El pensamiento de Tomás de Aquino

En la obra de Tomás de Aquino se encuentra simbolizada como en ninguna otra la vida y espíritu del siglo XIII. Al margen de sus obras originales, Tomás de Aquino va elaborando una serie de comentarios a las obras de Aristóteles. Hay entre Aristóteles y Tomás una indudable congenialidad que les hace coincidir en innumerables puntos de lógica, física, psicología, ética y metafísica. Pero no se puede perder de vista que la intención de Tomás es completamente distinta. 

La filosofía misma, para Tomás, tiene otro sentido. Junto al cuerpo de ideas de esta se encuentra el sistema asentado del dogma y la teología. La filosofía es autónoma, sigue leyes propias, pero no está sola. Lo que es propio de Tomás a este respecto es la claridad y tranquilidad con que establece los límites entre filosofía y teología, como si no pudiese haber entre ellas conflicto: en el primer caso se parte de los datos de la experiencia y en el segundo de la revelación, pero la verdad es una y la razón la misma. Con ello se da autonomía a la filosofía, pero también se limita su radio de acción, porque la razón, basándose únicamente en la experiencia, no puede lanzarse alegremente a especular sobre lo divino y lo humano. Tampoco la teología puede intervenir directamente en la filosofía. Si hay contradicción entre ellas, la teología tendrá la razón. 

Santo Tomás de Aquino por Sandro Botticelli (1482).

Tomás de Aquino es realista; los objetos, según él, dejan su huella impresa directamente en el entendimiento y este tiene acceso directo al ser de las cosas. Esto implica que hay necesariamente realidades que son objeto tanto de la filosofía como de la teología; por ejemplo el alma o Dios. A esto lo llama Tomás “teología natural”, frente a la “teología de la fe”, y afirma que esta no basta, que la primera debe complementar a la segunda. Aunque la fe no las necesita, no están de más las pruebas de existencia de Dios. 

La esencia de las cosas en general nos es incognoscible (incomprensible); no queda por tanto sino el camino que va de los efectos a la causa. Y este es el que sigue en sus famosas cinco vías para demostrar la existencia de Dios, que se reducen a esta idea fundamental. Son cinco vías porque parten de otros tantos efectos, pero llegan a una misma causa.

  • La primera parte del movimiento: todo lo que se mueve es movido por algo, que a su vez ha de ser movido por otra cosa y así sucesivamente. Tiene que haber un primer motor inmóvil porque de lo contrario habría un regreso al infinito. Ese primer motor es Dios.
  • La segunda parte de la causalidad eficiente: la experiencia nos muestra que la realidad está ordenada en una cadena de causas y efectos; si se quita la causa, se suprime el efecto. Si hay efectos tiene que haber una causa primera, que es Dios.
  • La tercer parte de la contingencia: todos los seres que observamos son contingentes (que existen); un día empiezan a existir y otro día dejan de existir. Nada puede llegar a la existencia por sí solo; tiene que haber algo que lo produzca. Si todos los seres fuesen contingentes llegaría un momento en que todos desaparecerían. 
  • La cuarta parte de los grados de perfección: hay cosas más o menos bellas; es así porque existe un máximo de belleza, por el cual y respecto al cual se puede hablar de más o menos; ese máximo es Dios.
  • La quinta parte del buen orden y gobierno del mundo: las cosas más diversas y dispares de la naturaleza nos aparecen como ordenadas a un fin y gobernadas con inteligencia, aun cuando ellas particularmente no la tengan; esa inteligencia es Dios.

No se trata de argumentos originales, algunos están tomados de Aristóteles. El mérito de Tomás de Aquino está en la concisión y la claridad de la exposición. Y también en la coherencia. En estos argumentos no está todo lo que se puede decir sobre Dios, pero sí lo que la filosofía puede inferir sobre él desde los datos de la experiencia. 

Las divergencias con Aristóteles son numerosas, pero él las aborda todas desde el mismo principio metodológico, suponiendo que se deben a una diferencia formal: las diferencias entre las conclusiones de la filosofía y las de la teología se deberían a que mientras la filosofía considera las cosas en sí mismas, desde el punto de vista de la naturaleza, la teología las considera en relación con Dios, en cuanto que criaturas. Así la razón puede llegar a la conclusión de que el mundo es eterno y Dios su motor primero. 

Así pues, orientada pro la fe, la razón llega a la conclusión de que las inteligencias separadas no son dioses ni están constituidas por forma y materia, sino que son formas puras; pero formas creadas, esencias que deben a otro su existencia. 

El punto crucial es la idea de creación. La creación no excluye la eternidad del mundo: Dios podría haber creado el mundo desde toda la eternidad; la revelación cristiana excluye esta posibilidad, pero la idea misma de creación no. Lo esencial en la idea de creación es la generación o emanación a la manera de los neoplatónicos. El cristianismo y las religiones que aceptan la creación suponen una idea del ser radicalmente distinta a la que era posible en el mundo helénico y, por tanto, en Aristóteles. De un Dios creador, del ser necesario, no se puede decir que no se puede conocer su esencia sino que solo se puede saber de él que existe.

  • DOCTRINA DE LOS TRASCENDENTALES.

Los trascendentales son las propiedades del ser en cuanto tal, que no tiene este por ser tal o cual ente sino simplemente por ser; son por tanto universales, trascienden a los entes. Estas propiedades son la unidad, la verdad y la bondad. Todo ser, por el mero hecho de ser es uno, verdadero y bueno. No se trata de atributos que añadan alggo al ser ni de géneros supremos en los que se pueda este dividir. 

La ética de Tomás de Aquino está también basada en Aristóteles, aunque un Aristóteles cristianizado. Afirma que el hombre tiende naturalmente al bien y que este le viene dado por su misma naturaleza; lo único que depende de la libre voluntad son los medios para alcanzar dicho fin. Para orientarse dispone el hombre de una luz natural que es el hábito de la racionalidad, que es una ley natural. 

BIBLIOGRAFÍA

AAVV. Historia del pensamiento filosófico y científico. Antigüedad y Edad Media. 1ª Edición. Barcelona: Herder, 2010. pp. 479-498.

PADILLA MORENO, J. Historia del pensamiento antiguo y medieval. 1ª Edición. Madrid: CEF, 2016. pp. 233-240.

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