[CINE] Der Tiger (El tanque)


País: Alemania
Año: 2025
Duración: 116 min
Dirección: Dennis Gansel
Guion: Colin Teevan
Música: David Reichelt
Fotografía: Carsten Thiele
Período histórico: Frente Oriental, Segunda Guerra Mundial (1943)
Reparto: David Schütter, Laurence Rupp, Leonard Kunz, Sebastian Urzendowsky, Yoran Leicher

Hay películas bélicas que parecen hechas por gente que no ha olido el gasóleo en su vida. Películas donde los tanques son poco más que decorados artificiosos y donde los soldados hablan como profesores universitarios disfrazados de militares. Der Tiger, por suerte, no va por ahí. Y quizá tenga que ver con algo muy simple: es alemana. Eso, cuando hablamos de cine sobre la Segunda Guerra Mundial, suele notarse. Mucho.

Los alemanes llevan décadas mirando su pasado reciente con una mezcla extraña de vergüenza, obsesión y necesidad de comprender cómo un país culto y avanzado terminó convirtiéndose en una trituradora industrial de seres humanos. Esa mirada, incómoda y casi enfermiza a veces, suele producir las mejores películas sobre la contienda. Ahí está Das Boot, seguramente una de las mejores películas bélicas jamás rodadas, convertida ya en clásico absoluto del cine europeo. Y Der Tiger, salvando distancias, juega claramente en esa liga.

Porque esto no es una película sobre batallas. O no principalmente. Es una película sobre hombres encerrados dentro de una máquina. Y qué máquina.

El Tiger I no necesita demasiadas presentaciones para cualquiera que haya dedicado cinco minutos de su vida a leer sobre la Segunda Guerra Mundial. Hay armas y vehículos que trascienden lo militar y terminan entrando directamente en la mitología del siglo XX. El Bismarck. El Yamato. El Mitsubishi A6M Zero. Y, por supuesto, el Tiger.

No era perfecto. Ni mucho menos. Consumía combustible como una refinería, sus averías podían convertir cualquier avance en una pesadilla y mantener aquello operativo en el barro infinito del Frente Oriental debía de parecerse bastante al mismísimo infierno en la tierra. Pero daba igual. Cuando un Tiger aparecía en el horizonte, el enemigo lo sabía. Y muchas veces bastaba con eso.

La película entiende perfectamente esa dimensión casi legendaria del tanque. Y por eso toma una decisión muy inteligente: convertirlo en el verdadero protagonista del relato. El Tiger respira, cruje, se recalienta, falla, impone. Está siempre presente. A veces incluso más que los propios personajes. Y eso funciona extraordinariamente bien porque la dinámica de la tripulación recuerda mucho más a la de un submarino o un barco de guerra que a la de una unidad terrestre convencional. Hay camaradería, tensión, silencios incómodos y esa sensación permanente de encierro que el cine alemán suele manejar tan bien.

De hecho, por momentos, Der Tiger parece exactamente eso: el Das Boot de los tanques. Y no es poca cosa.

Además, la película acierta en algo fundamental: entender que el Frente Oriental no necesita ser exagerado para resultar aterrador. Basta mostrarlo. El barro. El agotamiento físico. La suciedad incrustada en la piel y en las órdenes. Aquello fue probablemente el escenario más brutal de toda la guerra europea, un lugar donde hombres y máquinas desaparecían absorbidos por distancias imposibles y una violencia casi industrial.

Aquí no hay heroicidades de postal. Ni discursos inspiradores antes del combate. Los personajes parecen soldados reales: cansados, tensos y cada vez más atrapados dentro de una guerra que empieza a devorarlo todo. Y se agradece muchísimo que la película no tenga miedo a mostrar aspectos menos cinematográficos pero absolutamente históricos, como el uso sistemático de metanfetaminas para mantener despiertas a las tripulaciones. Nada glamuroso. Nada épico. Solo hombres intentando seguir funcionando unas horas más.

También hay bastante amor por el detalle técnico, algo muy alemán también. Los combates son pocos, pero están filmados con una precisión casi obsesiva. Aquí se nota que alguien se ha tomado la molestia de entender cómo funcionaba realmente un Tiger y cómo combatía una tripulación alemana en 1943. No parece un videojuego disfrazado de película histórica, que ya es mucho decir en estos tiempos.

Y alrededor del Tiger sobrevuela inevitablemente toda la mitología que generó. Desde manuales tan delirantemente famosos como el Tigerfibel hasta figuras como Otto Carius, autor de Tigres en el barro, quizá una de las memorias de guerra más conocidas del frente acorazado alemán. La película bebe claramente de ese imaginario sin caer demasiado en la glorificación fácil, algo que habría sido peligrosamente sencillo.

Porque esa es otra cuestión importante: Der Tiger no blanquea la guerra. Pero tampoco convierte a sus personajes en monstruos de opereta. Y eso, en el cine actual, casi parece raro. Aquí hay seres humanos atrapados dentro de una maquinaria política y militar monstruosa. Algunos creen todavía en lo que hacen. Otros simplemente intentan sobrevivir. Y la película no necesita subrayarlo constantemente con diálogos explicativos para que lo entendamos.

Quizá el tramo final sea lo más discutible del conjunto. Se nota que la película quiere ir derivando hacia otro terreno más simbólico, más íntimo incluso, alejándose poco a poco del puro relato bélico. Y aunque el cierre puede dividir opiniones, tampoco termina dañando demasiado lo anterior. Porque lo que permanece al final no es tanto la historia concreta como la sensación física de haber pasado casi dos horas dentro de un Tiger. Escuchando el metal crujir. Sintiendo el calor del motor. La tensión. El miedo. El aislamiento.

Ahí reside lo mejor de Der Tiger. En que entiende algo que muchas películas modernas sobre la guerra olvidan constantemente: que las máquinas también forman parte de la memoria histórica. A veces incluso más que los hombres que las tripularon.

[CINE] Núremberg (2025)

País: Estados Unidos
Año: 2025
Duración: 109 min
Dirección: James Vanderbilt
Guion / obra en la que se basa: Basado en el libro The Nazi and the Psychiatrist de Jack El-Hai
Música: Hildur Guðnadóttir
Fotografía: Ben Davis
Período histórico: Final de la Segunda Guerra Mundial y Juicios de Núremberg (1945-1946)
Reparto: Russell Crowe, Rami Malek, Michael Shannon, John Slattery, entre otros

Hay películas que buscan contar la Historia, y otras que prefieren acercarse a ella por un resquicio más incómodo, más humano —o más peligroso, según se mire—. Núremberg pertenece, sin duda, a este segundo grupo. Porque aquí no se pretende explicar el juicio que sentó en el banquillo a parte de la cúpula del Tercer Reich, sino algo mucho más concreto: poner rostro, voz y, lo que es más inquietante, cierta seducción, a uno de sus principales protagonistas, Hermann Göring. Russell Crowe no interpreta a Göring: lo ocupa, lo invade, lo convierte en el centro gravitatorio de la película hasta el punto de que todo lo demás —incluido el propio juicio— parece girar a su alrededor con una cierta resignación. Su composición, física y psicológica, es apabullante. Hay algo profundamente perturbador en ver cómo ese hombre, responsable directo de una maquinaria de guerra y exterminio, aparece aquí como un personaje magnético, inteligente, incluso carismático. Y ese es, probablemente, el mayor acierto… y el mayor riesgo de la película.

Porque el espectador —y esto conviene decirlo sin rodeos— puede llegar a empatizar con él. No porque la película lo justifique, sino porque Crowe construye un Göring tan atractivo en términos cinematográficos que, por momentos, eclipsa incluso a quienes deberían encarnar la moral de la historia. En ese sentido, el film abre una puerta incómoda: la de recordar que los monstruos históricos rara vez lo parecen en el trato directo, y que la banalidad —o incluso el encanto— puede convivir con el horror.

Frente a él, Rami Malek interpreta al psiquiatra Douglas Kelley, encargado de evaluar a los jerarcas nazis durante su cautiverio. Malek, con su habitual gestualidad nerviosa y casi quebradiza, compone un personaje que podría haber caído en el exceso, pero que aquí funciona con precisión quirúrgica. Su Kelley es incómodo, obsesivo, y en cierto modo fascinado por el hombre al que estudia, lo que refuerza ese juego de espejos que articula buena parte de la película.

Más irregular resulta el reparto secundario. Michael Shannon, actor siempre solvente y con presencia, aparece aquí sorprendentemente desaprovechado, como si la película no terminara de saber qué hacer con él. Otros, como John Slattery o el actor que encarna a Rudolf Hess, bordean una caricatura que desentona con el tono general. Y no deja de ser curioso: en una película donde el protagonista es tratado con tanta complejidad, algunos secundarios históricos quedan reducidos a esbozos.

El verdadero problema de Núremberg no está tanto en sus interpretaciones como en su propio planteamiento. El título promete una cosa que la película no termina de ofrecer. Porque, aunque la recreación de la sala del juicio es meticulosa —casi obsesiva en su fidelidad— y se insertan imágenes reales de los campos de exterminio que efectivamente se proyectaron durante el proceso, el juicio como tal queda reducido a un segundo plano. Apenas se roza, se menciona, se sugiere. La película está mucho más interesada en la relación entre Göring y Kelley que en el desarrollo jurídico, político y moral de Núremberg como hito histórico.

Por eso, quien espere una reconstrucción del juicio —de sus tensiones, sus argumentos, su trascendencia— saldrá decepcionado. Esto no es Núremberg. O, al menos, no lo es en el sentido que el título sugiere. Quizá habría sido más honesto —y más preciso— adoptar el nombre del libro en el que se basa, El nazi y el psiquiatra, centrado explícitamente en ese duelo psicológico entre preso y psiquiatra.

A ello se suma un cierto tono apresurado, casi nervioso, que por momentos juega a favor de la narración —evitando el tedio habitual del cine judicial—, pero que también sacrifica profundidad. Hay escenas que pasan demasiado rápido, ideas que apenas se desarrollan, y una sensación general de que la película podría haber sido algo más ambiciosa si se hubiera permitido respirar.

Por otro lado está el inevitable artificio del cine estadounidense. Frases grandilocuentes, subrayados innecesarios, momentos que parecen diseñados para el tráiler más que para la coherencia interna del relato. Ese “bienvenidos a Núremberg” que suena más a parque temático que a uno de los escenarios más cargados de significado del siglo XX. Detalles que, sin arruinar la experiencia, sí restan credibilidad.

Con todo, y pese a sus defectos, Núremberg es una película notable. No tanto como reconstrucción histórica global, pero sí como puerta de entrada a una figura tan compleja como Hermann Göring. Y en ese sentido cumple —y con creces—: despierta la curiosidad, incomoda, obliga al espectador a preguntarse quién fue realmente ese hombre y qué papel jugó en uno de los episodios más oscuros de la historia contemporánea. Eso sí, conviene acercarse a ella con cierta precaución. Porque si algo demuestra esta película es que el cine, cuando está bien hecho, puede hacer que incluso los peores personajes de la Historia resulten fascinantes.