Orígenes y creación de la Inquisición española

  • ORIGEN

El enlace entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no trajo consigo en el futuro la unión de facto de ambos reinos, pero sí que propició el impulso de políticas comunes en sus territorios, como es el caso de la instauración de la nueva Inquisición. Es cierto que para el momento en el que Isabel I y Fernando II suben al trono, la Inquisición establecida en Aragón apenas contaba ya con fuerza o crédito por parte de la población, la cual había pasado página respecto a una institución que languidecía irremediablemente como en el resto de Europa.

Sin embargo, la situación de los judíos en la Península, concretamente en Castilla, se tornaba un tanto delicada desde mediados del siglo XIV. Al margen del tradicional rechazo hacia los judíos debido a las enseñanzas bíblicas o la usura, un primer testimonio respecto a dicha tensión entre cristianos y judíos lo encontramos en el asalto a la judería de Sevilla en el año 1354 debido a una supuesta blasfemia de un grupo de judíos de la ciudad con una hostia consagrada. El episodio del contador mayor de Enrique II, Juçaf Picho, no ayudó tampoco en demasía a la imagen del judío en Castilla debido a su condena a la pena capital por malversación de fondos en 1379.

Pero, quizá, el momento más tenso antes del establecimiento de la Inquisición en Castilla se dio en la villa de Écija en 1391. El arcediano de Écija, Fernando Martínez, comenzó a predicar contra los judíos debido a unos supuestos enfrentamientos entre cristianos y judíos. Dichas declaraciones originaron un duro levantamiento contra los judíos en la provincia de Sevilla el día 6 de junio, el cual se saldó con el saqueo de la judería, la ocupación de tres sinagogas de la ciudad, la conversión de una buena parte de la comunidad y la muerte de cientos de judíos, a pesar de que los diferentes autores no se ponen de acuerdo con las cifras exactas. 

Este panorama de conversiones forzosas y persecución, con la provincia de Sevilla como núcleo principal, agravó más que solucionó el “problema judío”, pues una gran parte de los mismos, reacios a adoptar la nueva fe impuesta por las autoridades cristianas, continuaron profesando su antigua religión en la intimidad o reuniones secretas, conociéndose dicho fenómeno como criptojudaísmo. El problema social y religioso fue a más, y derivó finalmente con el apartamiento de los judíos en Sevilla en el año 1478.

Sin embargo, no todo lo relativo a los judíos en Castilla se reducía a un asunto de índole religiosa, sino que bajo este pretexto se escondían realmente motivos políticos, económicos y sociales. A finales del siglo XV en Castilla y Aragón, un 1,65% del total de la población pertenecía a la nobleza o el clero, que controlaban el 97% del territorio de ambos reinos, con todo el poder político y económico que ello implica. No sólo controlaban territorio sino que también ejercían importantes cargos dentro de la administración de los Reyes Católicos. 

En todos estos preliminares de la Inquisición “nueva” los judíos juegan un importantísimo papel, y es que sin el “problema judío” quizá nunca hubiese existido una Inquisición posterior durante casi cuatro siglos. Los judíos de la Península Ibérica desempeñaban, desde el siglo XIII, oficios de mercaderes, médicos, científicos y escritores, haciendo que muchos de ellos lograsen un importante poder económico, sobre todo en el caso de aquellos que se dedicaban al comercio o la recaudación de impuestos para la corona. Esto propició que se creara una primigenia clase media monopolizada prácticamente por los judíos, a la cual los cristianos “viejos” miraban con celo, pues temían que muchos de ellos, al convertirse al cristianismo, acabaran por arrebatarles el poder al mezclarse con familias nobiliarias en apuros económicos, logrando así subir en el escalafón social e introducirse en la administración. De hecho, como bien apuntó Antonio Domínguez Ortiz,  los posteriores procesos contra judaizantes realizados por la Inquisición española fueron los más frecuentes ya que eran los únicos que dejaban dinero al Tribunal debido a la confiscación de bienes, demostrando así que, al margen del asunto religioso, tras la Inquisición existían también importantes intereses económicos.

  • ESTABLECIMIENTO DEL SANTO OFICIO

Inicialmente, Isabel y Fernando no eran partidarios de establecer la Inquisición en Castilla. De hecho, como comentamos anteriormente, esta languidecía lentamente en Aragón, por lo que no existían planes de continuar con ella ni en Aragón ni de introducirla en Castilla a pesar de los sucesos del siglo XIV. Esta situación dio un giro de 180 grados a raíz de una visita de los reyes a la ciudad de Sevilla, la cual usaremos de ejemplo durante el estudio debido al arraigo y la importancia de la Inquisición en la capital hispalense. En dicha visita, acaecida en el año 1477, clérigos y frailes de la ciudad, entre los que destacó Fray Alonso de Ojeda, informaron a los Reyes Católicos sobre el problema que existía en la ciudad entre cristianos y judíos a pesar, incluso, de las paulatinas conversiones que se fueron sucediendo años atrás. Dichos testimonios calaron profundamente en la opinión de los reyes, que pudieron ver a pie de calle el clima de tensión que se vivía en Sevilla entre los dos grupos religiosos. Atendiendo pues a las súplicas del clero, los reyes acabaron por solicitar una bula inquisitorial al Papa Sixto IV.

Sepulcro de los Reyes Católicos (Granada, España).

Estos acontecimientos se saldaron con la promulgación de la bula de 1 de noviembre de 1478 Exigit sincerae devotionis affectus por Sixto IV, en la cual se reflejaba el nombramiento de dos o tres inquisidores eclesiásticos. Además, a la corona se le otorgaba poder para nombrar y destituir inquisidores, siendo esto una total novedad en el momento, haciendo que la Inquisición no sólo fuese un arma religiosa sino también política.   El privilegio otorgado por el Papa era perpetuo, es decir, no tenía fecha de finalización y únicamente podía ser anulado con otra bula papal.

Los primeros inquisidores fueron Juan de San Martín y Miguel Morillo -al contrario de la creencia popular de que el primer inquisidor fue Tomás de Torquemada- estableciéndose el primer tribunal en la ciudad de Sevilla a finales de 1480 con el objetivo de asegurar la unidad religiosa y combatir la heterodoxia.  

En Sevilla, el establecimiento de la Inquisición resultó tremendamente traumático tanto para los grupos afectados como para las instituciones, incluyendo la corona y Roma. Los judíos que vivían en la ciudad, apartados desde 1478, vieron como poco a poco se fueron ocupando las sinagogas que existían en la ciudad, obligándolos a realizar sus actos religiosos en secreto. La ciudad se dividió en dos bandos, aquellos que estaban a favor de la Inquisición y quienes estaban en contra. Los contrarios llegaron incluso a confabular con el fin de iniciar una revuelta que tumbase la nueva institución, pero finalmente fueron desarticulados antes de comenzar. Esto motivó que se generase una persecución total contra los judíos y, ante dicho panorama, muchos de ellos -alrededor de cuatro mil según Hernando del Pulgar- optaron por el exilio de la ciudad. 

El 6 de febrero de 1481, en Sevilla, se celebró el primer auto de fe de la nueva Inquisición. Debido a la pérdida de la mayoría de documentación relativa al Tribunal del Santo Oficio, a día de hoy no tenemos toda la información deseable sobre autos de fe y otros aspectos, pero basándonos en la información recopilada por diferentes autores podemos establecer una aproximación respecto a este primer, e importante, auto de fe. Juan de Mariana estimó que en este primer auto de fe se delataron a más de 17.000 personas, de las cuales murieron en la hoguera unas 2000; un cálculo excesivo que no se correspondería en absoluto con el número de judíos existentes en la ciudad de Sevilla a finales del siglo XV. Pero teniendo en cuenta que al año siguiente únicamente murieron unos 90 reos en la hoguera podemos asegurar que las estimaciones de Mariana en su Historia de España son muy exageradas y, con toda probabilidad, hablemos de centenares relajados y no de millares.

La ciudad de Sevilla alrededor del siglo XVI. Museo de América (Madrid, España).

Lo que sí es cierto es que este primer auto de fe, con la ciudad de Sevilla como protagonista, desató el terror y originó persecuciones que se saldaron con la muerte de un gran número de judíos. Este descontrol motivó que el Papa revocase en 1482 el privilegio concedido a los Reyes Católicos y fuese él mismo quien nombrase nuevos inquisidores. Sin embargo, al año siguiente el rey Fernando consiguió que el Papa redactase una nueva bula restableciendo los privilegios originales a los reyes de Castilla y Aragón, siendo este el primer paso de la independencia de la Inquisición española respecto a la Santa Sede. 

Debido a la intransigencia del tribunal sevillano, comenzaron pronto a surgir voces contra la Inquisición, tanto de judeoconversos como de algunos cristianos viejos debido, sobre todo, al miedo por la arbitrariedad con la que actuaba el Santo Oficio. Ejemplo de ello son los episodios ocurridos en Valencia, Teruel y Zaragoza. Importantes fueron también los casos en Cataluña, Mallorca, Cerdeña, Sicilia o Nápoles, lugares en los que fue muy complicado introducir la Inquisición o en los que, directamente, fue imposible de establecer. El principal argumento esgrimido fue que los procedimientos del Tribunal del Santo Oficio iban en contra de las Sagradas Escrituras pero, realmente, el problema residía en que únicamente alrededor del 40% de las familias españolas de la época estaban seguras de no tener una sola gota de sangre judía en sus venas, por lo que el 60% restante o bien eran de origen hebreo o estaban emparentados con algún judío o judía. Estos datos, de cara a la presente tesis, nos demuestran que en España la Inquisición nunca fue plenamente aceptada por la población sino que una gran parte de los españoles de entre los siglos XV y XIX tuvieron simplemente que aprender a convivir con ella, les gustase o no. Por lo tanto, no es descabellado que pocos años después de la muerte de Fernando el Católico comenzase el lento declive del Santo Oficio hasta su extinción en la primera mitad del siglo XIX. 

Al margen de la situación social generada por la Inquisición en Sevilla -y extrapolable a otras ciudades de los reinos de Castilla y Aragón-, la nueva institución creada por Sixto IV tomó forma gracias a las instrucciones del Santo Oficio dictadas en 1484 en Sevilla por Tomás de Torquemada, célebre inquisidor general, con el objetivo de que todos los inquisidores actuasen al unísono en el ejercicio de sus funciones. Dichas instrucciones convirtieron a la Inquisición en la organización más estable de la historia de España, con una norma que duró casi cuatro siglos.

Tomás de Torquemada, Inquisidor General entre los años 1483 y 1498.

Estas instrucciones de Torquemada se complementaron con la formación sobre el año 1488 del Consejo de la Suprema y General Inquisición, presidido por el inquisidor general, el cual estaba auxiliado por el resto de integrantes. Bajo la tutela de dicho Consejo se encontraban todos los tribunales esparcidos por los reinos de Castilla y Aragón. Tenía jurisdicción temporal y, a la muerte de Isabel I, se dividió en dos: uno para Aragón y otro para Castilla.   El inquisidor general poseía jurisdicción eclesiástica privativa, es decir, poseía jurisdicción propia apostólica, en la que el rey quedaba al margen a pesar de que era el propio monarca el que elegía al inquisidor general. Precisamente, ese mismo año, según Andrés Bernáldez, se quemaron en la ciudad de Sevilla a más de 700 personas y se reconciliaron en torno 5000, lo que nos revela que el aparato de la Inquisición española estaba funcionando a pleno rendimiento con menos de una década de vida.

Una vez fundado el Consejo de la Suprema y General Inquisición se procedió a establecer los tribunales, inicialmente itinerantes, que se fueron repartiendo poco a poco por todo el territorio. Estuvieron organizados, hasta 1492, respecto a las circunscripciones diocesanas, y posteriormente acabarían agrupando a varias diócesis. 

A pesar de la persecución a la que estaban sometidos los judíos, esta comunidad resultaba sumamente rentable a la corona, pues sus miembros estaban obligados a pagar un buen número de tributos fiscales. Sin embargo, la situación llegó a tal extremo -la ciudad de Sevilla era un verdadero hervidero-, que en 1483 se redactó un edicto de expulsión de los judíos de Andalucía. A este edicto le siguió los famosos edictos de 31 de marzo de 1492 -uno para Aragón y otro para Castilla- en los que se decretaba la expulsión de los judíos de los territorios de los reinos de Castilla y Aragón, con carácter definitivo, sin excepciones y con un plazo máximo de cuatro meses. Esto no es más que la conclusión de una persecución total hacia la comunidad judía desde finales del siglo XIV, atendiendo más a motivos económicos por parte de la nobleza que, verdaderamente, religiosos, con la nueva Inquisición como telón de fondo. El texto relativo a las coronas de Castilla y Aragón, llamado Edicto de Granada, decía tal que así: “Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes.”  

Edicto de Granada (1492).

A raíz de estos hechos, muchos judíos comenzaron a marcharse precipitadamente de la Península Ibérica. Los datos relativos al número de personas que abandonaron el territorio no es, a día de hoy, del todo claro, pero se puede llegar a la estimación de que fueron entre 165.000 y 400.000 judíos aquellos que decidieron exiliarse, aunque hay autores que estiman la cifra en cerca de 800.000 personas.  Un testimonio de la época es la célebre carta de Chamorro, llamado príncipe de los judíos en España, a los judíos de Constantinopla, en la que decía lo siguiente: “Judíos honrados, salud i gracia: Sepades que el rei de España por pregon público nos hace volver cristianos i nos quiere quitar las haciendas i nos quita las vidas, i nos destruye nuestras sinagogas, i nos hace otras vejaciones, las cuales nos tienen confusos é inciertos de lo que debemos hacer. Por la lei de Moisen os rogamos i suplicamos tengais por bien de hacer ayuntamiento é inviarnos con toda brevedad la deliberacion que en ello habeis hecho.”

Comenzó así, por tanto, un episodio de conversiones apresuradas y forzosas entre aquellos que se querían quedar o, bien, no podían salir del territorio. Llegó incluso a existir tráfico de personas con aquellos judíos que quisieron abandonar la península. A pesar de que, como comentábamos anteriormente, no existen datos totales sobre el número de personas que abandonaron los reinos de Castilla y Aragón, sí que tenemos certeza de que la expulsión de los judíos causó graves problemas económicos en ambas coronas y que borró de un plumazo una buena parte de la clase media urbana, originando que muchos -clero, nobleza, corona- se quedasen con las propiedades y patrimonio de aquellos obligados al exilio. Como dijo el filósofo Julián Marías “la historia de España en los siglos XVI y XVII comprende un largo catálogo de errores, uno de ellos fue la confusión entre la fe religiosa y los usos sociales” y la expulsión de los judíos en 1492 no fue más que el inicio. 

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La Inquisición medieval

El término Inquisición, según la Real Academia Española, alude al Tribunal eclesiástico que inquiría y castigaba los delitos contra la fe. Y, efectivamente, estos eran los principales cometidos de las inquisiciones que se repartían por Europa durante la Baja Edad Media, las cuales no se deben confundir, aunque coincidan en determinados aspectos, con la conocida como Inquisición moderna, Inquisición española, Tribunal del Santo Oficio o Santa Inquisición, que comenzó a finales del siglo XV en Castilla.

El germen de la Inquisición tiene su origen a finales del siglo XII con la bula papal de Lucio III Ad abolendam mediante la cual se establece un tribunal inquisitorial en Francia con el objetivo de acabar con los herejes cátaros. Pero el verdadero artífice del sistema inquisitorial medieval fue el Papa Inocencio III, que fue quien designó los primeros inquisidores en el año 1198 y sentó las bases de lo que, a comienzos del siglo XIII, era la Inquisición europea, la cual fue bien acogida entre los monarcas gracias al tremendo poder que otorgaba una institución así.   Esta primigenia Inquisición medieval permitió a los diferentes papas de Roma controlar y someter más a los obispos, por lo que fue una oportunidad dorada para reivindicar la figura del máximo responsable de la Iglesia católica.

Inocencio III (1161 – 1216).

Poco a poco, este precedente iniciado por Lucio III iría tejiendo su tela de araña por muchos territorios de la Europa católica de los siglos XIII, XIV y XV, entre los que se encontraban las monarquías de Francia, Aragón, las ciudades del norte de Italia y el Imperio. Con el Papa Gregorio IX se daría el paso definitivo en 1231 hacia una Inquisición personalista a través de la bula Excommunicamus, estableciendo un sistema de tribunales itinerantes compuestos por inquisidores que eran jueces y delegados del propio Papa. Este nuevo modelo sembró el terror por aquellos territorios por los que se había distribuido debido a su sistema de denuncias, torturas, multas y confiscación de bienes.

Gregorio IX (1145 – 1241).

Esta Inquisición medieval, reformada por los papas Inocencio III y Gregorio IX, tendría su período de mayor actividad entre los siglos XIII y XIV, decayendo su virulencia en toda Europa a partir del siglo XV. 

En la Península Ibérica la Inquisición medieval únicamente se estableció en el reino de Aragón entre los años 1232 y 1242, pues en Castilla los delitos contra la fe estaban encomendados a los obispos. Autores como Juan Antonio Llorente sitúan la creación del tribunal de Aragón en el año 1232 a través del Papa Gregorio IX por mediación de Raimundo de Peñafort. Otros, como Henry Kamen, aseguran que dicho tribunal se creó en el año 1238 y muchos consideran establecida definitivamente dicha Inquisición en el año 1242, cuando se reguló finalmente el reglamento de la misma en el ecuador del reinado de Jaime I de Aragón.  

La Inquisición aragonesa poco tuvo que ver con la futura Inquisición castellana o española. Se trataba de un tribunal prácticamente idéntico al que existía en Francia, norte de Italia o el Imperio. Dominada por los dominicos, esta Inquisición medieval juzgaba la herejía dentro y fuera del clero sin llegar a inmiscuirse en otros asuntos de la vida diaria de los súbditos del reino de Aragón. De hecho, al igual que en el resto de Europa, a finales del siglo XV dicha Inquisición apenas tenía relevancia y se consideraba prácticamente obsoleta a la llegada de los Reyes Católicos al trono en  1474 y 1479.

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Juana de Arco y la Guerra de los Cien Años

ORIGEN.

La guerra de los 100 años fue un conflicto político que enfrentó a Francia e Inglaterra durante más de 100 años, concretamente 116. La guerra comenzó en 1337 y acabó en 1453. El origen de la rivalidad entre los reyes de ambos países surge tras la conquista de Inglaterra por parte del duque de Normandía (Guillermo el Conquistador), en el año 1066, y su nombramiento como rey. Esto provoca conflictos debido a que el rey de Francia sigue queriendo mantener su dominio feudal sobre Normandía, perteneciente ahora al reino de Inglaterra.

Se sucede entonces un período de diversas escaramuzas hasta que el rey de Inglaterra Eduardo III quiso reclamar el trono de Francia apelando a que su madre era hermana del rey francés Carlos IV, muerto sin descendencia. Los franceses, para evitar convertirse en una parte del reino inglés, invocan a la ley Sálica, que  impide la transmisión de la corona a través de la línea femenina, y coronan como rey a Felipe VI iniciándose la dinastía de los Valois en Francia, en el año 1328. Esto tensó mucho la situación política entre ambos reinos, y al mínimo desplante (acoger a Roberto de Artois, rebelde francés) del rey Eduardo III, al que Felipe VI consideraba su vasallo, invadió parte de sus territorios en Francia (Gascuña), iniciándose las hostilidades de manera oficial, ya en 1337.

EL CONFLICTO.

Tras la invasión de Gascuña por parte de Francia, el rey inglés comenzó a realizar diversas operaciones anfibias contra Francia, en las cuales destaca su triunfo en la batalla naval de Sluys (1340) que le permitió desembarcar un gran ejercito en territorio continental, y obtener victorias tan cruciales como las de Crecy (1346) y Poitiers (1356). Justamente, tras la batalla de Poitiers, el rey francés fue capturado, recluido, y obligado a firmar el desastroso Tratado de Berigio (1360) por el cual Francia devolvía todas las propiedades al rey inglés.

La batalla de Poitiers por Delacroix.

Es entonces cuando Francia comienza a imitar las técnicas inglesas y a aplicarlas al contrario, realizando acciones navales y operaciones anfibias en las costas inglesas, obligando a los ingleses a devolver gran parte de sus tropas de nuevo a la isla para su protección, y dejando mas abandonada la campaña francesa, no pudiendo seguir realizando acciones de saqueo y pillaje contra el campesinado, que tanto dañaban la imagen del monarca francés al no poder proteger a sus súbditos. Se produce un proceso de retirada de las tropas inglesas, perseguidas por los ejércitos franceses.

La contienda da un fuerte giro a favor de Francia, consiguen batir a los ingleses en retirada, y también consiguen repeler los nuevos intentos de invasión ingleses, que pasan a ser comandados por un nuevo rey. Ricardo II que tiene el reino inmerso en grandes revueltas, hasta su asesinato por el futuro rey, Enrique IV en 1399.

Enrique IV vuelve a darle un giro a la situación, al conseguir moderados éxitos en sus nuevas campañas en Francia, en los años  1405, 1410 y 1412.

Enrique IV de Inglaterra.

A partir del año 1413, el hijo de Enrique IV toma la corona a la muerte de este, siendo coronado como Enrique V, que intenta formular un tratado de paz con su homologo francés Carlos VI, ofreciéndose como marido para su hija, y así acabar con la guerra y el problema de las posesiones inglesas en Francia. Pero aun así no hubo manera de solucionar el conflicto, y en el año 1415 se retomaron las hostilidades con más virulencia si cabe, ya q en los tres años anteriores ambos reyes se dedicaron a crear grandes ejércitos. Enrique V cruza el estrecho con una gran flota, e invade las costas francesas sitiando y conquistando  Harfleur.  Pero al dirigirse hacia el interior, el ejercito ingles se vio rodeado de ejércitos franceses comandados por el rey y sus mariscales, armados con toda la nobleza francesa, y los ingleses tuvieron que enfrentarse contra ese gran contingente de caballeros franceses en claras condiciones de desventaja, pero gracias a una gran habilidad táctica del monarca inglés, y a un veterano cuerpo de arqueros, acabó con casi toda la caballería francesa y por tanto, con la nobleza. Esta batalla se conoce como la batalla de Agincourt (1415) y marca un punto crucial en los sistemas de batalla medievales. Podría haber significado el fin de la guerra y la victoria inglesa, pero el monarca inglés desistió de su campaña y volvió a Inglaterra por no tener pertrechos ni alimentos para continuar la guerra. Aún así, debido a esta victoria, el rey francés se vio obligado en 1420 a ofrecer a su hija en matrimonio a Enrique V en el tratado de París.

Enrique V de Inglaterra.

Entonces, parecía que el conflicto llegaba a su fin, ya que se consideraba al hijo de Enrique V y la hija de Carlos VI como el futuro rey de ambos reinos, pero debido al fallecimiento de ambos monarcas en 1422, se sucedieron una serie de circunstancias aprovechadas por la nobleza francesa para coronar rey a Carlos VII, hijo de Carlos VI.

Inglaterra y su nuevo rey, decidieron entonces llevar a cabo una nueva invasión de Francia, para hacer capitular al nuevo rey francés, conquistando todo su territorio, y poniendo sitio a la única ciudad que aún era fiel al monarca francés, Orleans.

  • AGINCOURT (1415).

El mito de la fuerza invencible de la caballería pesada se originó  en Agincourt cuando los ingleses, en inferioridad numérica, se impusieron al ejército francés. Los protagonistas fueron Enrique V y sus arqueros, que aniquilaron sin piedad al ejército francés.

El 11 de agosto, Enrique V desembarcó en Francia con ejército de casi 15.000 soldados, de los cuales, tras unos meses de incursiones, solo sobrevivieron 6.000. Los ingleses se dirigieron a Calais, pero el camino estaba bloqueado por tropas francesas junto a Agincourt. El mando francés recaía en Carlos de Albert, condestable de Francia, que disponía de un ejército cuatro veces superior al inglés, su mayor error fue dejarlo encerrado en un bosque.

La batalla de Angicourt por Jean Froissant.

Enrique V salió a su encuentro el día 24 de octubre de 1415. Al día siguiente la formación inglesa se puso en movimiento y los arqueros que iban en primera línea  avanzaron hasta situarse a unos 230 metros del enemigo y dispararon. Los franceses respondieron con su caballería seguida de soldados a pie; pero fracasaron debido al terreno embarrado.

Los franceses intentaron un segundo ataque en formación de tres columnas, pero fueron obstaculizados por aquellos que huían y por los cadáveres. Cuando los franceses alcanzaron al enemigo, la situación ya era muy comprometida: los ingleses sufrieron algunas bajas, pero neutralizaron también el segundo ataque de los franceses.

La retaguardia francesa intentó intervenir, pero tuvo que retirarse.

Los franceses perdieron a casi 10.000 hombres y dejaron en manos del enemigo a 1500 prisioneros, mientras que los ingleses solo habían perdido 1600 hombres. Esta derrota le costó a Carlos VI el trono francés, por lo que Enrique V reinó sobre Francia e Inglaterra.

  • JUANA DE ARCO.

Es en este período cuando surge la figura de Juana de Arco, oriunda de Dómremy y que decía ser una enviada de Dios para librar Francia del yugo inglés. Consiguió la confianza del delfín francés, que la puso al mando de sus ejércitos, y consiguió levantar el sitio de Orleans, así como obtener una importante victoria en la batalla de Patay, en 1429 y 1430, que hicieron posible la coronación definitiva de Carlos VII en Reims  y cortó con el intento de invasión completa de Francia por parte de sus enemigos. Llevó a cabo importantísimas campañas rodeada de altos nobles franceses, aunque tuvo gran cantidad de encontronazos con la corte y los consejeros reales, del cual acabó perdiendo su favor cuando este tuvo que declarar treguas con el ducado de Borgoña, situación que Juana no llegaba a aceptar porque no se ajustaba a lo que consideraba que era el plan divino que había visionado. En una de sus campañas contra los borgoñones, fue capturada y llevada a Ruan, donde fue juzgada y condenada a la hoguera a causa de su supuesta herejía en 1431.

Juana de Arco por John Everett Millais.

Se puede decir que Juana de Arco provocó un último cambio radical en este largo conflicto, al conseguir romper los planes de invasión ingleses de Enrique VI, infligirles severas derrotas, y subir la moral de un perdido pueblo Francés que empezaba a perder sus identidades ante la guerra, que aún tardo más de 20 años en terminar.

FIN DEL CONFLICTO.

Tras la muerte de Juana, el rey francés consigue firmar la paz con el duque de Borgoña, en 1435, –paz de Arras– haciendo perder a Inglaterra un importante aliado en el continente.

Eso, y un efectivo sistema de mejoras en el ejército francés, provoca que poco a poco Inglaterra pierda sus mayores territorios en Francia, cayendo Normandía y Aquitania entre 1450 y 1453, conservando los ingleses sólo la ciudad de Calais, y terminando así oficialmente la guerra, aunque no se firmó nunca ese tratado de paz que acabara con más de un siglo de cruenta guerra en el corazón de Europa.

REPERCUSIÓN SOCIAL.

La Guerra de los Cien Años causó fuertes impactos sociales en ambos contendientes, pero principalmente en el territorio continental, debido a que ambos ejércitos basaban sus campañas en arrasar los campos de cultivo, y aniquilar al campesinado. Esto se realizaba de esta manera para que los súbditos feudales no se sintieran protegidos por su monarca, y cambiaran al bando que interesaba. Por supuesto, esto hizo gran mella en la sociedad campesina y urbana no  perteneciente a la nobleza, que perdía sus propiedades,  cultivos y muchos la vida con cada nueva campaña. Inglaterra también sufrió al principio del conflicto invasiones en sus costas de pequeños contingentes franceses que asolaban los puertos y ciudades costeras, que crearon una gran alarma y obligaron a gran parte de las tropas en Francia a volver a Inglaterra.

También hay que indicar que la peste negra, del siglo XIV, devastó en gran manera los territorios ingleses, pero aún más los franceses, a los que se le sumaba la guerra en su territorio, y la importantísima crisis económica provocada por la mortífera epidemia y la guerra, provocando gran mortandad por enfermedad, hambre y guerra.

EJÉRCITOS.

Eran ejércitos típicos medievales, formados principalmente por un poderoso cuerpo de caballería, que eran de origen noble, y auxiliados por campesinos armados a la fuerza que tenían mucho menos peso militar. En algunos casos se contrataban ejércitos mercenarios como fuerzas de apoyo, como por ejemplo los franceses en Agincourt y su cuerpo de ballesteros genoveses.

Pero hay que remarcar ciertas diferencias, ya que los ingleses poseían un sistema de entrenamiento de arqueros en su campesinado que les otorgaba una unidad especializada y con capacidad de neutralizar la caballería francesa, ya que con su característico arco largo, de mayor potencia, eran capaces de atravesar la coraza de los caballeros. Esto les ofrecía una seria ventaja frente a los franceses hasta el siglo XV, y sobre todo en la batalla de Agincourt.

Tras la muerte de Juana de Arco, el rey francés Carlos VII comenzó una importante reforma en sus ejércitos, llegando a cierta profesionalización de las tropas al hacer un ejército permanente, permitiéndole alcanzar la victoria en París y la conquista de los últimos territorios ingleses en el continente.

Las disposiciones tácticas eran muy básicas, principalmente consistía en buscar una posición dominante que permitiera arrasar las tropas enemigas mediante cargas de caballería, y un uso muy limitado de arqueros e infantería.

En este conflicto hay que remarcar el uso de la táctica del cabalgamiento, que consistía en arrasar los campos de cultivo y asesinar a los varones campesinos con la caballería, para que el campesinado sintiera que perdía la protección de sus señores feudales.

Los asedios se realizaban bloqueando las rutas de suministros, y mediante el uso de grandes máquinas que arrojaban bloques de piedra contra las murallas, y el asalto mediante sistemas de escalas.

Las campañas de guerra solían llevarse a cabo en épocas estivales, primavera y verano, sobre todo durante la susodicha guerra, que dependía de que los buques pudieran cruzar el estrecho con el buen tiempo, y el invierno y otoño era para pertrecharse.

  • UNIDADES Y TÁCTICAS.

De manera principal, un ejército se formaba por caballería, e infantería. Haciendo especial mención a los arqueros ingleses de la época.

La caballería estaba formada por los caballeros, gente adinerada que se pagaba su propia montura y a veces la de un pequeño contingente que le acompañaba. También pertenecían a este cuerpo, los hidalgos y algunos hombres de armas. Los hidalgos eran personas con cierto origen noble, pero que no habían sido nombrados caballeros, y buscaban ese nombramiento mediante gestas militares. Los hombres de armas eran los soldados bajo órdenes de un caballero, que le otorgaban un caballo para poder combatir.

Los caballeros llevaban una pesada armadura, formada por una vestimenta de anillas de metal entrelazadas, cubiertas por placas metálicas que cubrían prácticamente todo el cuerpo, alcanzando un peso de hasta 35 kilos. Iban armados con una lanza, de 4 metros de largo, capaz de atravesar y desmontar a un caballero rival, incluso atravesando su escudo, placa metálica que sujeta el caballero que llevaba sus enseñas. Llevaban como arma secundaria una espada, que usaban si eran desmontados, o perdían la lanza en el combate. A veces llevaban mandoble, una espada de grandes dimensiones y muy pesada.

El arco era un arma casi tan antigua como la humanidad, pero se modificó muy poco a lo largo de la historia. Fueron los galeses, grandes luchadores y cazadores, quienes introdujeron un nuevo tipo de arco realizado en madera de olmo sin pulir y conservado con muchos cuidados (humedad). Era un instrumento pobre y mucho más fácil de realizar que la espada, que era el arma reservada para los ricos.

Su longitud permitía al arquero un disparo de 200 metros y era capaz de atravesar ligeras cotas de malla. El arco largo (longbow) consiguió dar a los arqueros la primacía en el ejército, hasta entonces reservada a la ballesta, más potente pero más lenta al cargar.

Cada arquero tenía 48 flechas y disponía de hacha, pequeña espada y puñal. A diferencia de la flecha de punta cuadrada, la adoptada por los ingleses podía atravesar la coraza, la malla metálica e incluso un escudo.

A finales de la Edad Media, ser soldado mercenario era una profesión respetable. Los guerreros emprendedores formaban compañías de mercenarios que permitían a un señor rico o a una ciudad la contratación de tropas ya listas y formadas para combatir. Algunas de estas compañías estaban especializadas en un solo tipo de lucha. Por ejemplo, en el año 1346, 2000 ballesteros genoveses lucharon al servicio del ejército francés en la batalla de Crécy.
En 1439, Carlos VII de Francia creó las Compañías Reales de Ordenanza. Estas compañías estaban formadas por caballeros o por soldados de infantería, y eran pagadas con el dinero de los impuestos. Cada compañía tenía una dotación establecida de hombres. Normalmente, era el propio rey quien escogía su armadura y las correspondientes armas. Esto fue el inicio de los modernos ejércitos permanentes de Occidente.

BIBLIOGRAFÍA.

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C. ALLMAND, La Guerra de los Cien Años: Inglaterra y Francia en guerra, 1300-1450. Barcelona, 1990.

P. CAU, Atlas de Batallas del Mundo. Madrid, 2008.