélago, resulta preciso seguir el estudio con el análisis de algunos de los mejores ejemplos de arquitectura civil y militar.

Este conjunto es, quizá, el mayor tesoro histórico-arquitectónico con el que cuenta Filipinas. A pesar de la sistemática eliminación del legado español en Filipinas, Intramuros fue uno de los pocos elementos respetados por los estadounidenses entre 1898 y 1941. Al contrario de lo que ocurrió con otros elementos de este tipo, Intramuros se mantuvo prácticamente intacto desde 1571 hasta 1945, cuando la aviación estadounidense bombardeó y destruyó el centro histórico de Manila, bajo ocupación japonesa, durante la Segunda Guerra Mundial.

Intramuros destruido tras los bombardeos estadounidenses en febrero de 1945. Fuente: United States Army.

Cuando en 1571, Miguel López de Legazpi nombró a Manila como la capital, de facto, de las Indias Orientales españolas, comenzó a construirse la muralla que hoy delimita lo que conocemos como Intramuros del resto de Manila. Así, Intramuros, con el paso de los años, comenzaría a albergar en su interior un gran número de edificios civiles, religiosos y militares de notabilísima factura, conformando uno de los mejores conjuntos del barroco colonial español en Asia.

Diseñado a imagen y semejanza de una fortaleza, Intramuros presenta un trazado, prácticamente, cuadriculado, dispuesto por viviendas coloniales, iglesias, edificios administrativos, mercados y guarniciones. En su interior se conservan, a día de hoy, algunos edificios que hemos citado anteriormente, como la Catedral de Manila o la iglesia de San Agustín, además de otros tan importantes como el Fuerte Santiago, la Casa Manila, la Aduana, el Palacio Arzobispal, el Palacio del Gobernador o la muralla.

Plano de Manila, y aledaños, en 1734, por Fernando Valdés. Fuente: United States Library of Congress.

Una de las calles típicas de Intramuros. Fuente: Ray in Manila.

Conscientes del incalculable valor de Intramuros, y tras la pérdida de numerosos edificios durante la Segunda Guerra Mundial, las autoridades filipinas comenzaron su reconstrucción en 1951, mismo año en el que declararon a Intramuros como monumento nacional.

Fuerte Santiago, en Manila (siglo XVI).

El Fuerte Santiago es, quizá, el elemento más representativo de Intramuros, en Manila, y de la arquitectura militar colonial. Su propia condición le ha permitido llegar hasta nuestros días en un óptimo estado de conservación, a pesar de haber aguantado tres guerras y múltiples bombardeos a lo largo de su historia.

Su construcción comenzó en el año 1590, a iniciativa de Gómez Pérez Dasmariñas y Ribadeneira, séptimo gobernador y capitán general de Filipinas. La intensa lucha mantenida entre piratas musulmanes y españoles desde 1571, motivó que, una vez expulsados los piratas, las autoridades españolas, con Gómez Pérez Dasmariñas a la cabeza, decidiesen construir una fortificación de estas características en Manila.

Con tamaño contenido, de apenas 620 metros cuadrados, sus muros miden casi siete metros e altura y dos metros y medio de grosor. Contaba, además, con numerosos puestos de guardia y baterías, sobre todo en la parte norte del mismo. Así como con una capilla, varios almacenes, un polvorín  y una cisterna.

Puerta principal del fuerte, construida en 1714. Fuente: Jorge Láscar.

La entrada principal, en enero de 1980, dañada por los bombardeos estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. Poco después se llevarían a cabo las labores de restauración. Fuente: Gustav Neuenschwander.

Se levantó sobre los restos de la antigua empalizada del caudillo musulmán Rajah Matanda y tiene forma triangular, la cual comenzaría a ser muy popular en este tipo de edificaciones en España y Portugal. Es, en términos prácticos, una ciudadela dentro de otra ciudadela, que es Intramuros, lo que convertía al Fuerte Santiago en un bastión prácticamente inexpugnable.

Sin embargo, el fuerte fue ocupado por los británicos desde septiembre de 1762 hasta abril de 1764, durante la Guerra de los siete años debido, entre otros aspectos, a la dejadez y negligencia de la nueva administración borbónica hacia las colonias. A partir de ese momento, y hasta 1898, el fuerte funcionó como cárcel y lugar de represión de las autoridades españolas, convirtiéndose en un lugar de suma importancia para los filipinos debido a la ejecución de José Rizal en diciembre de 1896.

Tras la catastrófica campaña militar contra Estados Unidos, que apenas duró tres meses, durante la Guerra hispano-estadounidense, España perdió Filipinas. En este contexto, a pesar de la negativa por parte de los nacionalistas filipinos, el Fuerte Santiago pasó a manos estadounidenses en 1898, los cuales drenaron el foso, acuartelaron a sus tropas allí y construyeron un campo de golf en el mismo.

Capilla en el interior del Fuerte Santiago. Fuente: Jorge Láscar.

La entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial, en diciembre de 1941, implicó, entre otros muchos aspectos, la invasión de Filipinas por parte del Ejército Imperial japonés, el cual ocupó el Fuerte Santiago. Durante la invasión, los japoneses usaron el Fuerte como polvorín, prisión y campo de ejecución, en el que murieron miles de filipinos y más de 600 soldados estadounidenses. Finalmente, tras los bombardeos de Estados Unidos, el Fuerte quedó severamente dañado a nivel estético, aunque su estructura resistió sin problemas, al contrario de lo que ocurrió con el resto de Intramuros.

Centro histórico, en Vigan (siglo XVI).

En el norte de Luzón, a más de 400 kilómetros de Manila, se encuentra la ciudad de Vigan, una de las joyas de Filipinas, que se encuentra anclada en el tiempo y que ha sido declarada, consecuentemente, Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO desde 1999.

Vigan, de forma original, fue un puesto comercial chino, hasta que en 1572 llegaron colonos españoles, los cuales desplazaron rápidamente a los comerciantes chinos, estableciéndose en el enclave, diseñando un nuevo trazado, a imagen y semejanza de muchas ciudades españolas en la península ibérica. Es por ello que, a día de hoy, el casco antiguo de Vigan se constituye como uno de los mejores ejemplos de la huella colonial española en Filipinas.

En 1578 la ciudad se denominó como Villa Fernandina de Vigan, en honor al príncipe Fernando, hijo de Felipe II, que había fallecido escasos meses antes a la edad de seis años. Inicialmente se distribuyó como un pequeño enclave desde el que evangelizar la zona pero, en poco tiempo, aumentó considerablemente su tamaño. Así, según el relato del Gobernador General de Filipinas Gómez Pérez Dasmariñas, en 1591 Vigan contaba con un sacerdote, un gobernador y un diputado, así como con 19 barrios, lo cual nos arroja información suficiente como para considerar a la Vigan de finales del XVI como un importante núcleo semi-urbano.

Calle Crisólogo, en Vigan.

A mediados del siglo XVII, Vigan experimentaría otra expansión , llegando a los 21 barrios, algunos de ellos segregados, como el de los inmigrantes chinos, llamado El Pariancillo, o el de los colonos españoles, denominado como Los Españoles de la Villa. Desde entonces, hasta finales del XIX, Vigan seguiría creciendo y desarrollándose conforme al modelo de ciudad colonial española que, a su vez, se basaba en el modelo de ciudades como la Sevilla del Siglo de Oro.

Pasó de manos españolas a filipinas en 1898, y de filipinas a estadounidenses a finales de 1899, tras la guerra entre Filipinas y Estados Unidos. Debido a su ubicación, al norte del archipiélago filipino, fue una de las primeras ciudades en ser tomadas por los japoneses en 1941, que ocuparon Vigan hasta que fue liberada en 1945 por parte de filipinos y estadounidenses.

Calle Salcedo, en Vigan, cuya fisonomía es similar a la de ciudades del sur de España. Fuente: Larnoe Dungca.

A diferencia de ciudades como Manila, Vigan no sufrió, en exceso, los embates de los bombarderos japoneses o la artillería estadounidenses, lo que hizo que su casco antiguo se haya conservado especialmente bien. Hoy en día, declarado Patrimonio de la Humanidad, es uno de los mayores atractivos de Filipinas, ya que refleja, perfectamente la huella colonial española en Asia, cuya esencia se mantiene intacta en la fisonomía de las míticas calles Crisólogo y Salcedo, así como en otros edificios de la zona.

Universidad de Santo Tomás, en Manila (siglo XVII).

La Pontificia y Real Universidad de Santo Tomás, en Manila, es la universidad más antigua en toda Asia. Fundada en el año 1611 a petición de Miguel de Benavides, arzobispo de Manila, quien murió pocos años antes de su fundación con el deseo de establecer en Manila un centro de enseñanza superior, para el cual legó todos y cada uno de los libros de su extensa biblioteca personal.

La Universidad de Santo Tomás, en Intramuros, a comienzos del siglo XX.

Emplazada, de forma original, junto al convento de los dominicos, en Intramuros, comenzó su actividad bajo la denominación de Colegio de Nuestra Señora del Santísimo Rosario el 28 de abril de 1611, tras recibir los pertinentes permisos del rey Felipe III y el notario Juan Illian. Poco después cambió su denominación, pasando a llamarse Colegio de Santo Tomás, y en 1645 se convirtió en Universidad gracias a la intercesión del Papa Inocencio X, convirtiéndose así en la primera Universidad de Asia.

Su modelo administrativo y educativo estuvo basado en el modelo de la Universidad de Salamanca (España) y la Real y Pontificia Universidad de México (México). Más de un siglo después, Carlos III, en su afán por llevar la Ilustración a España y sus territorios de ultramar, le otorgó el título de Real en 1785.

La biblioteca de la Universidad de Santo Tomás, en Intramuros, a comienzos del siglo XX.

De forma original se ubicó en el interior de Manila, en Intramuros, y en ella se impartieron enseñanzas de Derecho, Teología, Filosofía, Historia, Lógica, Gramática, Artes, Medicina y Farmacia. A comienzos del siglo XX, y tras la pérdida de Filipinas por parte de España, se comenzó a construir un nuevo campus fuera de Intramuros, en Sampaloc, donde se ubica, a día de hoy, el edificio principal, que fue inaugurado en 1927.

Un tanque estadounidense avanza a través de los restos de la Universidad de Santo Tomás, en 1945. Fuente: United States National Archives.

El edificio original, situado en Intramuros, con una típica arquitectura civil barroca, fue usado por los japoneses como campo de concentración de civiles y militares. Este fue destruido en 1944 por el Kenpeitai, la policía militar del Ejército Imperial japonés, y del mismo apenas quedan restos hoy en día. El edificio, aun sin ser una joya arquitectónica, albergaba una increíble biblioteca y varios jardines que lo convertían en uno de los protagonistas de Intramuros. Hoy día, en el lugar donde estaba ubicado el edificio se erige una estatua en honor a Miguel de Benavides, promotor de la institución.

Puerta y Cuartel de Santa Lucía, en Manila (siglo XVII).

La Puerta de Santa Lucía es, posiblemente, una de las más célebres de Intramuros. Se trata de uno de los ocho accesos a la zona de Intramuros, y se encuentra orientada hacia el oeste. Su origen data del año 1603, cuando se decidió amurallar Manila a comienzos del siglo XVII, aunque la que vemos hoy en día es un diseño de finales del siglo XVIII y, a su vez, una reconstrucción del año 1982, ya que la puerta fue prácticamente destruida por artillería estadounidense para que sus tanques pudiesen pasar durante la Batalla de Manila en 1945, en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial.

El diseño original de 1603 se modificó en 1778 a petición del Gobernador General José Basco y Vargas, ya que la misma precisaba, como otras puertas de la ciudad, de dos cámaras laterales, que se la añadieron durante la modificación. Para la reconstrucción de 1982, arquitectos y restauradores filipinos precisaron de la consulta de los planos originales de la puerta, ubicados en el Archivo Histórico Nacional, en Madrid (España).

La Puerta de Santa Lucía en 1899. Fuente: University of Michigan.

A escasos metros de la Puerta se ubica el también célebre Cuartel de Santa Lucía, que fue construido poco después que la Puerta, por iniciativa de José Basco y Vargas. Destinado para el Cuerpo de Artillería de Montaña, se terminó en 1781, siguiendo el modelo del arquitecto Tomás Sanz.

El Cuartel de Santa Lucía en 1910. Fuente: Retroscope.

Albergó, durante dos siglos, a este Cuerpo, hasta que en 1901, tras la pérdida de la colonia por parte de los españoles, el cuartel fue usado como oficina central de la Policía de Filipinas. Poco después, en 1905, se situó en el mismo la Academia Militar de Filipinas, hasta que en 1945 fue parcialmente destruido por parte de la artillería estadounidense. A día de hoy sigue en ruinas, aunque el Gobierno Municipal de Manila ha situado un parque en su interior.

El Cuartel de Santa Lucía en la actualidad. Fuente: S. Well.

Real Aduana de Manila, en Manila (siglo XIX).

Manila, desde la colonización española, precisó de un edificio de aduanas que regulase la entrada de mercancías y capital, tanto en Filipinas como en la propia Manila. Este proyecto tardó más tiempo del esperado en llevarse a cabo, y la colonia vivió, por momentos, episodios de anarquía comercial y fiscal.

La Real Aduana de Manila tras su abandono en 1979. Fuente: Allan Jay Quesada.

Sin embargo, en 1822, las autoridades españolas en Filipinas decidieron llevar a cabo el proyecto, con el objetivo de atraer a los comerciantes al interior de la ciudad, y que no hiciesen sus negocios fuera. La construcción del edificio de aduanas fue encargado al arquitecto Tomás Cortés, que comenzó en 1823.

Dicha construcción no terminó hasta el año 1829, debido a que durante el proceso se hicieron necesarias determinadas ampliaciones del edificio, ya que su espacio y su distancia hasta el puerto se consideraron insuficientes. El resultado fue el de un edificio de aduanas realizado en piedra que destacaba, sobre todo, por su estilo neoclásico y sus armoniosas proporciones, distribuido en torno a una forma cuadrada con dos pisos de altura.

Albergaba, igualmente, dos patios interiores rectangulares, en torno a los cuales se situaban escaleras que llevaban a la planta superior y al entresuelo. Todo en el edificio resultaba pretendidamente simétrico.

La belleza de las recién estrenadas Reales Aduanas en Manila, sin embargo, escondían un problema: y es que el edificio estaba desproporcionado en términos puramente técnicos. La desigual distribución de las mercancías en la planta superior, junto al gran peso de su techo de tejas, hicieron que el edificio se desmoronase por completo tras el terremoto de 1863, el cual asoló gran parte de Intramuros.

Fachada principal de la Real Aduana de Manila. Fuente: Ramón F. Velasquez.

El edificio, que en el momento de su derrumbe hacía las veces de Aduana, Contaduría General y Banco, se había convertido en uno de los más importantes de la ciudad. Sus restos fueron demolidos por completo en 1872, y se encargó al arquitecto Luis Pérez Yap-Sionjue que reconstruyese el proyecto original de Tomás Cortés, pero esta vez teniendo en cuenta los problemas estructurales que presentaba su diseño.

Así, en 1876, Luis Pérez concluye la reconstrucción del edificio, que en términos estéticos era idéntico al de 1823. Así, pasó de Aduana a Intendencia General de Hacienda y albergó también la Casa de la Moneda. Siguió ejerciendo sus funciones hasta que fue severamente dañado por bombarderos japoneses en 1941, y prácticamente destruido en 1945 por artillería de Estados Unidos.

Interior de la Aduana en la actualidad.

Tras la guerra se restauró, y se alojaron en él las oficinas del Banco Central de Filipinas y el Tesoro Nacional. Pero en 1979 un incendió volvió a devastar el diseño original de Tomás Cortés, siendo abandonado hasta nuestros días. Aunque construido en épocas completamente diferentes, el edificio de la Real Aduana de Manila recuerda, gracias a su planta y a determinados motivos arquitectónicos, al Archivo de Indias, situado en la ciudad de Sevilla (España).

Casa Manila, en Manila (siglo XX).

Exterior de Casa Manila, en Manila. Fuente: Ramón F. Velasquez.

Este edificio, que alberga un museo de historia en su interior, no es un original de la época, sino que representa una de las típicas casas de mediados del siglo XIX en el Barrio de San Luis, en Intramuros. La destrucción de muchas de estas viviendas durante la Segunda Guerra Mundial dejó a Filipinas sin gran parte de su patrimonio histórico, sobre todo el de época colonial.

Por ello, en la década de los años ochenta, la Primera Dama de Filipinas, Imelda Marcos, promovió la construcción de la Casa Manila, con objeto de recrear un edificio típicamente colonial, así como gran parte de la vida y las costumbres que existieron en Filipinas durante el período español.

Patio interior de Casa Manila, en Manila. Fuente: Ramon F. Velasquez.

Aunque se trata, como se refiere, de una construcción del siglo XX, Casa Manila es, sin duda, un buen ejemplo del legado español en Filipinas, y una de las mayores atracciones turísticas de la ciudad gracias a su condición de museo y, sobre todo, a la recreación un patio típicamente colonial, y que se encuentran diseminados, a día de hoy, por España, Hispanoamérica y, en este caso, Filipinas.

  • FILIPINAS Y ESPAÑA EN LA ACTUALIDAD: TODO UN CAMINO POR DELANTE

En las últimas décadas hemos podido apreciar un, mínimo, esfuerzo por parte de autoridades, y sectores de la cultura, tanto en España como en Filipinas, a la hora de poner en valor el pasado común de ambas naciones, y el evidente legado español esta última.

Sin embargo, y a pesar del gran número de estudios, novelas o películas, queda, todavía, un largo y arduo camino por recorrer que, por desgracia, no se está acometiendo de forma alguna. Mientras que en España se obvia, casi por completo, el asunto de Filipinas, y su importancia para con la historia universal; en Filipinas se replica la inacción española, junto a la puesta en valor, completamente lógica, de su pasado indígena.

La nula sintonía entre administraciones públicas de ambos países, donde, en la práctica, no se llevan a cabo trabajos conjuntos de investigación o restauración, hermanamiento de ciudades, unido todo ello a la escasa inversión en cultura, hacen de todo ello el caldo de cultivo perfecto para la apropiación cultural y el olvido.

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¿Por qué Maradona es tan importante para Argentina?

Maradona celebrando la Copa del Mundial de Fútbol de 1986. Fuente: El Gráfico.

No, en Heródoto & Cía no hemos cambiado el compás, y seguimos siendo un portal de Historia y no de fútbol. Sin embargo, la muerte del astro argentino Diego Armando Maradona, el 25 de noviembre de 2020, ha conmocionado a los argentinos, y al mundo entero. Desde hace décadas, prácticamente desde que el propio Maradona comenzó a despuntar en Argentinos Junior, a finales de la década de los años setenta, saltó a la escena un debate que todavía hoy en día perdura: Pelé vs Maradona, y al cual ahora se ha añadido, por méritos propios, la figura de Messi.

Tanto expertos del mundo del fútbol como aficionados, e incluso instituciones como la FIFA, consideran a Maradona uno de los jugadores más importantes de la historia del fútbol, e incluso el más importante de todos. Sin embargo, a la hora de analizar las estadísticas de partidos, goles y pases, Maradona no figura, siquiera, entre lo más efectivos de los clubes en los que militó.

Entonces, ¿a qué se debe el reconocimiento internacional de “El Diego” y el especial fervor que se vive por él en Argentina y Nápoles?

Para comprender la pasión que Maradona levantó, y levanta, tanto en Argentina como en Nápoles (Italia), hemos de atender a dos hechos importantes, que marcaron por un lado a Argentina, y por el otro lado al club del sur de Italia SSC Napoli (Società Sportiva Calcio Napoli).

En el caso de Argentina, que es el que nos atañe, la explicación del mito “maradoniano” atiende a sucesos políticos que, hoy en día, ya son historia. La muerte de Juan Domingo Perón en 1974, dejó a Argentina sin uno de sus principales referentes y símbolos de estabilidad política, a pesar de que durante sus diferentes mandatos se sucediesen momentos de importante inestabilidad y convulsión social. La inmediata Argentina post-Perón se caracterizó por el Golpe de Estado de marzo de 1976 por parte de Jorge Rafael Videla que dio lugar al conocido como Proceso de Reorganización Nacional, que se desarrollaría entre marzo de 1976 y diciembre de 1983.

Leopoldo Fortunato Galtieri, dictador argentino durante la Guerra de las Malvinas. Fuente: La Nación.

Este movimiento, que contaba con el beneplácito de Estados Unidos en el marco de la Operación Cóndor, se caracterizó por una torpe política económica, sumida en importantes problemas de corrupción, y por una constante disputa con el país vecino: Chile, a pesar de que el mismo se encontrase, en aquellos momentos, bajo el férreo mando de Augusto Pinochet.

En una serie de acontecimientos, por momentos confusos, en torno a la reivindicación del archipiélago de las Malvinas, territorio cercano a Argentina y bajo el mandato del Reino Unido, el gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri, en un desesperado intento de tapar la galopante corrupción del Proceso de Reorganización Nacional, envía un pequeño destacamento de soldados argentinos que desembarcan en las islas Malvinas en abril de 1982, iniciándose un conflicto corto, pero sin precedentes, con Reino Unido.

Hundimiento del HMS Sheffield (D80) el 4 de mayo de 1982. Fuente: Gobierno de Argentina.

A pesar de la más que evidente desventaja de las fuerzas argentinas, tanto a nivel tecnológico como numérico, la contienda, que se extendió durante dos meses y medios, se desarrolló con relativa igualdad, con momentos de suma tensión entre ambas partes, como el hundimiento del destructor británico HMS Sheffield (D80) en el ecuador del conflicto.

Los esfuerzos argentinos fueron en vano, tanto por los motivos anteriormente expuestos, así como por la incapacidad de los mandos políticos. Aun habiendo hecho importante mella en el enemigo británico, Argentina se rindió en junio de 1982, con una serie de condiciones relativamente favorables, aunque sin haber podido recuperar las Malvinas. Ambas naciones quedaron consternadas por el conflicto, y gran parte de sus generaciones marcadas para siempre. A pesar de la corta duración de la guerra, podría asegurarse que las Malvinas fueron el Vietnam de los argentinos y los británicos.

Con el ánimo socavado y una práctica ruina económica, Argentina avanzó hacia la democracia, dejando atrás el estéril Proceso de Reorganización Nacional a finales de 1983, siendo elegido como Presidente Raúl Alfonsín, recuperando los derechos constitucionales mermados durante la dictadura. La posible euforia de la democracia quedó tapada por el desastre de las Malvinas y la galopante crisis económica del país. Mientras tanto, en aquel momento, un joven lanusense, Diego Armando Maradona, militaba en Boca Juniors, y hacía vibrar las gradas de la Bombonera en Buenos Aires.

Aunque su primer mundial lo disputó en 1982 en España, justo después de la guerra de las Malvinas, sería en 1986 cuando los argentinos se cobrarían su especial revancha con los británicos en el Estadio Azteca de Ciudad de México (México). Un Maradona ya curtido, que militaba en una liga bastante dura como la italiana, se echó a todo su equipo a la espalda, no solo eliminando a Inglaterra el 22 de junio de 1986 mediante “el gol del siglo” y “la mano de Dios”, sino ganando la Copa Mundial de Fútbol de ese mismo año.

Un hecho deportivo, a priori banal, levantó el ánimo de toda una nación, y puso de acuerdo a personas de diferentes ideologías y estratos sociales. Maradona, un pequeño futbolista, de origen tremendamente humilde, había dado una lección, en el campo de juego, a los “enemigos” británicos, pasando, directamente, a convertirse en mito en vida.

Portada de El Gráfico tras el triunfo de Argentina contra Inglaterra en el Mundial de Fútbol de 1986. Fuente: El Gráfico.

Es por ello que, ante la muerte del astro, denominado “barrilete cósmico” por los periodistas, un gran número de argentinos, conmocionados, se echase a la calle, con kilométricas colas, en medio de una pandemia, para despedir a la que, quizá, ha sido la figura más importante de Argentina en los últimos cuarenta años. No se trata, pues, de un simple futbolista, sino de un icono para un pueblo, en su momento dolido, que ha rendido homenaje a aquella persona que, después de décadas de inestabilidad, consiguió ponerlos de acuerdo, aunque solo fuese durante 90 minutos.

BIBLIOGRAFÍA

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¿Qué eran las Flakturm o Torres Flak?

Torre G Augarten en Viena. Fuente: Anna Saini.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) dejó un buen número de instantáneas para la historia, a través de las cuales, historiadores, literatos, directores de cine, diseñadores de videojuegos y aficionados a la historia han podido, de una forma u otra, trasladarse a uno de los escenarios más cruentos que ha vivido la humanidad en toda su historia. A menudo, estas fotografías y vídeos se emplean en los numerosos documentales que existen acerca de la Operación Overlord, de la invasión de Polonia en 1939 ‘Fall Weiss’, o del Nido del Águila de Adolf Hitler en Baviera, los cuales llenan la parrilla televisiva en las sobremesas de muchos hogares.

Sin embargo, el escenario que dejó el último tramo de la Segunda Guerra Mundial, tanto en Europa como en el Pacífico, fue tremendamente distópico, propio de novelas o filmes de ciencia ficción. Y es que, entre otros aspectos, este conflicto se caracterizó por una importante serie de avances a todos los efectos, incluyendo el arquitectónico, donde la Alemania nazi, autodenominada III Reich, construyó una serie de edificaciones militares y civiles que se adelantaron una década al estilo brutalista, posteriormente adoptado por la Unión Soviética (URSS).

De entre estas edificaciones, eminentemente militares, se destacaron las Flakturm, o Torres Flak, una suerte de fortalezas del siglo XX que se levantaron en cinco importantes núcleos urbanos del III Reich, generando un fuerte contraste visual al mezclarse con viviendas de estilo Haussmann, como bien podemos apreciar en la Ilustración 1, en la que se observan, todavía en pie, el binomio de torres L y G en Viena (Austria).

Ilustración 1. Torres L y G en Viena (Austria). Fuente: Gerald Zojer.

El III Reich, casi al inicio del conflicto, se percató de que la aviación aliada, y muy especialmente la RAF británica, podía hacer mella en el corazón de su territorio gracias a rápidas incursiones aéreas. Así, a petición del propio Adolf Hitler, en 1940 comenzó la construcción de tres torres antiaéreas, denominadas Torres Flak (Flakturm en alemán), en tres puntos diferentes de Berlín, con objeto de disuadir a la fuerza aérea enemiga de bombardear la capital.

De forma original, y debido a que el conflicto, todavía, marchaba bien para los alemanes, los arquitectos e ingenieros del III Reich, asesorados por Hitler -que mostró especial interés en el diseño de estas torres-, idearon un sistema de binomio para este tipo de torres. Así, una Torre Flak G, la principal, siempre iría acompañada de una Torre Flak L, una más pequeña que actuaría como apoyo y como estación de radio.

Ilustración 2. Primera, segunda y tercera generación de la Torre G. Fuente: Maksym Chornyi.

La torre G, llamada así por su nombre en alemán ‘Gefechtsturm’ (Torre de Combate), era el peso pesado en materia defensiva, ya que en ellas se instalaban cuatro cañones Flak de 128mm, así como cañones de 20mm en niveles inferiores, todos ellos destinados a la defensa aérea y no terrestre. Este tipo de torre varió su forma y filosofía a lo largo de los años, sobre todo cuando la Alemania nazi comenzó a verse seriamente amenazada por la contraofensiva soviética. Así, el diseño original de 1940 se mantuvo hasta finales de 1942, que fue cuando la guerra empezó a hacerse insostenible para los nazis, sustituyéndose por dos generaciones posteriores en 1942 y 1943, tal y como se observa en la Ilustración 2.

Las torres G de primera generación eran las más robustas, grandes y mejor armadas de todas. Al margen de los cuatro Flak de 128mm situados en su azotea, contaba también con 32 cañones Flak de 20mm y un número indeterminado de cañones de 37mm, en función de las necesidades de cada torre. Además, estas torres medían 39 metros de alto por 75 metros de ancho en cada uno de sus lados, y el grosor de sus muros era de 3,5 metros en las paredes y 5 metros en el techo, donde reposaban los cuatro Flak de 128mm.

El equipamiento de las torres G les permitió una cadencia de fuego antiaéreo, en 360 grados, de más de 8000 disparos por minuto, gracias a la configuración de cañones Flak 128, 88, 37 y 22mm, con un alcance de unos 14 kilómetros aproximadamente.

No se encontraban auxiliadas por una torre L, de menor tamaño, dado que las torres G de primera generación eran completamente invulnerables a los bombardeos pesados de la RAF, aunque en los estertores de la guerra tuvieron serios problemas ante la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAAF) y las Fuerzas Aéreas Militares de la Unión Soviética (VVS). Podían guarnecer hasta 10.000 personas, entre civiles y militares, y contaban, al inicio, con un completo hospital en su interior. La disposición de las tres torres G en Berlín (Zoo, Friedrichshain y Humboldthain) formaba un perfecto triángulo de fuego antiaéreo que cubría toda la zona del Reichstag.

Civiles en el interior de la Torre G del Zoo de Berlín. Fuente: Bundesarchiv, Bild 183-2005-0817-516.

De hecho, aunque en abril de 1945 apenas contaban con su equipamiento original, ni con personal cualificado, estas torres resultaron cruciales durante la Batalla de Berlín, ya que permitieron refugiar a más de 20.000 civiles en su interior.

Se construyeron exclusivamente en Berlín (3) y Hamburgo (1), siendo las más célebres de ellas, la del Zoo de Berlín, debido a las fotografías que se conservan, y la de Hamburgo, hoy día utilizada como centro cívico y con perspectivas de habilitarla como un hotel.

Por su lado, las torres G de segunda generación se construyeron desde finales de 1942 hasta octubre de 1944. Estas torres destacaron, sobre todo, porque aumentan levemente su altura hasta los 42 metros, mientras que reducen su tamaño hasta los 57 metros, así como su grosor, que pasa de los 3,5 metros de las paredes a 2 metros, y de los 5 metros del techo a 3,5 metros. Además, se eliminan las torres en las esquinas, que ahora se sitúan todas en la azotea.

Estas torres de segunda generación se construyeron en Hamburgo y Viena, las cuales se conservan en la actualidad. Al contrario que las de primera generación, únicamente se encontraban equipadas con cuatro baterías dobles de cañones Flak de 128mm en el techo, y cuatro baterías cuádruples de Flak de 20mm en niveles inferiores, haciendo que tanto su capacidad de resistencia como su capacidad de fuego fuesen considerablemente inferiores a las originales. Además, todas estas torres se encontraban asistidas por su pareja de tipo L, que hacía las veces de radar.

Las torres G de tercera generación se construyeron entre mayo de 1943 y enero de 1945, coincidiendo con el repliegue y la agonía de la Alemania nazi, lo cual se refleja, en cierto modo, en su construcción y filosofía. La altura aumenta hasta los 55 metros y se vuelve circular, con una anchura de 43 metros. Por su lado, se aumenta el grosor de la pared hasta los 2,5 metros, manteniendo los 3,5 metros del techo.

Ocurre lo mismo con el armamento, donde se mantienen las características cuatro baterías de Flak 40 y, en estos casos, se aumentan las Flak 20 hasta las ocho baterías cuádruples, que se sitúan en un nivel inferior, con ábsides que sobresalen de la estructura original. Se construyeron únicamente dos de ellas, en Viena, y siempre estuvieron acompañadas por una torre L. En la actualidad, la torre G Augarten se encuentra abandonada, mientras que la torre G Stiftskaserne funciona como torre de radio. Son las últimas torres G del III Reich y, posiblemente, las más distópicas de todas, conforme a su desesperado intento de contener a aliados y soviéticos.

Estas torres G fueron protagonistas de algunos episodios del final de la guerra. Así, las parejas de torres se construían en menos de seis meses y algunas de las últimas, en concreto la de Augarten en Viena, presentaron problemas estructurales propios de la celeridad con la que se levantaban semejantes fortalezas. De hecho, tal fue la urgencia en el último tramo de la guerra que tuvo que restringirse el tránsito de pasajeros de los ferrocarriles alemanes para, con ello, emplear coches de pasajeros para cargar hormigón, acero y madera.

Aunque se consideraban invulnerables a los ataques aéreos, incluso a los de los bombarderos pesados, los bombarderos Lancaster de la RAF consiguieron dañar de forma severa estas estructuras, aunque no era algo habitual, ya que tanto aliados como soviéticos evitaban bombardear estas torres, optando por tomarla con tropas terrestres.

Las torres G, por su parte, también guarecían un gran número de víveres, munición e, incluso, obras de arte de gran valor. De hecho, la torre G del Zoo de Berlín albergaba en su interior un gran número de pinturas y esculturas, expoliadas por los nazis en Francia, Países Bajos, Bélgica e Italia. Esta torre salió ardiendo a los pocos días de la liberación soviética de Berlín por, todavía, causas desconocidas. El resultado fue la pérdida de 417 obras de arte europeo, de autores tan destacados como Caravaggio, Caspar David Friedrich, Francisco de Goya, Bartolomé Esteban Murillo, Pedro Pablo Rubens o Van Dyck.

Aunque las torres G han copado todo el efímero protagonismo de las Torres Flak, las torres L, más pequeñas y con otro cometido, no fueron menos importantes. Llamadas así por su nombre en alemán, ‘Leitturm’, también se las conocía como Torre de control de fuego o Torre de mando. Solo hubo dos generaciones de este tipo de torres, y estéticamente eran prácticamente idénticas y coincidieron con las generaciones 2 y 3 de las torres G. La primera generación abarcó desde finales de 1942 hasta octubre de 1944; y la segunda desde mayo de 1943 a enero de 1945.

Con una anchura de 50 metros por 23 metros, 2 metros de grosor, y una altura de 39 metros en la primera generación, y 44 metros en la segunda, las torres L ejercían como torres de radio, ya que disponían de una antena retráctil que podía guarecerse en el interior en caso de ataque enemigo. Contaban con cuatro baterías cuádruples Flak 20 en la primera generación, y diez baterías cuádruples Flak 20 en la segunda.

Se construyeron un total de cuatro torres L, que auxiliaban a las G de segunda y tercera generación. Además, estaban conectadas con las G mediante un largo túnel circular de 1,5 metros, usado exclusivamente para acometida de cables y tuberías. Sin embargo, la desesperada situación de los nazis al final de la guerra obligó a que soldados y civiles intentasen huir a través de estos túneles.

Aunque el binomio de torres G y L era, prácticamente, imposible de bombardear por parte de la RAF, la USAAF y la VVS, únicamente los Flak 40 podían derribar bombarderos pesados, como los Lancaster, B-17 o Pe-8, por lo que, una vez tomadas las torres G, era relativamente sencillo bombardear la zona.

En los últimos compases de la guerra, la maltrecha Luftwaffe intentaba desviar a los aviones aliados y soviéticos hacia el rango de fuego de estas torres, debido a la inferioridad numérica en la que se encontraban.

Por otro lado, durante la Batalla de Berlín, los soviéticos intentaron derribar estas torres haciendo uso de artillería pesada de 203mm, cuyos esfuerzos fueron en vano, ya que podían resistir este tipo de impactos. Por ello, los soviéticos optaron por hacer uso de su infantería para asaltar y capturar las torres G.

Flak 40 en una torre G de segunda generación. Fuente: Bundesarchiv, Bild 101I-656-6103-09.

La mayor parte de las torres G y L fueron dinamitadas por los soviéticos en los años posteriores a la guerra, sobre todo en Berlín, donde únicamente quedan los restos de una G de primera generación. En Viena o Hamburgo, por su parte, se conservan en buen estado tanto G como L, debido a que la construcción de estas fue realizada próxima a viviendas civiles, lo que dificultaba su demolición. A día de hoy, Alemania las tiene considerada como Patrimonio Nacional y las administraciones locales tienen proyectadas diversas reformas en las pocas que se conservan.

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[Vehículos militares] Horch 901 Kfz. 15

En la anterior entrada de “Coches militares de la Segunda Guerra Mundial“, con ocasión de la colección de Grupo Planeta / Altaya, nos centrábamos en el tristemente famoso Cadillac 75 Fleetwood V8, una limusina de lujo que se empleó para mover a determinados mandos del ejército de Estados Unidos por Alemania.  Hoy, en contraposición, hablaremos de un vehículo completamente diferente, pensado al cien por cien para el escenario bélico: el Horch 901 KFZ. 15.

Alemania, tras la Gran Guerra y durante la República de Weimar, se sumió en una importante crisis económica agravada, entre otros aspectos, por los preceptos establecidos en el famoso Tratado de Versalles de 1919. Los años duros de la República, de 1919 a 1923, dieron al traste con todo el aparato bélico e industrial alemán, el cual se había destacado en la Gran Guerra, a pesar de que en vehículos terrestres no fuese el más puntero de la misma.

Fueron, estos años, estériles al respecto de la tecnología e innovación. La sociedad y el capital alemán estaban más preocupados, con razón, en su propia subsistencia que en la ingeniería o el aparato bélico militar, otrora puntero en toda Europa. Sin embargo, algo antes de la llegada de los nazis al poder, con Gustav Stresemann en el poder, Alemania inició una tímida reindustralización que se consolidó cuando Adolf Hitler y los nazis llegaron al poder, comenzando con un fuerte rearmamento a raíz de 1933, que, poco después, concluyó con el autodenominado III Reich.

Horch 901 Kfz. 15 a escala 1/43 de Grupo Planeta / Altaya.

Las aspiraciones territoriales de Hitler precisaban de una armada, una aviación y un ejército de tierra moderno, capaz y rápido. Para ello, la industria alemana se puso manos a la obra y durante el periodo de entreguerras, así como durante la Segunda Guerra Mundial, fabricando multitud de vehículos destinados, en exclusiva, al campo de batalla, siendo uno de los más importantes de todo el conflicto el Horch 901, fabricado en Zwickau -una pequeña población de Sajonia- entre 1937 y 1943.

Se llegaron a fabricar casi 15.00 Horch 901, empleándose, sobre todo, en la URSS y África, dos escenarios complicados que precisaban de las características de un vehículo de este tipo. Concebido como un auténtico todoterreno, con suspensión independiente y tracción total, hubo dos versiones del mismo en cuanto a motorización:

  • V8 de 80cv y 3500cc, llamado Horch 830/930, en función de si se trataba de la versión “civil” o militar.
  • V8 de 90cv y 3800cc, el más común, y el que hoy nos ocupa, el Horch 901.

El 901 podía alcanzar una velocidad máxima de 90km/h, y su consumo promedio, cada 100km, era de unos 25 litros. Empleados en el frente ruso y por el Afrika Korps, su función se ceñía al transporte de autoridades, de tropas y de equipos de transmisiones, importantísimos en escenarios tan cruentos como la Unión Soviética.

Erwin Rommel ayuda a sacar del barro un Horch 901 en el norte de África (1941).

La carrocería era muy sencilla y existían tanto versiones descapotables como cerradas, en función del cometido del vehículo o del escenario en el que fuese a emplearse. A pesar de su elevado consumo, la autonomía del Horch 901 era de 420kms en llano, o de 300kms por terreno escarpado, y la mayoría de ellos eran 4×4, aunque también se fabricaron versiones 4×2.

Aunque era un vehículo barato a todos los efectos, ya que se producía en masa de forma económica y sin demasiadas complicaciones, tuvo que pararse su producción en 1943, debido a constantes problemas mecánicos en ambas motorizaciones, lo que hacía que el Horch se quedase parado en operaciones de radio o con oficiales a bordo. Fue sustituido por el Mercedes-Benz L 1500S, el Steyr 1500A y el famoso Kübelwagen. Así, el versátil, pero poco fiable, Horch pudo escapar, en cierto modo, de los horrores de la guerra, quedando, a día de hoy, un buen número de unidades en buen estado de conservación.

Erwin Rommel a bordo de un Horch 901 en el norte de África.

Horch 901 en el frente ruso (agosto de 1941).

La colección de Planeta, además, incluye un fascículo con información bastante interesante acerca de cada vehículo, así como de algún personaje célebre en concreto. Si queréis suscribiros no tenéis más que visitar el siguiente link: https://bit.ly/35eipAm y, además, podéis hacer uso del código PROMOMILITARES para conseguir un Jeep Willys a escala 1/24 y un diorama con un KFZ. 70 a escala 1/43. Eso sí, antes del 10 de septiembre de 2020.

[Vehículos militares] Cadillac 75 Fleetwood V8 ‘Limousine’

En la anterior entrada de “Coches militares de la Segunda Guerra Mundial“, con ocasión de la colección de Grupo Planeta / Altaya, abordábamos la increíble bestia germana W31 Typ G4 540 fabricada por Mercedes-Benz entre 1934 y 1939. Sin embargo, en este caso trataremos un vehículo con un fin parecido -transporte de autoridades-, aunque con una filosofía completamente diferente: el Cadillac 75 Fleetwood V8 ‘Limousine’.

A la hora de hablar de coches estadounidenses, los primeros fabricantes que se nos suelen venir a la cabeza, de forma casi instintiva, son Ford, Cadillac y Chevrolet. Tres marcas con historia en mayúsculas, no solo porque hayan diseñado el concepto de lo que hoy conocemos como turismo, sino también porque han participado, de una forma u otra, en la historia de Estados Unidos y de la humanidad.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un verdadero campo de pruebas en el que se dieron cita multitud de inventos y vehículos, desde el fusil de asalto a la visión nocturna, o del tanque DD al Puerto Mulberry. Pero también, como en el caso del Mercedes-Benz W31, se hicieron determinadas adaptaciones de automóviles civiles al ámbito militar, siendo una de las más notables, debido al General George Smith Patton y su presencia, la del Cadillac Series 75, producido entre 1938 y 1940 en la fábrica General Motors en Detroit.

Cadillac ya había comenzado a producir la Serie 70 en 1936, pero sería en 1938, con la segunda generación, cuando introduciría importantes cambios con respecto a la anterior, tanto en tamaño, como en transmisión o confort. La serie 75 de 1938 a 1940 montaba el mismo motor V8 monobloque de 5700cc de la serie de 1936, sin embargo, en este caso, se desarrollaban 140cv de potencia -5 más que con respecto a la anterior serie-, así como la posibilidad de un cambio de cuatro velocidades, en lugar de las tres anteriores. Esto le permitía ser un vehículo inusualmente rápido para su tamaño, concepción y época, pudiendo alcanzar los 140km/h.

La denominación ‘Limousine’ hace referencia a que se trata de una carrocería sedán, la cual era fabricada por la compañía Fleetwood Metal Body, introduciendo importantes cambios con respecto al anterior modelo, sobre todo en la versión ‘Convertible’ o descapotable. De la carrocería ‘Limousine’ únicamente llegarían a fabricarse unas 2000 unidades, algunas de las cuales se encuentran, a día de hoy, en perfecto estado de conservación en museos o por parte de coleccionistas.

Cadillac 75 Fleetwood V8 a escala 1/43 de Grupo Planeta / Altaya.

El Cadillac Series 75 no se prodigó, en exceso, durante toda la Segunda Guerra Mundial, ya que fue introducido en el escenario europeo a comienzos de 1945, cuando ya la balanza del conflicto estaba, prácticamente, decidida del lado de la Unión Soviética y los Aliados. El Ejército de Estados Unidos creyó conveniente adaptar la serie 75 de segunda generación para el transporte de autoridades militares en diferentes plazas europeas, como Países Bajos, Bélgica, Francia o Alemania.

La autoridad militar más célebre que hizo uso de un Cadillac Series 75 fue el General George Smith Patton, el cual lo utilizó para sus desplazamientos rutinarios entre diferentes ciudades o dentro de una misma ciudad en Alemania, sobre todo una vez finalizada la guerra. Dado que el Cadillac seguía siendo un turismo civil, para otros menesteres Patton hacía uso del camión GMC CCKW o el famoso Jeep “Willys”.

Cadillac Series 75 en la película Patton (Franklin J. Schaffner, 1970). Fuente: IMCDb.

Patton fue un personaje controvertido debido a su liderazgo, a su concepción de la estrategia y a determinadas declaraciones, muchas de las cuales chocaban directamente con las del General Dwight D. Eisenhower. Aunque apartado de la Operación Overlord, Patton acabó convirtiéndose, finalmente, en un verdadero icono de la victoria estadounidense

El Series 75 de Patton es una unidad fabricada en 1938, con plazas para siete ocupantes, pintado de verde militar con una estrella blanca en las puertas traseras -tal y como podemos apreciar en la imagen de la miniatura-. Las puertas traseras se abren en sentido inverso, facilitando el acceso y la salida de los ocupantes. Sus asientos están tapizados en piel marrón, y las modificaciones con respecto a la versión civil son mínimas. Actualmente se encuentra, restaurado, en el Museo General George Patton en Fort Knox.

Restos del Cadillac Series 75 de Patton. Fuente: Daily Mail.

Sería en diciembre de 1945, siete meses después de finalizar la guerra, aunque con mucho trabajo todavía en una Alemania ocupada por cuatro potencias diferentes -Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URSS-, cuando el Cadillac Series 75 de Patton colisionó, en los aledaños de Mannheim, con un camión GMC CCKW, hiriendo de gravedad al general, que fallecería doce días después debido al accidente. El Cadillac fue rápidamente reconstruido en la misma Alemania, aunque se le incorporó uno de los dos motores Cadillac que montaban los carros de combate M24, y estuvo de servicio hasta 1951, momento en el que el Ejército de Estados Unidos decidió donarlo al Museo General Patton.

La colección, además, incluye un fascículo con información bastante interesante acerca de cada vehículo, así como de algún personaje célebre en concreto. Si queréis suscribiros no tenéis más que visitar el siguiente link: https://bit.ly/35eipAm y, además, podéis hacer uso del código PROMOMILITARES para conseguir un Jeep Willys a escala 1/24 y un diorama con un KFZ. 70 a escala 1/43. Eso sí, antes del 10 de septiembre de 2020.

¿Quién fue Ricardo Sáenz de Ynestrillas?

Ricardo Sáenz de Ynestrillas Martínez. Fuente: Europa Press.

En los últimos días, coincidiendo con el 34 aniversario del asesinato del comandante español Ricardo Sáenz de Ynestrillas Martínez, ha surgido cierto debate en redes sociales y medios de comunicación acerca de la figura de dicho militar, así como al respecto de las circunstancias de su asesinato, a manos de la organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna (ETA), disuelta oficialmente en el año 2018.

Ricardo nació en Madrid en la primavera de 1935, prácticamente un año antes del estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939). Su padre, Alfredo Sáenz de Ynestrillas, pertenecía a una saga familiar de tradición militar y carlista. Su padre era, además, miembro de Falange desde sus inicios, y se desempeñó de forma activa durante la Guerra Civil, concretamente en el histórico Regimiento Nº2 de Cazadores de Calatrava, resultando herido en los últimos compases del conflicto, y trasladado, posteriormente, al Regimiento Nº7 de Taxdirt.

Resulta evidente que la tradición familiar, y la influencia paterna, moldearon el pensamiento y la carrera militar de Ricardo, que pronto ingresaría en la Escuela de Oficiales del Ejército de Tierra, siendo posteriormente destinado al Sáhara Español -hoy Sáhara Occidental, bajo soberanía marroquí-, en la X Bandera de la Legión Española, denominada ‘Millán Astray’.

Tras su paso por la décima de la Legión, pasaría al histórico Regimiento de Infantería de Barbastro Nº43, también conocido como Batallón de Montaña de Barbastro, hoy extinto. De ahí pasaría a la Brigada de Infantería Ligera Paracaidista ‘Almogáraves’ VI, también conocida como BRIPAC. Y también se desempeñó como profesor del temido Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico, disuelto en 1978.

Sáenz de Ynestrillas, que durante la dictadura (1939-1975) conseguiría destacar, sobre todo entre sus tropas, ascendió de capitán a comandante en 1978, el mismo año en el que se redactaría la primera -y única- Constitución Española tras la dictadura. Además, durante su carrera fue condecorado con la Cruz de la Orden de San Hermenegildo, que se otorga a militares tras 25 años de carrera intachable.

Sin embargo, la llegada de la democracia a España, así como los valores de la Constitución de 1978, truncarían el, hasta el momento, intachable expediente de Sáenz de Ynestrillas. Con la Constitución redactada, y a la espera de ser ratificada, recién ascendido de capitán a comandante, participó en la denominada Operación Galaxia en noviembre de 1978, junto al teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, los comandantes Manuel Vidal Francés y Joaquín Rodríguez Solano y el capitán José Luis Alemán Artiles.

Sáenz de Ynestrillas y Tejero en 1978. Fuente: Europa Press.

La Operación Galaxia, denominada así por haber tenido lugar en la cafetería Galaxia situada en el madrileño barrio de Chamberí, pretendía secuestras al entonces, Presidente del Gobierno Adolfo Suárez aprovechando un viaje oficial del Rey Juan Carlos I para, así, detener el proceso de reforma democrática en el país. Pero el comandante Manuel Vidal Francés, partícipe de la conspiración, alerto a las autoridades, lo cual se saldó con la detención de todos los integrantes al día siguiente, el 12 de noviembre de 1978.

El Gobierno trató de quitar hierro al asunto, con el objeto de no sembrar incertidumbre entre los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. No obstante, dos años después, en 1980, Sáenz de Ynestrillas y Tejero serían juzgados por un Consejo de Guerra, siendo Ynestrillas condenado a la pena mínima, 6 meses de prisión, aunque sin perder su rango militar.

La polémica no acabaría con la Operación Galaxia, ya que en 1981 fue arrestado, de nuevo, por su participación en otro golpe de estado que iba a sucederse en 1978. Además, se le acusó de intentar secuestrar al Rey Juan Carlos I y a todas las autoridades que asistieron a la fiesta con motivo de la onomástica del monarca. Se le acusó de pertenecer a banda armada y se le aplicó la Ley Antiterrorista, aunque la causa fue sobreseída por falta de pruebas.

Tejero y Sáenz de Ynestrillas (en el centro) junto a dos oficiales. Fuente: Voz Pópuli.

Sin embargo, no participó, al menos de forma activa o con pruebas, en el fallido golpe de estado del 23 de febrero de 1981 llevado a cabo por Antonio Tejero.

Quizá uno de los momentos más tensos de toda la carrera de Sáenz de Ynestrillas tuvo lugar en 1985, cuando fue acusado de planear un atentado terrorista contra la familia real, el Presidente del Gobierno Felipe González y Narcís Serra el día de las Fuerzas Armadas en La Coruña, Operación que fue denominada ‘Zamombazo’ y que fue desactivada por los servicios de inteligencia. El atentado consistía en excavar un túnel hasta la tribuna de autoridades y colocar bajo la misma más de cien kilos de explosivos.

El 17 de junio de 1986, el comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas se desplazaba por las inmediaciones del centro de Madrid en coche oficial junto al teniente coronel Carlos Vesteiro Pérez y el soldado Francisco Casillas. Sobre las 14.30h, aproximadamente, dos miembros de la banda terrorista ETA dispararon contra el vehículo, asesinando a Ynestrillas y los otros ocupantes.

Los cuerpos del comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas (detrás) y del soldado conductor Francisco Casillas (delante) yacen en el interior del coche ametrallado por terroristas de ETA en la avenida del Manzanares de Madrid. Junto a ellos también murió el teniente coronel Carlos Vesteiro. En este atentado participó Inés del Río. Fuente: El País.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia: De Galaxia a Van Gogh. Cierra la cafetería que enterró a Tejero. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-04-09/cafeteria-galaxia-van-gogh-cierre-tejero_1547306/

BOLETÍN OFICIAL DEL ESTADO. 27 de febrero de 1939. pp. 1152-1153. [Recurso]

DIARIO 16. Camilo Méndez, sancionado con el retiro forzoso de la Armada. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://linz.march.es/documento.asp?reg=r-33755

DIARIO 16. El fiscal se opone a la libertad de Ynestrillas. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://recursos.march.es/linz/I17495.pdf [Recurso]

EL PAÍS. La “Operación Galaxia” detectada el pasado día 9. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://elpais.com/diario/1978/11/21/espana/280450806_850215.html

EL PAÍS. Penas mínimas, de siete y seis meses y un día, para los autores de la “operación Galaxia”. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://elpais.com/diario/1980/05/08/espana/326584801_850215.html

EL PAÍS. Presos beneficiados por la derogación de la ‘doctrina Parot’. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://elpais.com/politica/2013/10/21/album/1382349538_106545.html#foto_gal_2

EL PAÍS. Texto íntegro de la sentencia. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://elpais.com/diario/1980/05/08/espana/326584802_850215.html

GARCÍA, R. El magnicidio fallido de Juan Carlos I en A Coruña. [Última revisión: junio de 2020] Recuperado de: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/espana/2014/06/03/magnicidio-fallido-coruna/0003_201406G3P35991.htm

[Vehículos militares] Mercedes-Benz W31 Typ G4 540

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) ha sido, sin lugar a dudas, uno de los conflictos más brutales de la Historia de la humanidad. Pero, como sucede desde mediados del siglo XIX, también fue el laboratorio de pruebas de innumerable tecnología por parte de las potencias que participaron, de forma activa, en la contienda.

En el imaginario popular se encuentran, a la hora de mencionar la Segunda Guerra Mundial, vehículos tan avanzados y famosos como los Panzer III / IV alemanes, el polivalente Jeep Willys estadounidense, los Spitfire británicos, la clase Yamato japonesa o los T-34 soviéticos. Son, sin lugar a dudas, los iconos del conflicto y, con el paso de los años, se han convertido también en objeto de estudio y debate, ya que su papel en el desarrollo de la guerra resultó crucial, de una forma u otra.

Sin embargo, en la contienda también participaron un buen número de interesantes vehículos, muchos de ellos a la vanguardia técnica, que, bien por su propia naturaleza, por los escenarios en los que participaron, o por las funciones designadas, no trascendieron como, por ejemplo, los mencionados anteriormente. Es por ello que, aprovechando la colección de Grupo PlanetaAltayaCoches militares de la Segunda Guerra Mundial“, vamos a poner en valor, a través de sus historias reales y las miniaturas a escala 1/43, el papel de estos automóviles durante el conflicto.

Adolf Hitler, en su llegada a Varsovia (Polonia), saludando desde un W31 en octubre de 1939.

El primero en el que nos vamos a detener, que coincide con la primera entrega de la colección, es el Mercedes-Benz W31 Typ G4 540. Este automóvil, inusual por sus seis ruedas distribuidas en tres ejes, comenzó a producirse en el año 1934 en la planta de Sindelfingen, al sur de Alemania. La plataforma de la que partía el Typ G4 -cuya denominación en los estándares de Mercedes-Benz es W31- era la versión civil conocida como W103 Typ G1 de 1926, un vehículo propio del periodo de entreguerras (1918-1939).

No todos los Typ G4 llevaron la misma motorización o características técnicas, ni siquiera el mismo propósito. Para comprender un poco mejor este vehículo, debemos dividirlo en las tres series en las que fue fabricado, a través de las que se fabricaron un total de 57 unidades del W31:

  • Primera serie: Typ G4 410 de 1934 – Un total de once unidades salieron de la factoría de Sindelfingen destinado a unidades SS y a determinados actos solemnes del III Reich. Montaba un motor Daimler-Benz de 100cv y 5018cc, resultando un vehículo relativamente lento y poco polivalente debido a sus casi cuatro toneladas de peso.
  • Segunda serie: Typ G4 500 de 1937 – Con un total de dieciséis unidades, destinado a uso militar, con un motor Daimler-Benz de 110cv y 5252cc, dejando un mayor espacio en el interior del vehículo para, como en la miniatura, poder montar ametralladoras fijas.
  • Tercera serie: Typ G4 540 de 1939 – La mayor producción de todas, con treinta W31 destinados, sobre todo, a uso militar, aunque también se fabricaron ciertas unidades como regalos a naciones afines al III Reich. Montaba un Daimler-Benz de 115cv y 5401cc, pudiendo alcanzar una velocidad máxima de casi 70km/h, y con espacio suficiente en las plazas traseras como para montar ametralladoras fijas MG-34.

El W31, en cualquiera de sus variantes, no se prodigó demasiado en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial en sí. Para cuando el conflicto comenzó, Mercedes-Benz ya había dejado de fabricar el vehículo, y únicamente se le realizarían determinadas adaptaciones en función de las circunstancias.

Más que como vehículo militar, es famoso por haber sido protagonista de numerosos desfiles o transporte de autoridades, incluso antes de la guerra. Fue usado en 1937 durante la visita de Benito Mussolini a Mecklemburgo, y también cuando propio Adolf Hitler entró tanto en Checoslovaquia en 1938, como en la Polonia ocupada de 1939 a bordo de un W31 Typ G4.

Al margen del III Reich y la Segunda Guerra Mundial, el vehículo es famoso por haber sido un regalo que realizó el Führer a Francisco Franco, dictador de España, en el año 1940 y que, a día de hoy, es una de las unidades mejor conservadas junto a la unidad que se encuentra en el Technik Museum de Sinsheim (Alemania).

A continuación se muestran imágenes de la miniatura de Grupo Planeta / Altaya, en las que se aprecia al W31 en su versión militarizada y perteneciente a la tercera -y última- serie del modelo. Observamos que, al contrario en las versiones de la SS u orientadas a desfiles, el vehículo dispone de blindaje, que se puede apreciar en sus faros cubiertos, neumáticos para terrenos escarpados, así como la instalación de sendas ametralladoras MG-34 en su interior.

La colección, además, incluye un fascículo con información bastante interesante acerca de cada vehículo, así como de algún personaje célebre en concreto. Si queréis suscribiros no tenéis más que visitar el siguiente link: https://bit.ly/35eipAm y, además, podéis hacer uso del código PROMOMILITARES para conseguir un Jeep Willys a escala 1/24 y un diorama con un KFZ. 70 a escala 1/43. Eso sí, antes del 10 de septiembre de 2020.

[CÓMIC] Normandía: una historia gráfica del Día-D

DATOS
Autor: Wayne Vansant
Nº de páginas: 103.
Editorial: La Esfera de los Libros.
Año de publicación: 2017.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: China.
ISBN: 978-84-9060-853-1.
Depósito legal: -.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) es, quizá, el conflicto de la historia de la humanidad más célebre de todos, no solo por el fuerte impacto del mismo en la vida de millones de personas en todo el mundo, sino también debido a todo lo que se ha prodigado en cine, literatura, artes plásticas o videojuegos, entre muchos otros. Las posibilidades de la guerra que enfrentó al Eje contra la URSS y los Aliados, en términos lúdicos, son casi infinitas. De hecho, hay quienes han cultivado la ucronía con bastante acierto.

Sin embargo, este amplio catálogo de investigaciones, obras de divulgación, películas, series, videojuegos, cómics, etc. hace que, como es lógico, a veces sea complicado encontrar buenas obras con rigor histórico a través de las que, al margen de entretenernos, podamos aprender algo. El mundo del cómic histórico se encuentra en pleno auge, independientemente del país de emisión o distribución, o del periodo histórico, la producción está siendo muy potente e interesante. Como en todo, hay obras mayores y menores, así como obras pensadas para el mero entretenimiento, y otras con con una clara función educativa.

Normandía: una historia gráfica del Día-D. La invasión aliada de la fortaleza Europa de Hitler es, precisamente, uno de esos cómics cuyo objetivo es completamente divulgativo y educativo, ya que aborda los hechos ocurridos entre el 6 de junio y el 25 de agosto de 1944 con importante rigor histórico. De hecho, en el cómic no aparece ningún personaje ficticio a través del cual se desarrolle la trama, sino que está orientado más como un manual que como un cómic per se.

Wayne Vansant, autor del guión y el dibujo del cómic, es un ilustrador y guionista célebre por sus cómics de contenido histórico, entre los que se destacan Antietam: The Fiery Trial y The Vietnam War: A Graphic History.

Se divide en 15 capítulos en los que se desarrollan casi todos los acontecimientos acaecidos en los primeros compases de la invasión Aliada de Francia en 1944. Además, el autor incluye en los mismos multitud de anécdotas y detalles que pueden resultar de interés tanto para expertos en la materia, como para aquellos que pretendan iniciarse en ella. Sin lugar a dudas, el resultado es un cómic tremendamente didáctico que bien podría emplearse en determinados centros de Educación Secundaria para explicar la importancia del Día D en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Los principales puntos débiles del cómic son, entre otros, su formato de distribución en España, con unas dimensiones bastante pequeñas para este tipo de obras. El dibujo, que está muy lejos de ser excelente. Y la extensión, que debería haber sido mayor -aunque ello incrementase el precio- o dividida en volúmenes, ya que hay aspectos en los que se prodiga en exceso, y otros que los trata de forma superficial.

Valoración: 3/5.