[MANUAL] Nueva Historia de la España Antigua – Gonzalo Bravo

DATOS
Autor: Gonzalo Bravo.
Nº de páginas: 381.
Editorial: Alianza Editorial.
Año de publicación: 2011.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: Torrejón de Ardoz, Madrid (España).
ISBN: 978-84-206-5477-5.
Depósito legal: M. 35.708-2011.

Las clases magistrales sobre Historia Clásica, y en concreto sobre Historia de la España Antigua, no siempre son el mejor método para adentrarnos en un terreno tan complejo como fue el de la Hispania romana. Y si no que se lo digan a profesores como Aurelio Padilla o José Millán León (Universidad de Sevilla). Y es que, en el 99% de los casos, un buen conocimiento sobre el Mundo Antiguo ha de adquirirse con el inestimable apoyo de un manual, que para eso están. Por suerte, hay profesores que siguen creyendo en el manual como herramienta didáctica y uno de ellos es precisamente Gonzalo Bravo Casteñeda, profesor titular de la Universidad Complutense y autor del presente manual.

Nueva Historia de la España Antigua es un manual muy digerible, de menos de 400 páginas y con una letra que hace que su lectura resulte muy cómoda. Trasciende incluso su naturaleza de manual al uso y bien puede servir como libro de lectura, gracias a la forma en la que está escrito, que huye de tecnicismos que, en muchos casos, son absurdos. Bravo lo escribe de tal forma que es una lectura accesible para cualquier lector receptivo al tema que trata.

El manual cuenta con dos partes principales: una de ellas dedicada a la Península Ibérica prerromana y otra a la Hispania romana. Partes que se subdividen en cinco extensos capítulos que, bajo mi punto de vista, deberían ser algunos más, para no hacer la lectura tan farragosa. Cuenta, además, con un extenso listado de siglas y abreviaturas, un listado de mapas, de cuadros, de gráficos y de documentos. Y, por supuesto, con una extensa bibliografía especializada, que sirve tanto para refrendar el manual como para permitirnos ampliar la información del mismo si fuese necesario.

La información inserta en la obra de Gonzalo Bravo es directa y sencilla, abordando además todos los temas necesarios en el estudio de la Hispania romana. Además, Bravo es un autor que no ha querido otorgar más importancia de la necesaria a la Historiografía, por lo que el paso de esta por el manual es anecdótico.

El manual también sirve para complementar el estudio sobre la República y el Imperio Romano, sobre todo en su política de colonias o provincias, así como otros aspectos tan importantes como la crisis del siglo III o las reformas de Diocleciano.

Nueva Historia de la España Antigua fue mi manual de cabecera para estudiar Historia de España Antigua en la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), asignatura que impartió el doctor en Arqueología Daniel Casado Rigalt. Por primera vez encontré un manual claro y conciso que amplió mi conocimiento sobre la Península Ibérica en época clásica. Es un manual que he leído a fondo y cuyo contenido me parece de suma utilidad, tanto para el estudiante de Historia Clásica como para el interesado en este período. Algunos temas del manual los he resumido en el blog y sirven para hacerse una idea sobre qué fue aquello tan lejano que denominamos Hispania. Encontraréis los resúmenes pinchando en los siguientes enlaces:

Un manual altamente recomendable, tanto si queremos iniciarnos en el estudio del mundo clásico en la Península Ibérica como si queremos ampliar información sobre el mismo.

Valoración: 4/5.

Aspectos jurídicos de las ciudades romanas en época altoimperial

CIUDADES NO PRIVILEGIADAS: CIVITATES INDÍGENAS.

Las ciudades hispánicas de época romana pertenecían a una de estas tres categorías: civitates, colonias o municipios. A pesar de que en Hispania la romanización se inició antes que en otras provincias, la transformación fue lenta en determinadas zonas.

Hubo comunidades que se habían conformado sobre estructuras suprafamiliares y territoriales, que los romanos denominaron como oppidum y que fueron evolucionando hacia el sistema romano de las civitas. Así pues se formaron numerosas civitates en torno a un oppidum originario. Había muchas civitates en Hispania pero las diferencias entre ellas eran notorias desde el punto de vista jurídico, político y social. Su estatuto jurídico era diferente según la relación que tuvieran con el Estado romano.

Recreación de Ammaia (Sao Salvador da Aramenha, Portugal).

Se llamaba civitates liberae et inmunes a aquellas que aun no habían establecido un pacto (foedus) con los romanos. Estas comunidades irían desapareciendo poco a poco.

La situación más frecuente fue la de las civitates foederatae, que habían concertado un pacto con los romanos, casi siempre a favor de los romanos y pocas veces en condiciones de igualdad. Los pactos que se realizaban en igualad de condiciones se denominaban civitates foederatae liberae y otros, los más frecuentes, que estipulaban obligaciones contributivas con Roma: civitates foederatae stipendiariae.

Aun así, independientemente del estatus jurídico en relación con Roma, la promoción sociopolítica de las comunidades indígenas organizadas como civitates se realizaba mediante el otorgamiento de la ciudadanía romana a las élites indígenas. Una vez que una civitas hubiera alcanzado cierto nivel de desarrollo, lo normal era que se convirtiese en un municipio romano. Así, poco a poco, las élites indígenas irán integrándose en el sistema social y político romano.

En Hispania, las ciudades no privilegiadas eran mayoría a finales del siglo I d.C. hasta la época Flavia.

CIUDADES PRIVILEGIADAS: COLONIAS Y MUNICIPIOS.

Las ciudades privilegiadas se mantuvieron como una minoría hasta la época imperial. Solo un tercio de las civitates conocidas en la Hispania romana alcanzaría el estatus de ciudad privilegiada, bien como colonia o como municipio. Estas ciudades tenían un estatuto jurídico superior a las civitates de derecho peregrino.

La fundación de una colonia romana se hacía mediante la fórmula de la deductio, que consistía en un acto formal en virtud del cual se asignaba un territorio a un grupo determinado y se dotaba a la ciudad de los instrumentos institucionales necesarios. Podía tratarse de una población preexistente o de una fundación. Aun así, el principal motivo de la fundación colonial fue el cultivo de las tierras circundantes como medio de vida para la nueva comunidad. La fundación de una colonia requería una meticulosa planificación, se organizaba como una pequeña Roma aunque hubiese notorias diferencias entre unas colonias y otras.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 158-162.

La reorganización hispánica de Diocleciano a finales del siglo III

REFORMA PROVINCIAL.

A finales del siglo III el mapa administrativo de Hispania seguía siendo el mismo que diseñó Augusto tres siglos antes, pero en torno al 300 Diocleciano y los tetrarcas culminaron las reformas administrativas puestas en práctica los años anteriores, las cuales afectaron al ejército, las provincias y la administración imperial.

Diocleciano en el Museo Arqueológico de Estambul (Turquía). Siglo III.

Uno de los cambios más innovadores de Diocleciano y los tetrarcas fue la sustitución progresiva de funcionarios senatoriales por ecuestres. En general la Tetrarquía llevó a cabo una política antisenatorial que iría aportando cada vez más importancia a los ecuestres.

Estas reformas administrativas se completaron con otras medidas políticas no menos importantes como la separación de poderes civiles y militares. Este proceso fue largo y no concluyó hasta las últimas décadas del siglo IV.

Los tetrarcas en el Tesoro de San Marcos. Venecia (Italia). Siglo III.

El territorio hispánico estuvo dividido, hasta finales del siglo III, en tres provincias: Tarraconense, Bética y Lusitania. El territorio peninsular e insular se  distribuía en tres provincias muy diferentes entre sí en cuanto a extensión, recursos y modos de vida.

División provincial de Diocleciano.

Hacia el año 300 se constatan ya en Hispania los efectos de la reforma provincial en virtud de la cual el territorio hispánico quedó dividido en cinco provincias: Bética, Lusitania, Tarraconense, Carthaginense y Gallaecia. La nueva división incluía las Baleares, adscritas a la Carthaginense. Las nuevas provincias, más pequeñas, implicaban también un nuevo reparto jurisdiccional del territorio en unidades más fácilmente gobernables. Así la Tarraconense se redujo en tamaño, por ejemplo.

LA REFORMA ADMINISTRATIVA.

La gran reforma administrativa del Bajo Imperio fue, sin duda, la configuración de las diócesis como agrupaciones de provincias por dos razones fundamentales: por la novedad del sistema diocesano y por la eficacia en términos gubernativos.

La formación de la diócesis se realiza a partir del agrupamiento de las unidades provinciales existentes para constituir una nueva unidad administrativa, de entidad territorial, jurisdiccional y económica. A las provincias hispánicas viejas (Bética, Lusitania) y nuevas, se añadió además la norteafricana Mauritania rompiendo así la aparente unidad territorial de Hispania. El documento llamado “Laterculus Veronensis” recoge los nombres de las doce diócesis en que fue dividido el Imperio, llamándose Hispania “dioecesis Hispaniarum”.

Diócesis a comienzos del siglo IV.

El vicario enviado a las diócesis tenía jurisdicción sobre todos los provinciales, por encima de los gobernadores y era la representación del propio emperador, la máxima autoridad imperial en su circunscripción.

En el caso de Hispania, las provincias de la diócesis variaron a lo largo del tiempo y no es algo extraño ya que este sistema había sido concebido para asumir posibles cambios.

REFORMAS ECONÓMICAS.

Pero el Imperio e Hispania no solo necesitaba reformas administrativas sino también económicas. Era necesario hacer frente a los crecientes gastos de la administración imperial y el mantenimiento del ejército, era necesario un plan de recuperación económica tras un siglo de luchas y disputas.

Muchos campos habían quedado largo tiempo sin cultivar (agri deserti); los circuitos comerciales tradicionales se habían obstruido por las guerras y la inseguridad creciente en las vías fuera de las ciudades. Ante esto, el gobierno tetrárquico puso en marcha una ambiciosa reforma fiscal destinada a proporcionar al Estado los ingresos necesarios para su recuperación.

Para ello, toda la población fue censada de nuevo, pero con fines fiscales, y también se censó a los animales. La llamada iugatio-capitatio fue el nuevo sistema fiscal implantado en época de Diocleciano y estaba destinado a proveer de recursos al Estado para atender las necesidades provinciales.

Mosaico con escena campesina en Conimbriga (Portugal). Siglo IV. Fuente: Artehistoria.

En Hispania no hay testimonios directos al respecto pero estas medidas, sin duda, se aplicaron como en el resto de provincias y diócesis del Imperio.

SOCIEDAD.

La definición tradicional de la sociedad bajoimperial romana ha sido en terminos de bipolaridad atendiendo a los dos grupos sociales de la época: honestiores y humiliores, en el Bajo Imperio esta distinción se convirtió en una auéntica división social.

Honestiores designa en la sociedad romana a los ciudadanos de mayor honor que, a menudo, coinciden con los que tienen también mayor riqueza, por lo que son objeto de un tratamiento de distinción que se manifiesta en su posición social, económica y jurídica en términos de justicia penal: exentos de la penal capital salvo los delitos de lesa majestad o traición al Estado. Dentro de este grupo se incluyó a los grandes propietarios y también grandes funcionarios, así como oficiales del ejército, jerarquías eclesiásticas…

Humiliores eran los grupos sociales inferiores, de cualquier estatus y ocupación. En general, este grupo tenía condiciones de vida difíciles y peores que las de los honestiores, de los cuales dependían en muchas ocasiones. Humilior acabó englobando a todo aquél que no era honestior.

EJÉRCITO Y LIMES HISPANUS.

El ejército fue uno de los sectores menos perjudicados por la crisis del siglo III debido a la protección del Estado. Los militares se habían hecho omnipresentes en la vida política y social romana, algunos oficiales habían sido  aclamados incluso como emperadores. Todos actuaban como grupos especializados para reforzar la eficacia de los cuerpos del ejército tradicional.

El sistema de defensa imperial, durante el Bajo Imperio, se reforzó en las áreas fronterizas próximas al “limes”, donde había más presión de pueblos bárbaros. El refuerzo se llevó a cabo construyendo instalaciones defensivas o destinando más unidades militares al área afectada. Muchos historiadores y arqueólogos coinciden en la existencia de un “limes hispanus” en torno a la Meseta norte durante el siglo IV.

Muro de Adriano en el norte de Inglaterra; un ejemplo de “limes” romano. Fuente: National Geographic.

Pero el documento que más controversia ha causado entre historiadores es la “notitia Dignitatum”, en la que se mencionan los cargos que estaban al mando de las unidades militares existentes en Hispania. En torno a la “notitia” hay multitud de teorías y aun no es claro a qué fecha en concreto hace alusión.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 224-234.

La sociedad hispanorromana en época altoimperial

LOS ORDINES.

Senadores.

En la pirámide social hispanorromana, el grupo senatorial era el primero en la escala y, por tanto, el más restringido de los grupos sociales existentes en Hispania. La dignidad senatorial no sólo era hereditaria sino también extensiva a los miembros de la familia.

Unos y otros, por el hecho de ser senadores, formaban parte de la aristocracia romana imperial, un grupo reducido de ciudadanos con un elevado nivel de renta (1.000.000 de sestercios como mínimo). El número de senadores de origen provincial aumentó bastante desde los emperadores flavios (69-96) aunque no se alcanzó la mayoría hasta el siglo III.

Durante los gobiernos de Trajano y Adriano se observa un notorio incremento de senadores provinciales. Además, durante este período los senadores hispánicos tuvieron bastante relevancia, de hecho el número de senadores hispánicos de este período asciende a unos 30 o 35 nombres de los cuales un 75% son originarios de la Bética y el resto de la Tarraconense.

Interpretación libre del Senado romano.

Pero el mayor problema en el estudio de senadores hispánicos es determinar su número, dado que, en muchos casos, su origen es dudoso. Aun así se estima que debió haber habido varios centenares a lo largo del Imperio, repartidos en un número reducido de familias. Además, muchos de ellos fueron cónsules (un 50%).

Ser senador hispano no significaba solo riqueza sino también prestigio y poder. Con estos tres atributos, los senadores constituían una verdadera élite social, por encima de las élites provinciales y urbanas. En el caso hispánico, la pertenencia a estas élites locales procedía de dos vías: la riqueza en tierras de cultivo o pastos y la política mediante la adopción de un patrono fuerte.

Caballeros.

Los caballeros eran otro grupo privilegiado de la sociedad hispanorromana, por su capacidad económica, por su importancia política y por el reconocimiento de su condición social ante los ciudadanos. Eran una minoría cualificada en las ciudades y provincias de Hispania por lo que casos como el de Gades, con 500 equites, fueron excepcionales.

Équite romano (interpretación libre).

Los caballeros destacaban sobre todo por su fortuna derivada de los negocios y que invertían en la compra de tierras. Pero otro grupo de ecuestres destacaban por su servicio en la administración imperial y el ejército.

En Hispania surge un problema similar como con los senadores ya que es muy complicado saber con exactitud su origen. Actualmente se conocen unos 180 ecuestres procedentes de Hispania durante los tres primeros siglos del Imperio. Sea como fuere, constituían la segunda élite en importancia de la sociedad romana imperial, también en Hispania. En Hispania el número se duplicó con los Flavios y alcanzó su máximo desarrollo con Trajano y Adriano.

Decuriones.

También constituían una minoría privilegiada en su ámbito propio, el de las ciudades y provincias de Hispania, donde actuaban como auténticas oligarquías municipales. Controlaron durante varias generaciones el poder político local ocupando las magistraturas, los cargos religiosos o los puestos de la curia municipal. Recurrían a uniones matrimoniales entre familias para perpetuar el poder.

Interpretación libre de un decurión de la caballería auxiliar.

Estos magistrados contribuían a paliar los gastos sociales de su ciudad mediante el sistema tradicional de autofinanciación de los cargos, con independencia de las donaciones públicas que pudieran realizar durante su mandato, bien al inicio, bien mediante aportaciones periódicas. Ser decurión implicaba un compromiso en la financiación de gastos públicos necesarios para el municipio.

Cuando los cargos se convirtieron en cargas hubo dificultades para encontrar candidatos dispuestos a desempeñar estas magistraturas. Si se mantuvieron fue sobre todo porque podían aspirar, en un futuro, a puestos de mayor responsabilidad en la carrera política.

LOS GRUPOS INFERIORES.

La plebe y extranjeros.

Los grupos inferiores constituían la mayoría de la población pero con notorias diferencias entre unos y otros. Sobresalen la plebe y los extranjeros.

Frente a las élites urbanas, la plebe se distinguía no sólo por sus menores recursos sino también por sus condiciones de vida, según vivieran en la ciudad o en el campo. En cualquier caso, los plebeyos se distinguían casi siempre por sus signos externos, especialmente vivienda y vestido. En efecto, mientras la plebe vivía en “insulae” organizadas en torno a un patio central, las élites vivían en “villae” a las afueras de la ciudad. La plebe utilizaba como vestimenta paños lisos mientras que los grupos superiores utilizaban distintivos colores y adornos.

Plebe rural.

Era normal que la plebe se acogiera a la protección de un personaje influyente por lo que, con frecuencia, lo senadores de origen hispánico fueron reconocidos como “patroni” en sus respectivas ciudades.

Plebe urbana.

Otro grupo importante eran los extranjeros, entendiéndolos como procedentes de otros lugares o no ciudadanos, simplemente “peregrini”. Este grupo lo formaban las comunidades hispánicas o no hispánicas aun no romanizadas. Constituían un importante sector de la población hasta la concesión de ciudadanía que hubo con Vespasiano.

Libertos y esclavos.

En los estratos inferiores de la pirámide social se encontraban los libertos y esclavos, aunque con seguridad algunos de ellos gozaron de una buena posición económica. En Hispania, el número de libertos se mantuvo estable durante los primeros siglos del Imperio y los testimonios en algunas ciudades dejan entrever que había bastantes más libertos que esclavos (cinco veces más).

Pero en un sistema social tan jerarquizado y clasista como el romano, el origen servil era una condición discriminatoria aunque se tuviese solvencia financiera, y pocas veces los libertados desempeñaron cargos importantes o subieron de estatus. De hecho, la epigrafía hispánica no aporta ni un solo nombre de liberto como decurión o magistrado municipal. Sobre los libertos ricos no pesaba una discriminación económica ni social sino exclusivamente política. Su origen servil fue un impedimento para el desempeño de cargos públicos.

Esclavos representados en un mosaico alojado en el Museo Nacional del Bardo (siglo II d.C. Túnez, Túnez).

La promoción social de los libertos resultó beneficiosa para los provinciales, el cargo más apetecido por los libertos hispánicos fue el de “sevir augustalis” o miembro del “collegium” encargado del culto imperial en el municipio. La máxima aspiración de un liberto era integrarse en el grupo de los “augustales” lo que suponía el techo de su carrera política. Aun así, el liberto aspiraba siempre a liberarse de su condición social entroncando con una familia de libres y, si fuese posible, de la aristocracia local. Los hijos nacidos de estas uniones ya eran libres y potenciales ciudadanos sin restricciones.

Por último estaban los esclavos, los datos sobre los esclavos en Hispania son bien conocidos. La esclavitud ya fue practicada por los cartagineses antes de la llegada de los romanos pero fueron estos quienes la potenciaron. Con las guerras de conquista se multiplicó el número de esclavos debido a los prisioneros de guerra y a los indígenas que opusieron resistencia.

Pollice verso (pulgares hacia abajo) de Jean-León Gérôme (1872).

Se estima que las cifras de esclavitud alcanzarían varios cientos de miles en época republicana para una población de unos cinco millones. Muchos de estos esclavos fueron utilizados como mano de obra en las minas, en las villas rurales y en los talleres. Eran ante todo fuerza de trabajo fuerza de trabajo a disposición de su propietario pero algunos gozaban de cierta responsabilidad o confianza.

La mayor diferencia radicaba en su condición de privados o públicos ya que los públicos pertenecían a ciudades o al Estado, formando parte de la mano de obra cualificada o realizar otros servicios al cargo de magistrados.

LAS MUJERES.

Hasta hace tan solo unos años, la historiografía solo estudiaba a las mujeres de la aristocracia o de las esclavas pero luego han surgido otros grupos de mujeres que merecen estudio ya que constituían la mayoría.

Se trata de mujeres que, pese a estar sometidas al poder patriarcal, desempeñaron un papel relevante en la vida social como esposas, viudas e hijas, estas últimas muy importantes en función de la dote que su familia solía aportar al matrimonio para asegurar la subsistencia de la esposa en el caso de separación o viudedad.

En la época imperial se otorgó a las mujeres la condición de herederas legales y la capacidad de disponer de sus propios bienes, lo que permitió a algunas mujeres amasar fortunas que utilizaron para diversas cosas como, por ejemplo, convertirse en patronas.

Fresco de una mujer portando una bandeja en la Villa San Marco (Castellammare di Stabia, Italia).

Sin embargo, los datos referidos a la ocupación profesional de la mujer son escasos, la mayoría eran amas de casa pero muchas también desempeñaban un papel importante en la industria textil así como otras profesiones como nodriza, doncella, peluquera o hilandera, en el caso de Hispania también algunas ejercieron de médicos. Su papel también resulta fundamental en la agricultura y ganadería.

Es destacable también su participación en los cultos privados y públicos, sobre todo los relacionados con divinidades femeninas o de procedencia oriental.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 186-194.

Las guerras civiles en la Hispania de los siglos II y I a.C.

SERTORIO (83-73 a.C.).

Quinto Sertorio era miembro de la última generación republicana que, en su día, encabezó Cayo Mario y que concluyó Cneo Octavio. Era una generación que destacaba por la experiencia militar de muchos de sus miembros. En el tránsito de República a Imperio, Roma vivió una serie de guerras civiles que enfrentaron a populares y optimates. Hispania fue, en varias ocasiones, escenario de estas guerras, primero bajo el mandato de Sertorio (83-73 a.C.) y luego entre Pompeyo y César (49-45 a.C.). Aunque son guerras más romanas que hispánicas, fueron muy importantes para la relación entre hispanos y romanos.

Sertorio llegó a Hispania en el 83 a.C. como pretor de la Citerior, fiel defensor de la causa marianista contra Sila. Por eso, la llegada a Hispania no fue solo para ostentar el cargo de pretor sino también para huir de los silanos. Pero esto es algo que le duró poco tiempo ya que en el año 81 a.C. el silano Annio fue enviado a Hispania con el objetivo de reemplazar a Sertorio como gobernador. Sertorio, presionado, tuvo que huir por mar hacia África, donde entabló relación con los mauritanos.

Estando en África lo reclamó un grupo de lusitanos y este volvió con el objetivo de controlar la Península. Contaba con el apoyo de los lusitanos por el sur y oeste, con las tribus del interior con las que ya había pactado y con su propia experiencia militar. Además, por sorpresa, Sertorio fue respaldado por soldados romanos derrotados por los silanos. Mientras iba reclutando tropas ocurre el difuso episodio de la “cierva blanca”.

Mientras, en Roma, en el año 80 a.C. el cónsul Cecilio Metelo fue destinado a Hispania como gobernador de la Ulterior y con la misión de atacar a las fuerzas de Sertorio. Metelo llegó a Hispania en el año 79 a.C. con dos legiones que sumaron a las cuatro ya existentes, lo cual hacía que las fuerzas de Metelo fuesen de unos 30.000 soldados. Pero Sertorio puso en práctica el sistema de guerra de guerrillas.

Ambos frentes tardaron en encontrarse y en el 78 a.C. Metelo tuvo que retroceder a su posición inicial y pidió refuerzos varios, entre ellos dos legiones más. Pero Sertorio y sus aliados impidieron que las tropas de Metelo avanzaran hacia el norte evitando la formación de un “frente único”. Además, Sertorio no solo era un adversario sino también un rebelde que pretendía implantar un Senado en Hispania.

En el año 77 a.C. cambió la situación ya que el Senado envió a Hispania a Cneo Pompeyo, uno de los militares más prestigiosos, acompañado de cuatro legiones. En el 76 a.C. Pompeyo entró en acción en el frente que tenía Metelo y siguió sin perder la línea de la costa hasta Sagunto, pactando por el camino con indígenas.

Cneo Pompeyo Magno.

El primer enfrentamiento con las tropas de Sertorio fue en Lauro, donde Sertorio se había desplazado para impedir la unión de las legiones de Pompeyo con las tropas de Metelo. En esta contienda los soldados de Pompeyo se vieron atrapados y murieron unos 10.000, pero consiguieron contraatacar empujando al enemigo hasta Itálica.

En el año 75 a.C. Pompeyo se enfrentó a Sertorio en el Sucro, resultando herido y sin poder unir sus fuerzas con las de Metelo. Posteriormente se enfrentarían en Segovia, donde murieron aliados de Sertorio y Metelo pudo acudir en auxilio de Pompeyo. Mientras, los aliados de Sertorio seguían perdiendo hombres e iban replegándose. Fue a partir de este momento cuando la guerra dio un giro a favor de los romanos, tras un nuevo enfrentamiento cerca de Sagunto en el verano del 75 a.C., Sertorio se retiró con sus tropas atrincherándose en el valle del Ebro.

El asesinato de Quinto Sertorio en el 72 a.C. (Fuente: National Geographic).

Pompeyo sitió Clunia y se retiró a invernar entre los vascones. La presencia de Pompeyo hizo dudar a los indígenas sobre su lealtad hacia Sertorio y posteriormente las tribus celtibéricas se unirían a Pompeyo. Sertorio estaba prácticamente aislado. Tras un ataque combinado de Pompeyo y Metelo, Sertorio se vería obligado a buscar refugio en el noroeste y Sertorio fue objeto de una conspiración urdida contra él por parte de sus colaboradores, así en el 73 a.C., durante un banquete, lo asesinaron.

POMPEYO Y CÉSAR (49-45 a.C.).

Tras la guerra contra Sertorio, Pompeyo permaneció en la Península durante unos cinco años durante los cuales forjó sólidas clientelas con los hispanos, sobre todo en el sur y en el área celtibérica. Así que cuando en el 55 a.C. recibió el mandato senatorial de Hispania prefirió enviar a sus legados en vez de renunciar al cargo. Por su parte, César también contaba con importantes apoyos entre los hispanos al haber sido cuestor y pretor de la Ulterior.

En el 49 a.C., declarada la guerra civil entre César y el Senado, César movilizó sus tropas desde la Galia hacia Hispania en vez de perseguir a Pompeyo (que había huido hacia Oriente aunque antes había reforzado la presencia militar en Hispania). En total Pompeyo dejó siete legiones desplegadas en Hispania pero la entrada de las tropas de César impidió la acción conjunta de las legiones de Pompeyo.

Cayo Julio César por Nicolas Coustou en el Museo del Louvre (París, Francia).

César continuó hacia el interior de la Península y las fuerzas de Pompeyo se replegaron, así que César consiguió la capitulación de ciudades de la Celtiberia y la colaboración de ciudades de la Ulterior, en donde reclutó una legión hispana. En el 48 a.C. César marchó a Italia para preparar la persecución de Pompeyo, el cual fue derrotado en Farsalia y posteriormente murió en Egipto.

Cuando César regresó a Hispania en el 45 a.C., tras haber acabado con los últimos reductos de Pompeyo, allí se encontraban los hijos de Pompeyo en determinadas ciudades, así que César ordenó el asedio de estas ciudades y el enfrentamiento final tuvo lugar en la batalla de Munda, donde el hijo de Pompeyo resultó posteriormente muerto.

Representación libre de la batalla de Munda.

Esto no significó el fin de las hostilidades ya que en 44 a.C. Sexto Pompeyo, otro hijo, siguió hostigando ciudades con su flota hasta el punto de que Lépido tuvo que negociar con él la evacuación de sus tropas a cambio de una indemnización.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 128-133.

El proceso de la romanización

A pesar de las múltiples visiones que ha tenido a lo largo de la Historia, la romanización no debe confundirse con la latinización ya que algunas áreas hispánicas se mantuvieron al margen de este fenómeno lingüístico. Sí es cierto que, a todos los efectos, unas áreas fueron más permeables que otras, así pues las áreas oriental y meridional presentan una romanización más temprana e intensa que el resto.

Para muchos historiadores, la romanización es más que un proceso cultural y debería entenderse como el proceso de implantación de las formas de vida romanas y parece indicar un predominio claro de lo romano sobre lo indígena.

Acueducto de los Milagros construido en torno al siglo I d.C. en Mérida (Badajoz, España).

La principal crítica que se le hace hoy día a la romanización es que supuso alteraciones y transformaciones en el marco indígena para adaptarse al romano y no al revés, considerándose el sistema romano como superior y con capacidad para imponerse sobre el otro. Al fin y al cabo, saliendo de debates, la romanización lo que pretendía era proporcionar cierta unidad a la diversificada realidad hispánica a pesar de que el grado de romanización no se dio en todas las áreas por igual.

INDICADORES DE ROMANIZACIÓN.

Latinización.

Aunque la romanización no fue sólo un fenómeno cultural, la latinización es uno de los indicadores más útiles para establecer diferencias entre unas provincias y otras. Uno de los factores que contribuyeron a divulgar el latín entre los indígenas fueron determinadas medidas políticas como la escuela de latín que Sertorio fundó en Osca.

Inscripción romana en el Museo del Almodí en Xàtiva (Valencia, España).

A partir del emperador Claudio (41-54) el latín se convirtió en lengua oficial del Imperio y su conocimiento era indispensable para acceder a la ciudadanía romana. Además la intervención de un magistrado romano en un documento implicaba el uso del latín. Aun así, las lenguas indígenas siguieron hablándose en las provincias de Hispania aun en avanzada fecha imperial.

La onomástica.

La presencia romana en Hispania dejó también su huella en la onomástica, la cual refleja la estrecha relación que hubo entre indígenas y romanos. Aun así hay que señalar que la incidencia no fue igual en todos los ámbitos, con mucha diferencia entre regiones.

El área levantina es fiel reflejo de esta influencia ya que abundan los gentilicios. En el área vascona los restos latinos son escasos, al contrario que en la parte bética, donde la romanización fue temprana y se produjo una rápida latinización de la onomástica autóctona. El área céltica presenta un panorama onomástico más complejo dividido por zonas.

Aun así, como norma general, la nomenclatura latina acabaría desplazando a la indígena en casi todas las regiones. Casi el 45% de los nombres de persona son nombre único, un 30% corresponde a la fórmula duo nomina y el 25% pertenecen a los tria nomina.

La red viaria.

La construcción de la red viaria en la Península no fue una empresa fácil ya que se tuvieron que salvar grandes dificultades físicas y técnicas para llevarla a cabo. La Península presentaba tres dificultades básicas:

  • La acusada orografía del terreno.
  • El relativo aislamiento de las mesetas con áreas periféricas.
  • Las cuencas hidrográficas, con ríos y lagos caudalosos que necesitaban la construcción de puentes.

Ante tales dificultades es lógico que la implantación de la red viaria fuese tardía, seguramente en época imperial. Pero todos los condicionamientos geográficos fueron finalmente superados por los romanos mediante el diseño de una nueva red que establecía la comunicación entre los núcleos más importantes.

Aunque gran parte del trazado antiguo ha desaparecido, las vías romanas recorrían el territorio peninsular en todas las direcciones. La construcción se debió iniciar con Augusto y prosiguió hasta mediados del siglo III.

Puente de Alcántara en Cáceres (Extremadura, España).

En cualquier caso, durante la época altoimperial se completaría el trazado de la red viaria hispánica que presentaba una estructura reticular con dos ejes claros de comunicación de norte a sur: la Vía Augusta y la Vía de la Plata. En época más tardía el trazado viario adoptaría una estructura radial en torno a las grandes ciudades de la costa y del interior por razones comerciales y fiscales.

Es evidente que este entramado viario tenía una orientación claramente mediterránea, facilitando la comunicación del interior con los enclaves portuarios de la costa. Además de estas rutas fluviales que eran practicadas a menudo por razones comerciales debido a su menor costo y la posibilidad de mayor carga en el transporte, destacan Hispalis y Corduba.

Religión.

El sistema religioso hispanorromano es muy complejo ya que implica nuevas problemáticas como las siguientes: procendencia de los cultos atestiguados, localización precisa, distribución regional, evolución del culto por épocas, seguidores del culto… El grado de implantación de la religión romana en Hispania suele ser considerado uno de los indicadores más fiables del grado de romanización. Se supone que las áreas más y mejor romanizadas serían aquellas en la que los cultos romanos se implantaron más temprano que en otras.

Templo de Diana en Mérida (Badajoz, España).

En el fondo la implantación romana no significó el reemplazo de la religión indígena por la romana sino una coexistencia de ambas si la indígena no interfería en los planes e ideológicos de los romanos. Así pues la religión romana en Hispania como indicador de romanización revela una implantación escasa, tardía y de progresión lenta sin que se observe una adscripción clara a un culto determinado por parte de una región o provincia concreta.

Las áreas levantina y meridional presentan mayor concentración de testimonios referidos a las divinidades de origen griego, fenicio o púnico. En el norte son más frecuentes los cultos indígenas que en el centro. Y en el mediterráneo los cultos romanos están mejor atestiguados.

  • Panteón indígena – El más numeroso de los existentes en Hispania, con más de trescientas divinidades conocidas hasta el momento. Es preferible hablar de grupos de dioses/as. No había templos sino santuarios aunque el culto, normalmente, se practicaba al aire libre. Tampoco se conocen grandes centros de culto ni indicios de una organización sacerdotal.
  • Panteón romano – Era menos numeroso que el indígena pero estaba asociado al culto indígena por lo que resulta complicado separar ambos. Lo que sí había es una organización precisa del culto romano similar a la de Roma, realizándose generalmente en templos. Había diversos niveles de culto.
  • Panteón oriental – Su penetración en Hispania es relativamente tardía, posterior al siglo I a.C. Destacan los referidos a religiones mistéricas, que se implantaron en Occidente a partir del siglo II d.C. Penetraron en la Península a través de esclavos, comerciantes y tropas.
  • Cristianismo – Los orígenes en Hispania son oscuros y siguen sin esclarecerse. Los testimonios más antiguos se remontan al siglo I d.C. pero son de escasa historicidad. Para otros es notorio a partir del siglo III d.C. cuando se atestiguan las primeras víctimas de la persecución contra los cristianos.

Cultura.

La difusión de las formas culturales romanas fue el más importante legado romano a Hispania, algunas de las cuales perviven. Expresiones y formas legislativas así como estructuras arquitectónicas aún firmes dan cuenta de una intensa labor romanizadora en el seno de las sociedades indígenas.

Anfiteatro de Itálica en Santiponce (Sevilla, España).

Las grandes construcciones romanas datan de los siglos I y II d.C., de la época de los emperadores hispanos Trajano y Adriano. Desde finales del siglo I d.C. Hispania fue una de las regiones más romanizadas del Imperio Romano a pesar de que el proceso de aculturación propició en muchos casos la pervivencia de determinadas estructuras indígenas.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 147-157.

La conquista romana de Hispania

Los romanos tuvieron contacto con la Península Ibérica antes de la Segunda Guerra Púnica (218 – 201 a.C.) contra los cartagineses. El Tratado del 226 a.C. (Tratado del Ebro) de Asdrúbal  es el primer episodio que implicó a los romanos con la Península Ibérica. Aunque hay otra tradición, transmitida por Dión Casio, que sugiere que en el 231 a.C. fue enviada a Amílcar una primera embajada romana para controlar el avance cartaginés por la Península. En ese momento, probablemente, Roma no tendría ninguna intención de intervenir de forma activa en la Península. La primera embajada romana en la Península fue en el año 220 a.C. entre Roma y Sagunto.

DESEMBARCO EN AMPURIAS (218 a.C.).

El primer contacto efectivo fue en el año 218 a.C. cuando las tropas de Cneo Escipión desembarcaron en Ampurias en primavera, dispuestas a combatir a las tropas de Aníbal, pero este había atravesado ya el Ebro y se dirigía a Italia con la mayor parte de su ejército. Esto ocurrió debido a que, según los romanos, los cartagineses habían violado el Tratado del Ebro (226 a.C.) pero aun no lo habían hecho, aunque los cartagineses por su parte negaron la existencia de dicho Tratado por lo que comenzaron la marcha hacia Italia con la intención de invadirla.

Ampurias (La Escala, España).

Los púnicos (cartagineses) llevaban asentados en este sector desde el año 237 a.C. gracias a los Barca, familia aristócrata de Cartago que en ese momento era líder de la flota en ultramar. Amílcar Barca (padre de Aníbal) había perdido la Primera Guerra Púnica contra los romanos y le sucedió en el mando Asdrúbal, su yerno el cual fundó Cartago Nova, una ciudad destinada a ser la capital de Cartago en la Península. Pero la repentina muerte de Asdrúbal Barca en el 221 a.C. puso a Aníbal en el mundo, el cual dio un giro a la situación desafiando a la poderosa Roma. Desafió a Roma con dos hechos:

  • El primero fue la toma de Sagunto en el año 219 a.C. aprovechando el enfrentamiento entre la población, que se dividía en pro-romanos y pro-cartagineses.
  • El segundo fue la supuesta violación del Tratado del Ebro en virtud del cual los cartagineses se comprometían a no pasar armados la línea del Ebro.

Uno de estos dos hechos, dependiendo de la historiografía, fue el casus belli que desencadenó el conflicto. En toda esta oscura trama hay un dato que sí está claro: Roma inició su presencia militar en la Península Ibérica en el año 218 a.C. como consecuencia de un ultimátum desoído o no entendido por los cartagineses. En 218, Roma, al verse libre del problema galo, podía acudir en auxilio de Sagunto aunque cuando llegaron se encontró con que Aníbal ya había atravesado el Ebro con sus tropas y se dirigía hacia Italia. Sea como fuere, la hostilidad entre romanos y cartagineses se reavivó.

LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA (218 – 201 a.C.).

Los enfrentamientos entre romanos y cartagineses se mantuvieron desde la llegada de Cneo Escipión en el 218 a.C. hasta la toma de Gades en el 205 a.C. por Escipión el Africano. Mientras, Aníbal había derrotado a varias legiones en Italia y estaba a punto de entrar en la misma Roma. Pero en el año 211 a.C. las cosas cambiaron gracias a las operaciones de Claudio Marcelo, que consiguió detener al ejército cartaginés dirigido por Asdrúbal.

Mientras, Escipión el Africano iba dominando el terreno peninsular con la toma de Cartago Nova en el año 209 a.C. y la final rendición de Gades en el 205 a.C. el cual era el auténtico bastión cartaginés. Aníbal decidió abandonar Italia ante los deseos de Roma de invadir Cartago pero fueron sorprendidos en Zama (202 a.C.) y Aníbal se vio obligado a huir hacia Oriente donde moriría unos años después.

Movimientos de Asdrúbal y Aníbal durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.).

La victoria romana en Zama puso fin al conflicto con fatídico resultado para los cartagineses, los cuales tuvieron que pagar, de una manera u otra, importantes reparaciones de guerra. Así pues, las tropas romanas destacadas en la Península eran innecesarias salvo que Roma decidiera no abandonar el territorio, que fue lo que ocurrió.

Aníbal Barca (247 a.C. – 183 a.C.).

El ejército de conquista original se fue transformando, poco a poco, en guarniciones permanentes que se mezclaron, en muchos casos, con la población indígena a lo largo de los años que duró la Segunda Guerra Púnica. Así pues y sin, aparentemente, una estrategia anterior por parte del Senado, Roma decidió convertir en dos nuevas provincias romanas todo el territorio peninsular dominado, pero esta fue una decisión que no estuvo exenta de problemas pues la Península Ibérica era un territorio mucho más extenso y difícil de controlar que, por ejemplo, las islas itálicas y estaba más alejada de Roma, aparte de un entendimiento desigual con las tribus y pueblos hispánicos. A la provincia más cercana a Roma la llamaron Citerior y a la más alejada Ulterior.

LA PROVINCIALIZACIÓN. 

Roma intentó atraerse a las poblaciones ibéricas del sector oriental y meridional, las cuales había vivido de primera mano la presencia romana durante el conflicto. El resto del territorio era casi desconocido para los romanos por lo que la penetración hacia el interior de la Meseta fue lenta y dificultosa.

El término provincia se utilizó para designar el territorio sobre el que Roma tenía la facultad de ejercer el poder en un territorio extraitálico. La división del territorio conquistado (litoral mediterráneo y una estrecha franja costera) se realizó en el año 197 a.C. ya que el resto de la Península quedó al margen del dominio romano. Esta decisión de provincializar el territorio provocó la reacción de varios pueblos de la Península contrarios a la intervención romana. Estas rebeliones se extendieron por las áreas catalana, levantina y turdetana por lo que los romanos decidieron emprender la “conquista”.

LA CONQUISTA ROMANA. 

Los casi doscientos años que duró el proceso de conquista (218 – 16 a.C.) no constituyen un período de guerras ininterrumpidas sino más bien un largo proceso de construcción de la primera unidad hispánica mediante la integración en un nuevo modelo de organización de pueblos. En este largo proceso no solo hubo guerra sino también momentos de paz. Así pues, estas guerras o campañas romanas se pueden dividir en:

  • Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.)
  • Guerras celtibéricas (180-133 a.C.)
  • Guerra lusitana (149-139 a.C.)
  • Guerra de Sertorio (82-72 a.C.)
  • Guerras civiles (48-45 a.C.)
  • Guerra de Augusto (26-19 a.C.)

Dos de ellas, la de Sertorio y las guerras civiles, no fueron guerras de conquista sino guerras civiles romanas que tuvieron lugar en la Península Ibérica. Aun así, en total, los años de guerra no sobrepasan los 50 años, solo ¼ del período  de “conquista”.

El proceso, a pesar de tener tan “pocos años” de guerra, se alargó inevitablemente debido a:

  • La acusada diversidad hispánica en términos regionales, culturales e históricos, lo cual condicionó en muchos casos el éxito de las medidas políticas y militares romanas.
  • La falta de un verdadero programa político romano sobre el control de Hispania.

PRIMERAS CAMPAÑAS ROMANAS. 

Tras la provincialización, la presencia romana provocó, como ya hemos dicho, rebeliones entre algunos pueblos hispánicos, sobre todo en el valle del Ebro y del Guadalquivir. Así pues, las primeras conquistas romanas en Hispania se realizaron a comienzos del siglo II a.C.

Marco Porcio Catón “El viejo”.

El primer momento de la conquista corresponde con las campañas de Catón entre los años 195 y 193 a.C. Las tropas desembarcaron en Ampurias y continuaron hasta Cartago Nova siguiendo la costa por el interior, de allí dieron el salto a Castulo y a Baecula, y posteriormente hacía la Bética. Tras esto, se dirigió con sus tropas hacia la Celtiberia, donde combate contra los lacetanos insurrectos. Así pues, las campañas de Catón en Hispania se centran en la zona catalana, la turdetana y la celtibérica. En todas estas zonas se puso en práctica el “sistema catoniano” el cual, a grandes rasgos, se basaba en el autoabastecimiento-saqueo.

Tiberio Sempronio Graco.

El segundo momento de la conquista corresponde a las campañas llevadas a cabo por Tiberio Sempronio Graco en la Celtiberia entre los años 180 y 178 a.C. A diferencia de la política agresiva de Catón, la de Graco se basaba en un sistema de pactos (foedera) y fundaciones coloniales, otorgando leyes a todos y repartiendo tierras entre la población. Así pues, Graco proporcionó a los celtíberos medios suficientes para su integración en el sistema romano, aunque como “pago” los celtíberos quedaban obligados a apoyar a los romanos con auxiliares y tributos. Este sistema fue duramente criticado por el Senado.

LA GUERRA LUSITANA. VIRIATO. (149-139 a.C.)

El momento álgido de la resistencia indígena fue la guerra lusitana (149-139 a.C.) dirigida por Viriato el cual estuvo a punto de desbaratar los planes romanos. Durante los diez años que duró, los lusitanos lograron controlar gran parte de la Península e incluso unieron sus fuerzas con los celtíberos del valle del Ebro. La rebelión lusitana, probablemente, se produjo tras el “engaño de Galba” y la masacre que siguió. Se dice que uno de los huidos fue Viriato, miembro de una familia de la élite lusitana.

Estatua de Viriato en Viseu (Portugal).

Durante casi diez años Viriato consiguió vencer a los romanos gracias a la guerra de guerrillas como táctica de combate, evitando la confrontación directa con el poderoso ejército romano.  El avance hacia el norte permitió a Viriato reclamar la ayuda de los celtíberos con la intención de construir un frente común contra los romanos. Tal magnitud alcanzó la contienda que incluso los romanos llegaron a considerar a Viriato como un “rex” de los hispanos.

Numancia de Alejo Vera y Estaca (1881).

Viriato logró imponerse en Ituca y en Carpetania. Hacia el año 139 a.C. reforzó sus posiciones al formar un frente conjunto con los celtíberos refugiados en torno a Numancia, pero el cónsul romano Servilio Cepión logró sobornar a sus colaboradores para asesinar a Viriato mientras dormía. Dicho asesinato cambió el signo de la guerra a favor de los romanos.

La desaparición de Viriato no significó el fin de la guerra, la oposición lusitana se mantuvo durante un año hasta que los rebeldes fueron reducidos por el cónsul Décimo Junio Bruto Galaicus. La guerra lusitana, de una manera u otra, contribuyó a forjar el mito histórico y heroico de Viriato.

LA GUERRA CELTIBÉRICA. NUMANCIA. (154-133 a.C.)

Otro punto álgido de la guerra entre romanos e indígenas fue el episodio de Numantia a mediados del siglo II a.C., entre los años 154 y 133. Las tribus celtibéricas siempre se habían mostrado reticentes a la presencia romana y solo las élites eran proclives a establecer pactos. El grueso de la población era partidario de la resistencia contra el opresor romano por lo que la rebelión celtibérica fue iniciada en la ciudad de Segeda en el año 154 a.C. por lo que Roma envió a Quinto Fulvio Nobilior con 30.000 soldados para sofocarla.

Pero los segedanos buscaron aliados entre las poblaciones vecinas y se refugiaron en Numantia, resistiendo durante casi diez años al asedio de los romanos. Hubo numerosos intentos romanos de tomar la fortaleza pero todos fracasaron por lo que Marco Claudio Marcelo concertó un armisticio con los indígenas en el 152 a.C. cosa que fue rechazada por el Senado romano, el cual exigía la rendición incondicional de los sublevados.

Estatua de Marco Claudio Marcelo en Córdoba (España).

Esta situación cambió radicalmente cuando Lúculo conquistó en el año 151 a.C. varias ciudades del área cortando las fuentes de suministro a Numantia. Hubo otras tentativas conciliadoras que también fueron mal vistas por el Senado. Después de 20 años de lucha, Roma no quería admitir ningún pacto con Numantia así que en el 134 a.C. fue enviado Cayo Escipión Emiliano con la orden de reforzar el cerco aislamiento de Numantia. A pesar del aislamiento la situación se demoró ocho meses más mientras la peste y el hambre hacían estragos en el interior.

Cuando finalmente los romanos asaltaron la ciudad provocaron una gran masacre, logrando, una vez más, imponerse Roma sobre el enemigo y, en esta ocasión, de forma definitiva.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 110-133.