El epicureísmo

La historia de Epicuro y su escuela está muy marcada por su época. Escribió un gran número de obras, pero solo se han conservado tres cartas y dos colecciones de máximas. Así como el estoicismo prolonga en varios sentidos el pensamiento iniciado por los cínicos, la escuela de Epicuro continúa en muchos aspectos las ideas de los cirenaicos. Epicúreos y estoicos se oponen en muchas cosas, pero coinciden en el despego de la vida de la polis, el materialismo o la estrecha relación entre física y moral.

Busto de Epicuro (Museo Metropolitano de Arte, EEUU).

CANÓNICA.

Uno de los rasgos más característicos del pensamiento de Epicuro es su escaso interés por el sistematismo y la coherencia racional. A Epicuro le preocupa alcanzar certezas, afirmar verdades. En la parte de la doctrina llamada canónica lo que se nos ofrece son una serie de criterios o cánones para determinar la verdad. Son, podría decirse, diversas vías para alcanzar la evidencia; fundamentalmente tres: la sensación, la anticipación y la pasión.

  • La sensación: como criterio de evidencia significa que todo lo que se siente, todo lo que se capta a través de los sentidos es verdad; de no ser así, todo conocimiento sensible sería imposible; cuando decimos que los sentidos nos engañan es porque estamos afirmando más de lo que en realidad captamos.
  • La anticipación: para poder conocer las cosas es necesario tener nociones previas de ellas. Con ella sentimos pero no percibimos las cosas como tales, no es nada innato, sino fruto de experiencias anteriores que han dejado su impronta en la sensación y en la memoria.
  • La pasión: es evidente todo lo que nos produce placer o dolor. Y el valor de este tercer criterio es doble, porque no solo nos sirve para distinguir lo verdadero de lo falso, sino también lo bueno de lo malo: es bueno lo que produce placer y malo lo que produce dolor.

De estos criterios se desprende uno de los principios fundamentales del epicureísmo: el hedonismo. Es bueno lo que produce placer; no hay discusión posible, porque es evidente. Bien y placer se identifican. Sin embargo, el segundo gran principio, el atomismo, resulta difuso.

FÍSICA.

Epicuro resucita del atomismo de Leucipo y Demócrito, aunque con un carácter y un sentido distintos. Epicuro se mueve en un ambiente jónico y retoma algunas de las ideas y planteamientos de los físicos jonios, pero en realidad le importan muy poco las ciencias. Aprovecha el atomismo pero lo utiliza únicamente con fines éticos. La física atomista permite explicar racionalmente los fenómenos y suprimir las creencias populares acerca de los dioses y la muerte, que producen inquietud y desasosiego.

Los átomos son para Epicuro cuerpos pequeñísimos, invisibles, de distintas formas y en perpetuo movimiento en el vacío, que al combinarse forman los cuerpos visibles. Para Epicuro, los átomos tienen ciertas cualidades que los hacen específicos para cada cosa; la naturaleza del átomo determina su función: tienen algo de semillas y hay tantos tipos de átomos como cosas sensibles. Epicuro concibe el movimiento de manera diferente; los átomos caen por su propio peso, de arriba abajo, todos en la misma dirección y a la misma velocidad. Llegan a combinarse por una desviación pequeñísima de algunos átomos, que desencadenaría un proceso de cadena de choques, rebotes y agrupaciones.

No importan las explicaciones en detalle. Lo principal es tener una idea de conjunto bien presente en todo momento en la memoria. A partir de ahí cada uno podrá encontrar las explicaciones pertinentes, que pueden ser varias e incluso contradictorias.

Como el resto de las cosas, el alma está formada por átomos ligeros y calientes, más sutiles que los del aire y el fuego. Poco importa el detalle. Lo decisivo es que se descompone y disuelve con la muerte. No hay por tanto por qué inquietarse con ningún destino eterno. Epicuro no niega la existencia de dioses pero dice que se encuentran entre los diversos mundos y llevan una vida feliz y tranquila, no se ocupan de nosotros.

ÉTICA.

La moral de Epicuro se reduce al siguiente principio: el fin último es el placer; es bueno lo que nos agrada y malo lo que nos desagrada. Pero, frente a lo que podría parecer y en contra de las acusaciones, este principio no conduce a una vida de libertinaje y desenfreno. Todo lo contrario. En la práctica consistía en una vida retirada y tranquila, caracterizada más bien por la sobriedad. Dividían los placeres en tres tipos:

  • Placeres naturales y necesarios.
  • Placeres naturales no necesarios.
  • Placeres no naturales y no necesarios.

Los primeros (comer, beber, abrigarse) son los únicos que hay que satisfacer, y solo hasta el límite necesario para suprimir el dolor. Los segundos (comer tal manjar, vestirse de determinada manera) son superfluos porque no eliminar ningún dolor, solo varían las formas de placer. Los terceros (la fama, las riquezas, el poder) no solo son vanos, sino que provocan más dolor y turbación que placer. Con lo cual el ideal del sabio epicúreo viene a identificarse prácticamente con el del estoico: la imperturbabilidad.

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 211-224.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 101-106.

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