La reorganización hispánica de Diocleciano a finales del siglo III

REFORMA PROVINCIAL.

A finales del siglo III el mapa administrativo de Hispania seguía siendo el mismo que diseñó Augusto tres siglos antes, pero en torno al 300 Diocleciano y los tetrarcas culminaron las reformas administrativas puestas en práctica los años anteriores, las cuales afectaron al ejército, las provincias y la administración imperial.

Diocleciano en el Museo Arqueológico de Estambul (Turquía). Siglo III.

Uno de los cambios más innovadores de Diocleciano y los tetrarcas fue la sustitución progresiva de funcionarios senatoriales por ecuestres. En general la Tetrarquía llevó a cabo una política antisenatorial que iría aportando cada vez más importancia a los ecuestres.

Estas reformas administrativas se completaron con otras medidas políticas no menos importantes como la separación de poderes civiles y militares. Este proceso fue largo y no concluyó hasta las últimas décadas del siglo IV.

Los tetrarcas en el Tesoro de San Marcos. Venecia (Italia). Siglo III.

El territorio hispánico estuvo dividido, hasta finales del siglo III, en tres provincias: Tarraconense, Bética y Lusitania. El territorio peninsular e insular se  distribuía en tres provincias muy diferentes entre sí en cuanto a extensión, recursos y modos de vida.

División provincial de Diocleciano.

Hacia el año 300 se constatan ya en Hispania los efectos de la reforma provincial en virtud de la cual el territorio hispánico quedó dividido en cinco provincias: Bética, Lusitania, Tarraconense, Carthaginense y Gallaecia. La nueva división incluía las Baleares, adscritas a la Carthaginense. Las nuevas provincias, más pequeñas, implicaban también un nuevo reparto jurisdiccional del territorio en unidades más fácilmente gobernables. Así la Tarraconense se redujo en tamaño, por ejemplo.

LA REFORMA ADMINISTRATIVA.

La gran reforma administrativa del Bajo Imperio fue, sin duda, la configuración de las diócesis como agrupaciones de provincias por dos razones fundamentales: por la novedad del sistema diocesano y por la eficacia en términos gubernativos.

La formación de la diócesis se realiza a partir del agrupamiento de las unidades provinciales existentes para constituir una nueva unidad administrativa, de entidad territorial, jurisdiccional y económica. A las provincias hispánicas viejas (Bética, Lusitania) y nuevas, se añadió además la norteafricana Mauritania rompiendo así la aparente unidad territorial de Hispania. El documento llamado “Laterculus Veronensis” recoge los nombres de las doce diócesis en que fue dividido el Imperio, llamándose Hispania “dioecesis Hispaniarum”.

Diócesis a comienzos del siglo IV.

El vicario enviado a las diócesis tenía jurisdicción sobre todos los provinciales, por encima de los gobernadores y era la representación del propio emperador, la máxima autoridad imperial en su circunscripción.

En el caso de Hispania, las provincias de la diócesis variaron a lo largo del tiempo y no es algo extraño ya que este sistema había sido concebido para asumir posibles cambios.

REFORMAS ECONÓMICAS.

Pero el Imperio e Hispania no solo necesitaba reformas administrativas sino también económicas. Era necesario hacer frente a los crecientes gastos de la administración imperial y el mantenimiento del ejército, era necesario un plan de recuperación económica tras un siglo de luchas y disputas.

Muchos campos habían quedado largo tiempo sin cultivar (agri deserti); los circuitos comerciales tradicionales se habían obstruido por las guerras y la inseguridad creciente en las vías fuera de las ciudades. Ante esto, el gobierno tetrárquico puso en marcha una ambiciosa reforma fiscal destinada a proporcionar al Estado los ingresos necesarios para su recuperación.

Para ello, toda la población fue censada de nuevo, pero con fines fiscales, y también se censó a los animales. La llamada iugatio-capitatio fue el nuevo sistema fiscal implantado en época de Diocleciano y estaba destinado a proveer de recursos al Estado para atender las necesidades provinciales.

Mosaico con escena campesina en Conimbriga (Portugal). Siglo IV. Fuente: Artehistoria.

En Hispania no hay testimonios directos al respecto pero estas medidas, sin duda, se aplicaron como en el resto de provincias y diócesis del Imperio.

SOCIEDAD.

La definición tradicional de la sociedad bajoimperial romana ha sido en terminos de bipolaridad atendiendo a los dos grupos sociales de la época: honestiores y humiliores, en el Bajo Imperio esta distinción se convirtió en una auéntica división social.

Honestiores designa en la sociedad romana a los ciudadanos de mayor honor que, a menudo, coinciden con los que tienen también mayor riqueza, por lo que son objeto de un tratamiento de distinción que se manifiesta en su posición social, económica y jurídica en términos de justicia penal: exentos de la penal capital salvo los delitos de lesa majestad o traición al Estado. Dentro de este grupo se incluyó a los grandes propietarios y también grandes funcionarios, así como oficiales del ejército, jerarquías eclesiásticas…

Humiliores eran los grupos sociales inferiores, de cualquier estatus y ocupación. En general, este grupo tenía condiciones de vida difíciles y peores que las de los honestiores, de los cuales dependían en muchas ocasiones. Humilior acabó englobando a todo aquél que no era honestior.

EJÉRCITO Y LIMES HISPANUS.

El ejército fue uno de los sectores menos perjudicados por la crisis del siglo III debido a la protección del Estado. Los militares se habían hecho omnipresentes en la vida política y social romana, algunos oficiales habían sido  aclamados incluso como emperadores. Todos actuaban como grupos especializados para reforzar la eficacia de los cuerpos del ejército tradicional.

El sistema de defensa imperial, durante el Bajo Imperio, se reforzó en las áreas fronterizas próximas al “limes”, donde había más presión de pueblos bárbaros. El refuerzo se llevó a cabo construyendo instalaciones defensivas o destinando más unidades militares al área afectada. Muchos historiadores y arqueólogos coinciden en la existencia de un “limes hispanus” en torno a la Meseta norte durante el siglo IV.

Muro de Adriano en el norte de Inglaterra; un ejemplo de «limes» romano. Fuente: National Geographic.

Pero el documento que más controversia ha causado entre historiadores es la “notitia Dignitatum”, en la que se mencionan los cargos que estaban al mando de las unidades militares existentes en Hispania. En torno a la “notitia” hay multitud de teorías y aun no es claro a qué fecha en concreto hace alusión.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 224-234.

La crisis del siglo III

EL CONTEXTO POLÍTICO PRECEDENTE.

Según la Historia Augusta, Septimio Severo mandó ejecutar a numerosos senadores, entre los que se encontraban miembros de la nobleza hispana muy influyentes y ligados a la producción de aceite. Pero todo comenzó en el 193 cuando Clodio Albino, en Britannia, no aceptó el nombramiento de Severo como “augusto” y se hizo proclamar a sí mismo emperador. Severo, viendo la situación, no decidió arremeter contra él (debido a la fuerza de las legiones en Britannia) y dedicó el tiempo, hasta el año 197, a eliminar a sus otros rivales en Roma.

Septimio Severo.

Llegó incluso a reconocer a Clodio Albino como “caesar” ya que había provincias que lo estaban apoyando, entre ellas Hispania. Pero en el año 195, cuando Severo volvía de Oriente, declaró “hostis publicus” a Albino y proclamaba “caesar” a su hijo mayor, Caracalla. Ante esto, los soldados en Britannia proclamaron “augusto” a Albino, el cual controlaba Britannia, la Galia y parte de Hispania.

Representación libre de la batalla de Lugdunum (197 d.C.).

Ambos ejércitos se enfrentaron en el 197 en Lugdunum y tras la derrota de Albino, el emperador Severo implantó un régimen de terror político. A partir de este momento, el ejército adquirió un mayor protagonismo en la vida política de Roma hasta tal punto de que, a partir de este momento, la estabilidad del Imperio dependería del ejército. Severo comenzó a relevar a algunos gobernadores provinciales en Hispania.

EL DEBATE SOBRE LA CRISIS.

Los efectos de la crisis del siglo III se dejaron sentir menos en Hispania que en otras provincias y regiones del Imperio, devastadas por las guerras y las rebeliones. Aun así, los datos referidos a Hispania son también negativos y no hubo prosperidad en ningún momento. Pero sí hubo elementos que se pueden tomar en positivo: militarización, promoción social y política de las élites, nuevas familias aristocráticas…

Además, en los últimos años se han rechazado clásicas teorías que intentaban dar una explicación a la crisis del siglo III, teorías tales como la del esclavismo, la de los tesorillos y la de las invasiones germánicas.

NUEVOS ELEMENTOS DE ANÁLISIS.

El material epigráfico nos demuestra que los hispánicos no quedaron al margen del poder imperial durante los años centrales de la crisis y que en ningún momento se rompió el vínculo con el gobierno. Pero sí es cierto que hubo casos en los que se emitieron monedas emitidas por usurpadores pero el número de monedas de los emperadores legítimos siempre es superior.

Otro tema a analizar es la destrucción de villae, la cual no se corresponde únicamente al área del litoral mediterráneo. Las destrucciones, todas ellas, no pueden ser consideradas efectos de una invasión o invasiones ya que, en el caso de que pueblos germánicos hubiesen invadido Hispania no habría afectado a un área tan extensa. Por lo tanto es preferible atribuir las destrucciones a otras causas: el éxodo urbano que hizo que muchos propietarios modificasen sus haciendas rurales al tener que trasladar su residencia de la ciudad al campo, muchas veces para evadir sus obligaciones fiscales.

Según la interpretación tradicional, muchas ciudades hispánicas se habrían visto afectadas por la inestabilidad política del momento, pero en algunos casos la arqueología ha demostrado que las destrucciones no son tales sino que, como hemos dicho, son remodelaciones del hábitat. Tampoco hay un éxodo total de la ciudad al campo ya que se sigue observando continuidad en el ámbito urbano.

Otro argumento hace referencia a la crisis monetaria. Desde Severo el denario de plata fue objeto de sucesivas devaluaciones por parte de las autoridades imperiales al tener que “aumentar” el sueldo militar. Pero este problema económico no se resolvió ni siquiera con la agresiva política monetaria de Caracalla, el cual introdujo una nueva pieza de plata, pudo frenar la inflación.

La inflación llevó a sucesivas devaluaciones del denario y en época de Galieno, muchas monedas no tenían más que un 5% de plata y no eran más que monedas de bronce con un ligero baño de plata.

Otro elemento a analizar es el de las persecuciones contra los cristianos, en época de Decio y Valeriano, y los bagaudas en época de Diocleciano. Es cierto que las persecuciones contra cristianos son un fenómeno que ocasionó la crisis religiosa de la época, aunque estas persecuciones se remontan a la época de Nerón.

La última oración de los mártires cristianos de Jean-Léon Gérôme (1883).

Aun así, en Hispania los testimonios sobre el cristianismo son muy escasos hasta el siglo III y las persecuciones, en muchos casos, eran por rechazar el culto imperial. Durante la época de Decio no está atestiguada ninguna víctima pero sí durante la época de Valeriano en 258, con los mártires Fructuoso, Augurio y Eulogio.

Cabe mencionar la bagauda galo-hispánica a finales del siglo III, estos bagaudas son revueltas campesinas galo-hispánicas lideradas por personajes galos (Eliano y Amando), los cuales llegaron incluso a acuñar monedas propias.  Aunque toda la información relativa a las bagaudas es muy difusa y de libre interpretación.

EL CAMBIO SOCIAL.

Es en el ámbito social donde se puede ver con más claridad los cambios que ocasionó la crisis del siglo III. Es indudable el ascenso del grupo ecuestre a los cargos de mayor responsabilidad gracias, sobre todo, a Severo pero fue con Galieno cuando los ecuestres reemplazaron a los senadores en el gobierno de las provincias. Así pues, muchas familias de la aristocracia senatorial quedaron relegadas de sus responsabilidades políticas y sociales.

Estos cambios son más notorios en unas provincias que en otras, sobre todo en la Bética y la Tarraconense. Este cambio implicó la sustitución progresiva de unas familias por otras, casi todas ellas de la orden ecuestre.

UN BALANCE.

La crisis del siglo III es ante todo una crisis estructural ya que se generalizó en todos los aspectos del modelo sociopolítico imperial. También hay que tener en cuenta que, a pesar de las convulsiones políticas del momento, el poder imperial se mantuvo en todo momento sin que hubiera ningún momento de “anarquía”, a pesar de que los relevos en el poder imperial fueron más frecuentes que antes. Este relevo se efectuó sobre todo por “acclamatio” pero siempre siguiendo los procedimientos institucionales y todos los emperadores, usurpadores o no, intentaron siempre legitimar su posición.

Así pues, a nivel de evolución imperial el balance negativo es más claro que en otros aspectos. También es muy negativo en lo político y económico, aunque no tanto en lo religioso y social. Sea como fuere, la crisis del siglo III señaló el comienzo de una nueva época.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO, G. (2011): Nueva Historia de la España Antigua. Alianza Editorial S.A., Madrid. pp. 213-223.