Museo del Castillo de San Jorge en Sevilla

Castillo de San Jorge desde el Puente de Isabel II. Fuente: El Correo de Andalucía.

En una ciudad universal como Sevilla, uno de los enclaves más importantes de Europa entre los siglos XV y XVIII, puerto de Indias, cuna del Siglo de Oro, y una de las sedes más importantes de la Inquisición española, una persona -ya sea local, adoptivo, de paso, o turista-, espera encontrar una oferta cultural amplia que vaya más allá de los cuatro tablaos flamencos, sin menospreciar a uno de los patrimonios inmateriales más importantes que tiene España, o el tirador de Cruzcampo Glacial en la tasca de turno.

Que los museos ordinarios están de capa caída no es noticia, ni tampoco lo es que la pandemia ocasionada por COVID-19 ha dado al traste con muchos de los proyectos que se pretendían acometer a este respecto, tanto en la capital hispalense como en el resto de la península. Sin embargo, algunos museos, sobre todo aquellos con más proyección, o con mejor dirección, han aprovechado este periodo de «pausa» y de «calma chicha» para reinventarse o acometer reformas, de cara a ofrecer al visitante una nueva experiencia, acorde a los preceptos de la museología y la museografía del siglo XXI, y también con todos los protocolos de minimización del riesgo de contagio implementados.

Para encontrar casos de museos que hayan «hecho sus deberes» a este respecto no hay que irse muy lejos, hay muchos dentro de España, y aunque la pandemia ha podido dar al traste con los números de muchos de ellos, siguen manteniendo su actividad, como es el caso del increíble Museo Nacional de Arte Romano, en Mérida (España), o incluso el Museo de Huelva (España), cuya colección y disposición resultan tremendamente interesantes.

En el otro lado de la balanza se encuentran catástrofes museográficas de la talla del Castillo de San Jorge (Sevilla, España). Un espacio dedicado, enteramente, a lo que fue el imponente castillo que funcionó como sede del temido Tribunal del Santo Oficio, la Inquisición, durante más de tres siglos. Cuando un proyecto tan interesante como este carece de promoción, de nulo interés por parte de autoridades y administraciones, de poco presupuesto y de una nefasta dirección pues nos damos de bruces con un engendro, sin personal cualificado, sin mantenimiento y sin casi visitantes que debería estar cerrado y, al menos, no generar gasto de algún tipo.

Inicio de la Visita.

Y esto no va de política exclusivamente, de hecho, va de todo lo contrario. Aunque el Museo del Castillo de San Jorge dependa de la Junta de Andalucía, ninguno de los gobiernos autonómicos que se han sucedido a lo largo de décadas en el Palacio de San Telmo, ha tenido la visión ni la sensibilidad de dotar a Sevilla de un Museo sobre la Inquisición española como la capital hispalense merece. Máxime cuando dicha Institución se fundó en Sevilla en el año 1478, promovida por Alonso de Ojeda y los Reyes Católicos, y en 1481 se trasladó al citado Castillo de San Jorge, donde permaneció hasta 1785, debido a que este se encontraba en ruinas. Prácticamente como ahora.

Maqueta del Castillo original, situada a la entrada del Museo.

Su horario de apertura es de lunes a viernes de 9:00h a 13:30h, y de 15:30h a 20:00h. Sábados, domingos y festivos de 10:00h a 14:00h. Y su entrada, por suerte para el visitante, es completamente gratuita.

En su día, tanto la dirección del Museo como la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, concibieron al Museo del Castillo de San Jorge como un espacio en el que reflexionar acerca de la tolerancia. Esa tolerancia que la propia Inquisición no ejerció en ningún momento, y cuyo germen encuentra su explicación en una expropiación salvaje disfrazada, al menos en un inicio, de ultracatolicismo y antisemitismo.

Sin lugar a dudas, fueron tiempos oscuros, a todos los efectos, sobre todo para muchas minorías religiosas, como los judíos o los moriscos. No obstante, la Inquisición siempre tuvo clara su hoja de ruta, que no era más que hacer caja a costa de criptojudíos, supuestos protestantes y moriscos, aunque de estos últimos pudieron rascar algo menos.

Interior del Museo del Castillo de San Jorge en marzo de 2021.

Sea como fuere, y al menos ya puestos en contexto, si el Museo quiere transmitir ese ambiente oscuro, inseguro y extraño, lo hace a la perfección. A la nula iluminación, no por diseño, sino por falta de mantenimiento, se le añaden una humedad sofocante, continuas goteras, y un olor a «pescaito frito» proveniente del Mercado de Triana, que se sitúa justo encima del Museo. La verdad que, cuando uno entra, no sabe bien si va a ver un Museo sobre la Inquisición, o directamente lo llevan al cadalso.

Tanto la disposición como la filosofía del Museo del Castillo de San Jorge son extrañas. El visitante recorre las ruinas del antiguo castillo de una punta a otra, pero el recorrido y lo que se muestra en el mismo no se encuentra bien explicado ni contextualizado. De hecho, llama la atención que en las diferentes representaciones artísticas que existen del Castillo al inicio de la visita, en ninguna de ellas se mencione, siquiera, al autor/a de las mismas, y en ocasiones solo las fechas.

Una vez se discurre por el primer tramo, el visitante entra de lleno en el grueso de la exposición, que son las restauradas ruinas de lo que, otrora, fue el castillo y temida sede del Tribunal del Santo Oficio en Sevilla. De hecho, al visitante no se le contextualiza en absoluto, se da por hecho que está accediendo a lo que un día fue la sede de la Inquisición, pero no a que el castillo, originalmente, se trató de una fortaleza musulmana y que, posteriormente, tras la Reconquista de Sevilla, sería defendido por la Orden Militar de San Jorge, hasta el establecimiento de la Inquisición en el mismo en 1481.

Como la mayor parte de fortalezas árabes, y es algo que podemos observar perfectamente en lugares como el Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba (España) o en la famosa ciudad de Medina Azahara, también en Córdoba (España), era una especie de ciudadela que el Santo Oficio supo aprovechar muy bien. Esto se intenta explicar mediante panelería a lo largo de la visita, sin embargo, las pésimas condiciones del Museo impiden que el visitante pueda acceder a parte de la información in situ, ya que esta se encuentra desaparecida o deteriorada.

De hecho, durante la visita, en marzo de 2021, solo uno de estos paneles interactivos funcionaba, y el resto de ellos o bien se encontraban inactivos, o bien desaparecidos. El resto de paneles, como el de famosas víctimas de la Inquisición, albergan demasiada información en un espacio muy reducido y con una pésima impresión. Todo un ejercicio de desidia museológica y museográfica.

Si tienes gafas, llévatelas, porque la minúscula letra de esos paneles es la única que ofrece algo de información acerca de la Inquisición y del Castillo de San Jorge.

Avanzamos por parte de la muralla, la casa del portero, las cuadras, la cocina, bodegas o la casa del primer inquisidor, la única en la que la panelería interactiva funciona de forma correcta.

La visita finaliza también entre tinieblas, y sin un camino bien trazado. En este último tramo, la dirección del Museo del Castillo de San Jorge ha tenido a bien intentar que el visitante reflexione, no acerca del pésimo estado del Museo, sino acerca de las atrocidades cometidas por la Inquisición. Un ejercicio que estaría mejor resuelto si se hubiese puesto en contexto al visitante de forma previa y, sobre todo, si el olor a pescado frito del Mercado de Triana no se colase de forma tan evidente por la puerta de salida.

El Museo del Castillo de San Jorge es un museo que llama la atención, pero para mal. Una auténtica vergüenza para la ciudad de Sevilla, para la historia de España y para el dinero del contribuyente. Heródoto & Cía no es un foro de opinión, es un portal dedicado exclusivamente a la Historia, es por ello que este deliberado ataque hacia nuestra historia y patrimonio no merece más que estas palabras de denuncia. Porque para tener un «museo» en este estado, mejor tenerlo cerrado.

La Inquisición española en tiempos de los Austrias

Los Austrias siempre se mantuvieron favorables al Santo Oficio e incluso, en parte, llegaron a fortalecerlo. Fueron conscientes de la importante herramienta político-religiosa que suponía un tribunal de estas características en el contexto histórico del que fueron partícipes. Bien es cierto que Carlos I, ajeno en un inicio, llegó a cuestionar las competencias de la Inquisición pero, finalmente, se valió de ella y la transformó como arma en su lucha contra el protestantismo. Felipe II cambió el foco hacia la lucha contra los moriscos en territorio nacional con el objetivo de lograr la unidad religioso-cultural en la península. Por su parte, Felipe III culminó la empresa de su padre expulsando definitivamente a los moriscos gracias a la importante herramienta que suponía la Inquisición. Pero, durante la época de los Austrias -mayores y menores-, el Tribunal estuvo fuertemente cuestionado a nivel social debido, sobre todo, a una constante mutación de los objetivos del mismo que atendía, en muchas ocasiones, más a principios económicos y sociales que religiosos. La corrupción de la Inquisición entre los siglos XVI y XVIII era algo palpable en la España del momento, y no fueron pocas las voces que se alzaron, tímidamente eso sí, contra los constantes atropellos y el holocausto que generó dicha institución.

  • CARLOS I

Con la muerte de Fernando el Católico, Carlos de Habsburgo, hijo de Juana y Felipe, accedió al trono de España en 1516. A pesar de su incontestable fe católica, el reinado de Carlos I estuvo marcado por constantes enfrentamientos con el Papa, así como con la propia Inquisición, a pesar de que su abuelo le pidiese en el testamento que conservase, por todos los medios, el Tribunal del Santo Oficio. Pero en cuanto el joven rey llegó a España, en las Cortes de febrero de 1518 en Valladolid, no fueron pocas las voces que le pidieron una importante reforma de la, por entonces, joven institución. La petición no consistía en la supresión del Tribunal sino en adecuarlo al derecho común y los sagrados cánones.[1] [2]

Carlos I, de acuerdo en un inicio con lo propuesto por una buena parte de los diputados de las Cortes, redactó una extensa y avanzada pragmática sanción en la que establecía unos derechos mínimos para los reos del Santo Oficio. Estas novedades incluían el traslado de los presos a cárceles abiertas en las que pudiesen recibir visitas, tener derecho a un letrado para la defensa, tener conocimiento de las acusaciones y los nombres de los denunciantes, asistir a misa, regular el uso del tormento o evitar la confiscación de bienes antes de ser juzgados. En definitiva, esta pragmática de Carlos I buscaba evitar los graves abusos ejercidos por la Inquisición hasta el momento y regularla en la medida de lo posible. Sin embargo, dicha pragmática nunca fue publicada, pues Adriano de Utrecht, inquisidor general y maestro del rey, llegó a persuadirlo para que evitase enemistarse con el clero y con el propio pueblo.[3] [4] Aunque no llegase a hacerse efectivo, este acto de Carlos I refleja que el rey no coincidía con los procedimientos inquisitoriales y muestra un primer rechazo oficial hacia el Tribunal del Santo Oficio.

Todo esto chocaba directamente con la posterior actuación de Carlos I a raíz de las Cortes de Zaragoza en mayo de 1518. Es bien sabido que en Aragón la Inquisición nunca fue plenamente aceptada debido a que los aragoneses ya conocían en qué consistía dicha institución. Por ello, a la llegada del rey a las Cortes de Zaragoza, los diputados aragoneses le propusieron prácticamente lo mismo que los castellanos respecto a la Inquisición. En este caso, Carlos firmó sin intención de aceptar, revocando casi inmediatamente su decisión. Pero Juan Prat, notario de las Cortes, envió la documentación a Roma para su aprobación, ante lo cual la Inquisición lo detuvo en cuanto las Cortes se disolvieron en 1519. El Papa León X, atento a lo ocurrido en Aragón, expidió tres breves cuyo objetivo era reformar la Inquisición en España, pero Carlos I se negó a aceptar dichos breves y los revocó. Los aragoneses, finalmente, aceptarían la liberación de Juan Prat, sin poder conseguir la reforma de la Inquisición. Esta misma situación se iría dando a lo largo de todo el reinado de Carlos I en las diferentes Cortes celebradas, sin llegar a conseguirse jamás la ansiada reforma.[5] [6]

Esto nos puede hacer pensar que el rey-emperador Carlos acabó asimilando el Santo Oficio a pesar de que un inicio pretendiese su reforma. La tutela de Adriano de Utrecht, inquisidor general y posteriormente Papa, influyó decisivamente en la opinión del rey, el cual vio en la Inquisición un instrumento sumamente útil. Carlos I lo que hace es darle un giro de 180 grados a la institución y enfocarla directamente a la lucha contra el protestantismo, abandonando casi al completo la fijación hacia los ya judeoconversos. Se inicia así una pugna entre el Papa Clemente VII y Carlos I con el objetivo de reivindicar, como cabeza visible y guía, la defensa del catolicismo en Europa.[7] Sin embargo, a pesar de que el rey era consciente de la utilidad de una herramienta como el Santo Oficio, también era consciente de que generaba numerosos recelos entre la población, tanto de Castilla como de Aragón. Así pues, tuvo que llegar a suspender la actividad de la institución entre 1535 y 1545 debido a las numerosas protestas que ese estaban sucediendo en la península.[8]

Carlos V a caballo en Mühlberg por Tiziano (1548). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

El giro de timón hacia el luteranismo, y otras formas de herejía como el erasmismo o los alumbrados, así como los problemas en las Cortes, no implicaron un descenso en la actividad inquisitorial durante el reinado de Carlos I. Tenemos constancia de la celebración de, al menos, ocho importantes autos de fe en la ciudad de Sevilla[9] en la que, como hemos dicho, se encontraba el tribunal más célebre y activo de todos. Aunque no tenemos datos exactos relativos a las víctimas de todos los tribunales de España durante el reinado de Carlos I, sí que tenemos una aproximación que se puede tener en cuenta. Así pues, entre 1516 y 1556, fueron quemados en España un total de 5290 personas, en efigie 2981 y penitenciados 52.321, haciendo un total de 60.592 casos de acusados bien por judaizantes, por protestantes o por heréticos.[10] Vemos, por tanto, que desde 1516 hasta 1556 el Tribunal de la Inquisición mantiene, e incluso aumenta, su actividad viviendo casi una época “dorada” en lo que a autos de fe, confiscaciones y víctimas se refiere. Se dice que Carlos I, ya retirado en Yuste, se lamentaba de no haber recortado y reformado las competencias de la Inquisición en su llegada a España en 1518.[11]

  • FELIPE II

Su hijo, Felipe II, reinó desde 1556 hasta su muerte en 1598. Estos años se conocen como los más oscuros de la Inquisición española, si Carlos I había dado un giro hacia la lucha contra los protestantes, Felipe II divide esta lucha dogmática en protestantes y moriscos, debido a la rebelión en las Alpujarras. Fue el soberano que más empeño puso en reforzar la Inquisición, pues la convirtió en uno de los más importantes brazos armados de sus territorios.[12]

Felipe II impuso un férreo e intransigente sistema de ideas y creencias a toda la sociedad hispánica cuyo brazo ejecutor fue el Santo Oficio. Para llevar a cabo todo este proceso centralista y ortodoxo, Felipe II y sus ministros iniciaron una serie de reformas en la Inquisición que perduraron hasta la desaparición de la misma en 1834. Lo primero que se hizo fue reformar el Consejo de la Inquisición, aumentando el número de consejeros de cinco a siete. En segundo lugar, se amplió el número de tribunales por todo el territorio, incluyendo América, haciendo especial hincapié en la vigilancia constante de la población; es la época de las denuncias entre particulares a través de los llamados “familiares” del Santo Oficio. También se reformó la hacienda de la Inquisición, haciendo que los diferentes tribunales percibieran ingresos de cada iglesia o colegiata, permitiendo así la autonomía económica de cada uno de ellos. Quizá lo más importante fue la redacción de las Instrucciones Nuevas por el inquisidor general Fernando de Valdés en 1561, las cuales permitieron poner la religión al servicio político de la monarquía hispánica.[13]

Pero, a pesar de tratarse de una época dorada para la Inquisición, estas reformas de Felipe II trajeron consigo una importante oposición el nuevo sistema por parte de la nobleza e, incluso, de las órdenes religiosas. Los moriscos fueron uno de los grupos más castigados debido a la Pragmática Sanción de 1567, la cual pretendía acabar con la identidad cultural y religiosa de los musulmanes conversos que quedaban en España. Las voces contra estos cambios no surgieron únicamente en el territorio nacional sino que en Europa también surgieron opiniones contrarias.[14]

La situación llegó a tal punto que religión y política se convirtieron en una causa única para Felipe II. Ejemplo de ello fue el envío del duque de Alba a Flandes en 1567 con el objetivo de pacificar la zona y acabar con la revuelta iconoclasta en la que los protestantes estaban saqueando iglesias católicas, dicha revuelta se desató debido a la negativa de Felipe II de permitir la libertad de culto. Concebida como una operación de castigo, el duque de Alba estableció el llamado “tribunal de la sangre” en los Países Bajos, el cual operaba como se del Santo Oficio se tratase, llegando a procesar a casi 12.000 personas y ejecutar a más de un millar.[15]

Auto de fe en Valladolid, 1558. Rijksmuseum (Ámsterdam, Países Bajos).

A pesar de la fuerte convicción religiosa de Felipe II y de la reforma inquisitorial gracias a las Instrucciones Nuevas de Fernando de Valdés, durante los 42 años de reinado se nota un importante descenso respecto a las víctimas procesadas por el Santo Oficio. En la ciudad de Sevilla tenemos constancia de un total de 21 autos de fe en los que murieron, aproximadamente, unas 150 personas.[16] Si cambiamos la perspectiva hacia todo el territorio, incluyendo las colonias, hablaríamos de de 5048 quemados, 2524 quemados en efigie y 26.240 penitenciados, haciendo un total de 33.812 procesos durante el reinado de Felipe II, la mayoría de ellos por protestantes o moriscos.[17] Estos datos nos indican que, a pesar de vivir una época dorada a nivel institucional, la Inquisición española había comenzado un lento descenso que se acusaría, sobre todo, con la llegada de Felipe V en el año 1700.

  • FELIPE III

El reinado de Felipe III, en términos inquisitoriales, es bastante menos prolífico que el de su abuelo o su padre. De hecho, el gobierno del joven rey estuvo únicamente marcado, respecto a lo que nos interesa en este estudio, por una reforma general de todos los consejos -incluyendo el de la Inquisición, con la introducción a perpetuidad de un miembro de la Orden de Santo Domingo en él- y por la expulsión de los moriscos.[18]

Antes comentábamos que con Carlos I se abandonó, en parte, la persecución de los judeoconversos para centrarse en los protestantes. Su hijo, Felipe II, seguiría centrado en la lucha contra los herejes protestantes y se enfocaría también en los moriscos a raíz de la Rebelión de las Alpujarras. Con Felipe III se pondrá fin al problema morisco con la expulsión de los mismos en 1609. Los musulmanes en España fueron una de las comunidades más castigadas debido a los bautizos apresurados y en masa a finales del siglo XV, aunque no fueron en ningún momento tan perseguidos como los judíos. Una vez estuvo solucionado el “problema judeoconverso”, la atención se centró en estos moriscos, que corrieron la misma suerte que los judíos de 1492 debido a que su población aumentaba porcentualmente más que la cristiana. De la Península Ibérica se expulsó, prácticamente, a la totalidad de la población morisca, haciendo que la economía de ciudades como Valencia, Zaragoza o Toledo perdiesen tanta población que se sumieron en una verdadera ruina productiva y económica. Esto no sólo afectó a la economía de las ciudades sino también a la propia Inquisición, cuyos tribunales de Valencia y Zaragoza entraron en bancarrota al no encontrar bienes que confiscar en los procesos; no había, literalmente, a quién denunciar.[19]

Felipe III por Juan Pantoja de la Cruz (Siglo XVII). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Durante el reinado de Felipe III hubo alrededor de 9 autos de fe en la ciudad de Sevilla, pero no se sabe con exactitud debido a la poca importancia de algunos de ellos y a la destrucción de gran parte de los archivos de la Inquisición durante el siglo XIX.[20] En todo el territorio, murieron en la hoguera aproximadamente un total de 1840 personas, se quemaron 1036 en estatua y hubo alrededor de 13.238 penitenciados en toda España, haciendo un cómputo global de 16.124 procesos durante los 23 años de reinado de Felipe III. Estos datos reflejan un importante descenso de la actividad del Santo Oficio, pues calculamos unos 80 quemados al año, dato inferior al de su padre Felipe II con 120 quemados al año o al de su abuelo, Carlos I, con 132 quemados al año.[21][22] Dicho descenso tiene su explicación; la Inquisición estaba realizando su trabajo y cada vez quedaban menos “herejes” en territorio español. Pero también tiene su contrapartida; los tribunales recibían menos ingresos en materia de confiscación de bienes, reduciendo así su potencial económico y humano. Con la muerte de Felipe III había comenzado, pues, la larga agonía de la Inquisición.

  • FELIPE IV y CARLOS II

Los reinados de Felipe IV y Carlos II pueden considerarse más bien estériles en relación al Santo Oficio. Hubo un importante giro en la fijación de la institución, que ahora comenzaría a mirar hacia los intelectuales, los cuales debían buscar protección en clérigos y nobles afines, haciendo que su número se redujera considerablemente en los territorios hispánicos y que la revolución científica llegase con sumo retraso. La totalidad del siglo XVII fue un período dominado por la escolástica y la superstición. Muchos intelectuales que no encontraron protección tuvieron que exiliarse a otros países en los que la Inquisición únicamente era un vago recuerdo del medievo y no una realidad contemporánea a ellos mismos. Para hacernos una idea, y a modo de ejemplo, en la enseñanza, disciplinas como la dialéctica, las matemáticas o las lenguas orientales estaban prohibidas en los territorios españoles.

BIBLIOGRAFÍA


[1] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). pp. 156-158.

[2] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 94-96.

[3] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). pp. 69-70.

[4] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). pp. 160-184.

[5] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). pp. 195-244.

[6] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). pp. 71-73.

[7] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 97-102.

[8] Fernando Peña Rambla. La Inquisición en las Cortes de Cádiz (Castellón de la Plana 2016). p. 82.

[9] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 72-86.

[10] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 185-187.

[11] Juan Antonio Llorente. Memoria Histórica sobre qual ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición (Valladolid 2002). p. 247.

[12] Antonio Domínguez Ortiz. Autos de la Inquisición de Sevilla (Sevilla 1994). p. 77.

[13] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 124-132.

[14] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 144-153.

[15] Jesús Villanueva López. “El tribunal de la sangre”, Historia National Geographic, 157 (enero de 2017). pp. 86-102.

[16] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 86-91.

[17] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). p. 187.

[18] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 154-160.

[19] Henry Kamen. La Inquisición española (Barcelona 1979). pp. 117-127.

[20] Antonio Domínguez Ortiz. Autos de la Inquisición de Sevilla (Sevilla 1994). pp. 77-79.

[21] José María Montero de Espinosa. Relación histórica de la judería de Sevilla (Sevilla 2009). pp. 187-188.

[22] José Martínez Millán. La Inquisición española (Madrid 2009). pp. 300-301.

El Tribunal del Santo Oficio en Sevilla; el origen de la Inquisición española

Sevilla, por su historia, siempre ha sido una ciudad muy arraigada a todo lo relacionado con la Inquisición. Buenas pruebas de ello son la ingente oferta de rutas turísticas temáticas en torno a ello o el propio nombre de la calle “Callejón de la Inquisición”, situado  en el barrio de Triana, junto al Castillo de San Jorge.

El célebre callejón de la Inquisición en Sevilla.

El Santo Oficio comenzó a funcionar por primera vez en el año 1481, concretamente en Sevilla, con la quema de seis personas vivas. A raíz de ese acto, la Inquisición experimentaría un rápido ascenso, estableciéndose tribunales en casi toda la Península. Tres años más tarde, en la misma ciudad de Sevilla, se aprobaban las primeras reglas inquisitoriales.

Fotografía del extinto convento de San Pablo.

Su primera sede fue el convento de San Pablo de los dominicos, cedido por la orden al Santo Oficio para así intentar ponerse por encima de los franciscanos. Aunque al poco tiempo tuvieron que trasladarse al Castillo de San Jorge, frente al río Guadalquivir, por problemas de espacio. Estos problemas de espacio no se solucionarían al cien por cien con el traslado, por lo que el tribunal del Santo Oficio en Sevilla tuvo que diseminar las dependencias por toda la ciudad.

Maqueta del Castillo de San Jorge en el interior del museo que lleva el mismo nombre.

El tribunal en Sevilla estaba compuesto, a comienzos del siglo XVI, por tres inquisidores, un juez de bienes confiscados, un fiscal, cuatro secretarios, un receptor, un alguacil, un escribano, un abogado, dos alcaides, un notario, un nuncio, un escribano, un portero, dos capellanes, un médico, seis consultores juristas y seis consultores teólogos.

El objetivo primordial del tribunal era perseguir y juzgar a los falsos judíos conversos. Aunque también perseguían a blasfemos, herejes, bígamos, usureros, sodomitas, brujos y brujas, hechiceros y clérigos que hubiesen tenido aventuras sexuales.

Los autos se realizaban al principio en los exteriores de la Catedral y posteriormente en la Plaza de San Francisco, a pocos metros de la Catedral. También se realizaron autos en determinadas iglesias de la ciudad, como la de San Marcos. Únicamente en el siglo XVI se tiene constancia de diecisiete autos en la ciudad.

Auto de fe (Francisco de Goya, 1812-1819).

Un auto le costaba bastante dinero al tribunal del Santo Oficio, por lo que se intentaban espaciar lo máximo posible en el tiempo a pesar de que su carácter debía ser anual. La condena tenía lugar en el mismo sitio donde se realizaba el auto, aunque el suplicio se realizaba en un lugar diferente, a veces incluso en varios lugares de la ciudad a la vez.

Aunque el tribunal del Santo Oficio en Sevilla aguantó hasta los estertores de la Inquisición a comienzos del siglo XIX, su época de mayor actividad fue entre el año de su fundación y 1524. Durante estos cuarenta años se quemó a más de 1000 personas y se hizo abjurar a unas 20.000 sólo en la ciudad de Sevilla. El más famoso de los autos fue precisamente el de 1524, ya que el tribunal, hasta entonces centrado en los judíos, da un giro hacia los moriscos, convirtiéndolos en su blanco principal. Desde 1524 hasta finales del siglo XVI se darán sonados casos; en 1540 el del morisco Gaspar; en 1541 el matrimonio compuesto por Jerónimo Díaz y Elvira González; y en 1554 los moriscos Juan, Martín y Juan Torrera.

Al respecto de los brujos, brujas y hechiceros, el tribunal de Sevilla no se prodigó demasiado, centrando su atención en judíos y moriscos. El caso más sonado fue el de Inés de los Ríos, acusada de brujería pero absuelta debido a su posición social.

La expulsión de los jesuitas en 1767, el tribunal de Sevilla aprovechó para mudarse al Colegio de las Becas Coloradas en 1778 debido a las malas condiciones en las que se encontraba el Castillo de San Jorge.

El tribunal del Santo Oficio en Sevilla, como he comentado, seguiría teniendo actividad hasta comienzos del siglo XIX, cuando se abolió la Inquisición, aunque su papel dentro del marco territorial así como su actividad comenzaron a decrecer a partir del siglo XVII.

BIBLIOGRAFÍA

ALMA MATER HISPALENSE. La Inquisición. Sevilla siglo XVI. [Consultado el 10/05/2016] En línea: http://personal.us.es/alporu/histsevilla/inquisicion.htm

WIKIPEDIA. Inquisición española. [Consultado el 9/05/2016] En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/Inquisición_española