¿Cuál fue el primer reloj (de pulsera) de la historia?

Hay relojes que han trascendido su condición de instrumentos para convertirse en símbolos. Algunos representan la conquista del espacio, otros la exploración de los océanos, otros la sofisticación técnica llevada al límite de lo humano. Cuando pensamos en los cronógrafos que acompañaron a los astronautas en la superficie lunar, en los relojes de buceo profesional que descendieron a profundidades antes reservadas a la imaginación, o en los guardatiempos que han marcado hitos en la exploración científica y tecnológica contemporánea, tendemos a olvidar que todos ellos —sin excepción— son herederos de una idea relativamente reciente: la de llevar el tiempo atado al cuerpo.

El reloj moderno no es únicamente una máquina de medición. Es un objeto cargado de narrativas: progreso, precisión, conquista, disciplina, estatus. En el siglo XX, el reloj se convirtió en una extensión simbólica del individuo, una forma silenciosa de decir quiénes somos, qué valoramos y cómo nos relacionamos con la técnica. Por eso no es casual que los grandes hitos de la modernidad —la Luna, las profundidades marinas, la aviación, la exploración extrema— estén asociados a relojes concretos que han terminado formando parte del imaginario colectivo.

Antes de que el reloj de pulsera se convirtiera en un objeto cotidiano, e incluso banal, fue una auténtica anomalía. Durante siglos, medir el tiempo fue una actividad colectiva, pública, ritualizada. Y cuando finalmente se individualizó, lo hizo primero en el bolsillo, no en la muñeca. El reloj de pulsera no nació como un objeto de lujo ni como una joya; nació como una solución práctica a un problema moderno. Y, paradójicamente, acabó convirtiéndose en uno de los símbolos más poderosos del prestigio, la masculinidad y la modernidad del siglo XX.

Para entender por qué el primer reloj de pulsera no puede desligarse de un nombre concreto —el del Cartier Santos— es necesario retroceder mucho más atrás, hasta el origen mismo de la obsesión humana por medir el tiempo.

La invención del tiempo: de los ciclos naturales a la obsesión por la precisión

Desde las primeras civilizaciones agrícolas, el tiempo fue una necesidad antes que una abstracción. Medirlo significaba sobrevivir: saber cuándo sembrar, cuándo cosechar, cuándo celebrar rituales religiosos o cuándo esperar las crecidas de un río. En las sociedades antiguas, el tiempo estaba íntimamente ligado a los ciclos naturales y astronómicos. No era homogéneo ni abstracto; era cíclico, irregular y profundamente simbólico.

Los primeros sistemas de medición del tiempo fueron inseparables del entorno natural. El movimiento aparente del Sol dio lugar a los relojes solares, instrumentos tan simples como imprecisos, dependientes de la luz y del clima. Aun así, su importancia cultural fue enorme: por primera vez, el paso del tiempo podía representarse visualmente. La sombra proyectada se convirtió en una forma de domesticar lo inasible.

Más tarde, el paso controlado de sustancias —arena, agua— permitió crear mecanismos que ya no dependían directamente del cielo. Los relojes de agua y de arena introdujeron una idea clave: el tiempo podía fluir de manera constante, aunque no visible. Sin embargo, seguían siendo instrumentos frágiles, poco precisos y de uso limitado. El tiempo seguía siendo algo aproximado, orientativo, nunca exacto.

Sistema de un reloj de agua. Fuente: HidrojING.

Durante siglos, el tiempo no perteneció al individuo. Pertenecía a la comunidad, a la ciudad, a la Iglesia. Las campanas marcaban las horas canónicas; las torres con relojes mecánicos, que comenzaron a proliferar en la Baja Edad Media, no estaban pensadas para la comodidad personal, sino para imponer una disciplina temporal colectiva. El tiempo se hacía visible y audible en el espacio público, como una forma de orden social. Saber la hora no era un derecho individual, sino una experiencia compartida.

La gran revolución técnica llegó con el perfeccionamiento del reloj mecánico. A medida que los mecanismos se hicieron más precisos y compactos, el tiempo comenzó a entrar en los hogares. Relojes de pared, relojes de sobremesa, cucos, péndulos: todos ellos formaban parte de un mismo proceso de domesticación del tiempo. Pero aún no era un tiempo íntimo. Seguía siendo compartido, visible, expuesto. El reloj presidía el espacio, no acompañaba al cuerpo.

Ese salto —el paso del tiempo público al tiempo personal— se produjo con el reloj de bolsillo.

El reloj de bolsillo: precisión, prestigio y masculinidad burguesa

A partir del siglo XVII, y sobre todo durante el XVIII y el XIX, el reloj dejó de ser únicamente una máquina para convertirse en un objeto cargado de significado social. El reloj de bolsillo representó una auténtica revolución cultural. Por primera vez, el tiempo podía llevarse encima, consultarse de manera privada, integrarse en la rutina individual.

No era solo un instrumento de precisión; era una declaración. Portar un reloj de bolsillo implicaba pertenecer a una determinada clase social, a un mundo de puntualidad, racionalidad y autocontrol. En una sociedad que asociaba la disciplina temporal con la virtud burguesa, el reloj se convirtió en la joya masculina por excelencia.

No era una joya ostentosa en el sentido tradicional. A diferencia de anillos, collares o broches, el reloj de bolsillo se llevaba oculto, guardado, sujeto por una cadena que apenas se mostraba. Su prestigio residía precisamente en esa discreción: saber que se poseía un objeto complejo, caro y técnicamente admirable, aunque no se exhibiera de manera explícita. El reloj era, en muchos sentidos, una extensión del carácter del propietario.

Además, el reloj de bolsillo cumplía una función simbólica fundamental: ordenaba la vida moderna. El capitalismo industrial, el ferrocarril, los horarios laborales y la vida urbana dependían de una medición del tiempo cada vez más precisa. El reloj dejaba de ser un lujo para convertirse en una herramienta de organización social, aunque siguiera siendo un objeto reservado a ciertas élites.

Durante décadas, nadie cuestionó ese modelo. El reloj de bolsillo era suficientemente preciso, elegante y funcional. No había razón para imaginar otra forma de llevar el tiempo encima. Y, sin embargo, el cambio estaba en marcha.

Louis Cartier y la reinvención del objeto relojero

A finales del siglo XIX, el mundo estaba transformándose a una velocidad desconocida hasta entonces. La electricidad, el autoA finales del siglo XIX, el mundo estaba transformándose a una velocidad desconocida hasta entonces. La electricidad comenzaba a alterar la vida urbana, el automóvil redefinía la relación con el espacio, el teléfono comprimía las distancias y la aviación empezaba a cuestionar los límites físicos del cuerpo humano. La modernidad técnica no solo introducía nuevas máquinas, sino que exigía nuevas formas de habitar el tiempo y el movimiento. En ese contexto acelerado, el reloj de bolsillo —símbolo indiscutido del prestigio masculino decimonónico— empezaba a mostrar sus límites.

Sacar un reloj del chaleco podía seguir siendo un gesto elegante en un salón burgués o en un despacho, pero resultaba impráctico —cuando no directamente peligroso— en entornos marcados por la velocidad, la acción y la máquina. La lógica del reloj de bolsillo, heredera de una cultura del tiempo pausado y ritualizado, comenzaba a entrar en tensión con una sociedad que demandaba inmediatez, coordinación y libertad de movimiento. Ese desajuste entre objeto y mundo es el punto de partida de una transformación profunda.

Es en ese momento histórico cuando aparece la figura de Louis Cartier, heredero y motor intelectual de una de las casas de joyería más influyentes de Europa: Cartier. Cartier no nació como una manufactura relojera en el sentido clásico. Su prestigio se había construido sobre la alta joyería, el dominio de los materiales preciosos y una clientela aristocrática y cosmopolita que incluía a la realeza europea y a las élites culturales de la Belle Époque. Sin embargo, Louis Cartier entendió algo fundamental: el lujo del futuro no podía limitarse a la ornamentación del pasado.

A diferencia de muchos joyeros de su tiempo, Cartier no concebía el objeto como un simple soporte decorativo. Para él, la forma debía responder a una función, y la función debía expresarse visualmente con claridad. Esta concepción, profundamente moderna, lo acercaba más a un diseñador industrial avant la lettre que a un artesano tradicional. En un momento en el que el reloj seguía siendo, en muchos casos, un movimiento estándar encerrado en una caja ricamente decorada, Cartier empezó a pensar el reloj como un todo coherente.

Louis Cartier.

Su interés por la relojería no surgió de una obsesión técnica por el mecanismo, sino de una preocupación estética y conceptual. Cartier no pretendía competir con las grandes manufacturas suizas en el terreno de la precisión absoluta. Lo que le interesaba era redefinir el objeto relojero: dotarlo de una identidad visual clara, de una presencia reconocible y de una adecuación real a la vida moderna. Para él, la caja, la esfera, las asas, la legibilidad y la relación con el cuerpo eran tan importantes como el calibre que latía en su interior.

Los primeros relojes creados bajo su dirección —todavía no de pulsera— ya anticipaban una ruptura con la tradición. Cartier comenzó a experimentar con formas geométricas poco habituales, con esferas limpias, numerales legibles y una distribución racional de los elementos. Frente al exceso decorativo heredado del siglo XIX, apostó por una elegancia contenida, casi arquitectónica, en la que cada línea cumplía una función.

Esta sensibilidad no era casual. Louis Cartier estaba profundamente imbuido del clima cultural de su tiempo. París, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, era un laboratorio de modernidad. El gusto por las líneas limpias, la geometría, la simetría y la funcionalidad elegante comenzaba a imponerse en las artes, la arquitectura y el diseño. Cartier supo traducir ese espíritu en objetos de lujo que no parecían anacrónicos, sino adelantados a su tiempo.

Pero, sobre todo, Cartier comprendió que el reloj no debía ser solo un objeto bello o preciso, sino un instrumento adaptado al cuerpo moderno. Esta idea —que hoy nos parece evidente— era revolucionaria en un momento en el que la mayoría de los relojes seguían pensándose como miniaturas portátiles, no como extensiones del movimiento humano. El reloj, en la visión de Cartier, debía integrarse en la acción, no interrumpirla.

Todo ello preparó el terreno para una innovación que no sería únicamente técnica, sino conceptual. Cuando surgió la necesidad concreta planteada por Santos-Dumont, Cartier ya había desarrollado el marco mental adecuado para responder a ella. No se trataba de añadir una correa a un reloj existente, sino de repensar por completo qué debía ser un reloj en la era de la velocidad, la máquina y la modernidad.

Louis Cartier no buscaba simplemente medir el tiempo. Buscaba darle una forma acorde con su época. Y en ese empeño, sin saberlo aún, estaba a punto de transformar para siempre la relación entre el individuo y el tiempo medido.

Santos-Dumont y el nacimiento del primer reloj de pulsera

La oportunidad decisiva para el nacimiento del reloj de pulsera moderno llegó de la mano de un personaje que encarnó como pocos el espíritu de su tiempo: Alberto Santos-Dumont. Reducir a Santos-Dumont a la figura de un simple piloto sería no entender su verdadera dimensión histórica. Fue, al mismo tiempo, ingeniero autodidacta, inventor, deportista, dandi parisino y celebridad mediática en una época en la que la técnica comenzaba a generar sus propios héroes. En los primeros años del siglo XX, cuando la aviación todavía se movía en el límite entre la ciencia, el espectáculo y la temeridad, Santos-Dumont se convirtió en un símbolo viviente de la modernidad.

A diferencia de otros pioneros del aire, Santos-Dumont no trabajaba en la sombra ni en entornos industriales cerrados. Volaba ante el público, en pleno París, sobre parques, bulevares y edificios emblemáticos. Sus vuelos eran acontecimientos sociales y culturales, seguidos por la prensa y comentados en cafés y salones. La aviación, en ese contexto, no era únicamente un desafío técnico: era una afirmación del dominio humano sobre el espacio, una promesa de futuro, una demostración tangible de que la velocidad y la máquina estaban destinadas a redefinir la experiencia humana.

Alberto Santos Dumont, uno de los pioneros de la aviación.

Ese carácter público y simbólico de la aviación explica por qué Santos-Dumont se convirtió en una figura clave para comprender la transición entre el siglo XIX y el XX. Volar significaba romper con los límites tradicionales del cuerpo humano. Pero también implicaba enfrentarse a problemas prácticos completamente nuevos. Uno de ellos era el tiempo.

En la aviación primitiva, medir el tiempo con precisión no era un lujo, sino una necesidad funcional. Los cálculos de distancia, velocidad y consumo dependían directamente de una medición temporal fiable. A diferencia del ferrocarril o de la navegación marítima, el piloto no podía permitirse distracciones ni gestos innecesarios. Cada movimiento contaba. Y sin embargo, el instrumento que durante décadas había servido para medir el tiempo personal —el reloj de bolsillo— resultaba inadecuado en la cabina abierta de una aeronave.

Sacar un reloj del chaleco implicaba soltar los mandos, apartar la vista, perder segundos preciosos. El gesto elegante y pausado del siglo XIX se volvía impracticable en el contexto de la máquina voladora. El tiempo, paradójicamente, se hacía inaccesible justo cuando se volvía más crítico. Este conflicto entre una tecnología nueva y un objeto heredado del pasado es clave para entender lo que ocurrió a continuación.

Fue en ese contexto cuando Santos-Dumont planteó el problema a su amigo Louis Cartier. No se trataba de una petición caprichosa ni de un encargo de lujo, sino de una necesidad concreta surgida de una práctica moderna. Cartier comprendió de inmediato que el problema no podía resolverse con una simple adaptación del reloj de bolsillo. No bastaba con añadir correas a un objeto pensado para otro uso. Lo que se necesitaba era una nueva tipología de reloj.

La respuesta de Cartier fue radical en su simplicidad: concebir un reloj pensado desde su origen para llevarse en la muñeca, visible de un solo vistazo, firmemente sujeto al cuerpo y suficientemente robusto como para soportar el movimiento, las vibraciones y las condiciones cambiantes del vuelo. Pero Cartier no se limitó a resolver un problema técnico. Como diseñador, entendió que ese nuevo objeto debía expresar visualmente la modernidad que representaba.

Así nació el Cartier Santos. Su diseño rompía de manera consciente con la tradición relojera dominante. La caja cuadrada, una rareza en un mundo de relojes redondos heredados del bolsillo, no era una excentricidad estética, sino una afirmación de funcionalidad y modernidad. Los tornillos visibles en el bisel, lejos de ocultarse, se convertían en parte del lenguaje visual del reloj, anticipando una estética industrial que más tarde se haría común, pero que en aquel momento resultaba profundamente innovadora. La correa integrada completaba la idea de un objeto pensado para formar una unidad con el cuerpo.

Alberto Santos y el primer Cartier de pulsera, el Cartier Santos.

El Santos no fue, conviene subrayarlo, el primer reloj que se colocó en una muñeca. Existían precedentes, sobre todo en relojes femeninos, concebidos más como joyas que como instrumentos. También hubo experimentos aislados en contextos militares. Sin embargo, el Santos fue el primero concebido desde su origen como un reloj de pulsera masculino, funcional, moderno y destinado a un uso activo. No era un reloj de bolsillo transformado, ni una joya adaptada: era una nueva categoría de objeto.

La importancia histórica del Cartier Santos no reside únicamente en su fecha de aparición, sino en el cambio conceptual que introdujo. Por primera vez, el reloj dejaba de ser un objeto que se consultaba ocasionalmente para convertirse en una presencia constante, integrada en el gesto, en el movimiento, en la acción. El tiempo ya no se buscaba; estaba ahí, disponible de manera inmediata. El cuerpo y el tiempo quedaban unidos de forma casi orgánica.

El Cartier Santos no solo resolvió un problema práctico de la aviación temprana. Anticipó una transformación mucho más profunda en la relación entre el individuo y el tiempo. El reloj dejaba de ser un símbolo de estatus guardado en el bolsillo para convertirse en un compañero permanente, visible, funcional y cargado de significado. Una pequeña máquina que anunciaba, en la muñeca de un aviador, la llegada definitiva de la modernidad para convertirse en una presencia constante, casi orgánica. El tiempo se integraba en el gesto cotidiano.

Del instrumento a la identidad: la revolución del reloj de pulsera

A partir del momento en que el reloj de pulsera demostró su utilidad práctica, la revolución fue rápida y, en muchos sentidos, irreversible. Si el Cartier Santos había nacido como respuesta a una necesidad concreta de la aviación temprana, el siglo XX se encargó de convertir el reloj de pulsera en una herramienta indispensable para millones de personas. El gran catalizador de ese proceso fueron las guerras.

Los conflictos armados del siglo XX transformaron radicalmente la relación entre el individuo, la técnica y el tiempo. La guerra moderna exigía coordinación, sincronización y rapidez. Las maniobras militares, los ataques coordinados, los movimientos de tropas y la artillería dependían de una medición precisa del tiempo compartido. En ese contexto, el reloj de pulsera ofrecía una ventaja decisiva frente al reloj de bolsillo: podía consultarse de inmediato, sin interrumpir la acción, sin soltar armas ni instrumentos.

Durante la Primera Guerra Mundial, el reloj de pulsera dejó de ser una rareza para convertirse en un equipamiento casi obligatorio. Su uso se extendió entre oficiales y soldados, consolidando definitivamente su legitimidad masculina. Lo que hasta entonces había sido percibido como un objeto poco viril o incluso femenino pasó a asociarse con valores como la eficacia, la disciplina y el sacrificio. El reloj de pulsera se integró en la experiencia bélica y, con ella, en la construcción de la masculinidad contemporánea.

Sin embargo, el triunfo del reloj de pulsera no se explica únicamente por su utilidad militar. Terminadas las guerras, el objeto no desapareció ni regresó al ámbito estrictamente funcional. Al contrario, se cargó de nuevos significados. El reloj de pulsera pasó de ser una herramienta a convertirse en un símbolo. Un símbolo de modernidad, de control del tiempo, de pertenencia a un mundo técnico y organizado.

En la sociedad industrial avanzada, el reloj dejó de marcar solo las horas. Marcaba también una forma de estar en el mundo. Llevar un reloj en la muñeca implicaba aceptar la lógica de la puntualidad, del rendimiento, de la planificación. El tiempo se volvía personal, pero también normativo. El reloj no solo acompañaba al individuo; lo disciplinaba.

A medida que avanzaba el siglo XX, esta dimensión simbólica se intensificó. El reloj de pulsera se transformó en un marcador de identidad. Ya no bastaba con llevar un reloj; importaba qué reloj se llevaba. La técnica, el diseño y la historia del objeto comenzaron a comunicar valores específicos: aventura, profesionalidad, exploración, éxito. El reloj se convirtió en un relato condensado en la muñeca.

Es en ese contexto donde surgen los grandes relojes icónicos del siglo XX. El Omega Speedmaster, inseparable de la epopeya lunar impulsada por Omega, no es solo un instrumento de medición temporal. Es un símbolo del triunfo de la técnica humana en uno de los entornos más hostiles imaginables. Su asociación con la exploración espacial lo elevó a la categoría de objeto histórico, cargado de una épica que trasciende su función original.

Del mismo modo, el Rolex Submariner no se limita a ser un reloj de buceo. Representa la conquista de las profundidades, la confianza en la ingeniería y la promesa de fiabilidad absoluta en condiciones extremas. Su diseño, repetido y reinterpretado durante décadas, ha acabado por definir lo que culturalmente entendemos como un “reloj herramienta”, incluso para quienes nunca se han sumergido bajo el agua.

James Cameron y su Rolex Sea-Dweller Deepsea.

Más recientemente, los relojes vinculados a la exploración abisal y a figuras como James Cameron han llevado esta lógica hasta sus últimas consecuencias. Descender a los puntos más profundos del océano con un reloj específico no responde ya a una necesidad estricta, sino a una afirmación simbólica: demostrar que el ser humano, acompañado de su tecnología, puede llevar el tiempo consigo incluso allí donde la vida parece imposible.

Todos estos relojes, tan distintos entre sí en apariencia y contexto, comparten una misma genealogía intelectual. Son impensables sin aquel primer gesto de Louis Cartier al aceptar que el tiempo debía integrarse en el cuerpo, acompañar la acción y hacerse visible sin esfuerzo. Son variaciones, cada una adaptada a su época y a su mito, de una idea original: que el tiempo no es algo externo que se consulta, sino algo que se porta.

En ese tránsito, el reloj de pulsera dejó de ser únicamente un instrumento. Se convirtió en una extensión de la identidad. Un objeto capaz de condensar biografía, aspiraciones y memoria colectiva. En la muñeca, el tiempo dejó de ser abstracto para volverse narrativo. Cada reloj cuenta una historia, no solo de horas y minutos, sino de modernidad, técnica y deseo de trascendencia.

La revolución del reloj de pulsera no fue, por tanto, solo tecnológica. Fue cultural. Transformó la manera en que los seres humanos se relacionan con el tiempo, con el cuerpo y con la idea misma de progreso. Y todo ello comenzó cuando alguien decidió que el tiempo debía poder mirarse sin soltar los mandos.

El tiempo atado a la muñeca

En última instancia, el Cartier Santos no es solo el primer reloj de pulsera de la historia en sentido moderno. Es el símbolo de un cambio profundo en la manera en que los seres humanos se relacionan con el tiempo. De un tiempo distante, público y sonoro pasamos a un tiempo íntimo, silencioso y personal. Un tiempo que no se escucha, sino que se mira. Un tiempo que no se impone desde una torre, sino que se asume como parte del individuo.

Quizá por eso el reloj de pulsera sigue ejerciendo una fascinación que va mucho más allá de su utilidad. En una era dominada por pantallas, notificaciones y relojes digitales omnipresentes, seguimos atándonos un objeto mecánico a la muñeca. No porque lo necesitemos, sino porque nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Y en ese gesto, consciente o no, sigue latiendo la herencia de aquel primer reloj creado para un aviador que necesitaba volar sin perder de vista el tiempo.

Publicidad del Cartier Santos, sobre el ala de un avión.

Todo empezó, al fin y al cabo, con el Cartier Santos.
Y nada volvió a ser igual después.

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