País: Estados Unidos
Año: 2025
Duración: 109 min
Dirección: James Vanderbilt
Guion / obra en la que se basa: Basado en el libro The Nazi and the Psychiatrist de Jack El-Hai
Música: Hildur Guðnadóttir
Fotografía: Ben Davis
Período histórico: Final de la Segunda Guerra Mundial y Juicios de Núremberg (1945-1946)
Reparto: Russell Crowe, Rami Malek, Michael Shannon, John Slattery, entre otros
Hay películas que buscan contar la Historia, y otras que prefieren acercarse a ella por un resquicio más incómodo, más humano —o más peligroso, según se mire—. Núremberg pertenece, sin duda, a este segundo grupo. Porque aquí no se pretende explicar el juicio que sentó en el banquillo a parte de la cúpula del Tercer Reich, sino algo mucho más concreto: poner rostro, voz y, lo que es más inquietante, cierta seducción, a uno de sus principales protagonistas, Hermann Göring. Russell Crowe no interpreta a Göring: lo ocupa, lo invade, lo convierte en el centro gravitatorio de la película hasta el punto de que todo lo demás —incluido el propio juicio— parece girar a su alrededor con una cierta resignación. Su composición, física y psicológica, es apabullante. Hay algo profundamente perturbador en ver cómo ese hombre, responsable directo de una maquinaria de guerra y exterminio, aparece aquí como un personaje magnético, inteligente, incluso carismático. Y ese es, probablemente, el mayor acierto… y el mayor riesgo de la película.
Porque el espectador —y esto conviene decirlo sin rodeos— puede llegar a empatizar con él. No porque la película lo justifique, sino porque Crowe construye un Göring tan atractivo en términos cinematográficos que, por momentos, eclipsa incluso a quienes deberían encarnar la moral de la historia. En ese sentido, el film abre una puerta incómoda: la de recordar que los monstruos históricos rara vez lo parecen en el trato directo, y que la banalidad —o incluso el encanto— puede convivir con el horror.
Frente a él, Rami Malek interpreta al psiquiatra Douglas Kelley, encargado de evaluar a los jerarcas nazis durante su cautiverio. Malek, con su habitual gestualidad nerviosa y casi quebradiza, compone un personaje que podría haber caído en el exceso, pero que aquí funciona con precisión quirúrgica. Su Kelley es incómodo, obsesivo, y en cierto modo fascinado por el hombre al que estudia, lo que refuerza ese juego de espejos que articula buena parte de la película.
Más irregular resulta el reparto secundario. Michael Shannon, actor siempre solvente y con presencia, aparece aquí sorprendentemente desaprovechado, como si la película no terminara de saber qué hacer con él. Otros, como John Slattery o el actor que encarna a Rudolf Hess, bordean una caricatura que desentona con el tono general. Y no deja de ser curioso: en una película donde el protagonista es tratado con tanta complejidad, algunos secundarios históricos quedan reducidos a esbozos.
El verdadero problema de Núremberg no está tanto en sus interpretaciones como en su propio planteamiento. El título promete una cosa que la película no termina de ofrecer. Porque, aunque la recreación de la sala del juicio es meticulosa —casi obsesiva en su fidelidad— y se insertan imágenes reales de los campos de exterminio que efectivamente se proyectaron durante el proceso, el juicio como tal queda reducido a un segundo plano. Apenas se roza, se menciona, se sugiere. La película está mucho más interesada en la relación entre Göring y Kelley que en el desarrollo jurídico, político y moral de Núremberg como hito histórico.
Por eso, quien espere una reconstrucción del juicio —de sus tensiones, sus argumentos, su trascendencia— saldrá decepcionado. Esto no es Núremberg. O, al menos, no lo es en el sentido que el título sugiere. Quizá habría sido más honesto —y más preciso— adoptar el nombre del libro en el que se basa, El nazi y el psiquiatra, centrado explícitamente en ese duelo psicológico entre preso y psiquiatra.
A ello se suma un cierto tono apresurado, casi nervioso, que por momentos juega a favor de la narración —evitando el tedio habitual del cine judicial—, pero que también sacrifica profundidad. Hay escenas que pasan demasiado rápido, ideas que apenas se desarrollan, y una sensación general de que la película podría haber sido algo más ambiciosa si se hubiera permitido respirar.
Por otro lado está el inevitable artificio del cine estadounidense. Frases grandilocuentes, subrayados innecesarios, momentos que parecen diseñados para el tráiler más que para la coherencia interna del relato. Ese “bienvenidos a Núremberg” que suena más a parque temático que a uno de los escenarios más cargados de significado del siglo XX. Detalles que, sin arruinar la experiencia, sí restan credibilidad.
Con todo, y pese a sus defectos, Núremberg es una película notable. No tanto como reconstrucción histórica global, pero sí como puerta de entrada a una figura tan compleja como Hermann Göring. Y en ese sentido cumple —y con creces—: despierta la curiosidad, incomoda, obliga al espectador a preguntarse quién fue realmente ese hombre y qué papel jugó en uno de los episodios más oscuros de la historia contemporánea. Eso sí, conviene acercarse a ella con cierta precaución. Porque si algo demuestra esta película es que el cine, cuando está bien hecho, puede hacer que incluso los peores personajes de la Historia resulten fascinantes.


