¿Cuál fue el primer reloj (de pulsera) de la historia?

Hay relojes que han trascendido su condición de instrumentos para convertirse en símbolos. Algunos representan la conquista del espacio, otros la exploración de los océanos, otros la sofisticación técnica llevada al límite de lo humano. Cuando pensamos en los cronógrafos que acompañaron a los astronautas en la superficie lunar, en los relojes de buceo profesional que descendieron a profundidades antes reservadas a la imaginación, o en los guardatiempos que han marcado hitos en la exploración científica y tecnológica contemporánea, tendemos a olvidar que todos ellos —sin excepción— son herederos de una idea relativamente reciente: la de llevar el tiempo atado al cuerpo.

El reloj moderno no es únicamente una máquina de medición. Es un objeto cargado de narrativas: progreso, precisión, conquista, disciplina, estatus. En el siglo XX, el reloj se convirtió en una extensión simbólica del individuo, una forma silenciosa de decir quiénes somos, qué valoramos y cómo nos relacionamos con la técnica. Por eso no es casual que los grandes hitos de la modernidad —la Luna, las profundidades marinas, la aviación, la exploración extrema— estén asociados a relojes concretos que han terminado formando parte del imaginario colectivo.

Antes de que el reloj de pulsera se convirtiera en un objeto cotidiano, e incluso banal, fue una auténtica anomalía. Durante siglos, medir el tiempo fue una actividad colectiva, pública, ritualizada. Y cuando finalmente se individualizó, lo hizo primero en el bolsillo, no en la muñeca. El reloj de pulsera no nació como un objeto de lujo ni como una joya; nació como una solución práctica a un problema moderno. Y, paradójicamente, acabó convirtiéndose en uno de los símbolos más poderosos del prestigio, la masculinidad y la modernidad del siglo XX.

Para entender por qué el primer reloj de pulsera no puede desligarse de un nombre concreto —el del Cartier Santos— es necesario retroceder mucho más atrás, hasta el origen mismo de la obsesión humana por medir el tiempo.

La invención del tiempo: de los ciclos naturales a la obsesión por la precisión

Desde las primeras civilizaciones agrícolas, el tiempo fue una necesidad antes que una abstracción. Medirlo significaba sobrevivir: saber cuándo sembrar, cuándo cosechar, cuándo celebrar rituales religiosos o cuándo esperar las crecidas de un río. En las sociedades antiguas, el tiempo estaba íntimamente ligado a los ciclos naturales y astronómicos. No era homogéneo ni abstracto; era cíclico, irregular y profundamente simbólico.

Los primeros sistemas de medición del tiempo fueron inseparables del entorno natural. El movimiento aparente del Sol dio lugar a los relojes solares, instrumentos tan simples como imprecisos, dependientes de la luz y del clima. Aun así, su importancia cultural fue enorme: por primera vez, el paso del tiempo podía representarse visualmente. La sombra proyectada se convirtió en una forma de domesticar lo inasible.

Más tarde, el paso controlado de sustancias —arena, agua— permitió crear mecanismos que ya no dependían directamente del cielo. Los relojes de agua y de arena introdujeron una idea clave: el tiempo podía fluir de manera constante, aunque no visible. Sin embargo, seguían siendo instrumentos frágiles, poco precisos y de uso limitado. El tiempo seguía siendo algo aproximado, orientativo, nunca exacto.

Sistema de un reloj de agua. Fuente: HidrojING.

Durante siglos, el tiempo no perteneció al individuo. Pertenecía a la comunidad, a la ciudad, a la Iglesia. Las campanas marcaban las horas canónicas; las torres con relojes mecánicos, que comenzaron a proliferar en la Baja Edad Media, no estaban pensadas para la comodidad personal, sino para imponer una disciplina temporal colectiva. El tiempo se hacía visible y audible en el espacio público, como una forma de orden social. Saber la hora no era un derecho individual, sino una experiencia compartida.

La gran revolución técnica llegó con el perfeccionamiento del reloj mecánico. A medida que los mecanismos se hicieron más precisos y compactos, el tiempo comenzó a entrar en los hogares. Relojes de pared, relojes de sobremesa, cucos, péndulos: todos ellos formaban parte de un mismo proceso de domesticación del tiempo. Pero aún no era un tiempo íntimo. Seguía siendo compartido, visible, expuesto. El reloj presidía el espacio, no acompañaba al cuerpo.

Ese salto —el paso del tiempo público al tiempo personal— se produjo con el reloj de bolsillo.

El reloj de bolsillo: precisión, prestigio y masculinidad burguesa

A partir del siglo XVII, y sobre todo durante el XVIII y el XIX, el reloj dejó de ser únicamente una máquina para convertirse en un objeto cargado de significado social. El reloj de bolsillo representó una auténtica revolución cultural. Por primera vez, el tiempo podía llevarse encima, consultarse de manera privada, integrarse en la rutina individual.

No era solo un instrumento de precisión; era una declaración. Portar un reloj de bolsillo implicaba pertenecer a una determinada clase social, a un mundo de puntualidad, racionalidad y autocontrol. En una sociedad que asociaba la disciplina temporal con la virtud burguesa, el reloj se convirtió en la joya masculina por excelencia.

No era una joya ostentosa en el sentido tradicional. A diferencia de anillos, collares o broches, el reloj de bolsillo se llevaba oculto, guardado, sujeto por una cadena que apenas se mostraba. Su prestigio residía precisamente en esa discreción: saber que se poseía un objeto complejo, caro y técnicamente admirable, aunque no se exhibiera de manera explícita. El reloj era, en muchos sentidos, una extensión del carácter del propietario.

Además, el reloj de bolsillo cumplía una función simbólica fundamental: ordenaba la vida moderna. El capitalismo industrial, el ferrocarril, los horarios laborales y la vida urbana dependían de una medición del tiempo cada vez más precisa. El reloj dejaba de ser un lujo para convertirse en una herramienta de organización social, aunque siguiera siendo un objeto reservado a ciertas élites.

Durante décadas, nadie cuestionó ese modelo. El reloj de bolsillo era suficientemente preciso, elegante y funcional. No había razón para imaginar otra forma de llevar el tiempo encima. Y, sin embargo, el cambio estaba en marcha.

Louis Cartier y la reinvención del objeto relojero

A finales del siglo XIX, el mundo estaba transformándose a una velocidad desconocida hasta entonces. La electricidad, el autoA finales del siglo XIX, el mundo estaba transformándose a una velocidad desconocida hasta entonces. La electricidad comenzaba a alterar la vida urbana, el automóvil redefinía la relación con el espacio, el teléfono comprimía las distancias y la aviación empezaba a cuestionar los límites físicos del cuerpo humano. La modernidad técnica no solo introducía nuevas máquinas, sino que exigía nuevas formas de habitar el tiempo y el movimiento. En ese contexto acelerado, el reloj de bolsillo —símbolo indiscutido del prestigio masculino decimonónico— empezaba a mostrar sus límites.

Sacar un reloj del chaleco podía seguir siendo un gesto elegante en un salón burgués o en un despacho, pero resultaba impráctico —cuando no directamente peligroso— en entornos marcados por la velocidad, la acción y la máquina. La lógica del reloj de bolsillo, heredera de una cultura del tiempo pausado y ritualizado, comenzaba a entrar en tensión con una sociedad que demandaba inmediatez, coordinación y libertad de movimiento. Ese desajuste entre objeto y mundo es el punto de partida de una transformación profunda.

Es en ese momento histórico cuando aparece la figura de Louis Cartier, heredero y motor intelectual de una de las casas de joyería más influyentes de Europa: Cartier. Cartier no nació como una manufactura relojera en el sentido clásico. Su prestigio se había construido sobre la alta joyería, el dominio de los materiales preciosos y una clientela aristocrática y cosmopolita que incluía a la realeza europea y a las élites culturales de la Belle Époque. Sin embargo, Louis Cartier entendió algo fundamental: el lujo del futuro no podía limitarse a la ornamentación del pasado.

A diferencia de muchos joyeros de su tiempo, Cartier no concebía el objeto como un simple soporte decorativo. Para él, la forma debía responder a una función, y la función debía expresarse visualmente con claridad. Esta concepción, profundamente moderna, lo acercaba más a un diseñador industrial avant la lettre que a un artesano tradicional. En un momento en el que el reloj seguía siendo, en muchos casos, un movimiento estándar encerrado en una caja ricamente decorada, Cartier empezó a pensar el reloj como un todo coherente.

Louis Cartier.

Su interés por la relojería no surgió de una obsesión técnica por el mecanismo, sino de una preocupación estética y conceptual. Cartier no pretendía competir con las grandes manufacturas suizas en el terreno de la precisión absoluta. Lo que le interesaba era redefinir el objeto relojero: dotarlo de una identidad visual clara, de una presencia reconocible y de una adecuación real a la vida moderna. Para él, la caja, la esfera, las asas, la legibilidad y la relación con el cuerpo eran tan importantes como el calibre que latía en su interior.

Los primeros relojes creados bajo su dirección —todavía no de pulsera— ya anticipaban una ruptura con la tradición. Cartier comenzó a experimentar con formas geométricas poco habituales, con esferas limpias, numerales legibles y una distribución racional de los elementos. Frente al exceso decorativo heredado del siglo XIX, apostó por una elegancia contenida, casi arquitectónica, en la que cada línea cumplía una función.

Esta sensibilidad no era casual. Louis Cartier estaba profundamente imbuido del clima cultural de su tiempo. París, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, era un laboratorio de modernidad. El gusto por las líneas limpias, la geometría, la simetría y la funcionalidad elegante comenzaba a imponerse en las artes, la arquitectura y el diseño. Cartier supo traducir ese espíritu en objetos de lujo que no parecían anacrónicos, sino adelantados a su tiempo.

Pero, sobre todo, Cartier comprendió que el reloj no debía ser solo un objeto bello o preciso, sino un instrumento adaptado al cuerpo moderno. Esta idea —que hoy nos parece evidente— era revolucionaria en un momento en el que la mayoría de los relojes seguían pensándose como miniaturas portátiles, no como extensiones del movimiento humano. El reloj, en la visión de Cartier, debía integrarse en la acción, no interrumpirla.

Todo ello preparó el terreno para una innovación que no sería únicamente técnica, sino conceptual. Cuando surgió la necesidad concreta planteada por Santos-Dumont, Cartier ya había desarrollado el marco mental adecuado para responder a ella. No se trataba de añadir una correa a un reloj existente, sino de repensar por completo qué debía ser un reloj en la era de la velocidad, la máquina y la modernidad.

Louis Cartier no buscaba simplemente medir el tiempo. Buscaba darle una forma acorde con su época. Y en ese empeño, sin saberlo aún, estaba a punto de transformar para siempre la relación entre el individuo y el tiempo medido.

Santos-Dumont y el nacimiento del primer reloj de pulsera

La oportunidad decisiva para el nacimiento del reloj de pulsera moderno llegó de la mano de un personaje que encarnó como pocos el espíritu de su tiempo: Alberto Santos-Dumont. Reducir a Santos-Dumont a la figura de un simple piloto sería no entender su verdadera dimensión histórica. Fue, al mismo tiempo, ingeniero autodidacta, inventor, deportista, dandi parisino y celebridad mediática en una época en la que la técnica comenzaba a generar sus propios héroes. En los primeros años del siglo XX, cuando la aviación todavía se movía en el límite entre la ciencia, el espectáculo y la temeridad, Santos-Dumont se convirtió en un símbolo viviente de la modernidad.

A diferencia de otros pioneros del aire, Santos-Dumont no trabajaba en la sombra ni en entornos industriales cerrados. Volaba ante el público, en pleno París, sobre parques, bulevares y edificios emblemáticos. Sus vuelos eran acontecimientos sociales y culturales, seguidos por la prensa y comentados en cafés y salones. La aviación, en ese contexto, no era únicamente un desafío técnico: era una afirmación del dominio humano sobre el espacio, una promesa de futuro, una demostración tangible de que la velocidad y la máquina estaban destinadas a redefinir la experiencia humana.

Alberto Santos Dumont, uno de los pioneros de la aviación.

Ese carácter público y simbólico de la aviación explica por qué Santos-Dumont se convirtió en una figura clave para comprender la transición entre el siglo XIX y el XX. Volar significaba romper con los límites tradicionales del cuerpo humano. Pero también implicaba enfrentarse a problemas prácticos completamente nuevos. Uno de ellos era el tiempo.

En la aviación primitiva, medir el tiempo con precisión no era un lujo, sino una necesidad funcional. Los cálculos de distancia, velocidad y consumo dependían directamente de una medición temporal fiable. A diferencia del ferrocarril o de la navegación marítima, el piloto no podía permitirse distracciones ni gestos innecesarios. Cada movimiento contaba. Y sin embargo, el instrumento que durante décadas había servido para medir el tiempo personal —el reloj de bolsillo— resultaba inadecuado en la cabina abierta de una aeronave.

Sacar un reloj del chaleco implicaba soltar los mandos, apartar la vista, perder segundos preciosos. El gesto elegante y pausado del siglo XIX se volvía impracticable en el contexto de la máquina voladora. El tiempo, paradójicamente, se hacía inaccesible justo cuando se volvía más crítico. Este conflicto entre una tecnología nueva y un objeto heredado del pasado es clave para entender lo que ocurrió a continuación.

Fue en ese contexto cuando Santos-Dumont planteó el problema a su amigo Louis Cartier. No se trataba de una petición caprichosa ni de un encargo de lujo, sino de una necesidad concreta surgida de una práctica moderna. Cartier comprendió de inmediato que el problema no podía resolverse con una simple adaptación del reloj de bolsillo. No bastaba con añadir correas a un objeto pensado para otro uso. Lo que se necesitaba era una nueva tipología de reloj.

La respuesta de Cartier fue radical en su simplicidad: concebir un reloj pensado desde su origen para llevarse en la muñeca, visible de un solo vistazo, firmemente sujeto al cuerpo y suficientemente robusto como para soportar el movimiento, las vibraciones y las condiciones cambiantes del vuelo. Pero Cartier no se limitó a resolver un problema técnico. Como diseñador, entendió que ese nuevo objeto debía expresar visualmente la modernidad que representaba.

Así nació el Cartier Santos. Su diseño rompía de manera consciente con la tradición relojera dominante. La caja cuadrada, una rareza en un mundo de relojes redondos heredados del bolsillo, no era una excentricidad estética, sino una afirmación de funcionalidad y modernidad. Los tornillos visibles en el bisel, lejos de ocultarse, se convertían en parte del lenguaje visual del reloj, anticipando una estética industrial que más tarde se haría común, pero que en aquel momento resultaba profundamente innovadora. La correa integrada completaba la idea de un objeto pensado para formar una unidad con el cuerpo.

Alberto Santos y el primer Cartier de pulsera, el Cartier Santos.

El Santos no fue, conviene subrayarlo, el primer reloj que se colocó en una muñeca. Existían precedentes, sobre todo en relojes femeninos, concebidos más como joyas que como instrumentos. También hubo experimentos aislados en contextos militares. Sin embargo, el Santos fue el primero concebido desde su origen como un reloj de pulsera masculino, funcional, moderno y destinado a un uso activo. No era un reloj de bolsillo transformado, ni una joya adaptada: era una nueva categoría de objeto.

La importancia histórica del Cartier Santos no reside únicamente en su fecha de aparición, sino en el cambio conceptual que introdujo. Por primera vez, el reloj dejaba de ser un objeto que se consultaba ocasionalmente para convertirse en una presencia constante, integrada en el gesto, en el movimiento, en la acción. El tiempo ya no se buscaba; estaba ahí, disponible de manera inmediata. El cuerpo y el tiempo quedaban unidos de forma casi orgánica.

El Cartier Santos no solo resolvió un problema práctico de la aviación temprana. Anticipó una transformación mucho más profunda en la relación entre el individuo y el tiempo. El reloj dejaba de ser un símbolo de estatus guardado en el bolsillo para convertirse en un compañero permanente, visible, funcional y cargado de significado. Una pequeña máquina que anunciaba, en la muñeca de un aviador, la llegada definitiva de la modernidad para convertirse en una presencia constante, casi orgánica. El tiempo se integraba en el gesto cotidiano.

Del instrumento a la identidad: la revolución del reloj de pulsera

A partir del momento en que el reloj de pulsera demostró su utilidad práctica, la revolución fue rápida y, en muchos sentidos, irreversible. Si el Cartier Santos había nacido como respuesta a una necesidad concreta de la aviación temprana, el siglo XX se encargó de convertir el reloj de pulsera en una herramienta indispensable para millones de personas. El gran catalizador de ese proceso fueron las guerras.

Los conflictos armados del siglo XX transformaron radicalmente la relación entre el individuo, la técnica y el tiempo. La guerra moderna exigía coordinación, sincronización y rapidez. Las maniobras militares, los ataques coordinados, los movimientos de tropas y la artillería dependían de una medición precisa del tiempo compartido. En ese contexto, el reloj de pulsera ofrecía una ventaja decisiva frente al reloj de bolsillo: podía consultarse de inmediato, sin interrumpir la acción, sin soltar armas ni instrumentos.

Durante la Primera Guerra Mundial, el reloj de pulsera dejó de ser una rareza para convertirse en un equipamiento casi obligatorio. Su uso se extendió entre oficiales y soldados, consolidando definitivamente su legitimidad masculina. Lo que hasta entonces había sido percibido como un objeto poco viril o incluso femenino pasó a asociarse con valores como la eficacia, la disciplina y el sacrificio. El reloj de pulsera se integró en la experiencia bélica y, con ella, en la construcción de la masculinidad contemporánea.

Sin embargo, el triunfo del reloj de pulsera no se explica únicamente por su utilidad militar. Terminadas las guerras, el objeto no desapareció ni regresó al ámbito estrictamente funcional. Al contrario, se cargó de nuevos significados. El reloj de pulsera pasó de ser una herramienta a convertirse en un símbolo. Un símbolo de modernidad, de control del tiempo, de pertenencia a un mundo técnico y organizado.

En la sociedad industrial avanzada, el reloj dejó de marcar solo las horas. Marcaba también una forma de estar en el mundo. Llevar un reloj en la muñeca implicaba aceptar la lógica de la puntualidad, del rendimiento, de la planificación. El tiempo se volvía personal, pero también normativo. El reloj no solo acompañaba al individuo; lo disciplinaba.

A medida que avanzaba el siglo XX, esta dimensión simbólica se intensificó. El reloj de pulsera se transformó en un marcador de identidad. Ya no bastaba con llevar un reloj; importaba qué reloj se llevaba. La técnica, el diseño y la historia del objeto comenzaron a comunicar valores específicos: aventura, profesionalidad, exploración, éxito. El reloj se convirtió en un relato condensado en la muñeca.

Es en ese contexto donde surgen los grandes relojes icónicos del siglo XX. El Omega Speedmaster, inseparable de la epopeya lunar impulsada por Omega, no es solo un instrumento de medición temporal. Es un símbolo del triunfo de la técnica humana en uno de los entornos más hostiles imaginables. Su asociación con la exploración espacial lo elevó a la categoría de objeto histórico, cargado de una épica que trasciende su función original.

Del mismo modo, el Rolex Submariner no se limita a ser un reloj de buceo. Representa la conquista de las profundidades, la confianza en la ingeniería y la promesa de fiabilidad absoluta en condiciones extremas. Su diseño, repetido y reinterpretado durante décadas, ha acabado por definir lo que culturalmente entendemos como un “reloj herramienta”, incluso para quienes nunca se han sumergido bajo el agua.

James Cameron y su Rolex Sea-Dweller Deepsea.

Más recientemente, los relojes vinculados a la exploración abisal y a figuras como James Cameron han llevado esta lógica hasta sus últimas consecuencias. Descender a los puntos más profundos del océano con un reloj específico no responde ya a una necesidad estricta, sino a una afirmación simbólica: demostrar que el ser humano, acompañado de su tecnología, puede llevar el tiempo consigo incluso allí donde la vida parece imposible.

Todos estos relojes, tan distintos entre sí en apariencia y contexto, comparten una misma genealogía intelectual. Son impensables sin aquel primer gesto de Louis Cartier al aceptar que el tiempo debía integrarse en el cuerpo, acompañar la acción y hacerse visible sin esfuerzo. Son variaciones, cada una adaptada a su época y a su mito, de una idea original: que el tiempo no es algo externo que se consulta, sino algo que se porta.

En ese tránsito, el reloj de pulsera dejó de ser únicamente un instrumento. Se convirtió en una extensión de la identidad. Un objeto capaz de condensar biografía, aspiraciones y memoria colectiva. En la muñeca, el tiempo dejó de ser abstracto para volverse narrativo. Cada reloj cuenta una historia, no solo de horas y minutos, sino de modernidad, técnica y deseo de trascendencia.

La revolución del reloj de pulsera no fue, por tanto, solo tecnológica. Fue cultural. Transformó la manera en que los seres humanos se relacionan con el tiempo, con el cuerpo y con la idea misma de progreso. Y todo ello comenzó cuando alguien decidió que el tiempo debía poder mirarse sin soltar los mandos.

El tiempo atado a la muñeca

En última instancia, el Cartier Santos no es solo el primer reloj de pulsera de la historia en sentido moderno. Es el símbolo de un cambio profundo en la manera en que los seres humanos se relacionan con el tiempo. De un tiempo distante, público y sonoro pasamos a un tiempo íntimo, silencioso y personal. Un tiempo que no se escucha, sino que se mira. Un tiempo que no se impone desde una torre, sino que se asume como parte del individuo.

Quizá por eso el reloj de pulsera sigue ejerciendo una fascinación que va mucho más allá de su utilidad. En una era dominada por pantallas, notificaciones y relojes digitales omnipresentes, seguimos atándonos un objeto mecánico a la muñeca. No porque lo necesitemos, sino porque nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Y en ese gesto, consciente o no, sigue latiendo la herencia de aquel primer reloj creado para un aviador que necesitaba volar sin perder de vista el tiempo.

Publicidad del Cartier Santos, sobre el ala de un avión.

Todo empezó, al fin y al cabo, con el Cartier Santos.
Y nada volvió a ser igual después.

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¿Cuándo se empezó a navegar por placer y no por necesidad? El origen de la navegación de recreo

Hablar de “navegación de recreo” exige una precaución conceptual previa que no siempre se tiene en cuenta: el recreo no es una ausencia de trabajo, sino una forma histórica de organizar el tiempo. No toda sociedad conoce el recreo, ni todo tiempo no productivo es recreativo. El recreo aparece cuando una comunidad es capaz de separar una parte de su tiempo vital de la lógica inmediata de la subsistencia y del rendimiento, y de dotar a ese tiempo de un sentido propio, no instrumental.

En las sociedades preindustriales, el mar es un espacio eminentemente funcional. Navegar implica riesgo, esfuerzo y conocimiento especializado, y se hace por necesidad: para pescar, comerciar, guerrear o explorar. El barco es, ante todo, una herramienta, y su diseño responde de manera directa a su función. Incluso cuando alcanza formas refinadas, esa refinación está al servicio de la eficacia. El tiempo pasado a bordo no se elige: se acepta.

Desde esta perspectiva, la navegación de recreo no puede surgir mientras el mar siga siendo un territorio de obligación. Para que aparezca una relación electiva con el mar es necesario un cambio profundo en la estructura social del tiempo: la posibilidad de no navegar y, aun así, vivir. Ese umbral no se cruza de manera homogénea ni simultánea; aparece primero en grupos sociales concretos y se manifiesta de formas ambiguas.

En la Europa moderna, especialmente a partir de los siglos XVII y XVIII, comienza a observarse una transformación lenta pero decisiva. El desarrollo del comercio marítimo, la consolidación de los Estados modernos y la acumulación de capital permiten que determinadas élites se relacionen con el mar de una manera distinta. No porque dejen de depender de él, sino porque pueden dominarlo sin exponerse directamente.

Es en este contexto cuando aparecen las primeras embarcaciones destinadas explícitamente al ocio, aunque todavía no al recreo en sentido pleno. Los primeros yates modernos no nacen como espacios de experiencia compartida, sino como objetos de representación. Navegar sin una finalidad económica inmediata se convierte en un signo de distinción. El barco deja de ser solo un medio y pasa a ser un símbolo.

Esta apropiación simbólica del mar no implica todavía democratización alguna. Al contrario, fija una frontera. El mar, que durante siglos había sido un espacio común —aunque peligroso—, comienza a codificarse como escenario exclusivo. Los clubes náuticos, las regatas privadas y las embarcaciones de recreo aristocráticas no abren el mar: lo reordenan socialmente.

Desde el punto de vista histórico, este momento es importante no porque funde la navegación de recreo, sino porque construye el imaginario que la rodeará durante mucho tiempo: el mar como espacio de privilegio, el barco como signo de clase, la navegación como actividad excepcional. Este imaginario, nacido en la Edad Moderna, seguirá proyectándose durante los siglos siguientes y aún condiciona la percepción contemporánea de la náutica.

El Romanticismo introduce un cambio cualitativo en esta relación. A finales del siglo XVIII y durante el XIX, el mar deja de ser únicamente un espacio de dominio o de representación y comienza a ser pensado como experiencia interior. La sensibilidad romántica transforma el paisaje marítimo en un lugar de confrontación con lo sublime, con lo infinito y con el límite humano. El mar ya no es solo útil ni decorativo: es significativo.

Auf dem Segler, de Caspar David Friedrich (1818).

Este giro cultural es fundamental para la historia del recreo. Por primera vez, la relación con el mar se legitima desde la subjetividad. No se navega únicamente para mostrar poder o destreza, sino para sentir, para enfrentarse a lo indeterminado, para experimentar una forma de libertad que no puede reducirse a la utilidad. El ocio comienza a adquirir una dimensión moral y existencial.

Sin embargo, esta transformación sigue siendo, en gran medida, elitista. El Romanticismo marítimo se expresa en la literatura, en la pintura, en los viajes de formación y en las travesías excepcionales. El barco romántico es todavía un objeto singular, no una herramienta cotidiana. La navegación se vive como acontecimiento, no como hábito.

Aun así, este momento es decisivo porque introduce una idea que será central en la navegación de recreo posterior: navegar puede tener sentido por sí mismo, independientemente de su resultado material. El mar empieza a ser un lugar al que se va no solo para llegar a otro sitio, sino para estar.

En la segunda mitad del siglo XIX, esta sensibilidad se canaliza parcialmente a través del deporte. La regata moderna surge como una forma de ordenar el ocio marítimo dentro de reglas, calendarios y jerarquías. La competición permite legitimar el tiempo no productivo: se navega “por nada”, pero ese “nada” se traduce en prestigio, reconocimiento y clasificación.

Desde una perspectiva histórica, la regata cumple una doble función. Por un lado, contribuye al desarrollo técnico y al perfeccionamiento de los diseños navales. Por otro, mantiene la navegación de recreo dentro de un marco social controlado, evitando que se convierta en una práctica verdaderamente popular. La regata es abierta en teoría, pero selectiva en la práctica.

Durante este período, la navegación de recreo sigue siendo minoritaria, pero comienza a estructurarse. Aparecen tipologías, normas, escuelas, publicaciones especializadas. El ocio marítimo deja de ser improvisado y empieza a institucionalizarse. Sin embargo, sigue sin resolverse la cuestión central: cómo hacer del mar un espacio accesible y repetible.

Será en el tránsito del siglo XIX al XX cuando se produzca el desplazamiento decisivo. La industrialización, la urbanización y las luchas sociales por el tiempo libre introducen una novedad histórica radical: el ocio deja de ser privilegio de unos pocos y comienza a integrarse, lentamente, en la vida de sectores más amplios de la sociedad.

Este proceso no es inmediato ni uniforme, pero tiene consecuencias claras. El tiempo libre se estructura —aparecen el fin de semana, las vacaciones— y el ocio se vuelve planificable. En este nuevo marco, la navegación de recreo ya no puede depender de barcos excepcionales ni de gestas puntuales. Necesita artefactos estables, asumibles, repetibles.

Un ejemplo notable ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la frontera entre navegación profesional, militar y recreativa se volvió porosa de forma abrupta. En la evacuación de Dunkerque en 1940, la carencia de medios adecuados por parte de la Royal Navy para operar en aguas someras y playas abiertas obligó a recurrir a una flota improvisada de embarcaciones civiles. Barcos de recreo, pesqueros costeros, remolcadores, barcazas fluviales y pequeñas lanchas privadas fueron movilizados —en muchos casos por iniciativa directa de sus propietarios— para transportar tropas desde la costa hasta los buques de mayor porte fondeados mar adentro. Estas embarcaciones, concebidas para el ocio, el trabajo local o el tráfico menor, demostraron una capacidad de adaptación extraordinaria en un contexto extremo, precisamente porque estaban pensadas para operar cerca de la costa, maniobrar en espacios reducidos y ser gobernadas por tripulaciones mínimas con profundo conocimiento práctico del medio.

Desde una perspectiva histórica, este episodio tiene un valor que va más allá de lo estrictamente militar. La llamada flotilla de “pequeños barcos” reveló hasta qué punto la cultura marítima civil —incluida la navegación de recreo— había generado, ya a comienzos del siglo XX, una reserva de conocimiento, técnica y autonomía distribuida en la sociedad. Muchos de aquellos patrones no eran marinos profesionales, sino aficionados experimentados, pescadores locales o propietarios de embarcaciones privadas que asumieron riesgos considerables movidos por una combinación de deber cívico, iniciativa personal y familiaridad con el mar. Dunkerque demuestra así que el barco pequeño, mantenido y gobernado por particulares, no solo fue un instrumento de ocio o de subsistencia, sino también un recurso estratégico inesperado. En términos de historia del recreo marítimo, este episodio subraya una idea fundamental: la democratización del acceso al mar no solo amplía el campo del placer y del aprendizaje, sino que crea una capacidad social latente, capaz de activarse cuando las circunstancias lo exigen.

Fotograma de la película Dunkerque (2017) de Christopher Nolan.

Dejando al lado el heroico episodio de Dunkerque, y siguiendo desde el punto de vista histórico, es aquí donde se sientan las bases reales de la democratización náutica. No por una ideología explícita, sino por una convergencia material: la existencia de tiempo libre, el desarrollo de técnicas constructivas en serie y la difusión social del conocimiento náutico.

En ese cruce aparece el velero de crucero pequeño como objeto histórico nuevo. No es un yate aristocrático ni un barco de regata pura. Es un artefacto pensado para el uso frecuente, para la familia, para la repetición. Su valor no reside en su excepcionalidad, sino en su capacidad de sostener una práctica continuada.

Antes de entrar de lleno en ese barco “posible”, conviene señalar una tensión que organiza gran parte del imaginario náutico del siglo XX y que atraviesa todo el desarrollo posterior del recreo marítimo. Esa tensión puede formularse en tres polos:

  • El recreo como comodidad, asociado al confort, al descanso y a la domesticación del mar.
  • El recreo como desafío, vinculado a la aventura, la regata y la superación del límite.
  • El recreo como relato, donde la navegación se convierte en narrativa, en símbolo y en espectáculo.

Estas tres formas coexisten, se solapan y, a veces, se contradicen. No todas producen la misma cultura ni los mismos efectos históricos. Precisamente por eso, las figuras de Bernard Moitessier, Éric Tabarly y Donald Crowhurst resultan tan esclarecedoras: no como personajes aislados, sino como tipos históricos que encarnan respuestas distintas a una misma pregunta moderna: qué significa navegar cuando ya no es necesario hacerlo.

Moitessier y el recreo como retirada: navegar para abstraerse

La figura de Bernard Moitessier es decisiva no solo por sus travesías, sino por lo que su caso obliga a pensar: hay una forma de recreo que no consiste en “descansar”, sino en abstraerse. Su relación con el mar, tal como quedó fijada en su escritura y en la memoria náutica posterior, se sitúa en el extremo opuesto de la navegación como consumo. No se trata de ir al mar a “tener una experiencia”, sino de aceptar el mar como régimen de vida —con sus reglas, su lentitud, su monotonía y su exigencia— y, desde ahí, desplazar el centro de gravedad de la existencia.

Moitessier en el Joshua.

Su velero Joshua se convirtió en un emblema precisamente por eso: porque encarnaba un ideal de suficiencia, de autonomía y de coherencia técnica. No era un barco concebido para impresionar, sino para sostener una vida a bordo sin depender de infraestructuras externas. En Moitessier, el recreo no se define por el confort, sino por una forma de libertad negativa: libertad entendida como reducción, como simplificación voluntaria. Ese gesto, históricamente, es importante porque reorienta la narrativa del ocio náutico: demuestra que el mar puede ser buscado por razones que no son ni la ostentación ni el deporte, sino la construcción de un margen vital.

Moitessier fue, ante todo, un navegante que rechazó de manera explícita la lógica del éxito moderno cuando esta entraba en conflicto con su comprensión del mar y de la existencia. Su decisión de abandonar la Golden Globe Race cuando tenía la victoria prácticamente asegurada no puede interpretarse como una excentricidad romántica, sino como una derrota deliberada frente a un sistema de valores que no compartía. A partir de ese gesto, su vida quedó marcada por una ética de la suficiencia, la reducción y la atención al entorno: navegar despacio, con medios limitados, aceptando la dependencia del viento y del tiempo como condiciones no negociables. Sus logros —circunnavegaciones, travesías en solitario, una obra escrita de enorme influencia— conviven inseparablemente con sus fracasos materiales, sus dificultades económicas y una progresiva marginalidad respecto a la náutica institucionalizada. Moitessier no buscó integrar su experiencia en un sistema deportivo, técnico o comercial; eligió, por el contrario, situarse en los márgenes, donde la navegación se convierte en forma de vida antes que en disciplina.

El final de Moitessier fue coherente con esa trayectoria de retirada consciente. Tras años de vida austera en el Pacífico, marcada por problemas de salud y por un progresivo alejamiento del mundo editorial y mediático, murió el 16 de junio de 1994 en París, a consecuencia de un cáncer. No falleció en el mar ni durante una travesía, sino en tierra, lejos de cualquier épica, después de haber pasado buena parte de su vida reduciendo su dependencia de todo aquello que consideraba superfluo. Desde una perspectiva histórica, su muerte subraya una paradoja significativa: Moitessier no fue un héroe trágico ni un mártir del océano, sino un hombre que sobrevivió al mar durante décadas y eligió conscientemente cómo y desde dónde vivir. Su legado no reside en una técnica concreta ni en una tipología de barco, sino en una pregunta incómoda que sigue vigente: qué significa navegar cuando ya no se navega para llegar antes que otros, sino para permanecer fiel a una forma de estar en el mundo.

Si se mira desde una historia social del ocio, Moitessier representa una tensión clásica de la modernidad tardía: el recreo como rechazo del ritmo industrial y urbano. No es un héroe “romántico” en sentido superficial, sino un caso-límite que revela que la navegación de recreo puede funcionar como práctica filosófica, no como entretenimiento.

Tabarly y el recreo como laboratorio: regata, técnica y dificultad

Éric Tabarly representa otra genealogía: la del recreo que se organiza alrededor de la competencia y del progreso técnico. Con Tabarly, la regata deja de ser un mero juego de élite y se convierte en un dispositivo cultural que acelera la innovación: materiales, aparejos, soluciones de cubierta, formas de casco, todo se somete a prueba bajo presión real.

Los Pen Duick importan aquí no como “barcos famosos”, sino como serie histórica: cada uno condensa problemas y respuestas de su época, y Tabarly aparece menos como propietario que como operador técnico. Lo característico de su caso es la dificultad de concebir y construir: la navegación deportiva oceánica, cuando se toma en serio, no admite improvisación. Exige financiación, oficio, iteración, a veces fracaso. La leyenda de la regata suele borrar ese trabajo y quedarse con la imagen final del barco triunfante; un ensayo histórico serio debe devolver el espesor al proceso: diseñar, construir, ajustar, romper, rehacer.

Tabarly bajando un foque para, posteriormente, ajustar un spi.

La trayectoria de Éric Tabarly ocupa un lugar singular en la historia marítima europea del siglo XX porque articula, como pocas, tres dimensiones que rara vez convergen con tanta claridad: la innovación técnica, la legitimación cultural de la vela oceánica y la difusión social del conocimiento náutico. Tabarly no fue únicamente un navegante excepcional, sino un constructor de sentido histórico. Con los distintos Pen Duick transformó la regata oceánica en un laboratorio permanente, donde cada victoria iba acompañada de avances concretos en diseño, aparejo y metodología de navegación. Ganador de la Transat en solitario, protagonista central del renacimiento de la vela francesa de posguerra y figura clave en la profesionalización moderna de la navegación de recreo y competición, su influencia excede ampliamente el palmarés deportivo. Tabarly contribuyó decisivamente a que la vela dejara de percibirse como un vestigio romántico o aristocrático y pasara a entenderse como una disciplina técnica exigente, abierta a la innovación y compatible con una cultura democrática del mar.

Su muerte, sin embargo, estuvo desprovista de cualquier épica pública. El 12 de junio de 1998, Éric Tabarly cayó al mar de noche, sin chaleco salvavidas, desde la cubierta del Pen Duick I mientras navegaba frente a las costas de Irlanda. El barco continuó su rumbo y el cuerpo no fue recuperado hasta varios días después. La escena final resulta casi paradigmática: no una derrota deportiva ni una tragedia espectacular, sino un accidente silencioso, ligado a la práctica cotidiana de la navegación. Tabarly murió como había vivido gran parte de su vida adulta: a bordo de un velero, en tránsito, en condiciones reales, sin mediación simbólica. Desde una perspectiva histórica, su final subraya una constante del mar que él nunca ocultó: por mucha técnica, experiencia o prestigio acumulados, la navegación sigue siendo un espacio donde el riesgo no desaparece, solo se gestiona. Esa coherencia final —entre vida, oficio y muerte— explica en buena medida por qué su figura sigue ocupando un lugar central y respetado en la memoria marítima contemporánea.

En términos de cultura del recreo, Tabarly muestra que el ocio náutico puede ser una disciplina rigurosa: el placer existe, pero es un placer mediado por la exactitud. La regata, lejos de ser un capricho, opera como forma de conocimiento: obliga a medir, a comparar, a objetivar. Y por eso su influencia se filtra hacia abajo. Muchas soluciones que más tarde aparecen en el crucero “normal” —en barcos familiares y asequibles— han pasado antes por la criba de la competición.

Crowhurst y el reverso del recreo: cuando la voluntad y la temeridad sustituyen al conocimiento

El caso de Donald Crowhurst introduce un tercer modo histórico, más incómodo pero imprescindible: el recreo como escenario de autoengaño y colapso. Crowhurst no encarna el espíritu aventurero disciplinado, sino el riesgo estructural de una época: la época en que el desafío oceánico se convierte en espectáculo y, por tanto, en promesa social. La regata deja de ser solo práctica náutica y pasa a ser posibilidad de ascenso simbólico.

Su historia suele contarse como tragedia personal, pero históricamente es algo más: revela lo que sucede cuando la lógica del trofeo, del patrocinio y de la expectativa pública se impone sobre la preparación. El amateurismo no es, en sí mismo, un problema; la navegación está llena de amateurs competentes. El problema aparece cuando la competencia técnica requerida no se reconoce, o se suplanta por confianza, urgencia o necesidad de demostrar. En ese contexto, el barco “imposible” no es un accidente anecdótico, sino el síntoma de una contradicción: la del desafío oceánico convertido en evento mediático.

Donald Crowhurst a bordo del trimarán Teignmouth Electron.

La participación de Donald Crowhurst en la Golden Globe Race de 1968 constituye uno de los episodios más complejos y perturbadores de la historia de la navegación de recreo y de la regata oceánica. Crowhurst no era un marino profesional ni un navegante oceánico experimentado, sino un ingeniero autodidacta, empresario frágil y profundamente convencido de que el progreso técnico y la voluntad podían compensar la falta de oficio. Para financiar su participación empeñó prácticamente todos sus bienes, comprometió la estabilidad económica de su familia y se apoyó en patrocinadores a los que prometió innovaciones tecnológicas que nunca llegaron a materializarse plenamente. Su trimarán, concebido como una solución avanzada y revolucionaria, resultó estructuralmente inadecuado para la navegación oceánica. Sin embargo, más allá de la precariedad técnica, lo que define su empresa es un afán genuino de superación: Crowhurst creía que el mar podía ser conquistado mediante ingenio, optimismo y determinación personal. Su filosofía náutica —ingenua, voluntarista, profundamente moderna— estaba marcada por la idea de que el desafío, por sí mismo, otorgaba legitimidad, incluso cuando el conocimiento y la experiencia no acompañaban.

Cuando comprendió que no podía completar la vuelta al mundo y que regresar supondría una ruina personal y familiar irreversible, Crowhurst optó por una huida simbólica: comenzó a falsificar posiciones, construyendo una travesía imaginaria paralela a su navegación real en el Atlántico Sur. Esa mentira, inicialmente defensiva, se convirtió progresivamente en un sistema cerrado del que ya no pudo salir. Sus diarios muestran con claridad el deterioro psicológico de un hombre atrapado entre la expectativa pública, la culpa privada y una concepción casi mística de su propio papel. En julio de 1969, su trimarán fue hallado a la deriva; Crowhurst había desaparecido en el océano, presumiblemente arrojándose al mar. Su muerte no fue el resultado directo de una tormenta ni de un fallo técnico inmediato, sino el desenlace de una tensión insostenible entre ambición, autoengaño y soledad. Su legado es incómodo pero fundamental: Crowhurst encarna el límite extremo del recreo convertido en espectáculo, y su historia sigue funcionando como advertencia histórica sobre lo que ocurre cuando la narrativa del desafío suplanta al conocimiento, y cuando el mar —indiferente a la voluntad— exige cuentas que no admiten ficción.

En un artículo sobre la náutica de recreo como este, Crowhurst funciona como advertencia histórica: el mar tolera mal la narrativa. La narrativa puede impulsar, pero no sustituye al conocimiento, al diseño prudente, a la elección de un barco coherente con los medios y con la experiencia de quien lo gobierna.

Si se colocan estas tres figuras en serie, el panorama se ordena, y Moitessier nos muestra que el recreo puede ser renuncia, abstracción y suficiencia; Tabarly, que el recreo puede ser técnica, método, mejora y forma de vida; y Crowhurst nos enseña que el recreo, cuando se contamina de expectativa y atajo, puede volverse destructivo.

Y es precisamente aquí donde el ensayo debe volver al terreno de lo estable: al barco que no depende de gestas, ni de laboratorio extremo, ni de relato mediático, sino de uso repetido. Ese barco, en la segunda mitad del siglo XX, tiene un tamaño y una lógica bastante definibles.

El velero de crucero contenido como artefacto social: siete u ocho metros y una economía doméstica

La democratización de la navegación de recreo no se comprende desde los grandes yates ni desde la regata oceánica de élite, sino desde una tipología intermedia: el velero de crucero pequeño, capaz de sostener vida a bordo un fin de semana y, al mismo tiempo, mantenerse sin convertir la propiedad en un sistema empresarial.

El rango de siete u ocho metros se vuelve histórico por razones objetivas:

  1. Manejabilidad: un barco así puede gobernarse con dos personas, incluso con experiencia moderada, sin que la maniobra se convierta en riesgo crónico.
  2. Costes con proporcionalidad: amarre, varada, velas, antifouling y pequeñas reparaciones permanecen dentro de una escala que muchas economías familiares pueden asumir, especialmente en mercado de ocasión.
  3. Habitabilidad suficiente: sin lujo, pero con la mínima arquitectura de vida: literas, estiba, un espacio para cocinar y resguardarse.
  4. Aprendizaje real: en estos barcos se aprende navegación, meteorología práctica, fondeo, rutinas de mantenimiento y cultura del mar sin el colchón excesivo de la automatización o del tamaño.

En otras palabras: es el tamaño que produce cultura, porque produce repetición. Y esa repetición —salir, regresar, ajustar, reparar, volver a salir— es la condición material de la democratización.

El Mallard Rêve de Mer: historia de un crucero familiar nacido para durar

Aquí entra, por derecho, el Mallard Rêve de Mer. Si el ensayo necesita un ejemplo que encarne esa tipología, este lo hace con especial eficacia: no como “barco mítico”, sino como barco históricamente representativo de una concepción del crucero familiar que se estabiliza entre los años sesenta y ochenta en la fachada atlántica francesa.

Publicidad de los astilleros Mallard, en La Rochelle (Francia).

La Rochelle no es un detalle geográfico decorativo. Es un nodo histórico de construcción y práctica náutica en el Atlántico francés: mar exigente, mareas, costa que obliga a pensar refugios y ventanas meteorológicas. Un barco concebido ahí, para uso familiar y repetido, tiende a incorporar una idea de robustez y de prudencia que no siempre se encuentra en diseños pensados para aguas más complacientes o para un uso más ocasional.

El Mallard Rêve de Mer nace como pequeño crucero de fin de semana —en el sentido literal: barco para salir con frecuencia, no para planificar una gran campaña anual—. Esa función moldea todo: proporciones, distribución interior, soluciones de cubierta, sencillez del conjunto.

El 7º Rêve de Mer construido, Iguana de 1972, con numerosas modificaciones, en 2025.

Sin entrar en una ficha técnica -que además varía por unidades, refits y configuraciones-, lo que importa históricamente es la coherencia: un velero de alrededor de siete metros largos, manga moderada, desplazamiento que ofrece sensación de barco “plantado”, y un plan vélico pensado para equilibrar rendimiento razonable y control.

Esto se traduce, en la práctica, en tres efectos: comportamiento noble, tolerancia al error y mantenimiento comedido.

El interior de estos cruceros de época no debe juzgarse con categorías contemporáneas de “espacio” o “volumen”. Su lógica es otra: hacer habitable lo necesario. Una pareja -y, con ajustes, una familia- puede dormir, preparar comidas simples, almacenar equipo, pasar mala mar resguardada. No es un apartamento, pero casi.

Y esto, en un ensayo histórico, es decisivo: la democratización del mar no exige lujo; exige posibilidad de permanencia. El Mallard es un ejemplo de esa permanencia mínima: permite que el fin de semana no sea solo navegación diurna, sino experiencia completa -salida, fondeo o noche en puerto, regreso-.

En el período de los años sesenta, setenta y ochenta, el Rêve de Mer encaja en un ecosistema social que lo necesita: familias que incorporan el mar o la caravana a sus vacaciones o escapadas de fin de semana; clubes y puertos náuticos, algunos elitistas, en los que prolifera la afición y se vuelve comunitaria; y una evidente cultura material en la que el barco se concibe como un bien de «lujo» y duradero.

En ese marco, un crucero pequeño, robusto y honesto no es un “producto”: es un instrumento de vida. Su virtud no es sobresalir, sino aguantar y repetir.

La razón contemporánea es distinta pero convergente. Hoy el Rêve de Mer -y el resto de Mallards, Pumas, Furias, Diones, etc.- se vuelve ejemplar por cuatro factores:

  1. Acceso económico: la caída relativa de precios en segunda mano ha permitido que barcos que en su día fueron aspiracionales de clase media hoy sean entrada real para nuevos navegantes.
  2. Prestación suficiente: en navegación costera, el “suficiente” es crucial; no se necesita un barco extremo para construir experiencia.
  3. Costes controlables: el tamaño limita la escalada presupuestaria y hace viable el mantenimiento sin profesionalización permanente.
  4. Robustez de época: muchas unidades conservan una estructura y una lógica constructiva pensadas para durar, no para rotar.

En un ensayo histórico, esta convergencia tiene un valor argumental fuerte: el Rêve de Mer permite afirmar que la democratización no es solo un fenómeno de mercado, sino una continuidad material de diseños adecuados.

La navegación de recreo, en su sentido más sólido, no empieza en el yate de excepción ni en la hazaña mediática. Empieza cuando la navegación se vuelve repetible y socialmente transmisible: cuando un saber de mar pasa de mano en mano, y cuando el barco se convierte en un medio proporcionado entre técnica, tiempo libre y economía.

Moitessier, Tabarly y Crowhurst muestran tres extremos del recreo moderno —retirada, laboratorio, colapso—. El Mallard Rêve de Mer muestra, en cambio, la zona media histórica: la zona donde el mar deja de ser mito y se vuelve práctica; donde el ocio no es representación, sino continuidad.

Si el propósito de este artículo, o mini ensayo, es desmitificar la náutica como asunto de ricos, el argumento más eficaz no es moral ni retórico: es histórico y material. La historia del recreo marítimo se sostiene, sobre todo, en barcos de escala humana.

BIBLIOGRAFÍA

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Museo del Castillo de San Jorge en Sevilla

Castillo de San Jorge desde el Puente de Isabel II. Fuente: El Correo de Andalucía.

En una ciudad universal como Sevilla, uno de los enclaves más importantes de Europa entre los siglos XV y XVIII, puerto de Indias, cuna del Siglo de Oro, y una de las sedes más importantes de la Inquisición española, una persona -ya sea local, adoptivo, de paso, o turista-, espera encontrar una oferta cultural amplia que vaya más allá de los cuatro tablaos flamencos, sin menospreciar a uno de los patrimonios inmateriales más importantes que tiene España, o el tirador de Cruzcampo Glacial en la tasca de turno.

Que los museos ordinarios están de capa caída no es noticia, ni tampoco lo es que la pandemia ocasionada por COVID-19 ha dado al traste con muchos de los proyectos que se pretendían acometer a este respecto, tanto en la capital hispalense como en el resto de la península. Sin embargo, algunos museos, sobre todo aquellos con más proyección, o con mejor dirección, han aprovechado este periodo de «pausa» y de «calma chicha» para reinventarse o acometer reformas, de cara a ofrecer al visitante una nueva experiencia, acorde a los preceptos de la museología y la museografía del siglo XXI, y también con todos los protocolos de minimización del riesgo de contagio implementados.

Para encontrar casos de museos que hayan «hecho sus deberes» a este respecto no hay que irse muy lejos, hay muchos dentro de España, y aunque la pandemia ha podido dar al traste con los números de muchos de ellos, siguen manteniendo su actividad, como es el caso del increíble Museo Nacional de Arte Romano, en Mérida (España), o incluso el Museo de Huelva (España), cuya colección y disposición resultan tremendamente interesantes.

En el otro lado de la balanza se encuentran catástrofes museográficas de la talla del Castillo de San Jorge (Sevilla, España). Un espacio dedicado, enteramente, a lo que fue el imponente castillo que funcionó como sede del temido Tribunal del Santo Oficio, la Inquisición, durante más de tres siglos. Cuando un proyecto tan interesante como este carece de promoción, de nulo interés por parte de autoridades y administraciones, de poco presupuesto y de una nefasta dirección pues nos damos de bruces con un engendro, sin personal cualificado, sin mantenimiento y sin casi visitantes que debería estar cerrado y, al menos, no generar gasto de algún tipo.

Inicio de la Visita.

Y esto no va de política exclusivamente, de hecho, va de todo lo contrario. Aunque el Museo del Castillo de San Jorge dependa de la Junta de Andalucía, ninguno de los gobiernos autonómicos que se han sucedido a lo largo de décadas en el Palacio de San Telmo, ha tenido la visión ni la sensibilidad de dotar a Sevilla de un Museo sobre la Inquisición española como la capital hispalense merece. Máxime cuando dicha Institución se fundó en Sevilla en el año 1478, promovida por Alonso de Ojeda y los Reyes Católicos, y en 1481 se trasladó al citado Castillo de San Jorge, donde permaneció hasta 1785, debido a que este se encontraba en ruinas. Prácticamente como ahora.

Maqueta del Castillo original, situada a la entrada del Museo.

Su horario de apertura es de lunes a viernes de 9:00h a 13:30h, y de 15:30h a 20:00h. Sábados, domingos y festivos de 10:00h a 14:00h. Y su entrada, por suerte para el visitante, es completamente gratuita.

En su día, tanto la dirección del Museo como la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, concibieron al Museo del Castillo de San Jorge como un espacio en el que reflexionar acerca de la tolerancia. Esa tolerancia que la propia Inquisición no ejerció en ningún momento, y cuyo germen encuentra su explicación en una expropiación salvaje disfrazada, al menos en un inicio, de ultracatolicismo y antisemitismo.

Sin lugar a dudas, fueron tiempos oscuros, a todos los efectos, sobre todo para muchas minorías religiosas, como los judíos o los moriscos. No obstante, la Inquisición siempre tuvo clara su hoja de ruta, que no era más que hacer caja a costa de criptojudíos, supuestos protestantes y moriscos, aunque de estos últimos pudieron rascar algo menos.

Interior del Museo del Castillo de San Jorge en marzo de 2021.

Sea como fuere, y al menos ya puestos en contexto, si el Museo quiere transmitir ese ambiente oscuro, inseguro y extraño, lo hace a la perfección. A la nula iluminación, no por diseño, sino por falta de mantenimiento, se le añaden una humedad sofocante, continuas goteras, y un olor a «pescaito frito» proveniente del Mercado de Triana, que se sitúa justo encima del Museo. La verdad que, cuando uno entra, no sabe bien si va a ver un Museo sobre la Inquisición, o directamente lo llevan al cadalso.

Tanto la disposición como la filosofía del Museo del Castillo de San Jorge son extrañas. El visitante recorre las ruinas del antiguo castillo de una punta a otra, pero el recorrido y lo que se muestra en el mismo no se encuentra bien explicado ni contextualizado. De hecho, llama la atención que en las diferentes representaciones artísticas que existen del Castillo al inicio de la visita, en ninguna de ellas se mencione, siquiera, al autor/a de las mismas, y en ocasiones solo las fechas.

Una vez se discurre por el primer tramo, el visitante entra de lleno en el grueso de la exposición, que son las restauradas ruinas de lo que, otrora, fue el castillo y temida sede del Tribunal del Santo Oficio en Sevilla. De hecho, al visitante no se le contextualiza en absoluto, se da por hecho que está accediendo a lo que un día fue la sede de la Inquisición, pero no a que el castillo, originalmente, se trató de una fortaleza musulmana y que, posteriormente, tras la Reconquista de Sevilla, sería defendido por la Orden Militar de San Jorge, hasta el establecimiento de la Inquisición en el mismo en 1481.

Como la mayor parte de fortalezas árabes, y es algo que podemos observar perfectamente en lugares como el Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba (España) o en la famosa ciudad de Medina Azahara, también en Córdoba (España), era una especie de ciudadela que el Santo Oficio supo aprovechar muy bien. Esto se intenta explicar mediante panelería a lo largo de la visita, sin embargo, las pésimas condiciones del Museo impiden que el visitante pueda acceder a parte de la información in situ, ya que esta se encuentra desaparecida o deteriorada.

De hecho, durante la visita, en marzo de 2021, solo uno de estos paneles interactivos funcionaba, y el resto de ellos o bien se encontraban inactivos, o bien desaparecidos. El resto de paneles, como el de famosas víctimas de la Inquisición, albergan demasiada información en un espacio muy reducido y con una pésima impresión. Todo un ejercicio de desidia museológica y museográfica.

Si tienes gafas, llévatelas, porque la minúscula letra de esos paneles es la única que ofrece algo de información acerca de la Inquisición y del Castillo de San Jorge.

Avanzamos por parte de la muralla, la casa del portero, las cuadras, la cocina, bodegas o la casa del primer inquisidor, la única en la que la panelería interactiva funciona de forma correcta.

La visita finaliza también entre tinieblas, y sin un camino bien trazado. En este último tramo, la dirección del Museo del Castillo de San Jorge ha tenido a bien intentar que el visitante reflexione, no acerca del pésimo estado del Museo, sino acerca de las atrocidades cometidas por la Inquisición. Un ejercicio que estaría mejor resuelto si se hubiese puesto en contexto al visitante de forma previa y, sobre todo, si el olor a pescado frito del Mercado de Triana no se colase de forma tan evidente por la puerta de salida.

El Museo del Castillo de San Jorge es un museo que llama la atención, pero para mal. Una auténtica vergüenza para la ciudad de Sevilla, para la historia de España y para el dinero del contribuyente. Heródoto & Cía no es un foro de opinión, es un portal dedicado exclusivamente a la Historia, es por ello que este deliberado ataque hacia nuestra historia y patrimonio no merece más que estas palabras de denuncia. Porque para tener un «museo» en este estado, mejor tenerlo cerrado.

La Inquisición española en tiempos de Felipe V

El cambio de dinastía en la monarquía hispánica fue crucial para el Tribunal del Santo Oficio, a pesar de que determinados autores consideren que dicha institución permaneció prácticamente inalterada desde 1700 hasta la llegada de Napoleón a la Península Ibérica.[1] Lo cierto es que, con la llegada de Felipe de Anjou -en adelante Felipe V-, se introdujeron tímidamente pensamientos ilustrados que cuestionarían la Inquisición paulatinamente, con su máximo exponente durante el reinado de Carlos III. A pesar de que Felipe V era consciente de la importante arma política y religiosa que constituía el Santo Oficio, este inició un proceso de liquidación a través de la, práctica, indiferencia hacia la Inquisición. El nuevo rey se centró más en fundar instituciones dedicadas a las ciencias o las letras que en dar cobijo a aquellas herméticas y cuestionables. Con el cambio de los Austrias a los Borbones se acusa una importante pérdida de influencia, sobre todo con la reforma de los Consejos, que pasarían a un segundo plano en favor de las Secretarías de Estado. La falta de objetivos, al margen de los intelectuales ilustrados, hizo que perdiese mucho poder y notoriedad en el día a día.[2]

Representación calcográfica de Felipe V en la obra «Crisol de la española lealtad: por la religion, por la ley, por el Rey y por la patria que ofrece y dedica el coronel de infanteria española reformado D. Thomas de Puga y Rojas» (1708). Biblioteca Nacional de España (Madrid, España).

Con la llegada de Felipe V, y a partir de su reinado, la Inquisición española se centró sobre todo en la censura y prohibición de libros. Esto no quiere decir que no se siguiesen realizando autos de fe, pero la importancia de ellos, así como el número de víctimas, decayó notablemente debido a la llegada de los monarcas de origen francés al trono hispánico. Así pues, y pese a su evidente decadencia, la Inquisición no fue tratando exclusivamente asuntos religiosos, sino que comenzó a abarcar asuntos de moralidad pública y censura de libros u obras de arte. Esto suponía la intromisión en la vida privada de los individuos de los territorios hispánicos más allá del aspecto meramente religioso.[3]

Felipe V estuvo casi la mitad del siglo XVIII reinando de una forma u otra, y fue a él a quién le tocó lidiar en la pugna de competencias con el Papa y la Iglesia Católica. Este siglo se caracterizó por una mayor independencia de las monarquías al respecto de Roma, y una de ellas fue precisamente la hispánica.[4] En esta ecuación entraba también el Santo Oficio, el cual miraba con recelo al nuevo monarca debido a la indiferencia de este hacia una institución que había vivido una época dorada, desde el punto de vista de la monarquía, con los Austrias. España, a pesar de ser una sociedad cerrada con respecto a otros países de Europa, estaba cambiando poco a poco y el pionero de ello fue precisamente Felipe V.

Sevilla en 1726, durante el reinado de Felipe V. Rijksmuseum (Ámsterdam, Países Bajos).

Durante su reinado, que se extiende durante casi 46 años, se celebraron 7 autos de fe en la ciudad de Sevilla, quizá la más popular de todas y donde la Inquisición tenía más arraigo, pero la mayoría de casos fueron relajaciones en estatua, reconciliados y penitenciados.[5] En el resto de territorios se llegaron a quemar, aproximadamente,[6] a entre 1600 y 1650 personas, a unas 760 en efigie y 9120 penitenciados, haciendo un total de unos 11.500 procesos que nos aportan una media de 35 quemados al año[7]. Cifras considerablemente inferiores a las de Felipe III, Felipe II o, sobre todo, Carlos I.

El rey Felipe V, a pesar de reinar durante casi medio siglo, no atacó directamente a la Inquisición en ningún momento. Fue, como se ha expuesto anteriormente, una relación de indiferencia y desidia hacia una institución que ni siquiera existía en Francia. De hecho, llegó a rechazar asistir a un auto de fe realizado en su honor y durante su reinado acabó definitivamente la persecución contra los conversos en 1720.[8] Felipe V es importante porque con él comienza un declive considerablemente más acelerado que con los Austrias, quienes estaban plenamente convencidos de la eficacia e importancia del Santo Oficio para lograr una ortodoxia social, política y religiosa.

BIBLIOGRAFÍA

[1] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). p. 265.

[2] Fernando Peña Rambla. La Inquisición española en las Cortes de Cádiz (Castellón de la Plana 2016). pp. 20-22.

[3] Antonio Peñafiel Ramón. “Inquisición y moralidad pública en la España del siglo XVIII”, Revista de la Inquisición, 5 (1996). p. 293-295.

[4] Fernando Peña Rambla. La Inquisición española en las Cortes de Cádiz (Castellón de la Plana 2016). p. 27.

[5] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 123-153.

[6] Gran parte de la documentación sobre la Inquisición y sus autos de fe se perdió a lo largo del siglo XIX con la llegada de Napoleón Bonaparte, la Guerra de Independencia y la independencia de las colonias americanas.

[7] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 189-190.

[8] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). p. 241.

La Inquisición española en tiempos de los Austrias

Los Austrias siempre se mantuvieron favorables al Santo Oficio e incluso, en parte, llegaron a fortalecerlo. Fueron conscientes de la importante herramienta político-religiosa que suponía un tribunal de estas características en el contexto histórico del que fueron partícipes. Bien es cierto que Carlos I, ajeno en un inicio, llegó a cuestionar las competencias de la Inquisición pero, finalmente, se valió de ella y la transformó como arma en su lucha contra el protestantismo. Felipe II cambió el foco hacia la lucha contra los moriscos en territorio nacional con el objetivo de lograr la unidad religioso-cultural en la península. Por su parte, Felipe III culminó la empresa de su padre expulsando definitivamente a los moriscos gracias a la importante herramienta que suponía la Inquisición. Pero, durante la época de los Austrias -mayores y menores-, el Tribunal estuvo fuertemente cuestionado a nivel social debido, sobre todo, a una constante mutación de los objetivos del mismo que atendía, en muchas ocasiones, más a principios económicos y sociales que religiosos. La corrupción de la Inquisición entre los siglos XVI y XVIII era algo palpable en la España del momento, y no fueron pocas las voces que se alzaron, tímidamente eso sí, contra los constantes atropellos y el holocausto que generó dicha institución.

  • CARLOS I

Con la muerte de Fernando el Católico, Carlos de Habsburgo, hijo de Juana y Felipe, accedió al trono de España en 1516. A pesar de su incontestable fe católica, el reinado de Carlos I estuvo marcado por constantes enfrentamientos con el Papa, así como con la propia Inquisición, a pesar de que su abuelo le pidiese en el testamento que conservase, por todos los medios, el Tribunal del Santo Oficio. Pero en cuanto el joven rey llegó a España, en las Cortes de febrero de 1518 en Valladolid, no fueron pocas las voces que le pidieron una importante reforma de la, por entonces, joven institución. La petición no consistía en la supresión del Tribunal sino en adecuarlo al derecho común y los sagrados cánones.[1] [2]

Carlos I, de acuerdo en un inicio con lo propuesto por una buena parte de los diputados de las Cortes, redactó una extensa y avanzada pragmática sanción en la que establecía unos derechos mínimos para los reos del Santo Oficio. Estas novedades incluían el traslado de los presos a cárceles abiertas en las que pudiesen recibir visitas, tener derecho a un letrado para la defensa, tener conocimiento de las acusaciones y los nombres de los denunciantes, asistir a misa, regular el uso del tormento o evitar la confiscación de bienes antes de ser juzgados. En definitiva, esta pragmática de Carlos I buscaba evitar los graves abusos ejercidos por la Inquisición hasta el momento y regularla en la medida de lo posible. Sin embargo, dicha pragmática nunca fue publicada, pues Adriano de Utrecht, inquisidor general y maestro del rey, llegó a persuadirlo para que evitase enemistarse con el clero y con el propio pueblo.[3] [4] Aunque no llegase a hacerse efectivo, este acto de Carlos I refleja que el rey no coincidía con los procedimientos inquisitoriales y muestra un primer rechazo oficial hacia el Tribunal del Santo Oficio.

Todo esto chocaba directamente con la posterior actuación de Carlos I a raíz de las Cortes de Zaragoza en mayo de 1518. Es bien sabido que en Aragón la Inquisición nunca fue plenamente aceptada debido a que los aragoneses ya conocían en qué consistía dicha institución. Por ello, a la llegada del rey a las Cortes de Zaragoza, los diputados aragoneses le propusieron prácticamente lo mismo que los castellanos respecto a la Inquisición. En este caso, Carlos firmó sin intención de aceptar, revocando casi inmediatamente su decisión. Pero Juan Prat, notario de las Cortes, envió la documentación a Roma para su aprobación, ante lo cual la Inquisición lo detuvo en cuanto las Cortes se disolvieron en 1519. El Papa León X, atento a lo ocurrido en Aragón, expidió tres breves cuyo objetivo era reformar la Inquisición en España, pero Carlos I se negó a aceptar dichos breves y los revocó. Los aragoneses, finalmente, aceptarían la liberación de Juan Prat, sin poder conseguir la reforma de la Inquisición. Esta misma situación se iría dando a lo largo de todo el reinado de Carlos I en las diferentes Cortes celebradas, sin llegar a conseguirse jamás la ansiada reforma.[5] [6]

Esto nos puede hacer pensar que el rey-emperador Carlos acabó asimilando el Santo Oficio a pesar de que un inicio pretendiese su reforma. La tutela de Adriano de Utrecht, inquisidor general y posteriormente Papa, influyó decisivamente en la opinión del rey, el cual vio en la Inquisición un instrumento sumamente útil. Carlos I lo que hace es darle un giro de 180 grados a la institución y enfocarla directamente a la lucha contra el protestantismo, abandonando casi al completo la fijación hacia los ya judeoconversos. Se inicia así una pugna entre el Papa Clemente VII y Carlos I con el objetivo de reivindicar, como cabeza visible y guía, la defensa del catolicismo en Europa.[7] Sin embargo, a pesar de que el rey era consciente de la utilidad de una herramienta como el Santo Oficio, también era consciente de que generaba numerosos recelos entre la población, tanto de Castilla como de Aragón. Así pues, tuvo que llegar a suspender la actividad de la institución entre 1535 y 1545 debido a las numerosas protestas que ese estaban sucediendo en la península.[8]

Carlos V a caballo en Mühlberg por Tiziano (1548). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

El giro de timón hacia el luteranismo, y otras formas de herejía como el erasmismo o los alumbrados, así como los problemas en las Cortes, no implicaron un descenso en la actividad inquisitorial durante el reinado de Carlos I. Tenemos constancia de la celebración de, al menos, ocho importantes autos de fe en la ciudad de Sevilla[9] en la que, como hemos dicho, se encontraba el tribunal más célebre y activo de todos. Aunque no tenemos datos exactos relativos a las víctimas de todos los tribunales de España durante el reinado de Carlos I, sí que tenemos una aproximación que se puede tener en cuenta. Así pues, entre 1516 y 1556, fueron quemados en España un total de 5290 personas, en efigie 2981 y penitenciados 52.321, haciendo un total de 60.592 casos de acusados bien por judaizantes, por protestantes o por heréticos.[10] Vemos, por tanto, que desde 1516 hasta 1556 el Tribunal de la Inquisición mantiene, e incluso aumenta, su actividad viviendo casi una época “dorada” en lo que a autos de fe, confiscaciones y víctimas se refiere. Se dice que Carlos I, ya retirado en Yuste, se lamentaba de no haber recortado y reformado las competencias de la Inquisición en su llegada a España en 1518.[11]

  • FELIPE II

Su hijo, Felipe II, reinó desde 1556 hasta su muerte en 1598. Estos años se conocen como los más oscuros de la Inquisición española, si Carlos I había dado un giro hacia la lucha contra los protestantes, Felipe II divide esta lucha dogmática en protestantes y moriscos, debido a la rebelión en las Alpujarras. Fue el soberano que más empeño puso en reforzar la Inquisición, pues la convirtió en uno de los más importantes brazos armados de sus territorios.[12]

Felipe II impuso un férreo e intransigente sistema de ideas y creencias a toda la sociedad hispánica cuyo brazo ejecutor fue el Santo Oficio. Para llevar a cabo todo este proceso centralista y ortodoxo, Felipe II y sus ministros iniciaron una serie de reformas en la Inquisición que perduraron hasta la desaparición de la misma en 1834. Lo primero que se hizo fue reformar el Consejo de la Inquisición, aumentando el número de consejeros de cinco a siete. En segundo lugar, se amplió el número de tribunales por todo el territorio, incluyendo América, haciendo especial hincapié en la vigilancia constante de la población; es la época de las denuncias entre particulares a través de los llamados “familiares” del Santo Oficio. También se reformó la hacienda de la Inquisición, haciendo que los diferentes tribunales percibieran ingresos de cada iglesia o colegiata, permitiendo así la autonomía económica de cada uno de ellos. Quizá lo más importante fue la redacción de las Instrucciones Nuevas por el inquisidor general Fernando de Valdés en 1561, las cuales permitieron poner la religión al servicio político de la monarquía hispánica.[13]

Pero, a pesar de tratarse de una época dorada para la Inquisición, estas reformas de Felipe II trajeron consigo una importante oposición el nuevo sistema por parte de la nobleza e, incluso, de las órdenes religiosas. Los moriscos fueron uno de los grupos más castigados debido a la Pragmática Sanción de 1567, la cual pretendía acabar con la identidad cultural y religiosa de los musulmanes conversos que quedaban en España. Las voces contra estos cambios no surgieron únicamente en el territorio nacional sino que en Europa también surgieron opiniones contrarias.[14]

La situación llegó a tal punto que religión y política se convirtieron en una causa única para Felipe II. Ejemplo de ello fue el envío del duque de Alba a Flandes en 1567 con el objetivo de pacificar la zona y acabar con la revuelta iconoclasta en la que los protestantes estaban saqueando iglesias católicas, dicha revuelta se desató debido a la negativa de Felipe II de permitir la libertad de culto. Concebida como una operación de castigo, el duque de Alba estableció el llamado “tribunal de la sangre” en los Países Bajos, el cual operaba como se del Santo Oficio se tratase, llegando a procesar a casi 12.000 personas y ejecutar a más de un millar.[15]

Auto de fe en Valladolid, 1558. Rijksmuseum (Ámsterdam, Países Bajos).

A pesar de la fuerte convicción religiosa de Felipe II y de la reforma inquisitorial gracias a las Instrucciones Nuevas de Fernando de Valdés, durante los 42 años de reinado se nota un importante descenso respecto a las víctimas procesadas por el Santo Oficio. En la ciudad de Sevilla tenemos constancia de un total de 21 autos de fe en los que murieron, aproximadamente, unas 150 personas.[16] Si cambiamos la perspectiva hacia todo el territorio, incluyendo las colonias, hablaríamos de de 5048 quemados, 2524 quemados en efigie y 26.240 penitenciados, haciendo un total de 33.812 procesos durante el reinado de Felipe II, la mayoría de ellos por protestantes o moriscos.[17] Estos datos nos indican que, a pesar de vivir una época dorada a nivel institucional, la Inquisición española había comenzado un lento descenso que se acusaría, sobre todo, con la llegada de Felipe V en el año 1700.

  • FELIPE III

El reinado de Felipe III, en términos inquisitoriales, es bastante menos prolífico que el de su abuelo o su padre. De hecho, el gobierno del joven rey estuvo únicamente marcado, respecto a lo que nos interesa en este estudio, por una reforma general de todos los consejos -incluyendo el de la Inquisición, con la introducción a perpetuidad de un miembro de la Orden de Santo Domingo en él- y por la expulsión de los moriscos.[18]

Antes comentábamos que con Carlos I se abandonó, en parte, la persecución de los judeoconversos para centrarse en los protestantes. Su hijo, Felipe II, seguiría centrado en la lucha contra los herejes protestantes y se enfocaría también en los moriscos a raíz de la Rebelión de las Alpujarras. Con Felipe III se pondrá fin al problema morisco con la expulsión de los mismos en 1609. Los musulmanes en España fueron una de las comunidades más castigadas debido a los bautizos apresurados y en masa a finales del siglo XV, aunque no fueron en ningún momento tan perseguidos como los judíos. Una vez estuvo solucionado el “problema judeoconverso”, la atención se centró en estos moriscos, que corrieron la misma suerte que los judíos de 1492 debido a que su población aumentaba porcentualmente más que la cristiana. De la Península Ibérica se expulsó, prácticamente, a la totalidad de la población morisca, haciendo que la economía de ciudades como Valencia, Zaragoza o Toledo perdiesen tanta población que se sumieron en una verdadera ruina productiva y económica. Esto no sólo afectó a la economía de las ciudades sino también a la propia Inquisición, cuyos tribunales de Valencia y Zaragoza entraron en bancarrota al no encontrar bienes que confiscar en los procesos; no había, literalmente, a quién denunciar.[19]

Felipe III por Juan Pantoja de la Cruz (Siglo XVII). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Durante el reinado de Felipe III hubo alrededor de 9 autos de fe en la ciudad de Sevilla, pero no se sabe con exactitud debido a la poca importancia de algunos de ellos y a la destrucción de gran parte de los archivos de la Inquisición durante el siglo XIX.[20] En todo el territorio, murieron en la hoguera aproximadamente un total de 1840 personas, se quemaron 1036 en estatua y hubo alrededor de 13.238 penitenciados en toda España, haciendo un cómputo global de 16.124 procesos durante los 23 años de reinado de Felipe III. Estos datos reflejan un importante descenso de la actividad del Santo Oficio, pues calculamos unos 80 quemados al año, dato inferior al de su padre Felipe II con 120 quemados al año o al de su abuelo, Carlos I, con 132 quemados al año.[21][22] Dicho descenso tiene su explicación; la Inquisición estaba realizando su trabajo y cada vez quedaban menos “herejes” en territorio español. Pero también tiene su contrapartida; los tribunales recibían menos ingresos en materia de confiscación de bienes, reduciendo así su potencial económico y humano. Con la muerte de Felipe III había comenzado, pues, la larga agonía de la Inquisición.

  • FELIPE IV y CARLOS II

Los reinados de Felipe IV y Carlos II pueden considerarse más bien estériles en relación al Santo Oficio. Hubo un importante giro en la fijación de la institución, que ahora comenzaría a mirar hacia los intelectuales, los cuales debían buscar protección en clérigos y nobles afines, haciendo que su número se redujera considerablemente en los territorios hispánicos y que la revolución científica llegase con sumo retraso. La totalidad del siglo XVII fue un período dominado por la escolástica y la superstición. Muchos intelectuales que no encontraron protección tuvieron que exiliarse a otros países en los que la Inquisición únicamente era un vago recuerdo del medievo y no una realidad contemporánea a ellos mismos. Para hacernos una idea, y a modo de ejemplo, en la enseñanza, disciplinas como la dialéctica, las matemáticas o las lenguas orientales estaban prohibidas en los territorios españoles.

BIBLIOGRAFÍA


[1] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). pp. 156-158.

[2] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 94-96.

[3] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). pp. 69-70.

[4] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). pp. 160-184.

[5] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). pp. 195-244.

[6] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). pp. 71-73.

[7] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 97-102.

[8] Fernando Peña Rambla. La Inquisición en las Cortes de Cádiz (Castellón de la Plana 2016). p. 82.

[9] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 72-86.

[10] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 185-187.

[11] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). p. 247.

[12] Antonio Domínguez Ortiz. Autos de la Inquisición de Sevilla (Sevilla 1994). p. 77.

[13] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 124-132.

[14] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 144-153.

[15] Jesús Villanueva López. “El tribunal de la sangre”, Historia National Geographic, 157 (enero de 2017). pp. 86-102.

[16] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 86-91.

[17] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). p. 187.

[18] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 154-160.

[19] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). pp. 117-127.

[20] Antonio Domínguez Ortiz. Autos de la Inquisición de Sevilla (Sevilla 1994). pp. 77-79.

[21] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 187-188.

[22] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 300-301.

[LIBRO] Imperio: De los tercios españoles a la América hispánica

DATOS
Autor: María Fidalgo Casares / Augusto Ferrer-Dalmau
Nº de páginas: 136.
Editorial: Espasa.
Año de publicación: 2019.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: Barcelona (España)
ISBN: 978-84-493-1227-4.
Depósito legal: B. 34.199-2019.

La historia del Imperio español ha estado, y sigue estando, llena de claroscuros entre la comunidad científica. Los hispanistas extranjeros dominaron, durante un gran período de tiempo, las diferentes perspectivas desde las que se enfocó absolutamente toda la Historia de España y, por ende, de la época imperial. Entre ellos podemos destacar a renombrados autores como Henry Kamen, Stanley G. Payne, Paul Preston, Hugh Thomas, John H. Elliott, entre muchos otros.

Sin embargo, y lo cual es síntoma de buena salud en la comunidad historiográfica española, cada vez van sonando más voces y se leen más estudios por parte de hispanistas españoles que buscan, desde una perspectiva objetiva, poner en valor la Historia de España que, en concreto, cuenta con dos momentos que pueden generar cierta polémica: el Imperio (1492-1898) y la Guerra Civil (1936-1939), con sus consecuencias.

El presente libro es, sin duda, una pequeña joya para cualquier persona que tenga interés en la temática. El objeto del mismo es realizar un recorrido de la historia del Imperio español a través de las obras de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto (Barcelona, 1964), desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la Guerra de Independencia de Estados Unidos. El texto corre a cargo de María Fidalgo Casares, Doctora en Historia por la Universidad de Sevilla y Miembro de la Academia Andaluza de la Historia.

Se trata de un texto de amena lectura, dado a que el lenguaje empleado es directo y entendible, pudiendo abarcar con el mismo a un amplio público. Además, en muchas de sus páginas se encuentran las obras de Ferrer-Dalmau a todo color, gran resolución y gran tamaño, sirviendo para ilustrar perfectamente el texto de Fidalgo Casares. Sus 136 páginas, incluyendo la bibliografía, hacen que se trate de una lectura de fácil digestión.

Uno de los puntos fuertes del libro, amén de los espectaculares trabajos de Ferrer-Dalmau, radica en que la autora no da, prácticamente, nada por sabido, por lo que, como dije antes, se abre a un amplio público que o bien no sabe demasiado sobre Historia Moderna de España, o bien pretende iniciarse o refrescarse con el mismo.

El análisis, como no puede ser de otra forma, es superficial, dado que la extensión del libro no puede abarcar mucho más. Por otro lado, existen en el mismo algunas teorías o puntos de vista cuestionables, destacando entre ellos la «dulcificación» de la Inquisición española; que, aunque fue más un instrumento de control social, no podemos negarle tampoco la excesiva virulencia contra judíos, criptojudíos o o conversos, así como el evidente retraso que supuso la misma en determinados campos.

Por otro lado, sí que resulta muy interesante el tratamiento que realiza acerca de la Conquista de América, dado que explica qué hizo y qué zona se desarrolló cada conquistador, así como la evidente puesta en valor acerca de los pueblos precolombinos. Por desgracia, se le dedican pocas páginas a la misma, siendo uno de los pasajes más interesantes de la obra, la cual se centra, puede que demasiado, en las guerras religiosas en Europa.

Se trata de un libro recomendable para cualquier persona interesada en este período de la Historia de España, teniendo en cuenta que la misma ha de estar medianamente receptiva a la obra y el tono de la misma. Es destacable la bibliografía que se incluye al final, entre la que se encuentran autores como Benassar, Payne, Kamen o editoriales como Desperta Ferro.

Valoración: 4/5.

Orígenes y creación de la Inquisición española

  • ORIGEN

El enlace entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no trajo consigo en el futuro la unión de facto de ambos reinos, pero sí que propició el impulso de políticas comunes en sus territorios, como es el caso de la instauración de la nueva Inquisición. Es cierto que para el momento en el que Isabel I y Fernando II suben al trono, la Inquisición establecida en Aragón apenas contaba ya con fuerza o crédito por parte de la población, la cual había pasado página respecto a una institución que languidecía irremediablemente como en el resto de Europa.

Sin embargo, la situación de los judíos en la Península, concretamente en Castilla, se tornaba un tanto delicada desde mediados del siglo XIV. Al margen del tradicional rechazo hacia los judíos debido a las enseñanzas bíblicas o la usura, un primer testimonio respecto a dicha tensión entre cristianos y judíos lo encontramos en el asalto a la judería de Sevilla en el año 1354 debido a una supuesta blasfemia de un grupo de judíos de la ciudad con una hostia consagrada. El episodio del contador mayor de Enrique II, Juçaf Picho, no ayudó tampoco en demasía a la imagen del judío en Castilla debido a su condena a la pena capital por malversación de fondos en 1379.

Pero, quizá, el momento más tenso antes del establecimiento de la Inquisición en Castilla se dio en la villa de Écija en 1391. El arcediano de Écija, Fernando Martínez, comenzó a predicar contra los judíos debido a unos supuestos enfrentamientos entre cristianos y judíos. Dichas declaraciones originaron un duro levantamiento contra los judíos en la provincia de Sevilla el día 6 de junio, el cual se saldó con el saqueo de la judería, la ocupación de tres sinagogas de la ciudad, la conversión de una buena parte de la comunidad y la muerte de cientos de judíos, a pesar de que los diferentes autores no se ponen de acuerdo con las cifras exactas. 

Este panorama de conversiones forzosas y persecución, con la provincia de Sevilla como núcleo principal, agravó más que solucionó el “problema judío”, pues una gran parte de los mismos, reacios a adoptar la nueva fe impuesta por las autoridades cristianas, continuaron profesando su antigua religión en la intimidad o reuniones secretas, conociéndose dicho fenómeno como criptojudaísmo. El problema social y religioso fue a más, y derivó finalmente con el apartamiento de los judíos en Sevilla en el año 1478.

Sin embargo, no todo lo relativo a los judíos en Castilla se reducía a un asunto de índole religiosa, sino que bajo este pretexto se escondían realmente motivos políticos, económicos y sociales. A finales del siglo XV en Castilla y Aragón, un 1,65% del total de la población pertenecía a la nobleza o el clero, que controlaban el 97% del territorio de ambos reinos, con todo el poder político y económico que ello implica. No sólo controlaban territorio sino que también ejercían importantes cargos dentro de la administración de los Reyes Católicos. 

En todos estos preliminares de la Inquisición “nueva” los judíos juegan un importantísimo papel, y es que sin el “problema judío” quizá nunca hubiese existido una Inquisición posterior durante casi cuatro siglos. Los judíos de la Península Ibérica desempeñaban, desde el siglo XIII, oficios de mercaderes, médicos, científicos y escritores, haciendo que muchos de ellos lograsen un importante poder económico, sobre todo en el caso de aquellos que se dedicaban al comercio o la recaudación de impuestos para la corona. Esto propició que se creara una primigenia clase media monopolizada prácticamente por los judíos, a la cual los cristianos “viejos” miraban con celo, pues temían que muchos de ellos, al convertirse al cristianismo, acabaran por arrebatarles el poder al mezclarse con familias nobiliarias en apuros económicos, logrando así subir en el escalafón social e introducirse en la administración. De hecho, como bien apuntó Antonio Domínguez Ortiz,  los posteriores procesos contra judaizantes realizados por la Inquisición española fueron los más frecuentes ya que eran los únicos que dejaban dinero al Tribunal debido a la confiscación de bienes, demostrando así que, al margen del asunto religioso, tras la Inquisición existían también importantes intereses económicos.

  • ESTABLECIMIENTO DEL SANTO OFICIO

Inicialmente, Isabel y Fernando no eran partidarios de establecer la Inquisición en Castilla. De hecho, como comentamos anteriormente, esta languidecía lentamente en Aragón, por lo que no existían planes de continuar con ella ni en Aragón ni de introducirla en Castilla a pesar de los sucesos del siglo XIV. Esta situación dio un giro de 180 grados a raíz de una visita de los reyes a la ciudad de Sevilla, la cual usaremos de ejemplo durante el estudio debido al arraigo y la importancia de la Inquisición en la capital hispalense. En dicha visita, acaecida en el año 1477, clérigos y frailes de la ciudad, entre los que destacó Fray Alonso de Ojeda, informaron a los Reyes Católicos sobre el problema que existía en la ciudad entre cristianos y judíos a pesar, incluso, de las paulatinas conversiones que se fueron sucediendo años atrás. Dichos testimonios calaron profundamente en la opinión de los reyes, que pudieron ver a pie de calle el clima de tensión que se vivía en Sevilla entre los dos grupos religiosos. Atendiendo pues a las súplicas del clero, los reyes acabaron por solicitar una bula inquisitorial al Papa Sixto IV.

Sepulcro de los Reyes Católicos (Granada, España).

Estos acontecimientos se saldaron con la promulgación de la bula de 1 de noviembre de 1478 Exigit sincerae devotionis affectus por Sixto IV, en la cual se reflejaba el nombramiento de dos o tres inquisidores eclesiásticos. Además, a la corona se le otorgaba poder para nombrar y destituir inquisidores, siendo esto una total novedad en el momento, haciendo que la Inquisición no sólo fuese un arma religiosa sino también política.   El privilegio otorgado por el Papa era perpetuo, es decir, no tenía fecha de finalización y únicamente podía ser anulado con otra bula papal.

Los primeros inquisidores fueron Juan de San Martín y Miguel Morillo -al contrario de la creencia popular de que el primer inquisidor fue Tomás de Torquemada- estableciéndose el primer tribunal en la ciudad de Sevilla a finales de 1480 con el objetivo de asegurar la unidad religiosa y combatir la heterodoxia.  

En Sevilla, el establecimiento de la Inquisición resultó tremendamente traumático tanto para los grupos afectados como para las instituciones, incluyendo la corona y Roma. Los judíos que vivían en la ciudad, apartados desde 1478, vieron como poco a poco se fueron ocupando las sinagogas que existían en la ciudad, obligándolos a realizar sus actos religiosos en secreto. La ciudad se dividió en dos bandos, aquellos que estaban a favor de la Inquisición y quienes estaban en contra. Los contrarios llegaron incluso a confabular con el fin de iniciar una revuelta que tumbase la nueva institución, pero finalmente fueron desarticulados antes de comenzar. Esto motivó que se generase una persecución total contra los judíos y, ante dicho panorama, muchos de ellos -alrededor de cuatro mil según Hernando del Pulgar- optaron por el exilio de la ciudad. 

El 6 de febrero de 1481, en Sevilla, se celebró el primer auto de fe de la nueva Inquisición. Debido a la pérdida de la mayoría de documentación relativa al Tribunal del Santo Oficio, a día de hoy no tenemos toda la información deseable sobre autos de fe y otros aspectos, pero basándonos en la información recopilada por diferentes autores podemos establecer una aproximación respecto a este primer, e importante, auto de fe. Juan de Mariana estimó que en este primer auto de fe se delataron a más de 17.000 personas, de las cuales murieron en la hoguera unas 2000; un cálculo excesivo que no se correspondería en absoluto con el número de judíos existentes en la ciudad de Sevilla a finales del siglo XV. Pero teniendo en cuenta que al año siguiente únicamente murieron unos 90 reos en la hoguera podemos asegurar que las estimaciones de Mariana en su Historia de España son muy exageradas y, con toda probabilidad, hablemos de centenares relajados y no de millares.

La ciudad de Sevilla alrededor del siglo XVI. Museo de América (Madrid, España).

Lo que sí es cierto es que este primer auto de fe, con la ciudad de Sevilla como protagonista, desató el terror y originó persecuciones que se saldaron con la muerte de un gran número de judíos. Este descontrol motivó que el Papa revocase en 1482 el privilegio concedido a los Reyes Católicos y fuese él mismo quien nombrase nuevos inquisidores. Sin embargo, al año siguiente el rey Fernando consiguió que el Papa redactase una nueva bula restableciendo los privilegios originales a los reyes de Castilla y Aragón, siendo este el primer paso de la independencia de la Inquisición española respecto a la Santa Sede. 

Debido a la intransigencia del tribunal sevillano, comenzaron pronto a surgir voces contra la Inquisición, tanto de judeoconversos como de algunos cristianos viejos debido, sobre todo, al miedo por la arbitrariedad con la que actuaba el Santo Oficio. Ejemplo de ello son los episodios ocurridos en Valencia, Teruel y Zaragoza. Importantes fueron también los casos en Cataluña, Mallorca, Cerdeña, Sicilia o Nápoles, lugares en los que fue muy complicado introducir la Inquisición o en los que, directamente, fue imposible de establecer. El principal argumento esgrimido fue que los procedimientos del Tribunal del Santo Oficio iban en contra de las Sagradas Escrituras pero, realmente, el problema residía en que únicamente alrededor del 40% de las familias españolas de la época estaban seguras de no tener una sola gota de sangre judía en sus venas, por lo que el 60% restante o bien eran de origen hebreo o estaban emparentados con algún judío o judía. Estos datos, de cara a la presente tesis, nos demuestran que en España la Inquisición nunca fue plenamente aceptada por la población sino que una gran parte de los españoles de entre los siglos XV y XIX tuvieron simplemente que aprender a convivir con ella, les gustase o no. Por lo tanto, no es descabellado que pocos años después de la muerte de Fernando el Católico comenzase el lento declive del Santo Oficio hasta su extinción en la primera mitad del siglo XIX. 

Al margen de la situación social generada por la Inquisición en Sevilla -y extrapolable a otras ciudades de los reinos de Castilla y Aragón-, la nueva institución creada por Sixto IV tomó forma gracias a las instrucciones del Santo Oficio dictadas en 1484 en Sevilla por Tomás de Torquemada, célebre inquisidor general, con el objetivo de que todos los inquisidores actuasen al unísono en el ejercicio de sus funciones. Dichas instrucciones convirtieron a la Inquisición en la organización más estable de la historia de España, con una norma que duró casi cuatro siglos.

Tomás de Torquemada, Inquisidor General entre los años 1483 y 1498.

Estas instrucciones de Torquemada se complementaron con la formación sobre el año 1488 del Consejo de la Suprema y General Inquisición, presidido por el inquisidor general, el cual estaba auxiliado por el resto de integrantes. Bajo la tutela de dicho Consejo se encontraban todos los tribunales esparcidos por los reinos de Castilla y Aragón. Tenía jurisdicción temporal y, a la muerte de Isabel I, se dividió en dos: uno para Aragón y otro para Castilla.   El inquisidor general poseía jurisdicción eclesiástica privativa, es decir, poseía jurisdicción propia apostólica, en la que el rey quedaba al margen a pesar de que era el propio monarca el que elegía al inquisidor general. Precisamente, ese mismo año, según Andrés Bernáldez, se quemaron en la ciudad de Sevilla a más de 700 personas y se reconciliaron en torno 5000, lo que nos revela que el aparato de la Inquisición española estaba funcionando a pleno rendimiento con menos de una década de vida.

Una vez fundado el Consejo de la Suprema y General Inquisición se procedió a establecer los tribunales, inicialmente itinerantes, que se fueron repartiendo poco a poco por todo el territorio. Estuvieron organizados, hasta 1492, respecto a las circunscripciones diocesanas, y posteriormente acabarían agrupando a varias diócesis. 

A pesar de la persecución a la que estaban sometidos los judíos, esta comunidad resultaba sumamente rentable a la corona, pues sus miembros estaban obligados a pagar un buen número de tributos fiscales. Sin embargo, la situación llegó a tal extremo -la ciudad de Sevilla era un verdadero hervidero-, que en 1483 se redactó un edicto de expulsión de los judíos de Andalucía. A este edicto le siguió los famosos edictos de 31 de marzo de 1492 -uno para Aragón y otro para Castilla- en los que se decretaba la expulsión de los judíos de los territorios de los reinos de Castilla y Aragón, con carácter definitivo, sin excepciones y con un plazo máximo de cuatro meses. Esto no es más que la conclusión de una persecución total hacia la comunidad judía desde finales del siglo XIV, atendiendo más a motivos económicos por parte de la nobleza que, verdaderamente, religiosos, con la nueva Inquisición como telón de fondo. El texto relativo a las coronas de Castilla y Aragón, llamado Edicto de Granada, decía tal que así: “Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes.”  

Edicto de Granada (1492).

A raíz de estos hechos, muchos judíos comenzaron a marcharse precipitadamente de la Península Ibérica. Los datos relativos al número de personas que abandonaron el territorio no es, a día de hoy, del todo claro, pero se puede llegar a la estimación de que fueron entre 165.000 y 400.000 judíos aquellos que decidieron exiliarse, aunque hay autores que estiman la cifra en cerca de 800.000 personas.  Un testimonio de la época es la célebre carta de Chamorro, llamado príncipe de los judíos en España, a los judíos de Constantinopla, en la que decía lo siguiente: “Judíos honrados, salud i gracia: Sepades que el rei de España por pregon público nos hace volver cristianos i nos quiere quitar las haciendas i nos quita las vidas, i nos destruye nuestras sinagogas, i nos hace otras vejaciones, las cuales nos tienen confusos é inciertos de lo que debemos hacer. Por la lei de Moisen os rogamos i suplicamos tengais por bien de hacer ayuntamiento é inviarnos con toda brevedad la deliberacion que en ello habeis hecho.”

Comenzó así, por tanto, un episodio de conversiones apresuradas y forzosas entre aquellos que se querían quedar o, bien, no podían salir del territorio. Llegó incluso a existir tráfico de personas con aquellos judíos que quisieron abandonar la península. A pesar de que, como comentábamos anteriormente, no existen datos totales sobre el número de personas que abandonaron los reinos de Castilla y Aragón, sí que tenemos certeza de que la expulsión de los judíos causó graves problemas económicos en ambas coronas y que borró de un plumazo una buena parte de la clase media urbana, originando que muchos -clero, nobleza, corona- se quedasen con las propiedades y patrimonio de aquellos obligados al exilio. Como dijo el filósofo Julián Marías “la historia de España en los siglos XVI y XVII comprende un largo catálogo de errores, uno de ellos fue la confusión entre la fe religiosa y los usos sociales” y la expulsión de los judíos en 1492 no fue más que el inicio. 

BIBLIOGRAFÍA

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ENCICLOPEDIA ARAGONESA. Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. [Consulta 3-08-2018] Disponible en: http://www.enciclopedia-aragonesa.com/voz.asp?voz_id=7113

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[MANUAL] Los orígenes del Ministerio de Asuntos Exteriores (1714-1808) – Beatriz Badorrey Martín

DATOS
Autor: Beatriz Badorrey Martín.
Nº de páginas: 563.
Editorial: Ministerio de Asuntos Exteriores.
Año de publicación: 1999.
Ediciones: 1 hasta la fecha.
Lugar de impresión: Madrid (España).
ISBN: 84-95265-01-X.
Depósito Legal: 22.844-1999.

El estudio de las relaciones diplomáticas de la corona española a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX es un tema de sumo interés a tratar en la historia de las instituciones públicas, pues es el momento en el que comienza a gestarse y se consolida paulatinamente la base del sistema diplomático español. Bien es cierto que durante la Edad Media y la Edad Moderna existieron relaciones diplomáticas entre los reinos de la Península Ibérica y sus vecinos, pero es precisamente en este tramo de la Historia en el que se institucionaliza la diplomacia gracias al Consejo de Estado y la Secretaría del Despacho.

El período que comprende la obra de Beatriz Badorrey Martín abarca desde 1714, una vez se ha consolidado la monarquía borbónica en España, hasta 1808, momento de suma tensión internacional con Francia e Inglaterra. Es un período de sumo interés para el estudio de las relaciones diplomáticas, pues en él asistimos a un paulatino declive del poderío español, aunque ello no implique la pérdida de influencia en el plano internacional.

Beatriz Badorrey Martín es Licenciada y Doctora en Derecho, ha ejercido como profesora de Historia del Derecho en la Universidad CEU San Pablo en Madrid y en la actualidad es profesora titular de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y también Secretaria General de dicha Universidad, institución en la que ocupó el cargo de vicerrectora adjunta de Formación Permanente durante cuatro años. También forma parte de la Escuela de historiadores del Derecho, gracias a su especialización en la Historia del Ministerio de Asuntos Exteriores, obra que nos ocupa. En la actualidad, a pesar de ejercer como docente de Historia del Derecho, ha centrado sus estudios en la Historia de la Tauromaquia.

Los Orígenes del Ministerio de Asuntos Exteriores (1714-1808) es una obra densa y especializada, con un total de 563 páginas incluyendo los anexos. De hecho, resulta altamente recomendable contar con nociones básicas sobre Historia de España Moderna y Contemporánea, así como de Historia de las Instituciones para poder hacer frente al libro, puesto que su autora da un buen número de conceptos por sabidos y, en consecuencia, no se detiene a desarrollarlos. La lectura es, en ocasiones, bastante farragosa debido, precisamente, a la abundante información contenida y a las extensas anotaciones a pie de página. Es, por tanto, una obra dirigida a un público muy específico a caballo entre la Historia del Derecho y la Historia de España de los últimos decenios.

Cuenta con tres partes muy bien diferenciadas que incluyen, a su vez, ocho capítulos y veinte apartados, amén de la bibliografía y los índices. Estas tres partes se centran en el desarrollo histórico analizando el período específico de cada rey, el funcionamiento interno y los ministros y oficiales de la secretaría. Beatriz Badorrey realiza un extenso análisis sobre el funcionamiento de el Consejo de Estado y la Secretaría del Despacho a todos los efectos, comenzando por la evolución histórica de lo que en un futuro sería el Ministerio de Asuntos Exteriores en España, que es en lo que nos vamos a centrar a la hora de realizar esta reseña.

  • El primer capítulo, de esta primera parte que vamos a analizar, se centra en el reinado de Felipe V, que es el momento en el que se comienza a fraguar todo el sistema institucional diplomático español gracias a la herencia francesa que trae consigo Felipe de Anjou. Todo esto se inicia gracias a Jean Orry, el cual propone un Ministerio Universal articulado en cuatro Secretarías de Estado y del Despacho. Poco a poco se van sucediendo personajes como Orry, Grimaldo y Alberoni, siendo este último muy importante debido a su belicosa política exterior en Italia.

    Es con Riperdá con quien comienza una fuerte presencia diplomática internacional de España a nivel pre-institucional. Este peculiar ministro holandés en España rompió relaciones con Francia y encauzó la política exterior española hacia Austria que desembocaría en el famoso Tratado de Viena de 1725. Posteriormente, tras la huida de Riperdá a Marruecos y el retorno de Grimaldo, sería Patiño quien se encargase de dirigir la política exterior de España, alternándose posteriormente con otra serie de ministros de menor calado hasta la llegada del rey Fernando VI al trono español.

  • El capítulo dos comienza con el inicio del reinado de Fernando VI, el cual estuvo marcado por un importante giro en la política internacional, ya que España volvería a aliarse con Francia pero, esta vez, sería bajo el yugo del país galo, pues España adoptaría, en este caso, un perfil bajo con el fin de lograr la paz. Para ello era necesario encontrar a la persona ideal para tal empresa, por lo que se designó a José de Carvajal y Lancáster. Sin embargo, Carvajal detestaba profundamente la situación de subordinación de España con respecto a Francia y era más partidario de una neutralidad pro-Inglaterra a pesar de sus disputas con el marqués de la Ensenada, ministro de Guerra. Fue Carvajal el primer ministro de Asuntos Exteriores real que hubo en España, algo que se refleja a la perfección en su famoso testamento político de 1745, en el que deja clara la idea de la posición neutral de España como árbitro internacional.
  • El reinado de Carlos III es el protagonista del tercer capítulo del manual de Beatriz Badorrey. En él, la autora nos transmite el deseo continuista de este monarca ilustrado al respecto de la política exterior española. Sin embargo, en su política de acercamiento a Francia, España entró en guerra contra Inglaterra, la cual acabaría saldándose con la Paz de París de 1763. Poco a poco, el país fue dejando de lado este continuismo inicial para tomar parte activa en la política internacional.

    Fue Pablo Jerónimo Grimaldi una de las figuras más destacadas durante el reinado de Carlos III. Gracias a sus dotes personales y experiencia en el extranjero -Génova, Austria, Suecia, Inglaterra- Grimaldi contaba con las bases para ser un perfecto ministro encargado de la política exterior española. Sin embargo, a pesar de ello, Grimaldi cometió importantes errores como la expedición contra Argel en 1775, la cual resultó un fracaso total que derivaría en la caída del ministro poco después.

    Sería el conde de Floridablanca el primero que actuase de forma autónoma en la política internacional española, sin la supervisión del monarca. Floridablanca dio un importante giro intentando, por todos los medios, conservar la paz para así potenciar el comercio y la industria. Pero le tocó una época difícil como fue la Revolución de las Trece Colonias, en la cual intentó mantenerse neutral al inicio, pero finalmente tuvo que decantarse por los estadounidenses recuperando así Menorca y Florida.

    La política exterior española vivió un importante despliegue durante el reinado de Carlos III, pues España abandonó la posición de servidumbre que tenía con Francia y amplió su cuerpo diplomático gracias al ministerio de Floridablanca.

  • El cuarto capítulo, de esta parte dedicada al desarrollo histórico de la política de asuntos exteriores española entre los años 1714 y 1808, está dedicado al nefasto reinado de Carlos IV. Dicho reinado se inicia con cambios respecto al anterior, lo cual fue generando un ambiente de confusión tanto en la corte como en el pueblo a pesar de que Carlos IV heredase  un país estable, en expansión, en desarrollo interior y reconocido como gran potencia internacional.

    Todavía seguía Floridablanca a la cabeza de la política exterior, el cual tenía una política intransigente, pero también confusa, hacia la Francia revolucionaria, pues creía el ministro que las ideas del país vecino podían afectar directamente a la monarquía española. Fue un ministro diplomático, que intentó resolver los conflictos internacionales mediante pactos y negociaciones. Fue, al fin y al cabo, un perfecto ministro de Asuntos Exteriores.

    Tras la salida de Floridablanca llegó el conde de Aranda a la Secretaría de Estado. Su breve ministerio estuvo marcado por los acontecimientos acaecidos en Francia, por lo que el ministro optó por un sistema de “neutralidad armada”. Pero esta política no fue del todo efectiva, sobre todo a la hora de intentar conservar con vida a Luís XVI. Finalmente, tras su salida del ministerio, España le declaró la guerra a Francia en 1793.

    La llegada de Manuel Godoy resultaría un torbellino para la política internacional española y para la propia política interna del país. La guerra con Francia resultó un desastre y en 1795 se firmaría la Paz de Basilea, en la que España perdería la colonia de Santo Domingo. Además, poco después, en 1796 se firmaría el Tratado de San Ildefonso entre España y Francia, lo cual acabaría por dilapidar prestigio internacional del país. Tras la sucesión de Saavedra y Urquijo, Godoy volvería al plano internacional a pesar de que el secretario de Estado fuese Pedro Cevallos. La vuelta de Godoy, la actitud de Carlos IV y el poder de Bonaparte acabarían por hacer de España un títere de facto de la Francia napoleónica, con todo lo que ello conllevó históricamente.

Con la Constitución de Bayona concluye Beatriz Badorrey Martín el desarrollo histórico de lo que en un futuro sería el Ministerio de Asuntos Exteriores en España. Básicamente, la autora hace un buen recorrido histórico de la situación internacional española entre 1714-1808, buscando el germen del futuro ministerio. Sin embargo, Badorrey da bastantes acontecimientos y conceptos por sabidos, incluso se prodiga en exceso hablando sobre determinados personajes e “intrigas palaciegas” que, en cierto modo, resultan superfluas a la hora de estudiar el origen de dicho ministerio. En muchos casos no aborda de forma directa el tema a tratar y se limita a dar rodeos hasta llegar a él de una forma u otra.

Pero, en definitiva, si contamos con unos conocimientos previos sobre la situación histórico-política de España, así como de sus instituciones, podemos encontrar en Los Orígenes del Ministerio de Asuntos Exteriores una lectura interesante para ampliar nuestros conocimientos sobre cómo se gestaron las bases de las instituciones públicas en España.

Valoración: 2/5

La primera revolución comunicativa en Occidente: la «invención» de la imprenta

  • LA POLÉMICA INVENCIÓN DE LA IMPRENTA

La propia dinámica de la producción y el comercio empujaron a la Europa de la Baja Edad Media a una serie de descubrimientos técnicos que afectaron al sistema de comunicación social. La imprenta se enmarca claramente en este contexto.

Bi Sheng (990-1051), el verdadero inventor de la imprenta.

La aparición de la imprenta sólo puede entenderse como consecuencia de la presión que la demanda ejercía en la sociedad de la época. La invención de la imprenta no es europea sino oriental ya que en el año 960 se usaron en China los primeros tipos móviles de madera y en el 1045 se emplearon caracteres de arcilla cocida, llegando incluso a emplearse el bronce y el cobre. En Europa solo se aplicó el invento cuando la sociedad comenzó a demandar una técnica mecánica para la producción de textos escritos.

Biblia de Gutenberg.

La figura del “inventor” de la imprenta aun es controvertida hoy día aunque Gutenberg es el candidato más sólido. El mérito de Gutenberg fue el de aplicar una serie de avances técnicos a un modelo de máquina tan eficaz que siguió usándose hasta el siglo XIX. La fecha también es objeto de polémica y se sitúa entre 1445 y 1450. Destaca la impresión de la Biblia de las 42 líneas o Biblia de Gutenberg.

  • DIFUSIÓN DE LA IMPRENTA EN EUROPA

Durante años la tipografía fue casi un secreto. Sólo a partir de 1462 puede hablarse de difusión europea de esta nueva tecnología. Maguncia fue saqueada por Adolfo Nassau y una de sus medidas fue la prohibición de las prensas. A raíz de esto se expande el conocimiento de la máquina por europea gracias a una serie de tipógrafos ambulantes.

Desde su comienzo, el impresor se enfrentó con la alternativa de basar su negocio en el apoyo institucional o confiar en el mercado de una clientela letrada. La clientela estable se buscó entre la clase media urbana instruida. La aristocracia, en cambio, acogió en un principio el invento con escaso entusiasmo, pues el libro tipográfico les parecía de inferior calidad gráfica.

Las líneas de difusión geográfica de la imprenta no fueron concéntricas a Alemania sino que se dirigieron a lugares muy diversos y distantes, siguiendo con exactitud redes de líneas de comercio de finales de la Edad Media.

Sinodal de Aguilafuente (1472), primer libro impreso en España.

La imprenta tardó en difundirse por España, quizá debido a la situación geográfica  de la Península o a la inexistencia de grandes poblaciones humanas. La Gramática de Bartolomé Mates (1488) ha sido considerada el primer libro impreso español. Sin embargo el primer libro impreso español fue el Sinodal de Aguilafuente en 1472. De todos modos, la imprenta se extenderá por España comenzando por Aragón hasta llegar a la famosa imprenta sevillana fundada por Jacob Cromberger en 1502. Antes de finalizar el siglo XV eran 26 las ciudades españolas que disponían de imprenta.

El arte de imprimir se nacionaliza muy pronto. Italia fue el primer país europeo donde los impresores alemanes perdieron su monopolio y así sucesivamente.

  • LA IMPRENTA Y LA CONSERVACIÓN / TRANSFORMACIÓN DE LA CULTURA ESCRITA

Muchos historiadores de la comunicación aseguran que la imprenta no tuvo una implantación total en los modelos de comunicación social imperantes ni conllevó, en los primeros momentos, ningún cambio en las tendencias socioculturales de la época. La imprenta se utilizó, en un principio, para conservar una tradición escrita que coincide casi exactamente con la de la Baja Edad Media. La imprenta traía dos nuevas posibilidades al panorama sociocultural:

  1. La primera es la de obtener copias idénticas entre sí, no sujetas a erratas o manipulaciones.
  2. La segunda era la de obtener un mayor número de copias cada vez. Esta será la que estará en el origen de la capacidad revolucionaria de la imprenta.

La igualdad tipográfica fue lo más preciado de las posibilidades de la imprenta, de esto modo, corporaciones, instituciones y órdenes religiosas se precipitaron a imprimir sus reglas y constituciones para evitar alteraciones. Esto supone que la comunicación impresa vaya, cada vez más, rodeándose de un aura de oficialidad.

Papa Inocencio VIII (1432-1492).

La supuesta revolución de la imprenta no se aprecia demasiado en los aspectos materiales de la edición de libros. El tránsito del libro manuscrito al impreso resulta menos revolucionario que otros procesos anteriores. Por otro lado, los poderes religiosos y políticos reaccionaron rápidamente ante el peligro potencial que la imprenta podía encarnar como medio para la difusión masiva de ideas subversivas: en 1487 se publica la primera Bula papal en la que se prohíbe la impresión de cualquier obra que no salga con permiso eclesiástico y sería algo que la Inquisición vigilaría constantemente partir de 1542.

  • LA IMPRENTA Y LA AMPLIACIÓN DEL PÚBLICO LECTOR

En los albores de la Edad Moderna la alfabetización siguió siendo pobre e incluso no era generalizada entre las clases superiores en las que aun pervivía la oralidad. Tomás Moro fijó en un 60% el número de londinenses alfabetizados. A ello había contribuido el desarrollo de la escuela privada. No obstante el dominio de la lectura y la escritura no debe confundirse con la capacidad de leer y entender libros.

La producción media de un libro impreso en el siglo XV estaba entre los 200 y los 500 ejemplares por lo que no puede hablarse, por tanto, de una difusión masiva del libro impreso. El primer libro impreso que merece la calificación de “best-seller” fue la obra de Thomas de Kempis, De imitatione Christi de 1471 la cual alcanzó 99 ediciones antes de que acabase el siglo. El autor más impreso y vendido de la época fue Martín Lutero.

De Imitatione Christi (1471) de Thomas de Kempis.

En parte de los manuscritos de los siglos XIV y XV es visible ya la apreciación de la figura del autor, cuyo retrato suele aparecer en las miniaturas, aunque hasta el siglo XVIII se consideró de mal gusto escribir para ganar dinero en vez de fama. Es aceptada la figura del gentleman-writer, el autor que vive de sus bienes o cargos y no de su pluma, el cual muchas veces se oculta tras el anonimato.

Pero, poco a poco, gracias a la imprenta y la censura el autor aparecería como responsable judicial del discurso y con ello se fue eliminando la anonimia.

BIBLIOGRAFÍA

ESPEJO CALA, C. Historia de la comunicación escrita (de la prehistoria a la irrupción de la imprenta). 1ª Edición. Sevilla: Editorial MAD S.L., 1998. pp. 141-151.

Museo Arqueológico de Sevilla

Sevilla es una ciudad eminentemente histórica. Sus datos turísticos hablan por sí solos, y es que la ciudad hispalense es uno de los referentes nacionales en cuanto a turismo y cultura se refiere. Sin embargo, es una ciudad casi autista que vive, culturalmente, en torno a tres o cuatro elementos que son magníficos pero que, por otro lado, están sobre-explotados y no representan el cien por cien de lo que esta ciudad puede dar de sí.

Plano del Parque de María Luisa situado a la espalda del Pabellón Real.

Un perfecto ejemplo de lo anterior lo constituye el Museo Arqueológico de Sevilla, situado en el Parque de María Luisa, concretamente en la Plaza de América, en un magnífico edificio diseñado por el arquitecto Aníbal González (1876-1929) con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, y que es, posiblemente, uno de los mayores atractivos que el propio museo en sí. Algo que ya dice bastante de lo que vamos a encontrar en su interior, y no por calidad sino, en buena parte, por presentación y/o conservación.

Fachada principal del museo.

Pero esto no va a convertirse en una crítica ni a la ciudad de Sevilla, ni al museo, ni a su colección, en absoluto. Pero es necesario conocer el por qué de las cosas y creo que, en la situación económico-política que atraviesa España, este pequeño-gran museo está algo olvidado por las administraciones públicas.

Abre de martes a domingo de 9:00 a 20:00 los días entre semana en horario de invierno -sábados y domingos de 9:00 a 15:00- y de 9:00 a 15:00 de martes a domingo en horario de verano. Su entrada es completamente gratuita para ciudadanos españoles y de la Unión Europea, y de tan sólo 1,50€ para los extracomunitarios. No hay excusas para no ir.

Cuenta con 27 salas que abarcan desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna, aunque sus piezas más importantes corresponden a la Prehistoria y la Historia Clásica, concentrados la mayoría alrededor de la zona sur de España. Posee, además, un archivo  con información documental, así como un taller de conservación y restauración en el que alojan los fondos museísticos. A día de hoy el Museo Arqueológico de Sevilla alberga más de 60.000 piezas, entre objetos en propiedad y depósito.

El museo tiene tres plantas: sótano, baja -por la que se accede- y alta. En el sótano, las salas I a la IV abarcan del Paleolítico a la Edad del Bronce. En ellas encontramos notables piezas como los cuencos hallados en el Dolmen de la Dehesa de Abajo en El Castillo de las Guardas (Sevilla), pertenecientes, con casi toda probabilidad, al Neolítico y que se encuentran en la sala I.

Cuencos neolíticos del dolmen de La Dehesa de Abajo (Sevilla, España).

O puntas de flechas neolíticas en sílex y pizarra pertenecientes a la Necrópolis de El Gandul (Alcalá de Guadaira, Sevilla).

Puntas de sílex y pizarra de El Gandul (Sevilla, España).

En esta misma sala podemos encontrar también fósiles tales como dientes de megalodón y otros fósiles marinos. Muchos de ellos fueron hallados en zonas como El Coronil (Sevilla), El Acebuchal (Sevilla), Carmona (Sevilla) o la propia ciudad de Sevilla.

Fósiles de megalodón hayados en la provincia de Sevilla (España).

También en la sala I se conservan otro tipo de fósiles, como cráneos humanos o cuernos de elefantes. Cabe destacar que, aún bien conservados, en esta planta del sótano las piezas no están todo lo bien expuestas que se quisiera, dando una sensación de pseudo-abandono en cuanto a su presentación.

Diferentes fósiles de elefantes.

En las intersecciones entre salas hay expuestas notables piezas de arte mueble post-paoleolíticas y neolíticas. Como, por ejemplo, una talla lítica como núcleo para grandes hojas realizada en tufita y que data del III milenio a.C.

Talla lítica en tufita que data del III milenio a.C.

O también estelas y mini-monolitos fenicios de las edades del Bronce y del Hierro. Dependiendo de la escuela algunos se atribuyen a la civilización de Tartessos, aunque es un tema sensible que aún está en debate y que, por el momento, no tiene ningún fundamento científico. Destaca una estela decorada en arenisca hallada en El Coronil (Sevilla, España) y cuya realización se estima entre los siglos X al VII a.C.

Estela decorada hallada en El Coronil (Sevilla, España).

Las salas II, III y IV abarcan desde la Edad del Cobre hasta la Edad del Hierro. Destacan en ellas ajuares funerarios, dólmenes y estelas funerarias de la Edad del Bronce y otra serie de elementos de los mismos períodos. Destacan, sobre todo, puntas de alabarda en cristal de roca, puntas de flechas y puntas de jabalina de finales del III milenio a.C. así como otras notables piezas del mismo período.

Diferentes piezas de la Edad del Bronce encontradas en Valencina de la Concepción (Sevilla, España).

También existe una interesante colección de armas pertenecientes al Bronce Final (1300-700 a.C.), si bien no es comparable a las encontradas en la propia Grecia o las islas griegas, está selección de armas del Museo Arqueológico de Sevilla resulta bastante didáctica. Aunque se echa en falta una mayor explicación de las mismas, las cuales a ojos «no expertos» pueden resultar anodinas o fuera de contexto.

Armas del Bronce Final (siglos XIV a. C. a IX a. C.).

Las salas V a IX abarcan la cultura tartésica, aunque el mítico tesoro de El Carambolo se encuentra en la planta alta en la actualidad. Hay mucha controversia en torno a Tartessos ya que los expertos no se ponen de acuerdo. Por un lado, y sin entrar demasiado en materia, tenemos a aquellos que defienden la existencia de una cultura autóctona en la Península Ibérica -que sería Tartessos- e incluso la primera cultura occidental para otros; argumentos que responden a la tendencia romántica de mediados del siglo XIX en la que un gran número de países intentaron buscar las raíces de su cultura lo más profundamente posible.

Por otro lado, están aquellos que afirman que Tartessos no fue más que un pueblo fenicio y no una cultura autóctona de la Península Ibérica, ya que esta supuesta cultura reúne un gran número de características similares a la cultura del Oriente Próximo que se diseminó por todo el Mediterráneo.

Vajillas de uso ritual o funerario, abalorios y elementos decorativos de diferentes épocas entre los siglos VIII a.C. al IV a.C. hallados en la provincia de Sevilla (España).

Aún así, sin entrar en debates -ya habrá ocasión de hacerlo-, el Museo Arqueológico de Sevilla dedica nada más y nada menos que cinco salas a Tartessos, siendo El Tesoro del Carambolo su pieza estrella, aunque ahora se encuentre en la planta alta.

La sala X de esta planta sótano está dedicada por entero al período turdetano (500 a.C. – 206 a.C.), pueblo con el que también existe bastante controversia al estar íntimamente ligados en cronología a los supuestos tartessos y del que, a día de hoy, no existe tanta información como se quisiera.

Esta sala, junto con las primeras, es de las más interesantes del sótano del Museo Arqueológico de Sevilla, ya que en ella se encuentran piezas de notorio valor tanto histórico como artístico. Buena prueba de ello es la colección de exvotos ibéricos en bronce representando a personas orando.

Exvotos ibéricos en bronce en la sala X del Museo Arqueológico de Sevilla (España).

O la colección de armas y bronces ibéricos, que demuestra la gran afición del pueblo ibérico por la guerra. Este armamento tuvo un origen europeo con aportaciones mediterráneas, aunque esto no quiere decir que no cuente con personalidad y características propias. En el Museo Arqueológico se exhiben diferentes tipos de fíbulas prerromanas que están datadas entre los siglos VIII a.C. y el I a.C.

Armas y bronces ibéricos (siglos VIII a.C. a I a.C.).

Pero, dejando a un lado el bronce, también encontramos magníficas piezas como un retrato encontrado en la provincia de Alcalá del Río (Sevilla, España) o un carnero perteneciente, posiblemente, a un monumento funerario -temática, por otra parte, bastante recurrente en el arte íbero-.

Retrato anónimo hallado en Alcalá del Río (Sevilla, España).

Carnero íbero perteneciente a un monumento funerario.

Ya en la planta baja encontramos la sala XI que también está dedicada al período turdetano y que alberga numerosas piezas de gran tamaño entre las que destaca la colección de leones ibéricos encontrados en Espera (Cádiz, España) pertenecientes a los siglos III y II a.C.

León ibérico de Espera (Cádiz, España).

El resto de la planta baja está dedicado casi por completo al período romano, a excepción de la sala XXVII que alberga piezas medievales y modernas. Estas salas, junto con el Tesoro de El Carambolo, son las más importantes del museo ya que contienen notorias piezas de incalculable valor histórico-artístico. La sala XII está dedicada a la conservación de esculturas romanas de distinta índole y procedencia. Destacan figuras como Nióbide herido -procedente de Italia- o el Apolo citaredo. Pero, quizá, la más importante de todas sea el torso del emperador Claudio divinizado que data del siglo I y que fue hallado en Mérida (Badajoz, España).

Torso del emperador Claudio del siglo I (Mérida, España).

Y también otras esculturas como la del sacerdote sacrificador encontrada en Alcalá del Río (Sevilla, España) y datada entre los siglos I y II. O las piernas de lo que fue una escultura completa de un emperador divinizado -posiblemente Adriano- encontradas en Itálica en las excavaciones de 1780.

Sacerdote sacrificador de los siglos I-II hallado en Alcalá del Río (Sevilla, España).

Emperador divinizado en traje militar de la época de Adriano. Hallado en Itálica (Sevilla, España).

En esta sala XII se encuentra también un interesante mosaico romano que representa una escena de circo y que fue encontrado en Paradas (Sevilla, España), perteneciente con casi toda probabilidad al siglo III o IV. Este tipo de escenas son muy útiles para historiadores y antropólogos a la hora de desarrollar o investigar la cotidianidad del Imperio.

Mosaico con escena de circo del siglo III-IV encontrado en Paradas (Sevilla, España).

Aunque el mejor ejemplo que podemos encontrar en cuanto a mosaico en todo el Museo Arqueológico de Sevilla se encuentra en la sala XIII, la cual alberga un impresionante mosaico del Triunfo de Baco encontrado en Écija (Sevilla, España) y perteneciente al siglo III.

Triunfo de Baco. Siglo III, encontrado en Écija (Sevilla, España).

La sala XIV destaca por estar dedicada, casi por completo, a dioses como Baco, Diana, Juno… y héroes como Hércules así como escenas de obras como La Ilíada de Homero. Eso sí, el verdadero protagonista de la sala es Mercurio gracias a su impresionante escultura de mármol, de sobresaliente factura, perteneciente a finales del siglo II y encontrado en Itálica (Sevilla, España).

Estatua de Mercurio en mármol de Paros. Data del siglo II y fue hallado en Itálica (Sevilla, España).

En la sala XV, aparte de diferentes tipos de vajilla, lo más importante que podemos encontrar es una cabeza masculina que bien pudiese corresponder a un dios o un hombre, posiblemente Alejandro Magno. Sin embargo, la sala XVI es bastante más interesante desde el punto de vista antropológico ya que en ella se exponen lápidas votivas con huellas y textos que aluden a divinidades femeninas.

Lápida votiva.

Preside una notable Venus la sala XVII, representando su nacimiento entre las aguas del mar. Fue encontrada en Itálica (Sevilla, España) y data del año 117. Es una pieza única que destaca por su naturalismo, muy en la línea del futuro Renacimiento italiano. Estas representaciones de Venus son muy comunes en el imaginario griego, romano y, posteriormente, italiano, siendo cada una de ellas esculturas de extraordinario valor debido a su exclusivo carácter.

Venus del siglo II. Itálica (Sevilla, España).

La sala XVIII es una de las más interesantes del museo, ya que en ella se encuentra una gran colección de retratos anónimos tanto femeninos como masculinos que datan de la época de Trajano y Adriano, es decir, entre los siglos I y II. Fueron encontrados en Itálica (Sevilla, España) y destacan por su gran realismo. Especialmente interesante es el anciano anónimo que se sitúa en el centro de la colección.

Colección de retratos anónimos de los siglos I y II. Itálica (Sevilla, España).

Obviando la sala XIX-B, que resulta también interesante por su epigrafía en bronce, la sala XIX impresiona al visitante gracias a su composición, que la convierte en una de las salas «estrella» del Museo Arqueológico de Sevilla. Con cuatro columnas corintias en mármol de fondo, Diana cazadora, realizada en mármol de Paros (Grecia), todo perteneciente al siglo II de la increíble ciudad de Itálica (Sevilla, España).

Diana cazadora en mármol de Paros. Siglo II. Itálica (Sevilla, España).

La perla del Museo Arqueológico de Sevilla es, sin ningún lugar a dudas, su sala XX. A título personal, ni siquiera el mítico tesoro de El Carambolo puede hacer frente a la monumentalidad de esta sala, cuya presentación también juega muchísimo a su favor. Frente a frente, como reza en la guía del museo, Trajano y Adriano, los dos emperadores hispanos más importantes de la historia de Roma. El propio museo la denomina como su «Sala Imperial» gracias a la puesta en escena y la estancia en sí. De hecho, la guinda del pastel es el mosaico de Baco y las estaciones que se halla en el centro.

La sala XX del Museo Arqueológico de Sevilla.

En la XX destaca la escultura de Trajano representado como héroe, realizada también en mármol de Paros (Grecia), hallado en Itálica (Sevilla, España) y que data de la época de Adriano (117-138).

Trajano representado como héroe en mármol de Paros. Siglo II. Itálica (Sevilla, España).

La sala XXI es más importante de lo que pueda parecer a simple vista. Es una sala más enfocada hacia el experto en epigrafía, ya que en ella se encuentran un gran número de lápidas funerarias y votivas. A nivel antropológico y genealógico las más interesantes son las funerarias, las cuales podremos diferenciar por las siglas D M S (Dis Manibus Sacrum o Consagrado a los dioses manes) en la parte superior y S T T L (Sit Tibi Terra Levis o Que la tierra te sea leve) en la inferior.

Colección de lápidas votivas y funerarias.

La lápida del esclavo Doro, que murió con 65 años en algún momento del siglo III. En ella podemos leer: D(is) M(anibus) S(acrum) Doro Pothine Con A(nnorum) P M L X V H(ic) S(itus) E(st) S(it) T(ibi) T(erra) L(evis).

Siguiendo el recorrido llegamos a la sala XXII, la cual está presidida por la cabeza del dios Marte, que fue encontrado en Carmona. Sin embargo, más interesante es todavía la escultura de un emperador representado con armadura militar y realizada en mármol. Fue hallada en Itálica (Sevilla, España) y, aunque no sabemos todavía qué emperador representa, data de la época de Claudio (40-55).

Emperador representado con armadura militar. Siglo I. Itálica (Sevilla, España).

La sala XXIII alberga un buen número de piezas relacionadas con el mundo del comercio. La siguiente, la XXIV está dedicada por completo a la extinta ciudad romana de Munigua (Sevilla, España) y su proceso de excavación arqueológica. En el centro de la sala podemos encontrar una maqueta que representa de forma bastante fiel lo que pudo ser esta ciudad que tuvo su máximo período de apogeo en el siglo II y que sería finalmente abandonada cinco siglos después.

Maqueta de Munigua en el siglo II. Escala 1:100.

La última sala dedicada al período romano es la XXV y está orientada a la temática de la muerte, con piezas de necrópolis, una cupa de enterramiento procedente de Itálica y vitrinas donde se expone el ajuar funerario de la ciudad de Orippo (Sevilla, España). Existen, a su vez, varios sarcófagos bastante sencillos en cuanto a su decoración y acabado. El protocristiano hallado en Sevilla y procedente del siglo IV es buen ejemplo de ello, ya que su decoración resulta bastante pobre comparado con otros sarcófagos del mismo estilo encontrados en Italia.

Sarcófago protocristiano. Siglo IV. Sevilla (España).

En esta planta baja encontramos, en último lugar, las salas XXVI y XXVII, las cuales albergan arte cristiano y visigodo, así como importantes piezas de arte medieval y moderno. Es la colección más escueta del Arqueológico de Sevilla, lo cual no quita para que encontremos piezas de extraordinaria ejecución, como el Mausoleo de Don Nicolás Griego Arisascho, de la Parroquía de Omnium Sanctorum (Sevilla, España) esculpido en el siglo XVI.

Mausoleo de Don Nicolás Griego Ariascho. Siglo XVI. Sevilla (España).

En la planta alta, originalmente, se encuentran la Biblioteca, salas de exposiciones, el salón de actos y zonas de trabajo. Actualmente, destaca por sus dos salas dedicadas por enteros a dos importantes tesoros que alberga el museo. En primer lugar, la sala monográfica de El Carambolo, en la que podemos encontrar multitud de piezas como el mismo Tesoro de El Carambolo o el Tesoro de Mairena. Por desgracia, la mayor parte de estas piezas son meras copias de los originales, los cuales se encuentran guardados en el museo para asegurar así una mejor conservación.

Tesoro de Mairena. Siglos III – I a.C. Mairena del Alcor (Sevilla, España).

El Tesoro de Mairena data del siglo III a.C. y fue encontrado en Mairena del Alcor (Sevilla, España), es un tesoro compuesto por trece piezas entre los que destacan las pulseras y la diadema. Se desconoce por completo su contexto pero conforma uno de los conjuntos de joyería prerromana más importantes de la zona.

Copia del Tesoro de El Carambolo. Siglo VII-VI a.C. Camas (Sevilla, España).

El Tesoro de El Carambolo es, en principio, la joya de la corona del Museo Arqueológico de Sevilla, aunque el expuesto se trata de una copia perfecta del mismo, el cual se encuentra conservado en las dependencias internas del museo. El original está realizado en oro y fue hallado en Camas (Sevilla, España). Algunos expertos lo atribuyen a la cultura de Tartessos, otros aseguran que su origen es eminentemente fenicio. Está formado por 21 piezas entre las que destacan los brazaletes y los pectorales. Data de los siglos VII-VI a.C. y fue encontrado en 1958. Aunque aún existe controversia también sobre su posible uso, la mayoría de expertos coinciden en que se trataba de adornos para decorar animales que eran sacrificados en honor de dioses como Baal.

Curioso es también encontrar un fragmento del pavimento original de conchas donde se encontró el tesoro, en el llamado Santuario de El Carambolo.

Fragmento de pavimento ritual de conchas en la zona de acceso al Santuario de El Carambolo. Siglo VIII – VII a.C. Camas (Sevilla, España).

Por último, en la planta alta, justo en frente de la sala monográfica de El Carambolo se encuentra otra sala dedicada en exclusiva a un Tesoro, el de Tomares. Un tesoro de reciente descubrimiento, hace apenas un año, el 28 de abril de 2016. Hallado en la localidad de Tomares (Sevilla, España), se trata de una de las colecciones de monedas romanas más grandes del mundo, con más de 50.000 de ellas. Se trata de follis del siglo III y IV, en las que aparecen representados emperadores como Diocleciano, Galerio o Constantino Cloro.

Entrada a la sala monográfica dedicada al Tesoro de Tomares.

Es una sala que lleva poco tiempo y es algo que se nota en su presentación poco cuidada o apresurada. Es algo que el Museo Arqueológico de Sevilla debe tomar en cuenta, ya que los materiales interactivos tales como tablets o televisores parecen fuera de lugar en el espacio, así como el mismo tesoro en sí. Pero es algo lógico, ya que se trata de un descubrimiento muy reciente.

Follis de los siglos III y IV tal y como fueron encontrados en Tomares (Sevilla, España).

Y esto es todo cuanto puede ofrecernos el Museo Arqueológico de Sevilla; un gran museo algo descuidado en cuanto a su presentación, también algo anticuado, pero único en el mundo y con una colección impresionante. No suele estar muy concurrido, lo cual es una verdadera lástima pues las piezas que se encuentran en su interior son tremendamente importantes para conocer la historia de Roma en Hispania así como el período prerromano, que tanta controversia ha levantado y levanta entre los expertos.

Para terminar una jornada redonda, qué mejor que tomarse una cerveza y unas olivas en algún bar de la zona, admirando la zona de Capitanía Marítima y el Paseo de las Delicias.