Museo del Castillo de San Jorge en Sevilla

Castillo de San Jorge desde el Puente de Isabel II. Fuente: El Correo de Andalucía.

En una ciudad universal como Sevilla, uno de los enclaves más importantes de Europa entre los siglos XV y XVIII, puerto de Indias, cuna del Siglo de Oro, y una de las sedes más importantes de la Inquisición española, una persona -ya sea local, adoptivo, de paso, o turista-, espera encontrar una oferta cultural amplia que vaya más allá de los cuatro tablaos flamencos, sin menospreciar a uno de los patrimonios inmateriales más importantes que tiene España, o el tirador de Cruzcampo Glacial en la tasca de turno.

Que los museos ordinarios están de capa caída no es noticia, ni tampoco lo es que la pandemia ocasionada por COVID-19 ha dado al traste con muchos de los proyectos que se pretendían acometer a este respecto, tanto en la capital hispalense como en el resto de la península. Sin embargo, algunos museos, sobre todo aquellos con más proyección, o con mejor dirección, han aprovechado este periodo de “pausa” y de “calma chicha” para reinventarse o acometer reformas, de cara a ofrecer al visitante una nueva experiencia, acorde a los preceptos de la museología y la museografía del siglo XXI, y también con todos los protocolos de minimización del riesgo de contagio implementados.

Para encontrar casos de museos que hayan “hecho sus deberes” a este respecto no hay que irse muy lejos, hay muchos dentro de España, y aunque la pandemia ha podido dar al traste con los números de muchos de ellos, siguen manteniendo su actividad, como es el caso del increíble Museo Nacional de Arte Romano, en Mérida (España), o incluso el Museo de Huelva (España), cuya colección y disposición resultan tremendamente interesantes.

En el otro lado de la balanza se encuentran catástrofes museográficas de la talla del Castillo de San Jorge (Sevilla, España). Un espacio dedicado, enteramente, a lo que fue el imponente castillo que funcionó como sede del temido Tribunal del Santo Oficio, la Inquisición, durante más de tres siglos. Cuando un proyecto tan interesante como este carece de promoción, de nulo interés por parte de autoridades y administraciones, de poco presupuesto y de una nefasta dirección pues nos damos de bruces con un engendro, sin personal cualificado, sin mantenimiento y sin casi visitantes que debería estar cerrado y, al menos, no generar gasto de algún tipo.

Inicio de la Visita.

Y esto no va de política exclusivamente, de hecho, va de todo lo contrario. Aunque el Museo del Castillo de San Jorge dependa de la Junta de Andalucía, ninguno de los gobiernos autonómicos que se han sucedido a lo largo de décadas en el Palacio de San Telmo, ha tenido la visión ni la sensibilidad de dotar a Sevilla de un Museo sobre la Inquisición española como la capital hispalense merece. Máxime cuando dicha Institución se fundó en Sevilla en el año 1478, promovida por Alonso de Ojeda y los Reyes Católicos, y en 1481 se trasladó al citado Castillo de San Jorge, donde permaneció hasta 1785, debido a que este se encontraba en ruinas. Prácticamente como ahora.

Maqueta del Castillo original, situada a la entrada del Museo.

Su horario de apertura es de lunes a viernes de 9:00h a 13:30h, y de 15:30h a 20:00h. Sábados, domingos y festivos de 10:00h a 14:00h. Y su entrada, por suerte para el visitante, es completamente gratuita.

En su día, tanto la dirección del Museo como la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, concibieron al Museo del Castillo de San Jorge como un espacio en el que reflexionar acerca de la tolerancia. Esa tolerancia que la propia Inquisición no ejerció en ningún momento, y cuyo germen encuentra su explicación en una expropiación salvaje disfrazada, al menos en un inicio, de ultracatolicismo y antisemitismo.

Sin lugar a dudas, fueron tiempos oscuros, a todos los efectos, sobre todo para muchas minorías religiosas, como los judíos o los moriscos. No obstante, la Inquisición siempre tuvo clara su hoja de ruta, que no era más que hacer caja a costa de criptojudíos, supuestos protestantes y moriscos, aunque de estos últimos pudieron rascar algo menos.

Interior del Museo del Castillo de San Jorge en marzo de 2021.

Sea como fuere, y al menos ya puestos en contexto, si el Museo quiere transmitir ese ambiente oscuro, inseguro y extraño, lo hace a la perfección. A la nula iluminación, no por diseño, sino por falta de mantenimiento, se le añaden una humedad sofocante, continuas goteras, y un olor a “pescaito frito” proveniente del Mercado de Triana, que se sitúa justo encima del Museo. La verdad que, cuando uno entra, no sabe bien si va a ver un Museo sobre la Inquisición, o directamente lo llevan al cadalso.

Tanto la disposición como la filosofía del Museo del Castillo de San Jorge son extrañas. El visitante recorre las ruinas del antiguo castillo de una punta a otra, pero el recorrido y lo que se muestra en el mismo no se encuentra bien explicado ni contextualizado. De hecho, llama la atención que en las diferentes representaciones artísticas que existen del Castillo al inicio de la visita, en ninguna de ellas se mencione, siquiera, al autor/a de las mismas, y en ocasiones solo las fechas.

Una vez se discurre por el primer tramo, el visitante entra de lleno en el grueso de la exposición, que son las restauradas ruinas de lo que, otrora, fue el castillo y temida sede del Tribunal del Santo Oficio en Sevilla. De hecho, al visitante no se le contextualiza en absoluto, se da por hecho que está accediendo a lo que un día fue la sede de la Inquisición, pero no a que el castillo, originalmente, se trató de una fortaleza musulmana y que, posteriormente, tras la Reconquista de Sevilla, sería defendido por la Orden Militar de San Jorge, hasta el establecimiento de la Inquisición en el mismo en 1481.

Como la mayor parte de fortalezas árabes, y es algo que podemos observar perfectamente en lugares como el Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba (España) o en la famosa ciudad de Medina Azahara, también en Córdoba (España), era una especie de ciudadela que el Santo Oficio supo aprovechar muy bien. Esto se intenta explicar mediante panelería a lo largo de la visita, sin embargo, las pésimas condiciones del Museo impiden que el visitante pueda acceder a parte de la información in situ, ya que esta se encuentra desaparecida o deteriorada.

De hecho, durante la visita, en marzo de 2021, solo uno de estos paneles interactivos funcionaba, y el resto de ellos o bien se encontraban inactivos, o bien desaparecidos. El resto de paneles, como el de famosas víctimas de la Inquisición, albergan demasiada información en un espacio muy reducido y con una pésima impresión. Todo un ejercicio de desidia museológica y museográfica.

Si tienes gafas, llévatelas, porque la minúscula letra de esos paneles es la única que ofrece algo de información acerca de la Inquisición y del Castillo de San Jorge.

Avanzamos por parte de la muralla, la casa del portero, las cuadras, la cocina, bodegas o la casa del primer inquisidor, la única en la que la panelería interactiva funciona de forma correcta.

La visita finaliza también entre tinieblas, y sin un camino bien trazado. En este último tramo, la dirección del Museo del Castillo de San Jorge ha tenido a bien intentar que el visitante reflexione, no acerca del pésimo estado del Museo, sino acerca de las atrocidades cometidas por la Inquisición. Un ejercicio que estaría mejor resuelto si se hubiese puesto en contexto al visitante de forma previa y, sobre todo, si el olor a pescado frito del Mercado de Triana no se colase de forma tan evidente por la puerta de salida.

El Museo del Castillo de San Jorge es un museo que llama la atención, pero para mal. Una auténtica vergüenza para la ciudad de Sevilla, para la historia de España y para el dinero del contribuyente. Heródoto & Cía no es un foro de opinión, es un portal dedicado exclusivamente a la Historia, es por ello que este deliberado ataque hacia nuestra historia y patrimonio no merece más que estas palabras de denuncia. Porque para tener un “museo” en este estado, mejor tenerlo cerrado.

[LIBRO] Imperio: De los tercios españoles a la América hispánica

DATOS
Autor: María Fidalgo Casares / Augusto Ferrer-Dalmau
Nº de páginas: 136.
Editorial: Espasa.
Año de publicación: 2019.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: Barcelona (España)
ISBN: 978-84-493-1227-4.
Depósito legal: B. 34.199-2019.

La historia del Imperio español ha estado, y sigue estando, llena de claroscuros entre la comunidad científica. Los hispanistas extranjeros dominaron, durante un gran período de tiempo, las diferentes perspectivas desde las que se enfocó absolutamente toda la Historia de España y, por ende, de la época imperial. Entre ellos podemos destacar a renombrados autores como Henry Kamen, Stanley G. Payne, Paul Preston, Hugh Thomas, John H. Elliott, entre muchos otros.

Sin embargo, y lo cual es síntoma de buena salud en la comunidad historiográfica española, cada vez van sonando más voces y se leen más estudios por parte de hispanistas españoles que buscan, desde una perspectiva objetiva, poner en valor la Historia de España que, en concreto, cuenta con dos momentos que pueden generar cierta polémica: el Imperio (1492-1898) y la Guerra Civil (1936-1939), con sus consecuencias.

El presente libro es, sin duda, una pequeña joya para cualquier persona que tenga interés en la temática. El objeto del mismo es realizar un recorrido de la historia del Imperio español a través de las obras de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto (Barcelona, 1964), desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la Guerra de Independencia de Estados Unidos. El texto corre a cargo de María Fidalgo Casares, Doctora en Historia por la Universidad de Sevilla y Miembro de la Academia Andaluza de la Historia.

Se trata de un texto de amena lectura, dado a que el lenguaje empleado es directo y entendible, pudiendo abarcar con el mismo a un amplio público. Además, en muchas de sus páginas se encuentran las obras de Ferrer-Dalmau a todo color, gran resolución y gran tamaño, sirviendo para ilustrar perfectamente el texto de Fidalgo Casares. Sus 136 páginas, incluyendo la bibliografía, hacen que se trate de una lectura de fácil digestión.

Uno de los puntos fuertes del libro, amén de los espectaculares trabajos de Ferrer-Dalmau, radica en que la autora no da, prácticamente, nada por sabido, por lo que, como dije antes, se abre a un amplio público que o bien no sabe demasiado sobre Historia Moderna de España, o bien pretende iniciarse o refrescarse con el mismo.

El análisis, como no puede ser de otra forma, es superficial, dado que la extensión del libro no puede abarcar mucho más. Por otro lado, existen en el mismo algunas teorías o puntos de vista cuestionables, destacando entre ellos la “dulcificación” de la Inquisición española; que, aunque fue más un instrumento de control social, no podemos negarle tampoco la excesiva virulencia contra judíos, criptojudíos o o conversos, así como el evidente retraso que supuso la misma en determinados campos.

Por otro lado, sí que resulta muy interesante el tratamiento que realiza acerca de la Conquista de América, dado que explica qué hizo y qué zona se desarrolló cada conquistador, así como la evidente puesta en valor acerca de los pueblos precolombinos. Por desgracia, se le dedican pocas páginas a la misma, siendo uno de los pasajes más interesantes de la obra, la cual se centra, puede que demasiado, en las guerras religiosas en Europa.

Se trata de un libro recomendable para cualquier persona interesada en este período de la Historia de España, teniendo en cuenta que la misma ha de estar medianamente receptiva a la obra y el tono de la misma. Es destacable la bibliografía que se incluye al final, entre la que se encuentran autores como Benassar, Payne, Kamen o editoriales como Desperta Ferro.

Valoración: 4/5.

[MANUAL] Los orígenes del Ministerio de Asuntos Exteriores (1714-1808) – Beatriz Badorrey Martín

DATOS
Autor: Beatriz Badorrey Martín.
Nº de páginas: 563.
Editorial: Ministerio de Asuntos Exteriores.
Año de publicación: 1999.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: Madrid (España).
ISBN: 84-95265-01-X.
Depósito Legal: 22.844-1999.

El estudio de las relaciones diplomáticas de la corona española a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX es un tema de sumo interés a tratar en la historia de las instituciones públicas, pues es el momento en el que comienza a gestarse y se consolida paulatinamente la base del sistema diplomático español. Bien es cierto que durante la Edad Media y la Edad Moderna existieron relaciones diplomáticas entre los reinos de la Península Ibérica y sus vecinos, pero es precisamente en este tramo de la Historia en el que se institucionaliza la diplomacia gracias al Consejo de Estado y la Secretaría del Despacho.

El período que comprende la obra de Beatriz Badorrey Martín abarca desde 1714, una vez se ha consolidado la monarquía borbónica en España, hasta 1808, momento de suma tensión internacional con Francia e Inglaterra. Es un período de sumo interés para el estudio de las relaciones diplomáticas, pues en él asistimos a un paulatino declive del poderío español, aunque ello no implique la pérdida de influencia en el plano internacional.

Beatriz Badorrey Martín es Licenciada y Doctora en Derecho, ha ejercido como profesora de Historia del Derecho en la Universidad CEU San Pablo en Madrid y en la actualidad es profesora titular de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y también Secretaria General de dicha Universidad, institución en la que ocupó el cargo de vicerrectora adjunta de Formación Permanente durante cuatro años. También forma parte de la Escuela de historiadores del Derecho, gracias a su especialización en la Historia del Ministerio de Asuntos Exteriores, obra que nos ocupa. En la actualidad, a pesar de ejercer como docente de Historia del Derecho, ha centrado sus estudios en la Historia de la Tauromaquia.

Los Orígenes del Ministerio de Asuntos Exteriores (1714-1808) es una obra densa y especializada, con un total de 563 páginas incluyendo los anexos. De hecho, resulta altamente recomendable contar con nociones básicas sobre Historia de España Moderna y Contemporánea, así como de Historia de las Instituciones para poder hacer frente al libro, puesto que su autora da un buen número de conceptos por sabidos y, en consecuencia, no se detiene a desarrollarlos. La lectura es, en ocasiones, bastante farragosa debido, precisamente, a la abundante información contenida y a las extensas anotaciones a pie de página. Es, por tanto, una obra dirigida a un público muy específico a caballo entre la Historia del Derecho y la Historia de España de los últimos decenios.

Cuenta con tres partes muy bien diferenciadas que incluyen, a su vez, ocho capítulos y veinte apartados, amén de la bibliografía y los índices. Estas tres partes se centran en el desarrollo histórico analizando el período específico de cada rey, el funcionamiento interno y los ministros y oficiales de la secretaría. Beatriz Badorrey realiza un extenso análisis sobre el funcionamiento de el Consejo de Estado y la Secretaría del Despacho a todos los efectos, comenzando por la evolución histórica de lo que en un futuro sería el Ministerio de Asuntos Exteriores en España, que es en lo que nos vamos a centrar a la hora de realizar esta reseña.

  • El primer capítulo, de esta primera parte que vamos a analizar, se centra en el reinado de Felipe V, que es el momento en el que se comienza a fraguar todo el sistema institucional diplomático español gracias a la herencia francesa que trae consigo Felipe de Anjou. Todo esto se inicia gracias a Jean Orry, el cual propone un Ministerio Universal articulado en cuatro Secretarías de Estado y del Despacho. Poco a poco se van sucediendo personajes como Orry, Grimaldo y Alberoni, siendo este último muy importante debido a su belicosa política exterior en Italia.

    Es con Riperdá con quien comienza una fuerte presencia diplomática internacional de España a nivel pre-institucional. Este peculiar ministro holandés en España rompió relaciones con Francia y encauzó la política exterior española hacia Austria que desembocaría en el famoso Tratado de Viena de 1725. Posteriormente, tras la huida de Riperdá a Marruecos y el retorno de Grimaldo, sería Patiño quien se encargase de dirigir la política exterior de España, alternándose posteriormente con otra serie de ministros de menor calado hasta la llegada del rey Fernando VI al trono español.

  • El capítulo dos comienza con el inicio del reinado de Fernando VI, el cual estuvo marcado por un importante giro en la política internacional, ya que España volvería a aliarse con Francia pero, esta vez, sería bajo el yugo del país galo, pues España adoptaría, en este caso, un perfil bajo con el fin de lograr la paz. Para ello era necesario encontrar a la persona ideal para tal empresa, por lo que se designó a José de Carvajal y Lancáster. Sin embargo, Carvajal detestaba profundamente la situación de subordinación de España con respecto a Francia y era más partidario de una neutralidad pro-Inglaterra a pesar de sus disputas con el marqués de la Ensenada, ministro de Guerra. Fue Carvajal el primer ministro de Asuntos Exteriores real que hubo en España, algo que se refleja a la perfección en su famoso testamento político de 1745, en el que deja clara la idea de la posición neutral de España como árbitro internacional.
  • El reinado de Carlos III es el protagonista del tercer capítulo del manual de Beatriz Badorrey. En él, la autora nos transmite el deseo continuista de este monarca ilustrado al respecto de la política exterior española. Sin embargo, en su política de acercamiento a Francia, España entró en guerra contra Inglaterra, la cual acabaría saldándose con la Paz de París de 1763. Poco a poco, el país fue dejando de lado este continuismo inicial para tomar parte activa en la política internacional.

    Fue Pablo Jerónimo Grimaldi una de las figuras más destacadas durante el reinado de Carlos III. Gracias a sus dotes personales y experiencia en el extranjero -Génova, Austria, Suecia, Inglaterra- Grimaldi contaba con las bases para ser un perfecto ministro encargado de la política exterior española. Sin embargo, a pesar de ello, Grimaldi cometió importantes errores como la expedición contra Argel en 1775, la cual resultó un fracaso total que derivaría en la caída del ministro poco después.

    Sería el conde de Floridablanca el primero que actuase de forma autónoma en la política internacional española, sin la supervisión del monarca. Floridablanca dio un importante giro intentando, por todos los medios, conservar la paz para así potenciar el comercio y la industria. Pero le tocó una época difícil como fue la Revolución de las Trece Colonias, en la cual intentó mantenerse neutral al inicio, pero finalmente tuvo que decantarse por los estadounidenses recuperando así Menorca y Florida.

    La política exterior española vivió un importante despliegue durante el reinado de Carlos III, pues España abandonó la posición de servidumbre que tenía con Francia y amplió su cuerpo diplomático gracias al ministerio de Floridablanca.

  • El cuarto capítulo, de esta parte dedicada al desarrollo histórico de la política de asuntos exteriores española entre los años 1714 y 1808, está dedicado al nefasto reinado de Carlos IV. Dicho reinado se inicia con cambios respecto al anterior, lo cual fue generando un ambiente de confusión tanto en la corte como en el pueblo a pesar de que Carlos IV heredase  un país estable, en expansión, en desarrollo interior y reconocido como gran potencia internacional.

    Todavía seguía Floridablanca a la cabeza de la política exterior, el cual tenía una política intransigente, pero también confusa, hacia la Francia revolucionaria, pues creía el ministro que las ideas del país vecino podían afectar directamente a la monarquía española. Fue un ministro diplomático, que intentó resolver los conflictos internacionales mediante pactos y negociaciones. Fue, al fin y al cabo, un perfecto ministro de Asuntos Exteriores.

    Tras la salida de Floridablanca llegó el conde de Aranda a la Secretaría de Estado. Su breve ministerio estuvo marcado por los acontecimientos acaecidos en Francia, por lo que el ministro optó por un sistema de “neutralidad armada”. Pero esta política no fue del todo efectiva, sobre todo a la hora de intentar conservar con vida a Luís XVI. Finalmente, tras su salida del ministerio, España le declaró la guerra a Francia en 1793.

    La llegada de Manuel Godoy resultaría un torbellino para la política internacional española y para la propia política interna del país. La guerra con Francia resultó un desastre y en 1795 se firmaría la Paz de Basilea, en la que España perdería la colonia de Santo Domingo. Además, poco después, en 1796 se firmaría el Tratado de San Ildefonso entre España y Francia, lo cual acabaría por dilapidar prestigio internacional del país. Tras la sucesión de Saavedra y Urquijo, Godoy volvería al plano internacional a pesar de que el secretario de Estado fuese Pedro Cevallos. La vuelta de Godoy, la actitud de Carlos IV y el poder de Bonaparte acabarían por hacer de España un títere de facto de la Francia napoleónica, con todo lo que ello conllevó históricamente.

Con la Constitución de Bayona concluye Beatriz Badorrey Martín el desarrollo histórico de lo que en un futuro sería el Ministerio de Asuntos Exteriores en España. Básicamente, la autora hace un buen recorrido histórico de la situación internacional española entre 1714-1808, buscando el germen del futuro ministerio. Sin embargo, Badorrey da bastantes acontecimientos y conceptos por sabidos, incluso se prodiga en exceso hablando sobre determinados personajes e “intrigas palaciegas” que, en cierto modo, resultan superfluas a la hora de estudiar el origen de dicho ministerio. En muchos casos no aborda de forma directa el tema a tratar y se limita a dar rodeos hasta llegar a él de una forma u otra.

Pero, en definitiva, si contamos con unos conocimientos previos sobre la situación histórico-política de España, así como de sus instituciones, podemos encontrar en Los Orígenes del Ministerio de Asuntos Exteriores una lectura interesante para ampliar nuestros conocimientos sobre cómo se gestaron las bases de las instituciones públicas en España.

Valoración: 2/5

La primera revolución comunicativa en Occidente: la “invención” de la imprenta

  • LA POLÉMICA INVENCIÓN DE LA IMPRENTA

La propia dinámica de la producción y el comercio empujaron a la Europa de la Baja Edad Media a una serie de descubrimientos técnicos que afectaron al sistema de comunicación social. La imprenta se enmarca claramente en este contexto.

Bi Sheng (990-1051), el verdadero inventor de la imprenta.

La aparición de la imprenta sólo puede entenderse como consecuencia de la presión que la demanda ejercía en la sociedad de la época. La invención de la imprenta no es europea sino oriental ya que en el año 960 se usaron en China los primeros tipos móviles de madera y en el 1045 se emplearon caracteres de arcilla cocida, llegando incluso a emplearse el bronce y el cobre. En Europa solo se aplicó el invento cuando la sociedad comenzó a demandar una técnica mecánica para la producción de textos escritos.

Biblia de Gutenberg.

La figura del “inventor” de la imprenta aun es controvertida hoy día aunque Gutenberg es el candidato más sólido. El mérito de Gutenberg fue el de aplicar una serie de avances técnicos a un modelo de máquina tan eficaz que siguió usándose hasta el siglo XIX. La fecha también es objeto de polémica y se sitúa entre 1445 y 1450. Destaca la impresión de la Biblia de las 42 líneas o Biblia de Gutenberg.

  • DIFUSIÓN DE LA IMPRENTA EN EUROPA

Durante años la tipografía fue casi un secreto. Sólo a partir de 1462 puede hablarse de difusión europea de esta nueva tecnología. Maguncia fue saqueada por Adolfo Nassau y una de sus medidas fue la prohibición de las prensas. A raíz de esto se expande el conocimiento de la máquina por europea gracias a una serie de tipógrafos ambulantes.

Desde su comienzo, el impresor se enfrentó con la alternativa de basar su negocio en el apoyo institucional o confiar en el mercado de una clientela letrada. La clientela estable se buscó entre la clase media urbana instruida. La aristocracia, en cambio, acogió en un principio el invento con escaso entusiasmo, pues el libro tipográfico les parecía de inferior calidad gráfica.

Las líneas de difusión geográfica de la imprenta no fueron concéntricas a Alemania sino que se dirigieron a lugares muy diversos y distantes, siguiendo con exactitud redes de líneas de comercio de finales de la Edad Media.

Sinodal de Aguilafuente (1472), primer libro impreso en España.

La imprenta tardó en difundirse por España, quizá debido a la situación geográfica  de la Península o a la inexistencia de grandes poblaciones humanas. La Gramática de Bartolomé Mates (1488) ha sido considerada el primer libro impreso español. Sin embargo el primer libro impreso español fue el Sinodal de Aguilafuente en 1472. De todos modos, la imprenta se extenderá por España comenzando por Aragón hasta llegar a la famosa imprenta sevillana fundada por Jacob Cromberger en 1502. Antes de finalizar el siglo XV eran 26 las ciudades españolas que disponían de imprenta.

El arte de imprimir se nacionaliza muy pronto. Italia fue el primer país europeo donde los impresores alemanes perdieron su monopolio y así sucesivamente.

  • LA IMPRENTA Y LA CONSERVACIÓN / TRANSFORMACIÓN DE LA CULTURA ESCRITA

Muchos historiadores de la comunicación aseguran que la imprenta no tuvo una implantación total en los modelos de comunicación social imperantes ni conllevó, en los primeros momentos, ningún cambio en las tendencias socioculturales de la época. La imprenta se utilizó, en un principio, para conservar una tradición escrita que coincide casi exactamente con la de la Baja Edad Media. La imprenta traía dos nuevas posibilidades al panorama sociocultural:

  1. La primera es la de obtener copias idénticas entre sí, no sujetas a erratas o manipulaciones.
  2. La segunda era la de obtener un mayor número de copias cada vez. Esta será la que estará en el origen de la capacidad revolucionaria de la imprenta.

La igualdad tipográfica fue lo más preciado de las posibilidades de la imprenta, de esto modo, corporaciones, instituciones y órdenes religiosas se precipitaron a imprimir sus reglas y constituciones para evitar alteraciones. Esto supone que la comunicación impresa vaya, cada vez más, rodeándose de un aura de oficialidad.

Papa Inocencio VIII (1432-1492).

La supuesta revolución de la imprenta no se aprecia demasiado en los aspectos materiales de la edición de libros. El tránsito del libro manuscrito al impreso resulta menos revolucionario que otros procesos anteriores. Por otro lado, los poderes religiosos y políticos reaccionaron rápidamente ante el peligro potencial que la imprenta podía encarnar como medio para la difusión masiva de ideas subversivas: en 1487 se publica la primera Bula papal en la que se prohíbe la impresión de cualquier obra que no salga con permiso eclesiástico y sería algo que la Inquisición vigilaría constantemente partir de 1542.

  • LA IMPRENTA Y LA AMPLIACIÓN DEL PÚBLICO LECTOR

En los albores de la Edad Moderna la alfabetización siguió siendo pobre e incluso no era generalizada entre las clases superiores en las que aun pervivía la oralidad. Tomás Moro fijó en un 60% el número de londinenses alfabetizados. A ello había contribuido el desarrollo de la escuela privada. No obstante el dominio de la lectura y la escritura no debe confundirse con la capacidad de leer y entender libros.

La producción media de un libro impreso en el siglo XV estaba entre los 200 y los 500 ejemplares por lo que no puede hablarse, por tanto, de una difusión masiva del libro impreso. El primer libro impreso que merece la calificación de “best-seller” fue la obra de Thomas de Kempis, De imitatione Christi de 1471 la cual alcanzó 99 ediciones antes de que acabase el siglo. El autor más impreso y vendido de la época fue Martín Lutero.

De Imitatione Christi (1471) de Thomas de Kempis.

En parte de los manuscritos de los siglos XIV y XV es visible ya la apreciación de la figura del autor, cuyo retrato suele aparecer en las miniaturas, aunque hasta el siglo XVIII se consideró de mal gusto escribir para ganar dinero en vez de fama. Es aceptada la figura del gentleman-writer, el autor que vive de sus bienes o cargos y no de su pluma, el cual muchas veces se oculta tras el anonimato.

Pero, poco a poco, gracias a la imprenta y la censura el autor aparecería como responsable judicial del discurso y con ello se fue eliminando la anonimia.

BIBLIOGRAFÍA

ESPEJO CALA, C. Historia de la comunicación escrita (de la prehistoria a la irrupción de la imprenta). 1ª Edición. Sevilla: Editorial MAD S.L., 1998. pp. 141-151.

Museo Arqueológico de Sevilla

Sevilla es una ciudad eminentemente histórica. Sus datos turísticos hablan por sí solos, y es que la ciudad hispalense es uno de los referentes nacionales en cuanto a turismo y cultura se refiere. Sin embargo, es una ciudad casi autista que vive, culturalmente, en torno a tres o cuatro elementos que son magníficos pero que, por otro lado, están sobre-explotados y no representan el cien por cien de lo que esta ciudad puede dar de sí.

Plano del Parque de María Luisa situado a la espalda del Pabellón Real.

Un perfecto ejemplo de lo anterior lo constituye el Museo Arqueológico de Sevilla, situado en el Parque de María Luisa, concretamente en la Plaza de América, en un magnífico edificio diseñado por el arquitecto Aníbal González (1876-1929) con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, y que es, posiblemente, uno de los mayores atractivos que el propio museo en sí. Algo que ya dice bastante de lo que vamos a encontrar en su interior, y no por calidad sino, en buena parte, por presentación y/o conservación.

Fachada principal del museo.

Pero esto no va a convertirse en una crítica ni a la ciudad de Sevilla, ni al museo, ni a su colección, en absoluto. Pero es necesario conocer el por qué de las cosas y creo que, en la situación económico-política que atraviesa España, este pequeño-gran museo está algo olvidado por las administraciones públicas.

Abre de martes a domingo de 9:00 a 20:00 los días entre semana en horario de invierno -sábados y domingos de 9:00 a 15:00- y de 9:00 a 15:00 de martes a domingo en horario de verano. Su entrada es completamente gratuita para ciudadanos españoles y de la Unión Europea, y de tan sólo 1,50€ para los extracomunitarios. No hay excusas para no ir.

Cuenta con 27 salas que abarcan desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna, aunque sus piezas más importantes corresponden a la Prehistoria y la Historia Clásica, concentrados la mayoría alrededor de la zona sur de España. Posee, además, un archivo  con información documental, así como un taller de conservación y restauración en el que alojan los fondos museísticos. A día de hoy el Museo Arqueológico de Sevilla alberga más de 60.000 piezas, entre objetos en propiedad y depósito.

El museo tiene tres plantas: sótano, baja -por la que se accede- y alta. En el sótano, las salas I a la IV abarcan del Paleolítico a la Edad del Bronce. En ellas encontramos notables piezas como los cuencos hallados en el Dolmen de la Dehesa de Abajo en El Castillo de las Guardas (Sevilla), pertenecientes, con casi toda probabilidad, al Neolítico y que se encuentran en la sala I.

Cuencos neolíticos del dolmen de La Dehesa de Abajo (Sevilla, España).

O puntas de flechas neolíticas en sílex y pizarra pertenecientes a la Necrópolis de El Gandul (Alcalá de Guadaira, Sevilla).

Puntas de sílex y pizarra de El Gandul (Sevilla, España).

En esta misma sala podemos encontrar también fósiles tales como dientes de megalodón y otros fósiles marinos. Muchos de ellos fueron hallados en zonas como El Coronil (Sevilla), El Acebuchal (Sevilla), Carmona (Sevilla) o la propia ciudad de Sevilla.

Fósiles de megalodón hayados en la provincia de Sevilla (España).

También en la sala I se conservan otro tipo de fósiles, como cráneos humanos o cuernos de elefantes. Cabe destacar que, aún bien conservados, en esta planta del sótano las piezas no están todo lo bien expuestas que se quisiera, dando una sensación de pseudo-abandono en cuanto a su presentación.

Diferentes fósiles de elefantes.

En las intersecciones entre salas hay expuestas notables piezas de arte mueble post-paoleolíticas y neolíticas. Como, por ejemplo, una talla lítica como núcleo para grandes hojas realizada en tufita y que data del III milenio a.C.

Talla lítica en tufita que data del III milenio a.C.

O también estelas y mini-monolitos fenicios de las edades del Bronce y del Hierro. Dependiendo de la escuela algunos se atribuyen a la civilización de Tartessos, aunque es un tema sensible que aún está en debate y que, por el momento, no tiene ningún fundamento científico. Destaca una estela decorada en arenisca hallada en El Coronil (Sevilla, España) y cuya realización se estima entre los siglos X al VII a.C.

Estela decorada hallada en El Coronil (Sevilla, España).

Las salas II, III y IV abarcan desde la Edad del Cobre hasta la Edad del Hierro. Destacan en ellas ajuares funerarios, dólmenes y estelas funerarias de la Edad del Bronce y otra serie de elementos de los mismos períodos. Destacan, sobre todo, puntas de alabarda en cristal de roca, puntas de flechas y puntas de jabalina de finales del III milenio a.C. así como otras notables piezas del mismo período.

Diferentes piezas de la Edad del Bronce encontradas en Valencina de la Concepción (Sevilla, España).

También existe una interesante colección de armas pertenecientes al Bronce Final (1300-700 a.C.), si bien no es comparable a las encontradas en la propia Grecia o las islas griegas, está selección de armas del Museo Arqueológico de Sevilla resulta bastante didáctica. Aunque se echa en falta una mayor explicación de las mismas, las cuales a ojos “no expertos” pueden resultar anodinas o fuera de contexto.

Armas del Bronce Final (siglos XIV a. C. a IX a. C.).

Las salas V a IX abarcan la cultura tartésica, aunque el mítico tesoro de El Carambolo se encuentra en la planta alta en la actualidad. Hay mucha controversia en torno a Tartessos ya que los expertos no se ponen de acuerdo. Por un lado, y sin entrar demasiado en materia, tenemos a aquellos que defienden la existencia de una cultura autóctona en la Península Ibérica -que sería Tartessos- e incluso la primera cultura occidental para otros; argumentos que responden a la tendencia romántica de mediados del siglo XIX en la que un gran número de países intentaron buscar las raíces de su cultura lo más profundamente posible.

Por otro lado, están aquellos que afirman que Tartessos no fue más que un pueblo fenicio y no una cultura autóctona de la Península Ibérica, ya que esta supuesta cultura reúne un gran número de características similares a la cultura del Oriente Próximo que se diseminó por todo el Mediterráneo.

Vajillas de uso ritual o funerario, abalorios y elementos decorativos de diferentes épocas entre los siglos VIII a.C. al IV a.C. hallados en la provincia de Sevilla (España).

Aún así, sin entrar en debates -ya habrá ocasión de hacerlo-, el Museo Arqueológico de Sevilla dedica nada más y nada menos que cinco salas a Tartessos, siendo El Tesoro del Carambolo su pieza estrella, aunque ahora se encuentre en la planta alta.

La sala X de esta planta sótano está dedicada por entero al período turdetano (500 a.C. – 206 a.C.), pueblo con el que también existe bastante controversia al estar íntimamente ligados en cronología a los supuestos tartessos y del que, a día de hoy, no existe tanta información como se quisiera.

Esta sala, junto con las primeras, es de las más interesantes del sótano del Museo Arqueológico de Sevilla, ya que en ella se encuentran piezas de notorio valor tanto histórico como artístico. Buena prueba de ello es la colección de exvotos ibéricos en bronce representando a personas orando.

Exvotos ibéricos en bronce en la sala X del Museo Arqueológico de Sevilla (España).

O la colección de armas y bronces ibéricos, que demuestra la gran afición del pueblo ibérico por la guerra. Este armamento tuvo un origen europeo con aportaciones mediterráneas, aunque esto no quiere decir que no cuente con personalidad y características propias. En el Museo Arqueológico se exhiben diferentes tipos de fíbulas prerromanas que están datadas entre los siglos VIII a.C. y el I a.C.

Armas y bronces ibéricos (siglos VIII a.C. a I a.C.).

Pero, dejando a un lado el bronce, también encontramos magníficas piezas como un retrato encontrado en la provincia de Alcalá del Río (Sevilla, España) o un carnero perteneciente, posiblemente, a un monumento funerario -temática, por otra parte, bastante recurrente en el arte íbero-.

Retrato anónimo hallado en Alcalá del Río (Sevilla, España).

Carnero íbero perteneciente a un monumento funerario.

Ya en la planta baja encontramos la sala XI que también está dedicada al período turdetano y que alberga numerosas piezas de gran tamaño entre las que destaca la colección de leones ibéricos encontrados en Espera (Cádiz, España) pertenecientes a los siglos III y II a.C.

León ibérico de Espera (Cádiz, España).

El resto de la planta baja está dedicado casi por completo al período romano, a excepción de la sala XXVII que alberga piezas medievales y modernas. Estas salas, junto con el Tesoro de El Carambolo, son las más importantes del museo ya que contienen notorias piezas de incalculable valor histórico-artístico. La sala XII está dedicada a la conservación de esculturas romanas de distinta índole y procedencia. Destacan figuras como Nióbide herido -procedente de Italia- o el Apolo citaredo. Pero, quizá, la más importante de todas sea el torso del emperador Claudio divinizado que data del siglo I y que fue hallado en Mérida (Badajoz, España).

Torso del emperador Claudio del siglo I (Mérida, España).

Y también otras esculturas como la del sacerdote sacrificador encontrada en Alcalá del Río (Sevilla, España) y datada entre los siglos I y II. O las piernas de lo que fue una escultura completa de un emperador divinizado -posiblemente Adriano- encontradas en Itálica en las excavaciones de 1780.

Sacerdote sacrificador de los siglos I-II hallado en Alcalá del Río (Sevilla, España).

Emperador divinizado en traje militar de la época de Adriano. Hallado en Itálica (Sevilla, España).

En esta sala XII se encuentra también un interesante mosaico romano que representa una escena de circo y que fue encontrado en Paradas (Sevilla, España), perteneciente con casi toda probabilidad al siglo III o IV. Este tipo de escenas son muy útiles para historiadores y antropólogos a la hora de desarrollar o investigar la cotidianidad del Imperio.

Mosaico con escena de circo del siglo III-IV encontrado en Paradas (Sevilla, España).

Aunque el mejor ejemplo que podemos encontrar en cuanto a mosaico en todo el Museo Arqueológico de Sevilla se encuentra en la sala XIII, la cual alberga un impresionante mosaico del Triunfo de Baco encontrado en Écija (Sevilla, España) y perteneciente al siglo III.

Triunfo de Baco. Siglo III, encontrado en Écija (Sevilla, España).

La sala XIV destaca por estar dedicada, casi por completo, a dioses como Baco, Diana, Juno… y héroes como Hércules así como escenas de obras como La Ilíada de Homero. Eso sí, el verdadero protagonista de la sala es Mercurio gracias a su impresionante escultura de mármol, de sobresaliente factura, perteneciente a finales del siglo II y encontrado en Itálica (Sevilla, España).

Estatua de Mercurio en mármol de Paros. Data del siglo II y fue hallado en Itálica (Sevilla, España).

En la sala XV, aparte de diferentes tipos de vajilla, lo más importante que podemos encontrar es una cabeza masculina que bien pudiese corresponder a un dios o un hombre, posiblemente Alejandro Magno. Sin embargo, la sala XVI es bastante más interesante desde el punto de vista antropológico ya que en ella se exponen lápidas votivas con huellas y textos que aluden a divinidades femeninas.

Lápida votiva.

Preside una notable Venus la sala XVII, representando su nacimiento entre las aguas del mar. Fue encontrada en Itálica (Sevilla, España) y data del año 117. Es una pieza única que destaca por su naturalismo, muy en la línea del futuro Renacimiento italiano. Estas representaciones de Venus son muy comunes en el imaginario griego, romano y, posteriormente, italiano, siendo cada una de ellas esculturas de extraordinario valor debido a su exclusivo carácter.

Venus del siglo II. Itálica (Sevilla, España).

La sala XVIII es una de las más interesantes del museo, ya que en ella se encuentra una gran colección de retratos anónimos tanto femeninos como masculinos que datan de la época de Trajano y Adriano, es decir, entre los siglos I y II. Fueron encontrados en Itálica (Sevilla, España) y destacan por su gran realismo. Especialmente interesante es el anciano anónimo que se sitúa en el centro de la colección.

Colección de retratos anónimos de los siglos I y II. Itálica (Sevilla, España).

Obviando la sala XIX-B, que resulta también interesante por su epigrafía en bronce, la sala XIX impresiona al visitante gracias a su composición, que la convierte en una de las salas “estrella” del Museo Arqueológico de Sevilla. Con cuatro columnas corintias en mármol de fondo, Diana cazadora, realizada en mármol de Paros (Grecia), todo perteneciente al siglo II de la increíble ciudad de Itálica (Sevilla, España).

Diana cazadora en mármol de Paros. Siglo II. Itálica (Sevilla, España).

La perla del Museo Arqueológico de Sevilla es, sin ningún lugar a dudas, su sala XX. A título personal, ni siquiera el mítico tesoro de El Carambolo puede hacer frente a la monumentalidad de esta sala, cuya presentación también juega muchísimo a su favor. Frente a frente, como reza en la guía del museo, Trajano y Adriano, los dos emperadores hispanos más importantes de la historia de Roma. El propio museo la denomina como su “Sala Imperial” gracias a la puesta en escena y la estancia en sí. De hecho, la guinda del pastel es el mosaico de Baco y las estaciones que se halla en el centro.

La sala XX del Museo Arqueológico de Sevilla.

En la XX destaca la escultura de Trajano representado como héroe, realizada también en mármol de Paros (Grecia), hallado en Itálica (Sevilla, España) y que data de la época de Adriano (117-138).

Trajano representado como héroe en mármol de Paros. Siglo II. Itálica (Sevilla, España).

La sala XXI es más importante de lo que pueda parecer a simple vista. Es una sala más enfocada hacia el experto en epigrafía, ya que en ella se encuentran un gran número de lápidas funerarias y votivas. A nivel antropológico y genealógico las más interesantes son las funerarias, las cuales podremos diferenciar por las siglas D M S (Dis Manibus Sacrum o Consagrado a los dioses manes) en la parte superior y S T T L (Sit Tibi Terra Levis o Que la tierra te sea leve) en la inferior.

Colección de lápidas votivas y funerarias.

La lápida del esclavo Doro, que murió con 65 años en algún momento del siglo III. En ella podemos leer: D(is) M(anibus) S(acrum) Doro Pothine Con A(nnorum) P M L X V H(ic) S(itus) E(st) S(it) T(ibi) T(erra) L(evis).

Siguiendo el recorrido llegamos a la sala XXII, la cual está presidida por la cabeza del dios Marte, que fue encontrado en Carmona. Sin embargo, más interesante es todavía la escultura de un emperador representado con armadura militar y realizada en mármol. Fue hallada en Itálica (Sevilla, España) y, aunque no sabemos todavía qué emperador representa, data de la época de Claudio (40-55).

Emperador representado con armadura militar. Siglo I. Itálica (Sevilla, España).

La sala XXIII alberga un buen número de piezas relacionadas con el mundo del comercio. La siguiente, la XXIV está dedicada por completo a la extinta ciudad romana de Munigua (Sevilla, España) y su proceso de excavación arqueológica. En el centro de la sala podemos encontrar una maqueta que representa de forma bastante fiel lo que pudo ser esta ciudad que tuvo su máximo período de apogeo en el siglo II y que sería finalmente abandonada cinco siglos después.

Maqueta de Munigua en el siglo II. Escala 1:100.

La última sala dedicada al período romano es la XXV y está orientada a la temática de la muerte, con piezas de necrópolis, una cupa de enterramiento procedente de Itálica y vitrinas donde se expone el ajuar funerario de la ciudad de Orippo (Sevilla, España). Existen, a su vez, varios sarcófagos bastante sencillos en cuanto a su decoración y acabado. El protocristiano hallado en Sevilla y procedente del siglo IV es buen ejemplo de ello, ya que su decoración resulta bastante pobre comparado con otros sarcófagos del mismo estilo encontrados en Italia.

Sarcófago protocristiano. Siglo IV. Sevilla (España).

En esta planta baja encontramos, en último lugar, las salas XXVI y XXVII, las cuales albergan arte cristiano y visigodo, así como importantes piezas de arte medieval y moderno. Es la colección más escueta del Arqueológico de Sevilla, lo cual no quita para que encontremos piezas de extraordinaria ejecución, como el Mausoleo de Don Nicolás Griego Arisascho, de la Parroquía de Omnium Sanctorum (Sevilla, España) esculpido en el siglo XVI.

Mausoleo de Don Nicolás Griego Ariascho. Siglo XVI. Sevilla (España).

En la planta alta, originalmente, se encuentran la Biblioteca, salas de exposiciones, el salón de actos y zonas de trabajo. Actualmente, destaca por sus dos salas dedicadas por enteros a dos importantes tesoros que alberga el museo. En primer lugar, la sala monográfica de El Carambolo, en la que podemos encontrar multitud de piezas como el mismo Tesoro de El Carambolo o el Tesoro de Mairena. Por desgracia, la mayor parte de estas piezas son meras copias de los originales, los cuales se encuentran guardados en el museo para asegurar así una mejor conservación.

Tesoro de Mairena. Siglos III – I a.C. Mairena del Alcor (Sevilla, España).

El Tesoro de Mairena data del siglo III a.C. y fue encontrado en Mairena del Alcor (Sevilla, España), es un tesoro compuesto por trece piezas entre los que destacan las pulseras y la diadema. Se desconoce por completo su contexto pero conforma uno de los conjuntos de joyería prerromana más importantes de la zona.

Copia del Tesoro de El Carambolo. Siglo VII-VI a.C. Camas (Sevilla, España).

El Tesoro de El Carambolo es, en principio, la joya de la corona del Museo Arqueológico de Sevilla, aunque el expuesto se trata de una copia perfecta del mismo, el cual se encuentra conservado en las dependencias internas del museo. El original está realizado en oro y fue hallado en Camas (Sevilla, España). Algunos expertos lo atribuyen a la cultura de Tartessos, otros aseguran que su origen es eminentemente fenicio. Está formado por 21 piezas entre las que destacan los brazaletes y los pectorales. Data de los siglos VII-VI a.C. y fue encontrado en 1958. Aunque aún existe controversia también sobre su posible uso, la mayoría de expertos coinciden en que se trataba de adornos para decorar animales que eran sacrificados en honor de dioses como Baal.

Curioso es también encontrar un fragmento del pavimento original de conchas donde se encontró el tesoro, en el llamado Santuario de El Carambolo.

Fragmento de pavimento ritual de conchas en la zona de acceso al Santuario de El Carambolo. Siglo VIII – VII a.C. Camas (Sevilla, España).

Por último, en la planta alta, justo en frente de la sala monográfica de El Carambolo se encuentra otra sala dedicada en exclusiva a un Tesoro, el de Tomares. Un tesoro de reciente descubrimiento, hace apenas un año, el 28 de abril de 2016. Hallado en la localidad de Tomares (Sevilla, España), se trata de una de las colecciones de monedas romanas más grandes del mundo, con más de 50.000 de ellas. Se trata de follis del siglo III y IV, en las que aparecen representados emperadores como Diocleciano, Galerio o Constantino Cloro.

Entrada a la sala monográfica dedicada al Tesoro de Tomares.

Es una sala que lleva poco tiempo y es algo que se nota en su presentación poco cuidada o apresurada. Es algo que el Museo Arqueológico de Sevilla debe tomar en cuenta, ya que los materiales interactivos tales como tablets o televisores parecen fuera de lugar en el espacio, así como el mismo tesoro en sí. Pero es algo lógico, ya que se trata de un descubrimiento muy reciente.

Follis de los siglos III y IV tal y como fueron encontrados en Tomares (Sevilla, España).

Y esto es todo cuanto puede ofrecernos el Museo Arqueológico de Sevilla; un gran museo algo descuidado en cuanto a su presentación, también algo anticuado, pero único en el mundo y con una colección impresionante. No suele estar muy concurrido, lo cual es una verdadera lástima pues las piezas que se encuentran en su interior son tremendamente importantes para conocer la historia de Roma en Hispania así como el período prerromano, que tanta controversia ha levantado y levanta entre los expertos.

Para terminar una jornada redonda, qué mejor que tomarse una cerveza y unas olivas en algún bar de la zona, admirando la zona de Capitanía Marítima y el Paseo de las Delicias.

El Tribunal del Santo Oficio en Sevilla; el origen de la Inquisición española

Sevilla, por su historia, siempre ha sido una ciudad muy arraigada a todo lo relacionado con la Inquisición. Buenas pruebas de ello son la ingente oferta de rutas turísticas temáticas en torno a ello o el propio nombre de la calle “Callejón de la Inquisición”, situado  en el barrio de Triana, junto al Castillo de San Jorge.

El célebre callejón de la Inquisición en Sevilla.

El Santo Oficio comenzó a funcionar por primera vez en el año 1481, concretamente en Sevilla, con la quema de seis personas vivas. A raíz de ese acto, la Inquisición experimentaría un rápido ascenso, estableciéndose tribunales en casi toda la Península. Tres años más tarde, en la misma ciudad de Sevilla, se aprobaban las primeras reglas inquisitoriales.

Fotografía del extinto convento de San Pablo.

Su primera sede fue el convento de San Pablo de los dominicos, cedido por la orden al Santo Oficio para así intentar ponerse por encima de los franciscanos. Aunque al poco tiempo tuvieron que trasladarse al Castillo de San Jorge, frente al río Guadalquivir, por problemas de espacio. Estos problemas de espacio no se solucionarían al cien por cien con el traslado, por lo que el tribunal del Santo Oficio en Sevilla tuvo que diseminar las dependencias por toda la ciudad.

Maqueta del Castillo de San Jorge en el interior del museo que lleva el mismo nombre.

El tribunal en Sevilla estaba compuesto, a comienzos del siglo XVI, por tres inquisidores, un juez de bienes confiscados, un fiscal, cuatro secretarios, un receptor, un alguacil, un escribano, un abogado, dos alcaides, un notario, un nuncio, un escribano, un portero, dos capellanes, un médico, seis consultores juristas y seis consultores teólogos.

El objetivo primordial del tribunal era perseguir y juzgar a los falsos judíos conversos. Aunque también perseguían a blasfemos, herejes, bígamos, usureros, sodomitas, brujos y brujas, hechiceros y clérigos que hubiesen tenido aventuras sexuales.

Los autos se realizaban al principio en los exteriores de la Catedral y posteriormente en la Plaza de San Francisco, a pocos metros de la Catedral. También se realizaron autos en determinadas iglesias de la ciudad, como la de San Marcos. Únicamente en el siglo XVI se tiene constancia de diecisiete autos en la ciudad.

Auto de fe (Francisco de Goya, 1812-1819).

Un auto le costaba bastante dinero al tribunal del Santo Oficio, por lo que se intentaban espaciar lo máximo posible en el tiempo a pesar de que su carácter debía ser anual. La condena tenía lugar en el mismo sitio donde se realizaba el auto, aunque el suplicio se realizaba en un lugar diferente, a veces incluso en varios lugares de la ciudad a la vez.

Aunque el tribunal del Santo Oficio en Sevilla aguantó hasta los estertores de la Inquisición a comienzos del siglo XIX, su época de mayor actividad fue entre el año de su fundación y 1524. Durante estos cuarenta años se quemó a más de 1000 personas y se hizo abjurar a unas 20.000 sólo en la ciudad de Sevilla. El más famoso de los autos fue precisamente el de 1524, ya que el tribunal, hasta entonces centrado en los judíos, da un giro hacia los moriscos, convirtiéndolos en su blanco principal. Desde 1524 hasta finales del siglo XVI se darán sonados casos; en 1540 el del morisco Gaspar; en 1541 el matrimonio compuesto por Jerónimo Díaz y Elvira González; y en 1554 los moriscos Juan, Martín y Juan Torrera.

Al respecto de los brujos, brujas y hechiceros, el tribunal de Sevilla no se prodigó demasiado, centrando su atención en judíos y moriscos. El caso más sonado fue el de Inés de los Ríos, acusada de brujería pero absuelta debido a su posición social.

La expulsión de los jesuitas en 1767, el tribunal de Sevilla aprovechó para mudarse al Colegio de las Becas Coloradas en 1778 debido a las malas condiciones en las que se encontraba el Castillo de San Jorge.

El tribunal del Santo Oficio en Sevilla, como he comentado, seguiría teniendo actividad hasta comienzos del siglo XIX, cuando se abolió la Inquisición, aunque su papel dentro del marco territorial así como su actividad comenzaron a decrecer a partir del siglo XVII.

BIBLIOGRAFÍA

ALMA MATER HISPALENSE. La Inquisición. Sevilla siglo XVI. [Consultado el 10/05/2016] En línea: http://personal.us.es/alporu/histsevilla/inquisicion.htm

WIKIPEDIA. Inquisición española. [Consultado el 9/05/2016] En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/Inquisición_española